Capitulo 2
Territorio del clan MacKay,
El bosque empezó a quedar atrás lentamente mientras el caballo avanzaba entre la niebla. Entré en pánico. Grité todo lo fuerte que pude, todo lo que mis pulmones helados me permitieron.
―¡Ayuda! ¡Socorro! ¡¿Qué demonios hacéis?! ¡Soltadme!
Los hombres seguían avanzando como si mis gritos no existieran.
El sonido de los cascos golpeando el suelo húmedo resonaba entre el bosque mientras las ramas desnudas se agitaban sobre nuestras cabezas.
El frío era insoportable. Mi ropa seguía muy empapada y cada ráfaga de viento me atravesaba el cuerpo como cuchillas.
Sin embargo, había algo extraño.
El calor del hombre a mi espalda.
Lo sentía incluso a través de la ropa mojada.
Un calor intenso que contrastaba brutalmente con el frío salvaje que me rodeaba.
Su pecho firme presionaba mi espalda cada vez que el caballo avanzaba y la pesada capa oscura nos cubría parcialmente a ambos, protegiéndome un poco del viento helado.
Odiaba admitirlo, pero probablemente habría empezado a tiritar de forma incontrolable si no fuera por eso.
Seguí forcejeando unos segundos más hasta que, de pronto, escuché su voz junto a mi oído.
―Cállate.
Me quedé completamente inmóvil.
Aquella palabra había sido pronunciada en perfecto inglés.
Giré la cabeza tan rápido que casi perdí el equilibrio sobre el caballo.
―¿Hablas inglés?
El hombre me observó apenas un instante desde arriba. Sus ojos claros seguían siendo igual de fríos e intimidantes que antes.
―Cállate o te dejaré inconsciente.
La amenaza fue tan seca, tan seria y dicha con una calma tan peligrosa que el resto de palabras murieron en mi garganta.
Lo miré sin saber qué responder.
―¿Qué…? ¿Qué demonios está pasando? ¡Entonces sí me entiendes! ¡Suéltame ahora mismo o llamaré a la policía!
El hombre frunció ligeramente el ceño.
―¿Policía?
Parecía genuinamente confundido.
―Sí, la policía ―espeté temblando de rabia y miedo―. Estás secuestrándome, maldito psicópata.
Durante unos segundos me observó en silencio, como si intentara entender si estaba loca o simplemente hablaba otro idioma dentro del mismo idioma.
Después negó lentamente con la cabeza.
―No sé quién demonios es la policía ―gruñó finalmente―, pero si no te callas, te haré callar yo.
Aquello bastó para que cerrara la boca de inmediato.
No porque quisiera obedecerle. Sino porque comprendí que hablaba en serio.
El hombre desprendía una violencia contenida difícil de explicar.
No necesitaba gritar ni amenazar demasiado.
Había algo en él, en la forma en que sujetaba las riendas, en la dureza de su voz o en la mirada fría que me lanzaba de vez en cuando, que dejaba claro que era perfectamente capaz de cumplir cualquier amenaza.
Los otros hombres no parecían especialmente preocupados por mi situación.
De hecho, varios se estaban riendo. Uno de ellos dijo algo en aquella lengua extraña mientras me señalaba y los demás soltaron carcajadas graves que resonaron entre los árboles.
No entendía una sola palabra, pero no hacía falta ser un genio para saber que estaban hablando de mí.
Intenté controlar la respiración mientras el caballo seguía avanzando entre la niebla. Poco a poco el bosque comenzó a despejarse y el paisaje empezó a abrirse frente a nosotros. Y entonces vi algo que me cortó la respiración. A lo lejos, elevándose sobre una colina rocosa, apareció un castillo.
No era un castillo moderno ni una reconstrucción turística, sino un castillo de verdad, enorme, oscuro y salvaje.
Las torres de piedra se alzaban hacia el cielo gris como si hubieran salido directamente de otra época, mientras las antorchas encendidas brillaban junto a las murallas y varias banderas golpeaban el viento sobre las almenas.
El lugar entero parecía sacado de una película medieval, o quizá de un sueño extraño…
o de una pesadilla. Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda porque aquello no podía ser real. Simplemente no podía.
