Donde todo es posible (Serie Legacy 2) 1. RIVER
4%
Donde todo es posible (Serie Legacy 2)

Donde todo es posible (Serie Legacy 2)

Por Rebecca Yarros

© inepub.com

1. RIVER

RIVER

Por mi puta vida, estaba agotado.

Llevábamos ya siete años allí, desde que me habían dado plaza en la Universidad de Alaska, pero el sol nocturno de finales de julio aún me pillaba por sorpresa de vez en cuando.

Supongo que mi cerebro seguía en modo Colorado.

—¡Joder, qué largo se me ha hecho este, Riv! —me dijo Bishop, pasándome el brazo por el hombro y estrujándome.

Me había hecho lo mismo después de cada incendio al que habíamos acudido juntos.

Sabía que le fastidiaba que hubiera decidido llevar aquella vida con él.

¿Qué pensaba que iba a hacer, dejar que mi hermano mayor siguiera los pasos de mi padre y no acompañarlo?

¡Ni de coña! En cuanto tuve edad suficiente, solicité el puesto y me deslomé en la universidad para sacarme el grado de Forestales, y allí estábamos los dos.

—Me alegro de que haya terminado. Por un momento, la cosa se ha puesto chunga.

Desbloqueé las puertas de mi F250 mientras él me alborotaba el pelo como si fuéramos unos críos.

Unos mechones de aquella mata de recio cabello oscuro se me quedaron enganchados en la barba de tres días en cuanto el pelo volvió a caerme por la cara.

Yo, como mucho, podía llevarlo por la barbilla; no entendía cómo se las apañaba Bishop con aquella melena por la espalda.

«Nuestra madre es cheyene» era su explicación.

—Sí, se ha puesto chunguísimo —reconoció él—. Siempre puedes buscarte un trabajo más fácil en los Servicios Forestales, sin incendios, con un horario decente, un paisaje bonito... —me dijo antes de desbloquear las puertas de su camioneta.

—Que te lo has creído tú —contesté, y lancé la bolsa manchada de tierra a la zona de carga.

—Ojalá lo hicieras —masculló.

—¿Gim mañana? —pregunté ignorando la pullita, porque, aunque Bishop solo tuviera tres años más que yo, se tomaba muy en serio su papel de hermano mayor.

—Como siempre —contestó, y se subió al coche.

Hice lo mismo, me instalé al volante y cerré la puerta. Arranqué el motor y enfilé la carretera para salir de Fairbanks en dirección a mi casa de Ester.

Bishop me metía mucha caña en el gimnasio. «Ya puedes correr más que el fuego», solía decirme, y me presionaba como si las llamas me lamieran los talones constantemente.

Tampoco es que me importase el cuerpazo que se me estaba poniendo, que garantizaba la atención de un buen puñado de mujeres.

Claro que, aunque yo sin duda había catado el bufé de féminas de la zona, mis conquistas no eran nada comparadas con las de Bishop.

En cambio, en una cosa estábamos igual: ninguno de los dos había salido con una mujer más de seis meses o así. Bishop las dejaba en ese tiempo, y yo..., bueno, terminaban deduciendo que no eran mi prioridad y, claro, me dejaban ellas a mí.

Cuando tomé el desvío de la Ruta 3 hacia Ester, el sol empezaba a ponerse por fin. ¡Por Dios, si eran las once! Echaba de menos las noches cálidas de verano bajo las estrellas en Colorado. Las auroras boreales eran flipantes, sí, pero... no era lo mismo.

«No te quejes del sol, que dentro de nada será de noche casi todo el día».

En el aparcamiento del Golden Eagle Saloon había una plaza libre. La ocupé y, en cuanto apagué el motor, bajé de un salto de la camioneta.

Todo mi ser olía a humo y a diez días de trabajo incesante como bombero, pero sabía que ella se pondría de los nervios si no pasaba a verla.

Además, yo estaba deseando verla.

La música sonaba a tope cuando entré en aquella taberna clásica montada en una cabaña de madera. Había bastante gente para ser un sábado por la noche.

—¡River! —me gritó Jessie Ruggles desde la barra, con una faldita muchísimo más corta de lo que necesitaban esas piernas suyas interminables. No me quejaba, que conste—. ¿Habéis vuelto todos a casa enteros?

—Sí, intactos —contesté—. ¿Has visto a...?

—¡River!

Me volví hacia aquella voz y me topé enseguida con cuarenta y cinco kilos de perfección. Ella aseguraba que eran más, pero yo no me lo creía.

Avery dio un salto y la atrapé al vuelo sin problema. Me enroscó los brazos en el cuello, encajándome uno en la nuca de aquella forma que siempre me derretía.

—Estás bien —susurró muy cerca de mi cara.

Aun estando en el bar, olía de maravilla, a manzanas y canela caliente.

—Estoy bien, Avery —le prometí, pasándole las manos por la espalda—. Todos lo estamos.

Ella asintió, pero no dijo nada, solo me apretó un poco más fuerte. Había vuelto a casa de innumerables incendios desde que era mi mejor amiga, y siempre me recibía así.

No había nada mejor en todo el planeta.

Siempre me quedaba allí plantado, en medio del bar, dejando que me abrazara todo lo que quisiera, más que nada porque no me cansaba nunca de tenerla en mis brazos.

Avery Claire era mi mejor amiga desde los dieciocho años.

Y yo estaba enamorado en secreto de ella desde entonces.

Quizá algún día pudiera decírselo, pero aún no era el momento. Claro que el año siguiente tampoco pintaba bien...

Inspiró hondo una vez más, se deslizó por mi cuerpo y, en cuanto posó los pies en el suelo de madera, retrocedió un poco.

