Donde todo es posible (Serie Legacy 2) 4. AVERY #2
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4. AVERY #2

—Chisss —le dije mientras íbamos hasta mi coche.

—¡No me mandes callar! —replicó ella, ocupando el asiento del copiloto al tiempo que yo me sentaba al volante.

—Claro que te mando.

—¡No fastidies! ¡River y tú! ¡Por fin!

Casi le veía los corazoncitos danzando por encima de su cabeza.

—¡Para ya! —reí—. Mira, solo te lo he contado porque necesito asegurarme de que te parece bien que la tía Dawn venga de visita la semana que viene.

—Por supuesto. Si ella está en casa, papá se portará fenomenal.

Siguió parloteando, dejando bien claro un montón de veces lo mucho que le costaba creer que hubiéramos tardado tanto en liarnos. Y yo le recordé, todas ellas, que solo había sido un beso y que no estábamos juntos.

—Sí que lo estáis. ¡Os vais de viaje!

—Voy con él a ver su pueblo y el sitio en el que va a vivir. Aún no sabe cuándo tendrá que mudarse.

«Demasiado pronto».

—Deberías irte con él —dijo Addy, trasteando con el móvil.

—¿Qué? —contesté aferrándome al volante.

—Que deberías largarte. Salir de aquí de una puta vez.

—No digas palabrotas —la reñí automáticamente—. Y ese es un cambio demasiado grande para planteármelo siquiera.

—¿Por qué?, ¿porque la vida es maravillosa aquí? —se mofó—. En serio, si tienes ocasión de irte, hazlo. Yo pienso pirarme en cuanto pueda.

—¿No eres feliz aquí?

Mi hermana se encogió de hombros, sin apartar la vista del puñetero teléfono.

—A ver, no estoy mal, pero tampoco es que tenga mogollón de amigos. Esto está... estancado —dijo encogiéndose de hombros otra vez—. Nada cambia. Es como una de esas charcas que no hacen más que acumular mierda y mosquitos.

—Pero también hay cosas buenas, ¿no?

—Sí, claro: que tú estás aquí y que me gusta ver a la tía Dawn de vez en cuando.

Pero no pienso quedarme para siempre en este pueblo.

Me iré a la universidad y luego, cuando ya haya visto lo que hay por ahí fuera, igual vuelvo.

No quiero tener la sensación de que me he quedado porque era la única opción.

No te enfadas, ¿no? —preguntó, mirándome de pronto.

—En absoluto —contesté mientras girábamos hacia la casa de su amiga—. A tu edad, yo pensaba exactamente lo mismo.

—Pero entonces murió mamá.

Asentí despacio.

—Entonces murió mamá.

«Y mi futuro se fue con ella».

Me metí por el camino de acceso a la vivienda, aparqué el coche y me apresuré a coger a Adeline de la muñeca antes de que abriera la puerta.

—Addy, ¿tú en mi lugar te irías si tuvieras la oportunidad?

—Ya mismo —contestó ella sin pestañear—. Papá te hace la vida imposible. Cuando se vaya River... Creo que mereces ser feliz, que os lo merecéis los dos.

Me dio un brinco el corazón; sabía que debía preguntarle. No podía tomar ese tipo de decisiones sin ella.

—Vale, y si existiera la posibilidad de que te vinieses conmigo, ¿vendrías? Sé que no es tan fácil, que tienes amigos y una vida, y que está papá, pero contéstame a eso: ¿vendrías?

Addy ladeó la cabeza de una forma que me recordó muchísimo a nuestra madre.

—Haría las maletas mañana mismo. En ese caso hipotético.

—En ese caso hipotético —repetí.

Se abalanzó sobre mí por encima del cambio de marchas y me dio un beso en la mejilla.

—No te comas la cabeza, hermana. ¿Nos vemos más tarde?

—Sí.

—Vale.

Un par de tequieros después, dejé a Adeline en casa de Mandy, donde se quedaba a dormir esa noche.

Mientras conducía, la cabeza me iba a mil. ¿Qué supondría llevármela conmigo? «Si al final te vas». No podía dejarla allí. Ya me costaba pensar en dejar solo a mi padre. Por muy bajo que hubiera caído, seguía siendo mi padre.

Habría dado cualquier cosa por estar cinco minutos con mi madre.

¿Qué sería de mí si me marchaba, luego perdía a mi padre y entonces me asaltaba el mismo remordimiento?

Aparqué delante de la cabaña de River, a la que llegué como por inercia. Pretendía irme a casa, pero mi subconsciente debía de saber lo que necesitaba de verdad.

Zeus no ladró cuando me acerqué a la puerta, con lo que deduje que no estaba dentro. Habría salido a correr un rato con River.

Me detuve con la mano en el pomo. ¿Aún podía entrar como si tal cosa? Tenía llave, claro, pero nuestra relación se había vuelto tan rara que no tenía claro en qué punto estábamos.

Que tu mejor amiga tenga llave de tu casa no es nada raro.

Que la tenga tu novia es un gran paso, grande como el iceberg del Titanic .

«Grande como mudarse a Colorado».

Preferí aprovechar el sol de las tres de la tarde, situado justo encima de mí, y estiré las piernas en los escalones del porche.

En aquella quietud, me inundó una paz que me inflaba el pecho con cada respiración, que se propagaba por mi interior de una forma que solo River, o incluso simplemente su casa, podía provocar.

Oí el crujido cercano de la gravilla y, sobresaltada, abrí los ojos.

«¡Joder!».

River corría con Zeus suelto a su lado, zampándose el terreno con sus zancadas según se aproximaba.

Iba sin camiseta, con toda aquella piel bronceada y preciosa expuesta al sol. Siempre había sabido que estaba bueno: era muy consciente del interés que despertaba en las chicas y de la atracción que ejercía sobre mí.

Sin embargo, la necesidad de controlar mi nivel de babeo era nueva.

El tatuaje tribal que llevaba en el pecho se ondulaba con sus movimientos y, conforme venía hacia mí, divisé los pequeños regueros de sudor que le corrían por los relieves del torso hasta los abdominales perfectos.

El tío era un reclamo sexual andante.

Recogí las piernas al verlo detenerse, esbozando una sonrisa.

—¡Hola! —me saludó, con la respiración agitada pero sin ahogarse ni un poco.

—Hola —contesté, de pronto vergonzosa.

La última vez que habíamos hablado había sido justo después de que me sacara la lengua de la boca. Y, por cómo me miraba, con aquella voracidad descarada en sus ojos pardos, tuve la sensación de que estaba pensando justo lo mismo que yo.

—¿Qué haces aquí fuera? —me preguntó mientras Zeus me daba lametones en la cara.

—Esperándote.

Frunció el ceño, pero se limitó a tenderme la mano y levantarme del suelo sin esfuerzo.

—Buena respuesta, ¿quieres entrar?

Asentí y entramos, directos a la cocina. River sacó dos botellas de agua de la nevera y me ofreció una.

—No, gracias —respondí, por miedo a vomitarla en un segundo si bebía.

—Vale —contestó, y se bebió la suya casi de un trago.

¡Hasta los músculos de su cuello eran sexis!