2. AVERY
AVERY
«¿Cómo que hay que volver a casa?».
La idea de que River fuera a marcharse a algún lado bastó para producirme náuseas. A lo mejor lo había oído mal. Quizá Bishop no lo dijera en serio. Puede que aquella cara de pasmo de River significara algo completamente distinto.
El calor que irradiaba la taza acabó quemándome la mano antes de que reparara en que aún la sostenía. Bordeé la barra de desayuno que separaba la cocina del salón y le di la taza a River, que me miró con sorpresa en los intensos ojos pardos y masculló un «gracias».
—¿A qué se refiere? —le pregunté.
Él se volvió hacia su hermano, apretando la potente mandíbula.
Tan serios los dos, se parecían más que nunca.
Su genética cheyene era dominante y se reflejaba en sus rasgos afilados, su nariz prominente, sus pómulos grandes y su pelo negro azabache, solo que Bishop era dos o tres centímetros más alto que su hermano pequeño, y River tenía al menos quince kilos más de músculo, de músculo cincelado e irresistible.
«No pienses así en él».
—¿A qué te refieres exactamente? —le preguntó River a Bishop.
Se me tensó el cuerpo entero.
—A que tendríamos que volver a Colorado —contestó el otro, mirándome, aunque mis ojos seguían clavados en River, que cabeceó despacio, como si aún procesara los detalles.
Eso era muy habitual en él: jamás tomaba una decisión sin pensárselo bien.
—¿Y no pueden prescindir de nosotros? —preguntó.
—No, ya les va a costar llegar al sesenta por ciento requerido. Bash me ha dicho que todavía no está claro el cupo final.
—¿Cuánto tiempo tiene para dar nombres?
«Un año, di un año».
Me aumentaron las náuseas.
No concebía una vida sin River. Ya se me hacía cuesta arriba que pasara días y días en un incendio.
—Dos semanas.
Vale, iba a vomitar. Debí de hacer algún ruido, porque River me pasó el brazo por los hombros y me estrechó contra su cuerpo, donde hasta entonces creía que siempre iba a encontrar refugio. No estábamos juntos ni nada, pero él era una parte esencial de mi mundo.
—Dos semanas —repitió, acariciándome el brazo.
—La asamblea solo les ha dado hasta la ceremonia.
—Joder, qué oportunos —protestó River.
—No me estoy enterando —intervine en voz baja.
River me lanzó una de sus miradas superintensas, con el ceño fruncido.
—¿Te acuerdas de que voy a Colorado dentro de un par de semanas?
Asentí.
—Pues ese es el plazo que le han dado a Bash —terció Bishop—. Se lo están poniendo lo más difícil posible, aunque cubra él todos los gastos. Las instalaciones ya están listas, solo falta la dotación.
—Joder, sabía que Bash tenía pasta, pero taaanta... —River inspiró hondo y soltó el aire despacio—. Vale, entonces, si volvemos, podemos resucitar la brigada de élite de Legacy.
—Ese es el plan.
—¿Y si no...?
—No lo conseguirán. No hay forma matemática de conseguirlo sin nosotros dos.
River soltó una carcajada socarrona.
—Y tú no querías que apagara fuegos...
—Y sigo sin querer. Esto no es una orden, sino una decisión.
—¿Tú te apuntas? —preguntó River.
—Yo sí —contestó Bishop.
Se me aceleró la respiración. Si Bishop iba...
—Entonces, yo también. No voy a dejarte solo. Nos cuidamos el uno al otro, ¿no es eso lo que me dices siempre?
Sentí una punzada de dolor tan intensa que creí que la emoción me quemaría los nervios, como si me hubiesen marcado a fuego el alma.
—Sí —contestó Bishop en voz baja—, pero ¿seguro que eso es lo que quieres?
Me miró a mí otra vez, como si fuera a influir en la decisión de River.
Yo nunca había cruzado la línea que me habría otorgado voz y voto; tampoco había cedido a la química intensa que había entre nosotros ni al anhelo que había sentido siempre. No habría sido justo por mi parte, con las responsabilidades que llevaba a la espalda.
Él merecía algo mejor.
River me agarró más fuerte.
—Estamos hablando de papá, Bishop. En realidad, no nos queda otra. Era su unidad y es nuestro hogar. Si hay posibilidad de resucitar la brigada de élite de Legacy, no voy a quedarme al margen.
Se acabó.
Se iba de Alaska.
Me dejaba.
—¿Dónde cojones estabas? —me increpó mi padre cuando Adeline y yo entramos en casa.
Ella se encogió de miedo, pero sonreí para tranquilizarla.
—Ya me ocupo yo de él.
—¿Estás bien? —me preguntó Addy.
—Sí —mentí—, ¿por qué?
—Llevas conteniendo las lágrimas desde que hemos salido de casa de River. ¿Habéis discutido?
Le pasé un mechón de pelo rubio por detrás de la oreja.
—No, River y yo estamos bien. Además, nunca hemos tenido ese tipo de relación.
—Pues deberíais —replicó ella mientras se iba.
Era mi mejor amigo.
Tampoco es que nunca hubiera pensado en que...
me hiciera suya de verdad. A fin de cuentas, me sabía de memoria hasta el último relieve de su cuerpo, cómo se le fruncían los ojos al sonreír de oreja a oreja...
¡Si incluso había protagonizado alguna de mis fantasías más sonrojantes! Pero yo vivía en el mundo real.
—¡Avery! —me gritó mi padre desde el salón.