Mi cabeza intentó encontrar una explicación lógica desesperadamente. Un parque temático. Una recreación histórica. Algún evento raro en mitad de Escocia.
«Sí».
«Tiene que ser eso».
Miré otra vez el castillo mientras el caballo seguía acercándose lentamente e intenté encontrar una explicación lógica a todo aquello.
Tal vez había alguna atracción turística cerca de la zona o algún tipo de representación medieval, aunque no recordaba haber escuchado jamás nada parecido en Stratford ni en los alrededores.
Quizá se trataba de una recreación local y aquellas personas simplemente se tomaban demasiado en serio sus personajes.
Porque la otra opción era imposible. Aun así, cuanto más observaba a aquellos hombres, más incómoda me sentía.
No parecían actores ni personas normales disfrazadas para entretener turistas.
Había algo salvaje y brutal en ellos, especialmente en el hombre que me sujetaba sobre el caballo, que hacía que todo aquello dejara de parecer un juego.
Fuese lo que fuese, aquella gente estaba loca.
No era normal retener a alguien por la fuerza, subirla a un caballo y llevársela de aquella manera como si acabaran de secuestrarla en mitad del bosque.
Traté de respirar hondo para apaciguarme un poco. Estaba claro que aquel hombre no pensaba dejarme marchar, así que lo mejor sería mantener la calma y encontrar una forma de pedir ayuda en cuanto tuviera ocasión.
Cuando llegamos hasta las enormes puertas del castillo, varias personas salieron a recibirnos.
Vestían de forma tan anticuada como los hombres del bosque y algunos llevaban ropas humildes y gastadas, cubiertas por delantales de lana o gruesas capas oscuras.
Todo el mundo parecía moverse con rapidez alrededor de los jinetes; unos se acercaban para sujetar las riendas de los caballos, otros ayudaban a desmontar y varios muchachos corrían cargando cubos de agua o sacos.
El hombre que me había llevado durante todo el camino desmontó primero y después tiró de mí bruscamente hasta obligarme a bajar del caballo. Mis piernas apenas respondieron al tocar el suelo y tuve que apoyarme unos segundos para no caerme.
Entonces él se dirigió a una mujer mayor que acababa de acercarse. Era baja, de rostro redondeado y expresión cálida, con varias canas escapando bajo un pañuelo de lino. Sus ojos me recorrieron lentamente, completamente desconcertados al ver mi ropa empapada, mis botas y mi aspecto.
―Dale ropa limpia, hazla entrar en calor y confínala en unos aposentos ―ordenó el hombre con aquella voz grave y autoritaria que todavía conseguía ponerme tensa―. Nadie puede hablar con ella y no quiero verla vagando por el castillo. Consigue que no enferme y tendrás una buena recompensa.
―Por supuesto, mi señor ―respondió la mujer inclinando ligeramente la cabeza―. Haré cuanto esté en mi mano.
El hombre me lanzó una última mirada fría antes de darse la vuelta y alejarse entre los demás guerreros.
Y, sinceramente, sentí alivio.
―Ven conmigo, muchacha ―dijo la mujer con amabilidad.
Me miraba como si yo fuese la persona más extraña que había visto en su vida.
Decidí no discutir y seguirla. Cualquier cosa era mejor que quedarse cerca del psicópata que me había secuestrado y que me observaba como si fuese una amenaza, o una presa.
Entramos en el castillo y el aire cálido del interior me golpeó de inmediato junto al olor a humo, cera derretida y comida cocinándose en algún lugar cercano. Mis pasos se ralentizaron casi al instante mientras observaba todo a mi alrededor completamente atónita.
El gran salón era inmenso, con techos altísimos cubiertos por vigas de madera oscura ennegrecidas por el humo de cientos de hogueras.
Antorchas encendidas iluminaban las paredes de piedra, donde colgaban enormes tapices bordados con ciervos, lobos y símbolos que no reconocía.
Había espadas, hachas y lanzas colocadas entre estandartes, y largas mesas de madera maciza ocupaban gran parte de la estancia.
