Donde todo es posible (Serie Legacy 2) 3. RIVER
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3. RIVER

RIVER

¿Podía empeorar más el puto día?

Por un lado, en la inmobiliaria me habían dicho que, tal como estaba el mercado de la vivienda por la zona, iba a perder dinero cuando vendiera mi casa; por el otro, acababa de avisar de mi marcha al equipo de Sol de Medianoche y Avery me estaba evitando.

Ni siquiera durante la relación más seria que había tenido se había comportado de esa forma conmigo. Hacía ya dos días que me había dicho «Sí, sí, estoy bien» y se había ido corriendo a la oficina.

En esos dos días, yo había firmado un contrato para poner a la venta mi casa con una fecha aún por determinar, lo había organizado todo para quedarme un par de días más de lo previsto en Legacy y poder buscar vivienda allí y me había puesto en contacto con una empresa de mudanzas para que se llevaran todas mis cosas.

Con tanto jaleo, había dejado de prestar atención a mis emociones, algo que había funcionado hasta que, de pronto, delante de casa de Avery, me asaltaron de nuevo las dudas.

¿Cómo iba a dejarla? ¿Cómo iba a mudarme a Colorado y no volver a verla, no volver a abrazarla, no volver a ayudarla aunque se quejara cuando era obvio que lo necesitaba?

Tragué saliva y llamé a la puerta.

Poco después, me abrió Adeline.

—¡Hola, Riv!

—Hola, Addy. ¿Está Avery por ahí?

—Sale ahora del periódico, pero ha llamado para decir que estaba de camino. ¿La esperas dentro?

En circunstancias normales habría dicho que no, que ya la llamaría luego, y después la habría interceptado por la carretera para poder estar a solas con ella unos minutos.

Pero como no me había cogido el teléfono y me había contestado los mensajes con monosílabos, aquella iba a ser probablemente la única forma de verle la cara un rato.

—Sí, genial —dije, y entré en la casa.

Era bonita, lo bastante espaciosa para una familia, y se había construido con cariño, pero los últimos once años le habían sentado fatal y estaba claro que su padre no estaba como para ponerse a hacer bricolaje.

«Por cierto, tengo que arreglar la barandilla antes de irme», recordé de pronto.

—¿Avery?, ¿eres tú? —gritó su padre desde el salón.

—No, señor Claire, soy yo..., River.

—Pasa, hijo.

Me sorprendió no solo la elección de palabras, sino también el tono. Yo, desde luego, no era su hijo. Y mi padre le habría dado una buena paliza a aquel tipo por haberse abandonado de esa forma.

Pero, por Avery, hice un esfuerzo.

—Señor... —dije al entrar en el salón.

Madre mía, aquello era una pocilga: platos en la mesita de centro, basura en el suelo y el hombre olía como si llevara sin ver el agua una semana o dos.

Me dieron ganas de recogerlo todo antes de que llegara Avery, pero sabía que se habría muerto de la vergüenza, así que hice lo que había aprendido a hacer el primer día de nuestra amistad: ignorarlo.

—Te vas a Colorado, ¿no? —me preguntó, moviéndose lo justo para alcanzar la cerveza que tenía en el suelo.

—Parece que ese es el plan.

—¿En busca de pastos más verdes?

Bebió un trago y yo me pregunté por un segundo si estaría mezclando el alcohol con las pastillas o si Avery habría conseguido esconderle la medicación antes de irse a trabajar.

—No, señor, van a volver a montar la unidad de bomberos forestales de mi padre y no pueden hacerlo sin mí.

—Pues sí que eres importante...

Me dieron ganas de suspirar, de maldecirlo, de apartar a Avery de aquella vida que él pensaba que le correspondía, pero contesté con una sonrisa forzada:

—Es cuestión de números, en realidad.

Gruñó.

—Pues igual a Avery no le hace mucha gracia.

—Puede ser.

Se hizo un silencio incómodo que, gracias a Dios, interrumpió enseguida el ruido de la puerta de la calle.

—¿Riv? —resonó la voz de Avery por la planta baja.

—Estoy aquí —contesté.

Se asomó al salón, con la coleta medio deshecha y una camiseta vieja de los Beastie Boys.

—He visto tu camioneta en la entrada. ¿Va todo bien?

—Ha venido a verte —contestó su padre.

—Ah —dijo ella, mirándonos alternativamente, y me hizo una seña para que la siguiera.

—Un placer volver a verlo, señor Claire —me despedí.

—Lo mismo digo, River —contestó, y eso que no había apartado la vista de la tele ni un segundo—. Buena suerte en Colorado.

Seguí a Avery por el pasillo y subí las escaleras detrás de ella, hipnotizado por la forma en que los pantaloncitos cortos le envolvían aquel espléndido trasero.

Esforzándome por hacer lo correcto, miré para otro lado, pero me encontré con esos muslos tersos y bien torneados que no pude evitar imaginar a ambos lados de mis caderas.

Me llevó a su cuarto y cerró la puerta.

Observé la estancia, aún decorada con fotos de la época del instituto y la universidad.

—No han cambiado mucho las cosas por aquí —dije.

—Es mi cápsula del tiempo particular —contestó, instalándose en la cama.

Cogí la silla del escritorio y me senté en ella a horcajadas, con el respaldo por delante para poner alguna barrera entre los dos.

Desde que sabía que iba a marcharme, parecía que la contención que, por norma general, exhibía en su presencia, y el placaje constante que me hacía a mí mismo y al deseo que ella me inspiraba se debilitaban, como si mi libido supiera que nos quedaba poco tiempo.

—Me gusta. Es muy tú —repuse.

