Donde todo es posible (Serie Legacy 2) 3. RIVER #3
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3. RIVER #3

—Por ti. No puedo abandonarte. No me he quedado aquí por Bishop, sino por ti.

—¡Pero ¿por qué?! —chilló.

—Dios, ¿aún no lo sabes?

—No —susurró, mientras asomaba a sus ojos azules algo que se parecía mucho a la esperanza.

—Sí, sí lo sabes. Siempre lo has sabido, igual que yo.

Rezando para que no me soltara un bofetón, la besé.

Puso cara de sorpresa y yo procuré ser suave, tomándome mi tiempo con sus labios, aguardando una reacción.

Era tan dulce... Le pasé la lengua por el labio inferior, saboreando la delicada curvatura. Bebí de esa boca con besos suaves tanto rato que estuve a punto de perder la esperanza. Mientras se dejaba besar, no me respondía.

Me aparté despacio, con miedo de ver lo que albergaban sus ojos, y recé para que no fuera asco.

¿Cómo se me ocurría besarla así? Nunca habíamos hecho ademán de cruzar esa línea y yo, de repente, me la había saltado de un brinco.

Como había cerrado los ojos, además, me era imposible saber qué sentía.

—¿Avery...? —dije en voz baja.

Se le aceleró el pulso bajo mi mano.

Abrió despacio los párpados y no vi rabia en su mirada, solo sorpresa.

—¿Me deseas?

—Siempre te he deseado.

Con un llanto suave, ancló sus labios a los míos e inició un beso voraz.

Paseé la lengua por esa boca con la que llevaba tantos años soñando y, ¡joder!, sabía aún mejor que en mis fantasías: un poco a esa infusión de hierbabuena que tanto le gustaba y a pura y dulce Avery.

Exploré su boca lentamente con la lengua y ella me siguió en todo momento, generando una fricción cuyo calor me recorrió todo el cuerpo y se me acumuló en la entrepierna.

Le ladeé la cabeza para besarla mejor. Si aquella era la única vez que conseguía hacerlo, iba a dejarle un recuerdo que la atormentaría por las noches de la misma forma que el suyo me atormentaba a mí.

Cedió a mis caricias y nuestros cuerpos se amoldaron sin esfuerzo el uno al otro.

De pronto, caí en la cuenta: «¡Joder, que estoy besando a Avery!». Y ella me estaba besando a mí como si le fuera la vida en ello.

Le deslicé una mano por la espalda, despacio, para que le diera tiempo a protestar (no lo hizo) antes de que la agarrara fuerte por el culo y la subiera a la mesa. Me situé entre sus muslos separados y ella se restregó contra mí, gimiéndome en la boca al descubrir mi erección.

En la vida me había excitado tan rápido con ninguna mujer.

Claro que Avery no era solo «una mujer», no: era todo lo que había querido siempre. La mujer con la que había comparado a todas las demás chicas desde que la conocía. La única que me tenía secuestrado el corazón sin saberlo siquiera.

Echó la cabeza hacia atrás y le llené de besos el cuello, con cuidado de no dejarle marcas sin querer en la piel suave. Ya no teníamos dieciocho años y no iba a manosearla como un adolescente inexperto por mucho que mi cuerpo me gritara que por fin la tenía entre mis manos.

Me enterró los dedos en el pelo y, restregándose contra mis caderas, gimió mi nombre.

Era el sonido más hermoso que había oído jamás.

Acerqué mi boca a la suya para regalarle un último beso largo y seductor, dándolo todo. Casi olvidé cómo me llamaba mientras me entregaba a todo lo que significaba Avery.

Luego, con la paciencia de un santo, me aparté de ella. Me miró con los ojos empañados de deseo y los labios inflamados por los besos.

«Pues sí, un santo».

—¿River...? —dijo con la voz pastosa y tan sensual que sentí la necesidad imperiosa de ver de qué color llevaba la ropa interior y qué tal quedaba en el suelo del bar.

En cambio, le di un beso en la frente y le quité las manos de encima para no terminar acostándome con mi mejor amiga en el bar en el que trabajaba. Avery se merecía algo mucho mejor que eso y, con todo lo que había esperado, yo también.

—Te deseo —le dije, con una voz tan grave que casi ni la reconocía.

Ella abrió la boca para hablar, pero sellé aquellos labios tentadores con el pulgar.

—No digas nada. Solo quería que supieras que tienes opciones, que yo soy una opción y que, ya sea como amiga o como algo más, quiero que vengas a Colorado conmigo.

Me voy allí la semana que viene y ya te he comprado un billete.

No serán más que unos días, no es un compromiso para toda la vida, pero quiero que vengas y veas si podrías construir tu vida allí.

Una vida conmigo o sin mí, eso ya es cosa tuya.

Le acaricié el labio con el pulgar e, inclinándome hacia delante, le robé otro beso.

—Dios, he esperado tantos años para hacer esto.

—River...

—No —le pedí—. No hables, solo piensa. Espero fuera a que cierres y luego... igual podemos hablar. ¿Mañana?

Asintió y yo retrocedí despacio, procurando no fijarme en lo rápido que le subía y le bajaba el pecho ni en que aún tenía los labios separados, como si esperara que volviese a besarla apasionadamente.

A lo mejor lo había jodido todo. A lo mejor había echado a perder la mejor relación de mi vida por insistir en algo que ella no quería, pero, cuando miré atrás y la vi tocarse los labios mientras yo salía por la puerta, no pude evitar sonreír.

A lo mejor había tomado la mejor decisión de mi vida.