CAPÍTULO 10 #2
Era una humillación servida en bandeja de cariño. Regina no me odiaba. Simplemente me había reclasificado.
Pasé varios minutos ahí, ahogado entre sus nalgas, lamiendo, succionando, escuchando el slurp, slurp húmedo hasta dejar su coño completamente limpio de fluidos. Cuando mi mandíbula ya estaba acalambrada, mi lengua cansada y el paladar con el sabor de esos fluidos, Regina dejó de mover las caderas.
Se apoyó en mis hombros y se levantó despacio.
Mi cara debía de estar estaba, sudada y cubierta de una capa brillante de saliva y fluidos. Parpadeé, cegado por la luz tenue del salón, mirándola desde abajo, desde mi posición patética en el piso de mármol.
Ella se alisó la falda del vestido verde esmeralda, que todavía llevaba arremangado en la cintura. Sus tetazas seguían por fuera del escote, balanceándose pesadamente. Se veía tan deliciosamente vulgar. Y yo la amaba.
Me miró desde arriba con una frialdad evaluadora, como si estuviera inspeccionando el trabajo de un empleado de limpieza.
—Bien —sentenció ella, asintiendo ligeramente tras revisar que sus muslos estuvieran limpios—. Te quedó bastante bien, mi amor.
Y yo ya no sabía si me amaba o me odiaba. Si era un “cerdo pajillero” o su “amor”.
—Párate y quítame esta ropa, Marco, me estorba, me pica el encaje —me ordenó, extendiendo los brazos a los lados, dándome la espalda.
Me levanté torpemente, apoyando las manos en la pared de mármol para no perder el equilibrio. Las rodillas me temblaban. Me paré detrás de mi esposa. Estaba a un metro de distancia, pero parecía una reina intocable. Una deidad profanada que exigía adoración.
Mis manos, temblorosas y todavía sucias con mis propios fluidos secos de hace rato, fueron a la espalda de su vestido.
Bajé el cierre trasero con lentitud. El sonido metálico de la cremallera fue lo único que se escuchó.
Deslicé la tela de fina seda verde por sus hombros blancos.
A medida que la ropa caía, mis labios fueron instintivamente a su piel.
Empecé a besarle los hombros pálidos, la nuca, la línea de la clavícula.
Eran besos tiernos, desesperados, llenos de un amor patético y cobarde.
—Perdóname, Regi... —le susurré contra la piel tibia de su nuca, mientras la seda resbalaba por sus nalgas inmensas y caía formando un charco verde a sus pies—. Perdóname por todo esto... fui un idiota. Te amo. Te amo tanto.
Regina no se giró para abrazarme. No se inmutó ante mis lágrimas. Dejó caer los brazos a los costados y me miró a través del reflejo del inmenso ventanal oscuro de la sala, donde nuestras siluetas se reflejaban junto a las luces titilantes de la ciudad.
—No te disculpes, Marco. No lo arruines —dijo ella, con una voz tranquila, pasmosa, sin una sola gota de rencor, mirándose las uñas—. No estoy enojada. De verdad que ya no.
—Fui un enfermo, yo te empujé a esto, lo de la apuesta, lo del dinero... —intenté justificarme, queriendo sacar toda la mierda que llevaba cargando, buscando su perdón—, pero de verdad estoy arrepentido.
—Sólo cállate y quítame bien todo lo que tengo encima, quiero estar desnuda —me interrumpió de tajo, levantando un pie para señalar sus piernas con la mirada, ignorando por completo mi catarsis de culpa—. No te estoy pidiendo disculpas, te pedí que me desvistas.
Me arrodillé de nuevo frente a ella, tragándome mis propias palabras.
El espectáculo visual me destrozó la mente.
Estaba en ropa interior. Llevaba la gargantilla negra de terciopelo en el cuello, la tanga de hilo dental negra que se le perdía por completo en la raya de las caderas, los ligueros de encaje tensos y las medias oscuras que terminaban en esos tacones de aguja finísimos.
Parecía una hermosa prostituta de las finas. Era una fantasía materializada.
Empecé a desabrochar los pequeños clips de metal de los ligueros. Mis dedos rozaban la piel lechosa y caliente de sus muslos. Su piel todavía irradiaba el calor de las embestidas.
Cada vez que soltaba un broche, le daba un beso tierno, de adoración, en la piel blanca y suave de su pierna.
—Eres hermosa... eres perfecta, mi vida... —le decía, besando sus rodillas, besando el interior de sus muslos, tratándola con una devoción casi religiosa.
Regina me miraba desde arriba. Su expresión era indescifrable, pero carente del amor romántico que nos unía antes. Parecía una mezcla de aburrimiento burgués y placer narcisista.
Disfrutaba mi adoración, le gustaba que estuviera arrodillado a sus pies quitándole la ropa, pero lo disfrutaba de la misma manera que una dueña de alta alcurnia disfruta que su perro de raza le lama la mano. No había respeto; solo comodidad.
—Bésame aquí, Marco —dijo ella, interrumpiendo mis murmullos de amor, señalándose una marca en la cadera con el dedo índice.
Levanté la vista. En su cadera izquierda, justo encima de la tira de la tanga negra, había un moretón rojizo y violáceo que empezaba a formarse claramente.
Eran tres marcas alargadas. La huella dactilar exacta de los dedos grandes y brutales de David cuando la agarró de la cintura para ensartársela y estamparla contra el sillón.
Tragué el nudo espinoso que se me formó en la garganta.