Entonces me miró de arriba abajo, en busca de cualquier cosa que pudiera parecerse a una herida, se colocó la larga melena rubia por detrás de las orejas y asintió con la cabeza, satisfecha.

Avery tenía la tez tan clara como yo oscura; su piel era pálida, mientras que el sol y mi herencia cheyene materna bronceaban la mía. También era tan menuda como yo corpulento, curvilínea donde yo era recto, y aquellos shorts que llevaba no disimulaban para nada sus piernas bien torneadas.

—¿Ves?, estoy perfectamente —comenté con una sonrisita.

—¿Me lo prometes? —inquirió, frunciendo aquellos preciosos ojos azules.

—Huelo a humo y estoy agotado, pero sigo de una pieza. De hecho, iba para casa, pero he supuesto que esta noche trabajabas...

—... y que te montaría un pollo si no me avisabas de que ya habías regresado.

—Podría haberte mandado un mensaje.

—No es lo mismo —repuso, y se le ensanchó tanto la sonrisa que casi iluminó el mundo con ella—. Me alegro de que estés de vuelta.

—Y yo. ¿Zeus me ha echado de menos?

—Tu husky es el perro más ñoño y llorón que he conocido en mi vida, pero sí, lo tienes en casa, contento y con la tripa repleta de premios.

—Es como un niño grande —reconocí.

—Igual que su dueño —bromeó ella.

—Avery, ¿qué tal si sigues trabajando? —le soltó Megan desde detrás de la barra con su voz ronca de fumadora. Era una mujer atemporal que se había quedado congelada en los cincuenta y tantos. No había cambiado nada desde que yo había llegado allí, hacía siete años.

—Sí, sí —respondió Avery—. Perdona, tengo que dejarte.

—Lo sé, tranquila. Te veo mañana...

—¡Riv! —Adeline vino corriendo a mí, hecha una maraña de pelo y rodillas nudosas.

La atrapé al vuelo también y la abracé con fuerza.

—¡Hola, Addy! ¿Qué haces aquí?

Ella se apartó y miró de reojo a Avery.

—Iba a quedarme en casa de Stella, pero ha tenido que salir de viaje con sus padres.

Asentí y, al mirar de reojo a Avery, vi que se mordía el labio inferior. Sabía que le fastidiaba llevarse al bar a su hermana, que solo tenía trece años, pero lo prefería a dejarla en casa sola con su padre.

—¿Por qué no te quedas esta noche en mi habitación de invitados? —pregunté.

Ella abrió mucho los ojos, emocionada.

—¿Me dejas ver Juego de tronos ?

—Ni hablar —contesté—. Pero creo que tengo todos los episodios de Arrow .

—Me vale. Stephen Amell está buenísimo.

—Si tú lo dices... —contesté sonriente.

Addy siempre me hacía sonreír.

—¿Seguro que no te importa? —preguntó Avery, nerviosa.

Me dieron ganas de cogerle la cara con ambas manos, acariciarle las mejillas con los pulgares y plantarle un beso tierno en los labios. En cambio, le apreté la mano.

—Claro que no. Vente cuando acabes. Te quedas a dormir con Adeline y mañana desayunamos los tres por ahí...

Ella asintió con una sonrisa.

—Vale. Cierro a las dos y voy para allá.

Habría dicho lo que fuera por verla así, despreocupada y feliz. Siempre estaba guapa, pero, con aquella sonrisa, la veía guapísima y no me cansaba de mirarla.

—Tienes llaves, entra sin llamar. ¿Nos vamos, Addy?

—¡Sí!

Su entusiasmo me hizo reír de nuevo.

—Vale, tampoco te emociones, que igual Zeus quiere dormir contigo y huele a perro.

—Ya, pero mola y da calorcito.

—Eso es verdad —reconocí, y luego me volví hacia su hermana mayor—. ¿Nos vemos por la mañana?

Avery asintió y se puso de puntillas para abrazarme, la única forma de salvar la diferencia entre mi metro noventa y seis y su metro sesenta y nueve.

—Gracias por acogerla —me dijo, apretándome fuerte—. No podía dejarla allí sola. Por las noches se pone muy violento.

«Cuando bebe».

—De nada —contesté, le devolví el abrazo y la dejé seguir con el trabajo.

Luego me llevé a Adeline.

—Me encanta tu casa —dijo Addy mientras subíamos los escalones del porche.

—No es tan grande como la tuya —contesté yo metiendo la llave en la cerradura.

La había construido yo mismo, con ayuda de Bishop y de unos obreros a los que habíamos contratado, claro, y me encantaba el diseño de cabaña tradicional que escogí, aunque no fuera gran cosa.

—Pero parece más un hogar que la mía —repuso ella cuando abrí la puerta.

—¡Eh! —Zeus salió disparado por la puerta y me derribó. Con sus más de cincuenta kilos sobre mi pecho, me dejó sin aliento y empezó a darme lametones en la cara, lloriqueando—. Sí, yo también te he echado de menos, colega —lo tranquilicé, acariciándole el grueso pelaje.

Me miró con cierta desaprobación en aquellos ojos azules, como si yo pudiera controlar la duración de los incendios, y luego me dejó levantarme. Le masajeé la cabeza unas cuantas veces más y empezó a perdonarme.

—Vuelve cuando termines —le dije, y salió escopeteado hacia el bosque.

No estaba mal tener cuatro hectáreas de terreno solo para mí.

Me llevé dos dedos a los labios y planté un beso en la foto enmarcada de mi padre que tenía colgada nada más entrar en casa.

Había que mantener algunos rituales, y ese era uno, desde luego.

—Ya estoy en casa, papá.

—¿Por qué haces eso? —quiso saber Addy.