Donde todo es posible (Serie Legacy 2) 2. AVERY #2
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2. AVERY #2

La tristeza que me producía la marcha inevitable de River se transformó en una rabia brutal.

—Porque aún no me ha dado tiempo ni a cambiarme de ropa; porque tengo dos trabajos para poder pagar los impuestos, los suministros y todo lo que Adeline necesita; porque River vuelve a Colorado y mi vida es esto, y necesito que hoy seas un poco comprensivo, papá, ¿vale?

—Vamos, que te quedas sin novio, ¿no? —respondió, centrando de nuevo su atención en la tele. Me dieron unas ganas terribles de estampar el puñetero mando contra la pantalla.

—No es mi novio.

—Entonces, ¿qué más te da? Déjalo que haga su vida, que encuentre una mujer que lo cuide. Alégrate de que se largue de este puto pueblo, porque nosotros no vamos a poder movernos.

«No voy a salir de aquí jamás».

—Genial, gracias por los ánimos.

—Tienes razón —dijo de pronto, encogiéndose de hombros.

Se me aligeró un poco el pecho, como si el padre al que había querido tantísimo asomara entre los nubarrones que lo habían ocultado los últimos once años.

—¿Ah, sí?

—Tu vida es esto. Te lo has ganado. Tráeme ropa, que esta ya huele.

—Dúchate de vez en cuando —le espeté, girándome para mirarlo mientras me alejaba de él y de aquel hedor que empezaba a ser habitual en el salón desde que se había cansado de acostarse en la cama.

—¡Cierra el pico! —gritó.

Subí a mi cuarto y me tiré en la cama, mirando al techo.

«Mételo en una residencia».

«Sal de esta casa y lárgate».

«Ya eres mayorcita, no tienes por qué aguantarlo».

Los consejos de mis amigos se agolpaban en mi cabeza mientras estaba tumbada. Todos esos amigos habían seguido con su vida; se habían mudado a zonas más cálidas, a ciudades más grandes. No tenían que cuidar de sus padres.

«La familia siempre consigue llevarnos al límite, y nosotros no paramos de ceder por la familia». La voz de River se impuso a mis otros pensamientos. Él siempre había entendido por qué me quedaba aunque los demás se fueran.

Miré la foto que nos habíamos hecho el verano anterior, en el lago.

River me abrazaba por detrás, con la barbilla apoyada en mi cabeza mientras los dos sonreíamos a la cámara.

Él llevaba el torso al descubierto, y los tatuajes tribales que le inundaban el pecho resaltaban la definición de aquellos músculos tensos y bien esculpidos que tanto se esforzaba por mantener en forma.

Como me decía siempre, no era por vanidad, sino por supervivencia, para ir un paso por delante de los fuegos que tenía que apagar.

Claro que nunca lo había visto quejarse de las tías que se volvían a mirarlo en un radio de cien kilómetros a la redonda.

Les devolvía la sonrisa y les guiñaba un ojo, y yo sabía que todas, sin excepción, se habrían ido a la cama con él encantadas.

Tampoco podía ponerme celosa. Para empezar, no éramos pareja. Aunque se acostara con todas las chicas de Fairbanks, no podría ni chistar. Ninguna era digna de él, pero...

En cualquier caso, yo tenía algo de él que ellas nunca tendrían. Nuestra amistad había durado mucho más que todas las relaciones fallidas de los dos juntas.

Si había una constante en lo nuestro, éramos nosotros, el uno para el otro.

¿Qué iba a pasar si volvía a Colorado?

¿Se mudaría y acabaría saliendo con una chica de su pueblo?

¿Me invitaría a la boda, al bautizo? ¿Su mundo se ensancharía hasta convertirse en algo hermoso mientras yo me quedaba aquí estancada, sin él?

«Debería», me dije.

River se lo merecía todo: una mujer guapa y cariñosa que le diera bebés con sus ojos y su pelo, y con su valentía.

¿Cómo iba a hacerme la fuerte mientras él preparaba la mudanza?

No podía obligarlo a elegir, ni ofrecerle gran cosa: «Oye, River, sé que tienes el mundo a tus pies y puedes salir con quien quieras, pero apuesta por mí, que vengo con una hermana pequeña a la que criar y un padre borracho e inválido al que cuidar. ¿A que soy un partidazo?».

Me llevé la almohada al pecho como si pudiera llenar el vacío que amenazaba con hacerme implosionar o plegarme sobre mí misma hasta que no quedara nada.

Me sonó el móvil con su tono y cogí la llamada.

—Hola, Riv.

—Hola, Ava. Te has ido muy rápido esta mañana.

Se hizo el silencio mientras pensaba una respuesta.

No era justo que me desahogara con él, que cogiera todas mis inseguridades, todas las responsabilidades de mi vida y se las echara encima.

—Sí, es que tenía mucho lío y me ha parecido que tú también.

—La verdad es que aún estoy como atontado.

Me mordí el labio inferior.

—Normal.

—Nunca se me había ocurrido que pudieran volver a montar la unidad —dijo en voz baja.

Sabía lo que significaba para River; era el legado de su padre, literalmente. Quería hablar con él, de verdad, pero no sabía cómo enterrar mi secreto para no agobiarlo más. Solo le faltaba tener que cargar también con mis mierdas.

—Te entiendo, pero, oye, ¿hablamos luego? Tengo que irme pitando a la oficina —dije, orgullosa de lograr que no se me quebrara la voz.

—Claro, claro. Avery, ¿estás bien? —me preguntó.

Su inquietud me produjo un calorcito en el pecho que me hizo cerrar los ojos.

Con él siempre me sentía valiosa, protegida. En un mundo en el que me pasaba casi todo el día cuidando de los demás, River era el único que cuidaba de mí.

Y ahora me tocaba a mí cuidar de él.

—Sí, sí, estoy bien.

La mentira me supo amarga y me asqueó nada más soltarla. No estaba bien, ni mucho menos.

La idea de perderlo me dolía tantísimo que me aturdía, y temía examinarme y descubrir entonces el daño, la hemorragia.

Pero eso él no podía saberlo nunca.