Donde todo es posible (Serie Legacy 2) 1. RIVER #2
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1. RIVER #2

—Porque siempre le cuento que sigo entero cuando vuelvo de trabajar en un incendio —le expliqué, y pasé de largo el recibidor, cargado con mi equipaje.

—¿Porque él no lo consiguió?

Aquella pregunta inocente me pilló desprevenido.

—Eso es. Murió junto con toda su unidad, la brigada de élite de Legacy, en un incendio que asoló nuestro pueblo.

Addy miró la foto de mi padre, vestido con su equipación de bombero, y luego a mí.

—¿Cuánto hace de eso? —quiso saber.

—Diez años.

«Diez años y un par de semanas», me dije.

—Qué pena. Lo siento mucho.

—Gracias. Es duro perder a un padre o una madre, ¿verdad?

Ella asintió con la cabeza.

—Yo no me acuerdo de mi madre, la verdad, así que... —repuso encogiéndose de hombros.

—No creo que eso lo haga más fácil. Una pérdida es una pérdida.

Me dio la razón con la cabeza y escudriñó la foto de mi padre.

—Era guapo.

—A mi madre se lo parecía, desde luego. —Se habían querido de una forma que me había hecho pensar que yo no podía conformarme con menos—. Aún tienes tus cosas en la cómoda —le dije a Addy mientras entraba en el salón.

No era la primera vez que se quedaba a dormir en casa cuando Avery tenía turno de noche, ni sería la última.

—¡Gracias! —contestó, y se metió en el cuarto de invitados, donde estaba el televisor de setenta pulgadas que había comprado casi exclusivamente por ella.

Quería muchísimo a Avery, pero Adeline era mi debilidad.

Zeus lloriqueó al otro lado de la puerta y lo dejé entrar; luego llevé mi bolsa al cuarto de la colada.

Como de costumbre, toda mi ropa olía a humo, pero en realidad no me molestaba hasta que llegaba a casa.

En cuanto entraba, me faltaba tiempo para quitarme el pestazo de la piel, del pelo, de la ropa.

Lo metí todo en la lavadora, eché detergente y la puse en marcha.

Con suerte, el primer lavado se llevaría el olor del incendio.

Me hizo falta una ducha larga para conseguir lo mismo con mi cuerpo.

Ya limpio, cogí una cerveza de la nevera, puse la tele para ver qué pasaba en el mundo y, plantándome el portátil en el regazo, eché un ojo a las redes sociales. Zeus se acurrucó a mi lado y yo lo acaricié distraído mientras curioseaba.

«Drama».

«Drama».

«Un bebé monísimo».

«Drama».

«Joder, ¿cuándo se ha casado?».

Hacía tanto que me había ido de Colorado que había perdido por completo el contacto con aquella realidad.

Al cabo de unos minutos, cerré el ordenador, dejando atrás a mis amigos, tanto a los de la universidad como a los de Colorado, cambié de canal y desconecté del mundo un ratito.

Había salido ileso de otro incendio. Miré la foto de mi padre y le dediqué un brindis con el botellín de cerveza. Luego le di un trago largo y recosté la cabeza en el sofá.

—¿Riv...?

Aquella voz suave me sorprendió y levanté la cabeza mientras alguien me quitaba la cerveza de la mano.

—¿Avery? —pregunté, con la voz pastosa a causa del sueño.

—Sí —contestó, acariciándome el pelo—. Te has quedado frito.

—Mmm... —repuse cediendo a sus caricias—. ¿Qué hora es?

—Las dos y cuarto.

Me incorporé y me desperecé.

—¡No me jodas!

—Estarás agotado —dijo Avery acurrucándose a mi lado.

La envolví con un brazo y, con el otro, le eché una manta por encima.

—Pues sí —reconocí—. Y fijo que tú también.

—Ajá —respondió, e instaló la cabeza en aquel sitio de mi pecho en el que encajaba a la perfección mientras soltaba un bostezo tremendo.

«Hazlo ahora». Siempre que iba a un incendio me juraba que, al volver a casa, le contaría lo que sentía.

Sabía que ella no buscaba una relación, que pensaba que solo tenía tiempo para cuidar de su padre, casi postrado en una cama, y que cumplir con sus dos trabajos y criar a su hermana prácticamente sola eran sus únicas prioridades... Pero quería que supiera que ella era mi única prioridad.

Y si la cosa se complicaba, si se ponía chunga, entonces, ¿qué? Yo no iba a irme a ninguna parte, y ella tampoco. Ya encontraríamos un modo de arreglar lo que fuera.

