CAPÍTULO 10
—Ven —me ordenó Regina.
Su voz parecía casi suave, la reconocía un poco de la antigua Regina, de la que era mi esposa.
Y a su vez, se veía cansada. Arrastrada por el agotamiento físico de haber sido fornicada hasta el límite de sus fuerzas.
Era la voz de una mujer que estaba completamente saciada, vacía de estrés y llena de una tranquilidad casi narcótica.
—Amor —dije sin más, sin saber, a su vez, si debía decir algo adicional.
Como dije antes, la sentía ajena, la sentía lejana, y de pronto, en instantes, sí la sentía mía. Era una contradicción tremenda.
—¿Me vas a limpiar o no, Marco?
Me quedé mirándola desde mi rincón en el suelo, con la espalda pegada al mármol frío de la pared. Mi cerebro, aturdido por la masacre emocional y visual que acababa de presenciar, tardó varios segundos en procesar lo que me estaba pidiendo.
La mujer que estaba de pie frente a mí, con el vestido verde esmeralda arrugado en la cintura, las medias de nylon negras ya rasgadas, y el rostro lavado por el sudor y la saliva, ya no era la contadora estricta con la que yo compartía el gasto de la despensa.
Era una entidad nueva. Una hembra que acababa de ser coronada, reventada y bautizada por el macho alfa, y que ahora miraba a su marido legal como quien mira a un trapo de cocina.
El hilo de semen espeso, brillante y viscoso seguía escurriendo lentamente por el interior de su muslo derecho, a punto de manchar el encaje negro de la liga.
Tragué saliva. Tenía la garganta seca. Y, para mi absoluta vergüenza, mi verga, que apenas hace un par de minutos había escupido mi propia derrota sobre la tela de mi camisa, volvió a dar un pálpito. Estaba reaccionando al llamado.
—¿Qué... qué quieres que haga, Regi? —balbuceé, con un hilo de voz, sintiéndome la criatura más minúscula y patética del universo.
Regina no repitió la orden con palabras.
Dio un paso hacia el frente. Sus tacones de aguja taconeaban en el silencio de la inmensa sala del penthouse. Se paró a escasos centímetros de mis piernas estiradas.
Luego, con una calma espeluznante, se giró dándome la espalda. Agarró la tela de satén verde de su vestido con ambas manos y se la subió por completo hasta la cintura, enrollándola encima de su culazo.
El impacto de tener sus inmensas nalgas blancas y la tanga negra completamente expuestas a la altura de mi cara me robó el oxígeno.
La piel de su culo estaba caliente, enrojecida por las nalgadas de David.
Podía ver la textura real de mi esposa, esa leve celulitis en la base de los glúteos que a ella tanto le acomplejaba y que a mí me volvía loco.
Esa misma piel que el macho alfa acababa de aplastar con sus dedos.
Y entonces, flexionó las rodillas.
Bajó su culazo inmenso, redondo y pesado directamente hacia mi cara. Y entonces lo entendí, entendí lo que ella quería de mí, y me sentí patético, vejado… burlado.
Pero mi instinto de cornudo me hizo echar la cabeza hacia atrás, pegando la nuca contra la pared de mármol, pero no había a dónde huir. Y Regina no tuvo piedad. Dejó caer todo su peso de sus nalgas sobre mi cara.
—¡Mmph...!
Sus nalgas inmensas me aplastaron la nariz y la boca.
El impacto fue suave por la cantidad de carne, pero asfixiante.
Me sumergió en una oscuridad húmeda y sofocante.
Sentí el calor hirviente que emanaba de su cuerpo; parecía que tuviera fiebre.
Sus muslos gruesos presionaron mis orejas, inmovilizándome la cabeza por completo.
—¡Mmph...!
El olor de su vagina entonces me llegó a la nariz muy fuerte, anestesiándome la cordura.
No era un olor a su perfume floral, ni a la loción que usaba para el trabajo.
Lo que yo estaba olfateando era su aroma a hembra caliente, a hembra recién saciada, a fluidos sexuales.
A sudor de mujer excitada que ha estado moviéndose frenéticamente por horas, a fluidos vaginales densos, fuertes.
Y, por encima de todo, predominaba el penetrante, salado y espeso aroma de la leche de David Montenegro, que todavía burbujeaba fresca entre sus labios vaginales.
—Saca la lengua, Marco —ordenó ella, acomodándose las nalgas un poco mejor en mi cara. Su voz vibró contra mi piel, transmitiéndose a través de sus nalgas y resonando en mis propios huesos—. Haz algo útil y limpia este desastre con tu boca, con tu lengua.
¡Mmph...! ¡Mmph...!
Mi mujer estaba sentada literalmente sobre mi cara. Me estaba usando como si yo fuera un puto pedazo de papel higiénico, un trapo tibio y húmedo que podía quitarse los restos pegajosos de su amante.
Cerré los ojos. Las lágrimas calientes me escurrieron por las sienes, perdiéndose en mi cabello. El dolor en el pecho era insoportable, pero el morbo, esa enfermedad maldita que me había arrastrado hasta este punto, tomó el control total de mis músculos.
Y mi cuerpo se rindió.
Abrí la boca en esa oscuridad húmeda de su agujero y saqué la lengua, temblando.
El primer contacto con su vagina empapada me electrocutó el sistema nervioso. Sus labios vaginales estaban exageradamente hinchados, calientes, casi deformados por la brutalidad del sexo. Latían contra mi lengua con pequeños espasmos residuales de los múltiples orgasmos que David le había sacado.
