Donde termina la Tierra CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

Él me mira y yo siento que puedo apoyarme en él.

Contigo siempre soy yo la que tiene que ser fuerte, la que tiene que organizar todo, la que tiene que cargar con el peso.

Con él… me siento protegida. Me siento mujer. Me siento diferente.

—¿Entonces… lo amas… tú amas a David?

—¡No, no… claro que no, es imposible!

—¿Y entonces, a mí… ya no me amas?

Y Regina se acercó un paso más. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro casi tierno, pero letal:

—Te quiero, Marco. De verdad te quiero. Pero ya no te deseo. Y no puedo seguir fingiendo que sí. David me da lo que tú nunca vas a poder darme. Me da fuego. Me da fuerza. Me da la verga que necesito para sentirme completa.

Regina levantó la mano y me acarició la mejilla con el pulgar, limpiándome una lágrima.

—Así que… si de verdad me amas… déjame tenerlo. Déjame tener a los dos. Tú serás mi paz… y él será mi todo lo demás.

Bajó la mirada hacia mí, levantándome el mentón con dos dedos para que la mirara a los ojos. Había una sonrisa triste pero resuelta en sus labios.

—Es un equilibrio perfecto, mi amor, ¿no lo ves? Cada uno en su lugar. No tenemos por qué divorciarnos.

Era la aceptación total de la dinámica. La confirmación del contrato eterno. El estilo cuckold llevado al extremo más realista, funcional y destructivo posible.

Regina no era una villana de caricatura riéndose con maldad de mi dolor; era una mujer práctica que acababa de descubrir que podía tener la seguridad emocional y estable de un marido pusilánime que la adoraba, y la brutalidad sexual de un macho alfa al mismo tiempo.

Y lo mejor para ella: sin sentir una sola gota de culpa, porque yo mismo, con mis celos, mi apuesta y mis fetiches, le había abierto la puerta.

Ya no me veía como su pareja sexual en el sentido tradicional. Me veía como su sirviente emocional, su eunuco de confianza, su ancla al mundo real.

—Igual tenemos que hablarlo en casa, Regina, con calma y decidir qué es mejor para los dos.

Pero de pronto, la voz profunda, grave y estruendosa de David hizo eco desde el fondo del pasillo.

—Vaya, por fin se reconciliaron—dijo mi jefe, el muy cabrón, aplaudiendo—, ¿lo ven? Yo lo sabía, sabía que esto los uniría más, ¿y aun así, Marquito, me acusabas de tenerte mala voluntad?

Suspiré. Regina apenas lo miró.

—Pero ven, Marco, trae a tu mujer a la tina del baño principal —Su tono era de autoridad, y recordé el mismo tono que usaba en la oficina para pedirme un reporte—. Tu mujercita necesita un buen baño, como puedes ver, que la dejé pegajosa, toda sudada y oliendo a sexo por todos lados.

—¿Qué la bañe, en tu bañera? —pregunté como tonto.

—¿Qué? ¿No puedes o no quieres?

—Sí, sí quiero… pero…

—Pues dale, Marquito, sé buenito con tu mujercita.

Regina farfulló, y me miró de nuevo y suspiró.

—Pues vamos ya, porque estoy cansada —me dijo ella, alzando la barbilla, adoptando instantáneamente el papel de "la señora" siendo atendida—. Por acá.

David miraba, relamiéndose los labios, el cuerpo desnudo de mi esposa, sus tetazas enormes, su culo con la tanga puesta. Todo en ella era delicia y sensualidad.

—Okey —le dije a mi esposa.

Le ofrecí mi brazo izquierdo, doblándolo en un ángulo perfecto, exactamente como un mayordomo escoltando a la señora de la casa hacia sus aposentos.

Caminamos juntos por el largo pasillo del penthouse, dejando atrás la sala en penumbras y los restos de nuestro matrimonio tradicional tirados en el suelo en forma de un vestido verde arrugado.

El baño principal de David era ridículamente grande.

Del tamaño de toda la sala y el comedor de mi casa de interés social juntos.

Estaba forrado de azulejo oscuro, granito negro y cristal templado.

Una nube de vapor denso inundaba el ambiente, con un olor a jabón carísimo, a sales minerales y a la inconfundible loción maderada del macho alfa que lo impregnaba todo.

—Por aquí —dijo ella, y me dolió saber que ella conocía ese lugar mejor que yo. Porque ya había estado allí, justo en ese lugar, donde la noche anterior había hecho el amor con David por segunda vez.

Al fondo del baño, la puerta de cristal de la inmensa ducha doble estaba completamente empañada.

En el centro exacto del cuarto de baño había una tina de hidromasaje enorme, empotrada en el piso de mármol.

Me solté del brazo de Regina. Fui hacia la tina y abrí las pesadas llaves de acero inoxidable.

El agua caliente empezó a llenar la bañera rápidamente, soltando más vapor.

Agarré un frasco de sales de baño aromáticas que encontré en la repisa de madera oscura y vertí un poco en el chorro de agua, creando una ligera capa de espuma con un delicado olor a lavanda.

Regina se quedó parada a un lado de la tina, con los brazos caídos a los costados, esperando inmóvil.

—Quítame lo que me falta —dijo ella, mirándome con una mezcla de suficiencia y cansancio.

Mis manos temblorosas fueron hacia su garganta. Desabroché el pequeño broche metálico de la gargantilla negra. Deslicé la tira por su cuello y la dejé sobre el mármol del lavabo.

