8. AVERY
AVERY
Su lengua me devoraba la boca del mismo modo que sus palabras me inundaban el alma: por completo y sin disculpas.
Su confesión había conseguido lo que yo creía imposible y había tumbado hasta la última de las defensas que había levantado para protegerme de él.
Aquello no era un lío pasajero.
Era River.
Mi River.
¡Mira que besaba bien! Lo suyo era una exploración carnal descarada que me tenía arqueándome contra su cuerpo, asiendo su rostro con las manos para tenerlo más cerca.
Cuando me levantó por el culo y me cogió en volandas como si no pesara nada, yo le enrosqué las piernas en la cintura.
Me llevó de vuelta al interior del dormitorio y se dirigió a la inmensa cama con dosel sin interrumpir el beso ni detenerse. Me depositó en el colchón y mis sentidos se activaron.
El tacto de la colcha peluda combinado con el sabor de River, su aroma, el peso de su cuerpo descansando entre mis muslos..., todo se fundió para despertar hasta la última de mis terminaciones nerviosas.
El deseo que había latido en mi interior esa mañana volvió multiplicado por diez, exigiendo que lo saciara.
River me besó más profundamente, con cuidado, con una pasión controladísima. Noté que se contenía en la tensión de sus brazos, de sus dedos. Me deseaba, pero no iba a hacer nada para lo que yo no estuviera preparada.
Saberlo me embriagaba, me relajaba y me inflamaba, todo a la vez, porque era consciente de que iba a darme lo que le pidiera.
Y, además, me quería.
La ternura me inundó el pecho y se propagó por mi ser, acumulándose en mis extremidades hasta que River me acarició las costillas y el deseo lo desbordó todo.
Levanté los brazos por encima de la cabeza, instándolo en silencio a que me quitara la blusa.
—¿Estás segura? —me preguntó.
—Quiero que me toques —le susurré en la boca, tirándole suavemente del labio inferior con los dientes—. Aquí. Ya.
Aquel iba a ser su hogar, no me cabía la menor duda. En aquel momento, era el mío también, porque él estaba allí.
Pasara lo que pasase con nosotros en los próximos meses, quería tener aquello con él y que él tuviese un pedacito de mí allí, aunque solo fuera un recuerdo.
Me quitó la blusa sin gran alboroto y luego inspiró entrecortadamente.
—Increíble —susurró mientras me enmarcaba con las manos los pechos cubiertos por el sujetador de encaje.
Estampó su boca en la mía con renovado deseo.
Entonces empezó a acariciarme los pezones a través del encaje y yo me entregué a sus manos porque necesitaba más.
Me pasó una por la espalda mientras yo me arqueaba y, con dedos rápidos, me desabrochó el sujetador, que, tras un hábil movimiento mío, acabó en el suelo.
Acto seguido, tenía su boca encima, succionándome un pezón.
—¡River! —le grité mientras me lamía la piel sensible de la zona.
Me restregaba incansable contra su cuerpo. Nunca me había excitado tanto con solo unas caricias, nunca había estado tan desesperada por desnudar a un hombre.
Claro que nunca había estado con River.
—Quítatela —le exigí tirándole de la camiseta.
Se sentó sobre los talones con una sonrisa perversa.
—Tus deseos son órdenes —respondió y, agarrándose la camiseta por el cuello, se la quitó de un tirón.
Mi cerebro no encontraba palabras con las que describirlo, palabras para los relieves de sus músculos, el tostado intenso de su piel caliente, el deseo que le oscurecía la mirada. Era la definición misma del sexo y, de momento, era mío.
Sacudiendo los pies, me quité las sandalias mientras él se estiraba encima de mí, apoyándose sobre un costado para no aplastarme.
—Eres preciosa —me dijo, paseando la boca por debajo de mi mandíbula. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y mis caderas se mecieron involuntariamente—. Tan sexi y, por fin, mía.
Sus palabras coincidieron con mis pensamientos mientras volvía a besarme, privándome de cualquier idea que no fuera su cuerpo y la magia que obraba dentro de mí.
Si con un puñado de besos ya me tenía perdida, ¿qué iba a ser de mí cuando...?
—¡River! —jadeé mientras me colaba los dedos por debajo de la cinturilla de los shorts.
—Dime que no —me susurró cuando aquellos dedos llegaron a mis braguitas.
—Si te lo digo, vas a parar —contesté pegándome a su pelvis.
—Suele ser así, sí.
Detuvo la mano justo encima de donde más lo necesitaba, donde había despertado una especie de latido sordo.
—No pares —le pedí enterrando las manos en su pelo.
Me encantaba su textura sedosa, la forma en que se me deslizaba entre los dedos.
—Avery...
Mi nombre me sonó a oración en sus labios cuando apartó mi ropa interior y empezó a acariciarme el clítoris.
Grité moviendo las caderas, arqueando la espalda, tirándole del pelo.
Se le quedó atrapada la respiración en el pecho.
—Dios, si supieras la de veces que he fantaseado con esto —susurró al tiempo que describía círculos en mi clítoris y después desplazaba los dedos arriba y abajo.
Gemí y lo besé mientras me aferraba con una mano a los músculos de su hombro.
—¿Y estoy a la altura de tu fantasía? —pregunté, casi incapaz de retener un solo pensamiento mientras seguía estimulándome allí abajo.
