Donde todo es posible (Serie Legacy 2) 4. AVERY #3
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4. AVERY #3

—¿Y qué hacías sentada en el porche como una desconocida? Tienes llave —me dijo, y tiró la botella vacía al cubo del reciclaje.

—He pensado que eso de que tenga llave a lo mejor ahora se ha complicado un poco —respondí, paseándole la mirada por la espalda musculosa mientras él cogía la otra botella.

Sabía que Bishop lo machacaba en el gimnasio, pero, madre mía... ¡Madre mía!

Antes, cuando estaba conmigo siempre se ponía una camiseta, salvo que estuviéramos en el lago. Y la verdad, yo no lo miraba mucho, porque ¿para qué desear lo que no puedes tener? Pero ahora podía tenerlo.

Era como si, de pronto, siete años de frustración sexual contenida me asaltaran aporreando los muros de mis defensas con un ariete hecho de acero puro... como su cuerpo.

—Pues descomplícalo. Tienes llave, úsala.

Me miró de una forma que casi consiguió que me derritiera.

¿Era ese el encanto del que hablaban con tanto entusiasmo las chicas del bar? ¿Lo había pasado por alto porque jamás lo había empleado conmigo?

—Como me la diste antes de..., ya sabes...

—¿Antes de qué? —preguntó.

—Venga ya, lo sabes de sobra —resoplé.

La sonrisa pícara que me devolvió me encendió la entrepierna.

«Menos mal que sabe cómo apagármela».

—Antes de que me besaras y dejase de ser Avery, tu mejor amiga, para convertirme en..., yo qué sé, ¿en Avery, una chica a la que has besado?

Caminó hacia mí hasta que lo tuve a un suspiro de distancia, lo bastante cerca para tocarlo..., pero mejor no.

—Tú siempre has sido Avery, mi mejor amiga y una chica a la que quería besar, solo que nunca me había permitido hacerlo. También eres Avery, una chica a la que me foll...

—¡River! —lo reprendí, ruborizándome.

Se ensanchó su sonrisa, absolutamente preciosa.

—Ah, no, ya no tengo nada que perder. Se acabó la contención, el andarme con cuidado contigo, el esforzarme por disimular lo mucho que te deseo...

Madre mía, qué bien se le daba: solo con aquellas palabras ya había conseguido que me dieran ganas de desnudarlo en la cocina.

«O igual es porque llevo más de un año sin sexo».

—Vale —susurré.

«Qué patética».

River me acarició la mejilla con el pulgar.

—Y en cuanto a lo de Avery, mi mejor amiga, eso no cambiará nunca, por muchas veces que te bese ni por mucho que me dejes tocarte. Aunque decidas que ese es el único beso que vamos a darnos en la vida, seguirás siendo mi mejor amiga.

La sola idea me revolvió el estómago.

—¿No te importaría que te parara los pies?

—No, pero me deslomaría por hacerte cambiar de opinión.

—Ah.

—Ah —repitió él y, besándome la frente con suavidad, se apartó.

Noté una punzada de decepción en la entrepierna.

—Entonces, ¿a qué has venido? —añadió mirando el móvil y volviendo a soltarlo—. Juraría que entras a trabajar dentro de veinte minutos.

—Sí. No sé... He terminado aquí sin darme cuenta.

—No pasa nada, me gusta verte —contestó, llevándose la segunda botella de agua a los labios y dando un trago, sin dejar de mirarme en ningún momento.

Vi algo tan cotidiano en aquel gesto, en lo fácil que era nuestra relación, que anhelé un futuro distinto, me pregunté si sería posible cambiar el rumbo de mi vida.

—Me voy contigo —le solté de pronto—. Este finde —concreté.

—¿En serio? —Se le iluminó tanto la cara como la vez que le regalé entradas para un concierto de Mumford & Sons por su cumpleaños.

—Sí —respondí.

Y, antes de terminar siquiera la palabra, me encontré entre sus brazos, dando vueltas por la cocina pegada a su pecho sensual y sudado.

—¡Te va a encantar! —me prometió mientras girábamos.

Me brotó la risa de dentro y me sentí más ligera de lo que me había sentido en años, como si me hubiera quitado un peso de encima y ahora mi alma fuera mucho menos pesada.

—¿Puedo besarte? —me preguntó, mirándome los labios.

—Sí —contesté—, pero date prisa, porque me largo en cinco minutos.

Suspiré cuando sus labios rozaron los míos, aprendiéndome su forma. Luego los dos abrimos la boca y aquel beso tierno se volvió apasionado tan rápido que incluso me mareé un poco.

Madre mía, qué bien besaba.

Me consumía todos los pensamientos hasta que solo me quedaba en la cabeza el anhelo de saber cuánto más podía acercarme y si podía besarlo más fuerte.

Entonces me retiró las manos de su cuello.

—Como no te vayas ya, no sales de aquí.

—Tampoco me importaría mucho.

Renegando, me dejó en el suelo y se apartó despacio.

—Vete. Ya. Y prepárate para una excursión perfecta a Colorado, porque allí vas a ser mía.

—Me gusta cómo suena eso de «mía».

—Y a mí —respondió en voz baja.

Todo aquello estaba muy bien. No, estaba mucho mejor que cualquier cosa que hubiera sentido antes. Y cuando me miraba así, como si se hubiera pasado la vida esperando a probar mis besos y ahora estuviera planeando el segundo asalto, me derretía.

¿Cómo lo había conseguido? ¿Cómo había logrado que pasáramos de amigos a adolescentes cachondos en cuestión de un par de días?

—Vete, Avery —me dijo.

Cuando se pasó la lengua por el labio inferior supe que, si me quedaba un segundo más, no iría a trabajar. Nunca más en la vida.

Salí corriendo.