Luego, bajé a su cadera. Agarré los finos hilos laterales de la tanga negra. Se los deslicé lentamente por las caderas anchas, bajando por sus piernas gruesas, hasta que ella levantó un pie tras otro con parsimonia para liberarse de la tela.

Quedó completamente desnuda bajo la luz tenue y cálida del baño.

Era hermosa. Abundante. Majestuosa. Y estaba marcada por la guerra. Sus muslos blancos tenían huellas dactilares rojizas. Sus pezones rosados estaban irritados, levemente inflamados por las mordidas. Había un pequeño raspón en su rodilla izquierda de cuando se arrodilló en el mármol para mamársela.

La tomé de la mano con cuidado y la ayudé a entrar a la tina. Regina dio un paso, luego el otro, y se sumergió lentamente en el agua caliente.

Al sentir el calor cubriéndola, soltó un suspiro largo, un gemido de alivio genuino y profundo. Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el borde acolchado de la bañera, cerrando los ojos y relajando absolutamente todos los músculos de su cuerpo carnoso.

—Dios... me duele todo el puto cuerpo —murmuró ella, estirando las piernas bajo la capa de espuma blanca, dejando que el agua la abrazara—. Siento como si me hubiera pasado un camión por encima y me hubiera partido en dos.

Yo me quedé arrodillado fuera de la tina, sobre el piso de mármol frío. Agarré una esponja natural y muy suave que estaba en una charolita de plata. La mojé en el agua jabonosa y caliente, y empecé a lavarla.

Comencé por su espalda y sus hombros. Pasé la esponja con una ternura infinita, cuidando cada movimiento, acariciando su piel pálida, asegurándome de no tallar demasiado fuerte. La estaba bañando. Estaba lavando a mi mujer, limpiándole el sudor reseco, los pecados y la lujuria bestial de la noche.

Regina disfrutaba de mi ternura únicamente porque venía justo después de haber cogido con David.

Necesitaba mi suavidad para contrastarla con la violencia que le excitaba.

Mi amor, mis cuidados minuciosos, mi tacto con la esponja, solo servían como anestesia, como un bálsamo reconfortante para las heridas que el macho alfa le dejaba por pura diversión.

Metí mis dedos índice y medio en su vagina dilatada.

Estaba increíblemente suave, caliente, pero se sentía abotargada, resbaladiza y exageradamente abierta por el sexo bestial continuo.

El interior de mi esposa se sentía diferente, ensanchado.

Empecé a limpiarla por dentro con movimientos suaves, sacando pequeños grumos de semen espeso y denso que se disolvían lentamente en el agua caliente de la tina, enturbiándola con la evidencia de mis cuernos.

—Mmm... —gimió Regina suavemente, recargando la cabeza en el borde, cerrando los ojos de nuevo y relajándose por completo ante mi limpieza íntima, dejando caer los brazos en el agua—. Así. Muy bien. Sigue así. Eres un buen niño, Marco. Eres perfecto para hacer esto.

El apodo me partió el alma en mil pedazos. "Buen niño". Ya ni siquiera me decía esposo, ni hombre, ni Marco. Me hablaba como se le habla a un chiquillo obediente que recoge sus juguetes, a una mascota bien entrenada que cumple los caprichos de su dueña a cambio de una caricia en la cabeza.

De pronto, la pesada puerta de cristal de la ducha se abrió con un rechinido suave.

David salió de la nube de vapor. Venía envuelto únicamente en una toalla blanca, gruesa, atada a la cintura.

Su pecho inmenso, cuadrado y musculoso estaba brillando por las gotas de agua.

Tenía el cabello oscuro mojado y peinado hacia atrás.

Emanaba una vitalidad, una energía arrolladora y una frescura que me daban una envidia física y dolorosa.

Se paró frente a los lavabos de granito negro de doble espejo.

Agarró un bote de espuma de afeitar, se puso un poco de crema blanca en las mejillas y el cuello, y agarró una rasuradora clásica de metal.

Empezó a arreglarse la barba de tres días frente al espejo, mirándonos a través del reflejo del cristal con total tranquilidad.

—¿Cómo va la limpieza de mi mujer, Marquito?

—preguntó David con un tono increíblemente casual, aburrido, como si me estuviera pidiendo el estatus de un reporte de nóminas en el pasillo de la oficina un martes por la mañana—.

¿Ya se le quitó el olor a mis huevos de la cara?

Porque te juro que le dejé los cachetes y la barbilla empapados.

Es muy tragona tu señora. No se cansaba de chupar, ya la viste.

Regina abrió los ojos al instante al escuchar su voz.

Giró la cabeza hacia David y le regaló una sonrisa radiante.

Una sonrisa luminosa, llena de una devoción asquerosa y una lujuria cruda; la sonrisa de una amante profundamente enamorada de su sometedor, ignorando por completo la brutalidad del comentario hacia mí.

—Me está dejando impecable, mi amor —le respondió mi esposa a mi jefe, con una voz cantarina, ignorando mi dolor y usando ese apodo que me taladró el cerebro como un berbiquí—. Es muy detallista, limpia muy bien. Te lo dije en la cena, Marco sirve para estas cosas. Es muy hacendoso.

David asintió, pasándose la navaja por el cuello con movimientos precisos y largos, limpiando la espuma en el grifo.