3. RIVER #2
—River... —se despidió al pasar por mi lado.
—Gracias, Mike.
Dio una cabezada al aire y se fue; la puerta se cerró a su espalda. Sabía que no estaba borracho: iba allí todas las noches huyendo de su mujer, se bebía una cerveza hacia las ocho y media y luego pedía refrescos hasta la hora del cierre.
Es lo que tienen los pueblos: todo el mundo se sabe los rollos de todo el mundo.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó Avery humedeciéndose los labios, nerviosa.
—¿Estás sola?
—Lo va a estar —contestó Maud, que apareció de pronto detrás de la barra, donde debía de estar reponiendo—. Divertíos —dijo arqueando las cejas de manera cómplice hacia Avery—. Salgo por detrás para echar el cierre.
—Maud... —suplicó Avery.
—No te oigo, no te oigo... —canturreó ella, tapándose los oídos con los dedos como si tuviera cinco años.
Por algo me caía tan bien. Salió por la trastienda canturreando y luego oí que cerraba también la puerta exterior.
Avery se apoyó en la mesa, agarrándose fuerte al canto.
—Bueno, ¿qué es eso tan importante que no podía esperar a mañana?
Me apoyé en la mesa situada frente a la suya, de forma que quedamos muy cerca el uno del otro.
—Ya sé cómo arreglar nuestro problema.
—Ah, ¿sí?, porque, aparte de que decidas no marcharte a Colorado y luego me odies por haberos privado a todos de la posibilidad de recuperar esa brigada, lo cierto es que no se me ocurre nada.
—Opción uno: podría aceptar un puesto de temporada, vivir allí en verano y volver aquí a pasar el invierno.
Ella negó con la cabeza antes de que terminara siquiera de explicárselo.
—Ni hablar, no puedes permitírtelo. No te aceptarán allí con esas condiciones, y tu unidad de aquí tampoco lo toleraría. ¿Alguna otra idea genial?
—Vale, pues opción dos: te vienes conmigo a Colorado.
Y, según lo dije, fui yo el que se agarró fuerte a la mesa al verla palidecer.
—¿Qué? Es broma, ¿no?
Joder, ¿se me había subido el corazón a la boca o es que me había tragado algo inmenso?
—En mi vida he hablado más en serio.
Se hizo el silencio mientras ella me miraba, sorprendida y algo boquiabierta, con aquellos ojos indescifrables clavados en los míos.
—Lo digo en serio, Avery —repetí tranquilo.
—Ya lo veo —contestó.
—Lo he pensado bien...
—Claro, porque hemos hablado del tema hace doce horas... Es obvio que has tenido tiempo de pensártelo muy requetebién.
—Tú siempre has querido marcharte de aquí —dije, empezando a exponer mis argumentos, según había previsto.
—Y tú sabes por qué no puedo —me espetó—. ¿Qué te has creído, River? Yo no puedo coger y marcharme. No soy tú. Tengo responsabilidades aquí. Tengo que pensar en Adeline y en mi padre.
—Lo sé. Te he visto luchar cada día desde que te conozco y convertirte en una mujer fuerte y maravillosa.
—¡Para! —Se tapó los oídos y cerró tan fuerte los ojos que le salieron unas arruguitas en el entrecejo.
Salvé la distancia que nos separaba y le aparté las manos de la cara.
—Abre los ojos —le rogué.
Levantó despacio los párpados y dejó al descubierto aquellos iris azules, tan inundados de emoción que casi me faltó el aliento.
—Dime una cosa: si no fuera por Adeline, por tu padre y por todas las obligaciones que te retienen aquí, ¿querrías venir conmigo?
La vi desplazar la mirada de un lado a otro, señal inequívoca de que algo se estaba cociendo en su cabeza.
Avery siempre había sido implacable en la lealtad a su familia, en su insistencia en que era responsable de su padre y de su hermana. Era algo que siempre me había encantado de ella, pero en ese momento necesitaba que cediera un poco.