Un mundo real en el que estaba mi padre. Inspiré hondo, me armé de valor y entré.
—¿Sí, papá...?
—¿Dónde cojones estabas? —repitió—. Ni siquiera te has molestado en pasar por casa después del trabajo.
Estaba tirado en el sofá, con la ropa del día anterior y apestando a alcohol, o igual era por la botella casi vacía de Jack Daniel’s que tenía al lado, en el suelo. La mesita de centro estaba llena de restos de comida, todos a su alcance.
—Hemos pasado la noche en casa de River —le dije recogiendo los platos.
—Tendrías que haber estado aquí, no tonteando como una cualquiera con ese Maldonado.
Ni se molestó en mirarme, siguió viendo Family Feud . Aunque ¿qué sabía él lo que era una familia? Para mi padre, esa palabra solo incluía a mi madre y, desde su muerte, bueno..., mi hermana y yo no significábamos gran cosa.
—Solo somos amigos, papá —contesté, y me llevé los platos a la cocina.
—¡Y una mierda! Tráeme las medicinas, anda —me pidió, de pronto todo ternura.
Dejé los platos en la pila y abrí el agua caliente para ablandar los restos resecos y encostrados. Luego me agarré al borde de la encimera, agaché la cabeza e inspiré hondo varias veces.
River se iba, y mi vida era la que era.
Ya no habría pequeños instantes de felicidad con sus carcajadas, contemplando las estrellas con él, aprovechándome de la comodidad de sus brazos bajo el disfraz de la amistad. Todo eso había terminado.
Sentí como si me machacaran el corazón, como si me lo estrujaran hasta desangrarlo. La vida que llevaba no era nada glamurosa, ni siquiera satisfactoria. Solo obligaciones, bien con Adeline, bien con el cuidado de mi padre.
«Obligaciones».
Planté el bote de pastillas en la encimera con más fuerza de la que pretendía.
«Obligaciones».
Desenrosqué el tapón y oí a mi padre gritarme otra vez porque tardaba demasiado.
«Obligaciones».
Nada de esto me había importado la noche anterior, porque aún tenía mi pequeño refugio: River.
Pero, de pronto, viendo el rumbo que tomaría mi vida, el vacío se me hizo abrumador.
—¡Avery! —me chilló.
—Sí, papá, ya voy —contesté, consciente de que, si no iba, los gritos se convertirían en alaridos y luego empezaría a tirar cosas.
Y, si me hartaba y le decía que viniera a por ellas, terminaría rompiendo algo.
A nosotras no nos haría nada, nunca nos había puesto un dedo encima, pero destrozaría lo que más queríamos para dejar claro quién mandaba.
Nuestra madre había muerto en el accidente de tráfico que le había dejado la columna rígida a nuestro padre, y nosotras íbamos a pagar eternamente esa desgracia, la pena infinita de él y la pérdida de su empleo en el cuerpo de policía.
A fin de cuentas, cuando ocurrió, iban de camino a buscarnos a casa de la abuela, donde habíamos pasado el fin de semana. Para mi padre, si no hubiéramos nacido, mi madre seguiría viva y él continuaría entero y aún podría trabajar.
Yo lo tenía clarísimo, aunque él nunca fuera a reconocerlo.
Era nuestro secreto: él lo guardaba porque jamás iba a exponerse voluntariamente a las consecuencias de sus actos; yo, porque él era el tutor legal de Addy y, si abría la boca, podía echarme de la vida de mi hermana y, entonces, ¿qué sería de ella?
Aunque lo denunciara por negligencia, no tenía la certeza de que ella fuese a terminar viviendo conmigo.
Enjuagué los platos y los metí en el lavavajillas; luego cogí los analgésicos de mi padre del armarito de arriba, donde había decidido esconderlos esa semana.
Los iba cambiando de sitio para asegurarme de que no se tomaba más de los que le tocaban.
Cogí una botella de agua de la nevera y le llevé las pastillas.
—Ya era hora —protestó, y chilló de dolor al incorporarse en el sofá. Se tragó las pastillas con un sorbo de agua y después se rascó la barba sin afeitar. Hacía años que no lo afeitaba—. ¿Cuándo piensas limpiar esta pocilga? —dijo señalándome el desorden general del salón.
—Luego, quizá —contesté—. Tengo que pasarme por la oficina un momento.
—¿Por el periódico? —dijo con desdén.
—Sí, el periódico, donde trabajo.
«Para que no nos corten la luz».
Mi padre se rio.
—Eso no es un trabajo. Con un trabajo se gana dinero de verdad. ¿Por qué no lo dejas y coges más turnos en el bar? Una chica guapa como tú se sacará sus buenas propinas.
Claro que me sacaba buenas propinas, las suficientes para ahorrar casi un semestre completo de la matrícula de Adeline. En otros cinco años, quizá consiguiera llevarla a la universidad sin tener que pedir un préstamo como el que había tenido que pedir yo para mi grado de Periodismo.
Con todo, fue la universidad lo que me llevó hasta River, y eso ya justificaba hasta el último centavo de mi deuda.
—Bueno, si no me necesitas, tengo cosas que hacer —le dije.
Mi padre cambió de canal.
—Sácame ropa limpia y hazme el desayuno —me ordenó.
Me mordí los carrillos y, sin embargo, salté:
—Pídemelo por favor.
—¿Cómo dices? —replicó él, mirándome por fin, con los ojos empañados por la medicación, pero muy abiertos.
—Que me lo pidas por favor —repetí.
—¿Y eso por qué? —gruñó como un niño enfurruñado.