Donde todo es posible (Serie Legacy 2) 4. AVERY
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4. AVERY

AVERY

Mientras esperábamos a que nos atendiera el doctor Stone, hojeé una revista, ajena a lo que estaba impreso en sus páginas porque no paraba de pensar en River.

Me había besado.

Con los ojos cerrados, recordé sus labios en los míos, el tacto de su lengua, sus manos, su sabor dulce. Me pasé los dedos por la boca como si aún lo sintiera ahí.

¿Cómo era posible que un solo instante lo cambiara todo?

«Así, sin más».

Había sido el mejor beso de mi vida, tan sensual que, si no llega a parar, no sé dónde habríamos terminado.

«En la mesa, en la barra, en su cama».

Noté que me acaloraba y abrí los ojos, sonriente.

¡Dios, qué feliz era!, y eso era algo que hacía muchísimo que no sentía.

Nuestro beso no había sido como el que se dan por primera vez dos amigos por probar algo más, sino como dos imanes que de pronto se giran y ya no hay forma de impedir que se acoplen.

—¿Qué te tiene tan contenta? —rezongó mi padre, sentado en la camilla.

—River —contesté con sinceridad.

El día anterior me había estado escribiendo sin parar desde el trabajo, pero no habíamos conseguido cuadrar nuestros horarios para vernos.

Mi padre entornó los ojos.

—No te encariñes mucho con ese chico, Avery. Te romperá el corazón cuando se marche y te amargará la vida. Y, joder, ya estás bastante amargada. Mírate —dijo señalándome.

Me guardé las garras, que amenazaban con dispararse en mi defensa.

—Pues tengo pensado irme con él a Colorado la semana que viene.

Mi padre se quedó a cuadros y me miró, furibundo.

—¡Ni hablar!

—Claro que sí —respondí con una determinación que no había sentido esa mañana al despertarme.

«Supongo que la decisión está tomada».

—Serán solo unos días, papá. La tía Dawn ya me ha dicho que vendrá a quedarse con vosotros. —De hecho, se había puesto contentísima cuando la había llamado esa mañana.

—¡No puedes ponerla en ese compromiso!

—Papá, vive a media hora de casa y está jubilada. Dudo que le suponga un compromiso pasar algo de tiempo con su hermano.

Él refunfuñó y empezó a dar golpecitos con el pie en el lateral de la camilla.

—¿Y Adeline?

—¿Qué pasa con ella? —Cerré la revista y dejé de fingir que leía.

—¿Estás pensando en mudarte allí... con él? Porque, si no, ¿para qué ibas a ir?

Tendría que haber esperado a que estuviéramos en casa para contárselo, o habérselo dicho antes de aquella cita.

—Luego lo hablamos.

—No, el médico llega tarde, como siempre. Lo hablamos ahora —dijo cruzándose de brazos. Llevaba las uñas demasiado largas, pero al menos había conseguido que se duchara esa mañana.

Por una milésima de segundo, me planteé la posibilidad de un futuro distinto; un futuro en el que no tuviese que pelearme con él todos los días, en el que viviese para mí y entrase de lleno en esa madurez independiente que siempre me había dado miedo anhelar; un futuro en el que River me besara y yo por fin me permitiera examinar lo que sentía por mi mejor amigo.

—¿Y si quisiera mudarme? —contesté con ternura—. ¿Y si quisiera tener una vida de verdad, papá?

—Una en la que no estuvieses atada a un padre inválido, quieres decir, ¿no?

—No eres un inválido. Además, River ya me ha dicho que podrías venir con nosotros...

—¡Basta ya! —espetó—. No voy a mudarme a Colorado, y tú tampoco.

Tu vida está aquí, conmigo. Sé que no es lo que querías, pero tampoco es lo que quería yo.

Estamos en esto juntos. Siempre hemos sido tú y yo, Avery.

¿Qué iba a hacer sin ti? ¿Qué iba a hacer Adeline?

Sabes que no podemos prescindir de ti. Así que, si quieres, vete y disfruta de tu fantasía, pero sabes que vas a volver, porque tú no eres de las que abandonan a su familia.

—Enarcó las cejas, como desafiándome a que dijera que sí.

¿Tenía razón? ¿Importaba acaso lo que yo quisiera?

El médico llamó a la puerta con los nudillos y me ahorró el mal trago.

—Señor Claire —dijo el doctor Stone sentándose a su mesa, delante del ordenador, y buscando la ficha—. A ver, ¿qué tal se ha encontrado este mes? Ha engordado.

—Me gusta comer —bromeó mi padre sacando su lado encantador, como hacía siempre con el médico. A fin de cuentas, él tenía algo que mi padre quería.

«Le está vacilando a él también».

Me guardé mis pensamientos mientras el doctor procedía a explorarlo al tiempo que le hacía las mismas preguntas de todos los meses.

—¿Y cómo va de dolores? —inquirió.

Presté especial atención entonces.

—Mal, doctor —contestó mi padre, haciendo una mueca a la vez que se presionaba la zona lumbar—. Cada vez peor.

El médico asintió, pensativo, frotándose la perilla. Costaba creer que tuviese los mismos años que mi padre, o a lo mejor es que había hombres sanos de esa edad y ya está.

—No voy a engañarle, Jim: el dolor siempre va a estar ahí. No hay garantías con una fusión vertebral como la suya. Sé que le duele.

—¿No podríamos subir la dosis diaria de medicación, para darme un respiro?

El médico suspiró, se sentó de nuevo delante del ordenador y volvió a consultar el historial médico.