Varias personas levantaron la cabeza al verme pasar. Mujeres con vestidos de lana gruesa. Hombres armados. Niños descalzos corriendo entre bancos y perros tumbados junto al fuego. El sonido de conversaciones, risas y platos chocando llenaba el ambiente.
Seguimos avanzando por estrechos pasillos de piedra iluminados por velas. El suelo estaba cubierto por pieles y alfombras desgastadas que amortiguaban nuestros pasos, y el aire olía a humedad, humo y hierbas secándose en algún rincón.
Mi corazón empezó a latir más deprisa cuanto más veía. Aquello no tenía sentido. No había cables. Ni luces eléctricas. Ni ventanas modernas. Ni absolutamente nada que pareciera pertenecer al siglo XXI.
La mujer terminó deteniéndose frente a una puerta de madera reforzada con hierro.
―Puedes descansar aquí ―dijo empujando la puerta.
Entré despacio.
La habitación era sencilla pero acogedora. Había una enorme cama cubierta con pieles, una chimenea encendida crepitando suavemente en una esquina y una pequeña mesa de madera junto a la ventana.
La mujer se volvió hacia mí.
―¿Cuál es tu nombre, muchacha?
Tragué saliva.
―Rose.
Ella asintió lentamente.
―Yo soy Margot.
Apreté los dedos con nerviosismo antes de acercarme un poco más.
―Margot, por favor, necesito ayuda. Ese hombre me ha secuestrado. No sé qué demonios está pasando aquí, pero necesito llamar a mi familia o a la policía. ¿Hay algún teléfono?
La mujer me miró perdida.
―¿Policía?
Fruncí el ceño.
―Sí, la policía. Y un teléfono, para llamar.
Su desconcierto pareció aumentar todavía más.
Entonces recordé el móvil.
―Espera, yo tengo el mío aquí.
Metí la mano rápidamente en el bolsillo de mi pantalón y saqué el teléfono empapado. La pantalla estaba totalmente negra y cubierta de humedad.
―Mierda…
Intenté encenderlo varias veces, pero no reaccionó.
Margot dio un pequeño paso atrás al verlo.
Sus ojos se abrieron horrorizados.
―¡Dios bendito! ―exclamó persignándose―. ¿Qué clase de artilugio demoníaco es ese?
La miré sin poder creerlo.
―Señora, por favor, no me tome el pelo. Sé perfectamente que usted es una actriz.
―¿Una qué?
―Una actriz. Ya sabe, alguien que interpreta un papel.
Margot pareció ofenderse profundamente.
―¡Jamás he sido una mujer de esa clase!
La manera en que lo dijo me dejó completamente desconcertada.
―No… no me refería a…
Ella me observó durante unos segundos con creciente preocupación.
―Creo que habéis sufrido un fuerte golpe en la cabeza, muchacha. ¿Os habéis caído?
Me pasé una mano temblorosa por el cabello húmedo.
―Caí al río… y cuando conseguí salir apareció ese hombre y me trajo aquí.
Margot suspiró suavemente.
―Entonces seguramente el golpe os ha confundido.
Noté un nudo formándose lentamente en mi estómago.
―Margot, ¿dónde estoy exactamente?
Ella frunció ligeramente el ceño, como si la pregunta fuese absurda.
―En Castle Varrich, por supuesto. Propiedad del clan MacKay. Y su laird es el mismo que la ha traído hoy hasta aquí.
El aire empezó a faltarme poco a poco.
―¿Y qué día es hoy?
Margot volvió a mirarme con preocupación.
―Estamos a diez de marzo del año de Nuestro Señor de mil cuatrocientos sesenta y siete.
El mundo se detuvo.
Sentí que toda la sangre abandonaba mi rostro mientras un zumbido ensordecedor llenaba mis oídos. No. No podía haber dicho eso. La habitación empezó a girar lentamente a mi alrededor. Intenté respirar, intenté decir algo, pero el aire dejó de entrar en mis pulmones.
Retrocedí un paso tambaleándome. Después otro. Y lo último que vi antes de desplomarme contra el suelo fue el rostro alarmado de Margot corriendo hacia mí.