—Te lastimó... —susurré.
—Le pedí que me agarrara más fuerte —respondió ella con naturalidad, cruzándose de brazos, haciendo que sus tetazas se apretaran—. Y lo hizo. Bésalo. Haz que deje de doler.
Acerqué mis labios a la marca del depredador y la besé con suavidad, con un cuidado exquisito de no lastimarla.
Me estaba obligando a venerar los rastros físicos del otro hombre en su cuerpo.
Eran pequeñas estocadas a mi orgullo que ella aplicaba con la precisión de un cirujano experimentado, todo envuelto en la excusa de que yo era su "cuidador".
Me estaba domesticando.
—Muy bien, perrito —me dijo entonces, y yo no sabía si sentirme agradecido por lo de “perrito” o humillado. Luego entendí que cualquier ofensa dirigida a mí que saliera de la boca de mi hermosa esposa, sería tomado por mí con adoración.
Le quité los tacones con cuidado, y después agarré el borde superior de encaje de las medias de nylon y las fui enrollando lentamente, bajándolas por sus pantorrillas torneadas hasta sacárselas por los pies.
Ella se quedó completamente descalza, pisando el mármol frío, vistiendo únicamente la gargantilla, la diminuta tanga negra y sus pechos desnudos al aire.
—Eres mi vida entera, Regina... te lo juro por Dios que prometo que seré un mejor esposo. Voy a cuidarte siempre —le juré con honestidad.
La abracé de las caderas desde mi posición de rodillas. Hundí la cara en su vientre plano y suave, buscando su calor, buscando algún rastro del amor aburrido, doméstico y seguro que nos unía antes de que empezara esta pesadilla de cuernos y apuestas.
Pero ella me puso una mano en la cabeza. Me acarició el cabello ralo, peinándolo hacia atrás con una condescendencia brutal, casi maternal, pero totalmente desprovista de pasión.
—Ya no soy la misma, Marco —me dijo. Su tono fue suave, pero sus palabras eran letales, cargadas de una franqueza que me aniquiló por dentro—.
La esposa de antes ya no existe. La Regina que se preocupaba por la hipoteca, a la que tú le pedías perdón con flores y a la que le cocinabas para que no se enojara, se murió hace un rato en ese sillón.
Hizo una pausa. Sus dedos dejaron de acariciarme el cabello para aferrarse un poco, recordando.
—Se murió cuando él me agarró del cabello, me metió la verga hasta la garganta para callarme y me hizo rogarle llorando que me llenara de leche. Ahí entendí todo.
El dolor me partió en dos. Suspiré contra la piel tibia de su estómago, aferrándome a su cintura como un náufrago a una tabla podrida.
—Ahora sé exactamente lo que necesito —continuó ella, susurrando, mirando por encima de mi cabeza hacia el pasillo oscuro que daba a la recámara principal, de donde provenía el sonido del agua cayendo—.
Ahora sé que tú eres mi lugar seguro, mi tranquilidad, mi serenidad y mi paz. Y te quiero por eso.
Suspiró profundo, y el pecho se le infló.
—Pero él… David es el hombre que necesito para todo lo demás.
Las palabras cayeron como cuchillos calientes sobre mi pecho.
Regina me miró directamente a los ojos, sin rabia ni odio, solo una claridad fría, dolorosa, casi compasiva.
—Te lo repito, contigo tengo estabilidad, Marco.
Tengo una casa, alguien que me quiere, alguien que me cuida cuando estoy enferma, alguien que me hace compañía y me abraza por las noches.
Eso es hermoso. De verdad. Pero… sexualmente…
tú no me das lo que necesito. Y no te ofendas, por favor, pero posiblemente nunca me lo diste y yo no lo sabía.
—Pero Regi…
—No, no, Marco, espera. No quiero decir que no me guste, sí, claro que me gusta.
Me haces el amor con cariño, sí, pero también yo necesito que me cojan.
Que me la metan duro. Siempre tuve la fantasía de ser tratada…
como un perra, como una puta, y perdón, Marco, a pesar de todo, a pesar de lo que me hiciste… me da vergüenza confesarlo.
—¡¿Pero por qué no me lo dijiste, Regi?! De alguna manera… yo te habría podido haber ayudado con eso…
—No, no… es que no tenía la confianza de hacerlo, ni de decirlo… y perdón de nuevo, cariño, pero… tampoco creí que tú pudieras… satisfacer eso.
Se mordió el labio inferior un segundo, como si le costara decirlo, pero ya no podía parar.
—Y con David, a pesar de que sea tan castrante, tan hijo de puta, a pesar de que lo deteste, porque sí, Marco, aunque tú no me lo creas, yo lo detesto, infinitamente, sin embargo… me he dado cuenta de que él es el hombre que me hace sentir deseada de verdad.
—Puta madre, Regina, es que no lo entiendo…
—Tú ya lo viste, querido, ya lo presenciaste, ya viste cómo… cómo me lo hace, de las dos formas, apasionadamente, con cariño, y también duro… Ya viste cómo me agarra del pelo y me la mete... si más. Y esos orgasmos, que nunca había tenido, ni contigo ni con nadie y…
Bajó la mirada un momento, casi con vergüenza, pero luego la levantó de nuevo.
—Y es que no solo es sexo, Marco. Este idiota, de David, de alguna manera que no entiendo me hace sentir segura de una forma que tú nunca pudiste.
Él toma decisiones. Él resuelve problemas.