—¿Querrías venir conmigo, salir de aquí? Las Montañas Rocosas son una preciosidad y en Colorado el sol es algo más fiable que aquí. Ah, y lo mejor de todo: me tendrías a mí.
Me miró de pronto a los ojos.
—Pero es que no soy libre, por muy bonito que me lo pintes.
Le acaricié suavemente las muñecas.
—Sé que nuestra vida no es perfecta, pero lo que te pregunto es si, en un mundo ideal..., haz una abstracción, por favor: si no tuvieras las obligaciones que tienes, si solo dependiera de ti y de mí esta decisión, ¿querrías venir conmigo?, ¿darías ese salto?
—¿A Colorado? —preguntó.
—A Colorado —confirmé, por si pensaba que le proponía ir a mi casa a tomar el té.
Cerró los ojos otra vez.
—Sí —susurró.
Solté de golpe todo el aire que había estado reteniendo y mi cuerpo entero se liberó de la tensión que me inundaba desde que Bishop me había dicho que teníamos que marcharnos.
—Vale, menos mal.
—¡Pero da lo mismo! —exclamó, con la cara deformada por el intento de contener las lágrimas—.
Da igual lo que yo quiera o lo mucho que me apetezca largarme a un sitio nuevo donde no sea la hija de «ese borracho» y pueda empezar de cero, o que sigas siendo mi mejor amigo... Eso no importa. Mi vida es la que es.
—No tiene por qué ser así —repliqué, cogiéndole la cara con ambas manos y agarrándola después por la nuca.
—Claro que sí. ¿Y Adeline?, ¿qué sería de ella?
Me compungía que siempre antepusiera a los demás.
—Se vendría con nosotros.
Eso la dejó pasmada.
—¿Qué?
—En Legacy hay un instituto estupendo, con instalaciones nuevecitas. Es una población pequeña, pero allí hay una bondad que no he encontrado en ninguna otra parte. A Addy la recibirían con los brazos abiertos, y a ti también. Deja de mirarme como si estuviera soñando. Esto es posible.
—¿Te la llevarías contigo? ¿Nos la llevaríamos?
—Por supuesto. Forma parte de ti y necesita salir de aquí tanto como tú.
—¿Y mi padre?
Apreté la mandíbula. Ese era el único punto que me había costado digerir, pero sabía que debía hacerlo si quería conservar a Avery en mi vida. Además, por ella, merecía la pena saltar cualquier obstáculo o caminar descalzo por cristales si hacía falta.
Estaba convencido de que la chica que tenía delante era la pieza central del resto de mi vida.
—Él también puede venir —le dije con ternura.
—Ahora tengo claro que estás de broma —contestó, e intentó zafarse de mí, pero no la dejé—. Odias a mi padre.
—Odio cómo te trata —la corregí—. Nunca he entendido por qué se lo permites.
—Es el tutor legal de Addy —me explicó—.
Y a ella no la abandonaría nunca. Por más que le prometiera a mi madre que iba a ser discreta, que no iba a divulgar los asuntos de la familia...
, Addy siempre fue mi prioridad, y si eso significaba quedarme a vivir en casa y haber tenido que desplazarme a la universidad todos los días para poder proporcionarle un futuro a ella, pues estupendo.
Estaba dispuesta a pagar ese precio y lo hice.
—Entonces, si yo tengo que aguantar a tu padre para que sigas en mi vida, para tenerte cerca, pues genial, también lo haré. Hay centros especializados en Colorado y, a lo mejor, si conseguimos que deje de beber...
Sollozó y soltó un gemido largo, que era la única reacción que no me esperaba.
—Avery, no llores —susurré.
—¿Por qué? ¿Por qué ibas a hacer algo así? ¿Por qué querrías meter en tu vida la peor parte de la mía?
Se dibujó en mis labios una sonrisa mientras le limpiaba la lágrima solitaria que se le había escapado.