Además, aunque pasaran los años, yo no querría a nadie más; eso lo tenía claro. Todas mis relaciones fallidas me habían demostrado que no existía reemplazo posible para Avery Claire.

Inspiré hondo e intenté echarle huevos.

—Oye, Avery...

No contestó.

Me moví lo justo para ver que tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta, y que respiraba de forma profunda y regular. Se había dormido.

Debería haberla llevado a su cama, pero apoyé la cabeza en el sofá y disfruté de la sensación de quedarme dormido con ella entre mis brazos.

No habían pasado ni cinco minutos cuando alguien aporreó la puerta de la cabaña. Me incorporé sobresaltado y por poco tiro a Avery al suelo.

—¿Quién cojones...? —mascullé, mirando por la ventana.

Ya era de día, claro que en Alaska eso no significaba mucho.

—¡Joder, que son las ocho! —exclamó Avery, desperezándose a mi lado.

No me fijé en cómo la camiseta de tirantes se ajustaba a sus pechos ni en su bostezo soñoliento, con el que doblaba la lengua como un gatito.

Tampoco me imaginé colocando de inmediato su cuerpo calentito bajo el mío, ni despertándola del todo con un orgasmo que hiciera que aquella voz ronca gritara mi nombre.

No, qué va.

«Joooder».

Seguían aporreando la puerta, así que me levanté y fui al recibidor, donde ya estaba Zeus, meneando la cola. Abrí y el perro salió, pasando como una bala al lado de Bishop, que me miraba con los labios apretados.

Aquella cara nunca era buena señal.

—Menudo perro guardián tienes —comentó mientras entraba.

—Zeus sabía que eras tú —respondí—. Además, tengo veinticinco años. No seas peñazo, que solo me sacas tres.

—Ya —contestó él, mirando la foto de nuestro padre antes de irrumpir en el salón.

Si con aquel comentario no saltaba, era porque pasaba algo muy chungo.

—Hola, Avery —saludó hacia la cocina, donde ella estaba haciendo café.

—Bishop... —contestó con una sonrisa—. ¿Un café?

—Me vendría de perlas —respondió mi hermano, y se volvió hacia mí—. ¿Estás despierto?

—Te he abierto la puerta, ¿no? —Me crucé de brazos—. No habíamos quedado hasta dentro de dos horas. ¿Qué haces aquí?

Él apretó la mandíbula.

—Me han llamado esta mañana temprano.

—¿Quién?

Como no fuera una llamada de ultratumba de nuestro padre, no veía motivo para que me hubiera arrebatado tan bruscamente de los brazos de Avery.

—Sebastian Vargas.

—¿Bash? ¡No me jodas! —Negué con la cabeza, convencido de que había oído mal—. ¿Ha pasado algo en casa?

¿Por qué iba a llamar Bash? Él estaba en una unidad de bomberos forestales en California. ¡Se había ido de Legacy a la vez que yo!

Bishop tragó saliva y apretó los puños.

—Van a resucitar la brigada de élite.

Me quedé pasmado.

—¿Cómo? Repítelo.

Él asintió.

—Ya, a mí ha tenido que decírmelo unas seis veces. No me lo he creído hasta que Emerson Kendrick se ha puesto al teléfono.

—¿Emmy también está en esto?

Tanto el padre de Emerson como el de Bash habían muerto con el nuestro. Los habían enterrado juntos en los montes de Legacy.

—Parecía imposible, pero han conseguido que el ayuntamiento acceda con una condición.

—¿Cuál?

Me asaltaron todas las emociones posibles y me llené de incredulidad, de esperanza, de orgullo y de cierto recelo.

¿Era buena idea resucitar una brigada que había perecido casi entera en un incendio? ¿Sería una forma de hacerle justicia? ¿Estaría la nueva brigada condenada a sufrir el mismo destino que la de nuestros padres? Habíamos enterrado a dieciocho de los diecinueve que la formaban.

Y, aunque era cierto que no habíamos querido otra cosa en los primeros cinco años después de la tragedia, como el tiempo iba pasando y nos lo habían negado una y otra vez, bueno..., lo habíamos dejado por imposible.

—La brigada tiene que estar compuesta principalmente por descendientes de bomberos, de hijos de los miembros originales.

Me quedé allí plantado, contemplando a mi hermano mientras lo digería. Él cabeceó despacio, como si entendiera lo mucho que me estaba costando procesar la noticia.

Luego miré a Avery, que sacaba una taza humeante de debajo de la cafetera Keurig.

—Dilo —gruñí, consciente de que sus siguientes palabras iban a hacer pedazos todos mis planes.

—Nos necesitan. Si queremos resucitar la brigada de élite de Legacy..., hay que volver a casa.

«Me cago en mi vida».