Ella se rio de aquella forma tan desdeñosa que me repateaba.

—Porque yo no cambio, estoy estancada y cogiendo polvo, ¿no?

—Porque es constante y fiel.

Nos miramos y la electricidad que había entre los dos me pareció palpable. ¿La sentía ella también? Si era así, ¿por qué la negaba?

«Porque nunca le has dado motivo para no hacerlo, gilipollas».

—Te he estado evitando —me confesó con franqueza.

—Ya...

—No sé cómo gestionar esto, y me parecía más fácil enterrar la cabeza en la arena y dejarlo correr —explicó, y se llevó la almohada al pecho.

—Pues coges y hablas conmigo y yo contigo. Así ha funcionado siempre nuestra amistad.

—Pero ¿cómo va a funcionar si te vas a Colorado? Sé que debería alegrarme por ti, que es la brigada de tu padre y sé lo mucho que te importa. Pero egoístamente... —Negó con la cabeza.

—¿Qué? No te cierres conmigo.

Ella se encogió de hombros.

—Es que... El día que te compraste el terreno para hacerte la casa fue uno de los más felices de mi vida.

Me dejó de piedra.

—Espera..., ¿cómo?

—Es una tontería, lo sé.

—Yo no he dicho eso. Solo he dicho que no lo entiendo.

«Habla conmigo, Avery».

—Eso fue hace... ¿cuánto?, ¿tres años? —preguntó.

—Más o menos. Tú estabas saliendo con aquel capullo que estudiaba Matemáticas.

Enarcó las cejas.

—Buena memoria.

—Me acuerdo de todo lo que tiene que ver contigo —dije, pero me arrepentí al verle la cara de sorpresa. «Te has lucido, tío»—. ¿El terreno? —la insté entonces.

—Sí, eso. Que te compraras el terreno significaba que ibas a echar raíces, que te quedarías cuando te graduaras, cuando se fuera todo el mundo. Parecía algo sólido, fiable.

—¿Hablas de mí o de la casa?

Aquello no eran palabras de amor, ni siquiera de atracción. Joder, acababa de describir mi coche.

—Hablo de ti, y es bueno. En ese momento, me dio la impresión de que siempre estarías aquí, de que eras la persona en la que podía apoyarme. Nunca he imaginado mi futuro sin ti, y esto me tiene acojonada.

Me levanté de la silla para sentarme en la cama, a su lado.

—A mí también. Pero debo ir.

Me apoyó la cabeza en el hombro y yo apoyé la mía en la suya.

—Nunca te pediría que te quedases —susurró—. Sé que no puedes.

—Pero tampoco me imagino dejándote.

—Pues creo que estamos en un callejón sin salida.

El reloj del salpicadero marcaba la 1:36 de la mañana.

Llevaba una hora sentado en el coche, delante del Golden Eagle Saloon, buscando el modo de exponer el plan que había ideado al salir de casa de Avery.

El bar cerraba dentro de veinticuatro minutos, así que solo disponía de ese tiempo para aclararme antes de entrar.

Se abrió la puerta y dejé de respirar hasta que vi que eran dos chicas de la zona. Kris me saludó con la mano y yo bajé la ventanilla. Se subió a los estribos de mi coche y asomó aquella cara bonita al interior. Apestaba a alcohol.

—Hola, River —farfulló.

—Hola, Kris. ¿Cómo es que sales hoy?

—Es mi cumple...

—Felicidades. O sea, que ya eres mayor de edad, ¿no?

Ella me guiñó despacio uno de sus ojos pardos y se apartó el pelo de la cara de un soplido.

—¡Sí! ¿Qué haces tú?

—Esperar a Avery.

Al oírlo, echó la cabeza hacia atrás, exasperada.

—Vaya dos. Todavía no entiendo cómo puede seguir siendo amiga de un tío como tú. Yo me agarraría a tu cuerpo como si fuese una barra de bomberos —dijo riendo—. Porque eres bombero, ¿lo pillas?

—Claro, claro —contesté. La pobre llevaba encima un pedo tremendo, pero la conocía desde que apenas sabía conducir.

—Perdona, River —intervino su amiga—, la pobre va fatal.

—¡No es verdad! —se defendió la otra, humedeciéndose los labios—. ¿Quieres que espere contigo? Puedo tenerte entretenido.

En otras circunstancias, me lo habría pensado. Kris era preciosa, y yo tampoco era precisamente célibe, pero no solo iba borracha, y yo jamás me aprovechaba de eso, sino que además, bueno..., no era Avery. Y yo quería estar con Avery.

—Esta noche no, pero feliz cumple. Lauren, ¿la llevas tú a casa?

Lauren asintió y la apartó de mi coche.

—Sin problema, yo no he bebido. ¡Me alegro de verte, River!

Cuando subieron al coche de Lauren y se fueron ya era la 1:45. El corazón me iba a mil y tenía el estómago revuelto como antes de meterme en un incendio, antes de dar un paso que podía cambiarme la vida.

Me bajé de la camioneta y subí los escalones de la taberna sin haber siquiera decidido de forma consciente que no podía esperar hasta las dos. No podía esperar ni un segundo más.

Abrí la puerta de golpe y Avery levantó la vista, sobresaltada, de la mesa que estaba fregando.

—¿River...?

No contesté, me limité a mirar a Mike, sentado al final de la barra, como todas las noches.

—Mike, vete a casa.

—Aún no son las dos —protestó.

—Pero casi.

El tipo de cuarenta y tantos se levantó del taburete y tiró unas monedas en la barra.

—Gracias por la compañía, Avery.

—No hay de qué —respondió ella con una sonrisa.