El placer me recorría entera como una corriente eléctrica, tensándome el vientre. Aunque con los shorts apenas había espacio, me metió un dedo y levanté la espalda de la cama.
—Ni punto de comparación. Tú estás mucho más buena, más mojada... —Sacó la mano de dentro de mis pantalones y, ¡joder!, se chupó el dedo que me había metido dentro—. Más dulce de lo que había imaginado.
—Sigue.
Fue lo único que pude decir, porque era lo único que quería.
No era mi primera experiencia sexual, no era una monja, pero nunca había sentido un deseo tan intenso, una desesperación tan absoluta por alguien.
Me besó hasta llegar a mi vientre; luego me desabrochó los shorts y me los quitó.
—Esto también me sobra —dijo, y detrás fueron las braguitas.
No sentí vergüenza ni incomodidad cuando me estudió con atención, como si necesitara memorizar aquel momento. El deseo de su mirada bastó para hacerme sentir una diosa desenfrenada.
Llevó las manos a mis pechos y los retuvo con la fuerza justa; luego las deslizó por mis curvas, por los lados de los muslos, y me puso las manos debajo del culo.
Sin apartar los ojos de los míos, acercó la boca a mi entrepierna. Grité cuando me lamió, me succionó, me hizo el amor con los dedos y también con la lengua.
Mi cabeza perdió el control de mi cuerpo mientras él me adoraba. Yo me mecí contra su cara, encantada con la fricción de su barba de tres días en la cara interna de mis muslos.
Estrujé las sábanas, luego su pelo, cualquier cosa a la que pudiera aferrarme mientras me entregaba sin vergüenza a todas las sensaciones que me estallaban por dentro.
Y no me soltó hasta que el cuerpo se me puso tan tenso que ya no aguantaba más y la necesidad de alivio se tornó imperiosa.
El placer, casi insoportable, me recorrió en oleadas hasta que reventé en mil pedazos de luz y su nombre fue la única palabra que pude pronunciar.
River me recorrió el cuerpo con los labios, por encima del ombligo, entre los pechos, hasta llegar a mi boca para regalarme un beso asombrosamente tierno.
—Dios, me ha encantado —gimió.
—¿Qué parte? —pregunté con una sonrisa mientras me esforzaba por recobrar el resuello.
—Todo: tus reacciones, tu sabor, la forma en que dices mi nombre... Joder, sobre todo eso.
—River —susurré, y le besé el cuello.
Gimió.
—Sí, así.
—River —repetí, explorando con las manos los músculos espléndidos de su espalda.
Su piel era como satén caliente sobre acero trenzado. Jadeó cuando paseé los dedos por el contorno sensual de los músculos que llevaban a sus pantalones cortos.
—Quítatelos —le ordené.
Con unos movimientos rápidos, se quedó desnudo, exhibiendo aquel miembro erecto, caliente y pesado, apoyado en mi muslo.
—¿Estás segura? —me preguntó, mirándome fijamente a los ojos y acariciándome el labio inferior con el pulgar.
—Sí, quiero que seas mío —contesté, y le besé el pulgar.
—Ya soy tuyo de todas las formas posibles —dijo, y me besó él también, reavivando la llama que creía haber apagado con el orgasmo.
Un envoltorio rasgado y ya estábamos protegidos.
Me cogió en brazos con si nada y, sentado, me subió a horcajadas sobre su regazo. Me cedió el control sin dudarlo un segundo y yo disfruté de la habilidad que tenía para volverlo loco.
Le acaricié el miembro y lamenté no haber tenido tiempo de hacerlo antes.
Él me sostuvo la cara entre las manos mientras yo ponía las rodillas a ambos lados de su cuerpo y me colocaba bien.
Con los ojos clavados en los suyos, la respiración entrecortada y el corazón desbocado, nos unimos poco a poco, con deleite.
Se tragó mi grito de placer con un beso apasionado y nos fundimos en todos los sentidos. Mi cuerpo se dilató para recibirlo y él permaneció completamente inmóvil mientras yo lo recolocaba.
Pero luego no bastó con eso, y menos aún sintiéndolo tan grande y tan duro en mi interior.
Con las manos, me acarició las caderas en cuanto empecé a moverme, clavándome los dedos mientras lo montaba.
—Me encajas de maravilla —dije entre penetraciones.
—Nos —me corrigió, besándome el cuello—. Nos encajamos de maravilla.
Y así era.
Aquello no parecía sexo, sino más bien una forma de completar la unión que nuestros cuerpos exigían, porque nuestras almas ya la habían tenido siempre.
Se le tensó el semblante mientras se concentraba en nuestros movimientos; el sudor nos volvía la piel resbaladiza mientras chocábamos el uno contra el otro y el placer me recorría entera con cada embestida.
Llevó la mano de nuevo a mi clítoris para estimular aquella zona hipersensible con el pulgar.
—No hace... —jadeé mientras él presionaba y luego movía el dedo en círculos. Intenté ordenar mis ideas para volver a hablar—. No hace falta que... No creo que pueda...
—Claro que puedes —dijo, y noté su aliento cálido en la oreja.
Con la mano libre, me agarró de la coleta y tiró suavemente para echarme la cabeza hacia atrás y poder recrearse lamiéndome y succionándome todas las zonas erógenas del cuello.