Y ahí estaba el esperma de mi jefe. Todo su agujero vaginal era un charco de fluidos, denso.
Empecé a lamer.
Slurp… slurp…
El sonido húmedo de mi lengua limpiando su coño se escuchaba en el silencio de la sala.
Saboreé la mezcla exacta de mi ruina. Sus flujos vaginales y el semen de su amante.
El contraste en mi paladar fue brutal: el sabor agridulce, un tanto ácido de los propios jugos excitados de mi mujer, mezclado con la pesadez metálica, salada y asquerosamente densa del semen espeso de David.
Era humillante a un nivel que no se puede describir con palabras. Me estaba atragantando con los fluidos del cabrón que me estaba quitando a mi mujer, filtrados a través del santuario de la mujer que yo amaba. Yo era el filtro. Yo era el sumidero.
—Mmmhh... sí, mi amor... así... —suspiró Regina, y la naturalidad con la que usó el "mi amor" me partió en dos.
Recargó el peso de sus nalgas un poco más sobre mi rostro, dejándose caer.
Empezó a mover las caderas en círculos muy lentos, perezosos, arrastrando sus pliegues mojados por mi boca.
Sentí cómo frotó su clítoris, que estaba duro y del tamaño de un guisante por la sobreestimulación, directamente contra el puente de mi nariz.
Levanté las manos temblorosas y, con una mezcla de adoración y derrota, le agarré las caderas para estabilizarla. Su piel estaba empapada en sudor.
—Límpiame bien los pliegues, Marco —murmuró ella, con una voz arrastrada, lánguida—. Méteme la lengua en mi rajita. Me dejó toda llena... me escurre hasta por las piernas. No dejes que se seque y me queden pegostes. Sabe rico, ¿verdad?
El comentario fue una estocada sádica, pero el tono de Regina no era burlón; era casi confesional, como si estuviera compartiendo un platillo delicioso conmigo.
Metí la lengua más profundo en su agujero. La usé como una espátula para entrar en los rincones de su rajita depilada. Recorrí con la punta de la lengua cada pliegue de sus labios menores, recogiendo grumos blancos de semen que se habían quedado atorados en la piel rosada.
—¡Ay, qué rico me la chupas, Marco...! —suspiró ella. Sentí cómo su mano bajaba y se enredaba en mi cabello, acariciándome la cabeza como si estuviera acariciando a una mascota obediente—. Siempre has tenido una lengua deliciosa. Eso… eso no te lo puede negar… ¡aaahhh!
Abrí un poco los ojos en la penumbra. Pude ver, por el rabillo del ojo, cómo Regina se enderezaba un poco, echando la espalda hacia atrás.
Su respiración se volvió un poco más agitada.
Aunque no podía verle el rostro, sabía exactamente lo que estaba haciendo porque la tela de su vestido verde esmeralda rozaba mis hombros.
Se había sacado los inmensos pechos por el escote de la blusa. Sentí el movimiento. Regina se estaba tocando.
—¡Mmmm! —gimió, y el sonido vibró directamente en mis labios pegados a su coño—. Me duelen tanto... me los dejó súper sensibles...
La imaginé arriba de mí, con la cara enrojecida, pellizcándose sus propios pezones rosados y puntiagudos.
Pellizcándolos con fuerza, estirándolos, reviviendo el dolor y el placer que los dientes de David le habían provocado.
Y yo debajo de su culo, convertido en un trapo de limpieza, excitado hasta la médula por la visión que mi mente proyectaba.
—Chúpame fuerte, Marco —me ordenó de pronto, interrumpiendo mis lamidas suaves—. Méteme la lengua bien adentro. Quiero sentir que me sacas hasta la última gota de la lechita caliente de tu jefe. No quiero estar sucia cuando vuelva a la cama con él.
La humillación no cedía. Yo, el esposo, el hombre que le había puesto un anillo de oro en el dedo, estaba reducido a dejarla impecable para que el macho alfa pudiera volver a usarla sin ensuciarse.
Y lo peor, lo más oscuro y destructivo de todo, es que lo estaba disfrutando.
Mi polla se puso dura como una piedra otra vez. Estaba adorando su cuerpo. Estaba limpiando su santuario. Por primera vez en meses, sentía que ella me necesitaba para algo íntimo, aunque fuera solo para este rol tan degradante. La servía con una sumisión total.
—¡Qué rica lengua, mi amor, qué rica lengua! —gemía.
Saqué la lengua todo lo que pude, abriendo la boca al máximo.
Lamí la base de sus nalgas, recogiendo el sudor salado que se acumulaba en la raya.
Luego bajé la cara y pasé la lengua por el interior de su muslo derecho, lamiendo la piel, recogiendo el escurrimiento blanco que amenazaba con manchar el encaje fino del liguero negro.
Y me tragué el semen de David. Pasó por mi garganta como un trago de mi propio fracaso.
—Qué buen esposo eres... —jadeaba ella suavemente, soltándose los pezones y bajando las manos para apoyarlas en la pared, a los lados de mi cabeza—. Eres un marido perfecto, ¿sabías? Me cuidas tan bien.
La ironía de sus palabras era asfixiante. Me llamaba buen esposo precisamente cuando le estaba lamiendo las sobras de su amante. Justo minutos después de que me hubiera dicho que yo era un cerdo, una escoria, que me aborrecía…