—Creo que ya está al máximo de opioides. No puedo recetarle más sin arriesgarnos a que sufra una sobredosis.

—¡Es que duele mucho! —estalló mi padre, sobresaltándome.

Nunca mostraba su rabia fuera de casa. No, ese lado lo reservaba para Adeline y para mí, claro.

—Lo sé —contestó el médico recostándose en el asiento—. A lo mejor ha llegado el momento de comentar otras opciones.

—¿Algo más potente? —propuso mi padre.

¡Por Dios! Como se pillara un globo mayor, iba a salir volando.

—No, pero ahora hay otros métodos, formas de ir directos al nervio.

—Ladeó la cabeza—. Y hay que vigilar ese peso.

Otros pacientes con el mismo tipo de fusión vertebral llevan una vida relativamente activa y normal.

Tienen dolor, sí, eso es innegable, pero hemos podido reducir la dosis de analgésicos por vías naturales.

—Eso no me interesa. Quiero que deje de dolerme ya. ¿Va a ayudarme?

El doctor Stone me miró a mí y yo agaché la cabeza. Delatar a mi padre podría acarrear repercusiones desastrosas.

—Avery, ¿podemos hablar un momento fuera? —me pidió el doctor.

—¿Para qué quiere hablar con ella a solas? —saltó mi padre.

—Cosas de cuidadora. Le otorgó a ella la capacidad legal de decidir por usted, ¿no?

—Sí —gruñó mi padre.

—Entonces, no debería haber problema, ¿verdad? Salvo que esté ocultando algo.

—No hay problema —contestó mi padre.

«Mierda».

No me hizo falta mirarlo para saber que me estaba echando una mirada furibunda. ¡Si hasta notaba el calor de su rabia!

Salimos al pasillo y el doctor Stone cerró la puerta de la consulta.

—¿Cómo está de verdad? —me preguntó.

«Rabioso. Borracho. Verbalmente agresivo. Y es el tutor legal de mi hermana».

—Bien —contesté.

—Avery... —me dijo en el mismo tono paternal que seguramente habría usado con su hija, Michelle... Michelle, que había ido a la universidad en Texas después de que las dos nos graduáramos en el instituto. Michelle, que, seguramente, tenía una vida.

Podía mentir y dejar que mi padre siguiera degenerando o dar un paso minúsculo para forzar algún cambio en su vida. Si no era por mi propio bien, que fuera por el de Addy.

—Está rabioso —contesté, y miré al suelo mientras traicionaba al único progenitor que me quedaba—. Bebe demasiado, no se levanta del sofá y solo se esfuerza en moverse para coger el mando a distancia, aparte de cuando venimos aquí una vez al mes para que le renueve la receta de la medicación.

—Madre mía —masculló.

—Usted ha preguntado —dije, alzando la mirada—. Se está autodestruyendo.

—Y arrastrándote con él —observó.

Negué con la cabeza.

—Esto no es por mí, sino por Adeline.

Él asintió despacio y aguardó a que continuara.

—Necesito que lo que le he dicho quede entre nosotros —susurré.

El doctor Stone suspiró, frotándose el puente de la nariz.

—Vale. Te agradezco que te sinceres conmigo.

Inspiré hondo y me armé de valor mientras volvíamos a entrar en la consulta.

Entre aquello y el bombazo que acababa de soltarle a mi padre con lo de irme Colorado, cuando llegáramos a casa sus gritos me pondrían la cabeza como un bombo y la que iba a necesitar analgésicos iba a ser yo.

—A ver, Avery me cuenta que sigue más o menos igual —dijo el médico con una sonrisa forzada—, así que voy a mantenerle la dosis. No quiero que tenga dolor, pero exploraremos alguno de esos otros tratamientos, ¿le parece? Me interesa que vuelva a rehabilitación, y que esta vez se lo tome en serio.

—No, gracias —dijo mi padre sin más, como si el médico le hubiera preguntado si quería puré de patata con el filete.

El doctor Stone garabateó algo en su bloc, arrancó la hoja y se la dio a mi padre con una sonrisa.

—No es una sugerencia, Jim. Si quiere que le renueve la receta el mes que viene, llame a este número —le dijo, y añadió a la prescripción una tarjeta de visita—.

La doctora Maxwell es maravillosa, y antes de que nos veamos para la próxima revisión hablaré con ella para asegurarme de que ha estado yendo a las sesiones que voy a recomendarle.

Mi padre me miró de pronto.

—¿Qué le has dicho?

—Papá... —le supliqué.

Bastante malo era ya tener un padre ermitaño y borracho del que hablaba todo el mundo como para que encima me avergonzara en público. Eso era un infierno de otro nivel por el que no había vuelto a pasar desde que había tenido que bajarlo de un taburete del Golden Eagle a mis dieciséis años.

Ahora yo trabajaba allí.

—Me ha dicho que esta medicación le va bien, pero que el dolor le incomoda —contestó el doctor—.

Esto no es un castigo. Buscamos una solución a largo plazo que le permita volver a ser totalmente funcional.

La fisioterapia le ayudará a fortalecer los músculos de la espalda y puede que incluso a perder algo de peso.

Le irá bien. Y tampoco les vendrá mal a estas chicas que lo están cuidando a usted de maravilla.

Mi padre refunfuñó.

Porque lo cierto era que hacía tantísimo que le dábamos igual que ya no sabía ni cómo preocuparse por nosotras.

—¡Madre mía! —chilló Adeline, y bailó a mi alrededor, como la adolescente que era.