CAPÍTULO 9 #4
—¡Aaaaaah! ¡Dios mío, me vengo! —gritó Regina de pronto, su voz rasgando el aire de la inmensa sala.
Su cuerpo entero se puso rígido como una tabla.
Sus piernas gruesas temblaron violentamente bajo las medias negras.
Apretó los muslos, tensando los ligueros.
El orgasmo la atravesó como una descarga de mil voltios.
Echó la cabeza hacia atrás, aullando de placer, contrayendo las paredes de su vagina con tanta fuerza que David soltó un gruñido ronco de dolor y placer mezclados.
—¡Aghhh! ¡Puta madre, cómo aprietas mi verga, perra! —rugió él, acelerando el ritmo al máximo.
Y en ese preciso instante de clímax, mientras se estaba corriendo, inundada por la verga de otro hombre en su interior, Regina giró la cabeza hacia la pared donde yo estaba.
Sus ojos grises, enloquecidos, salvajes y brillando con lágrimas de placer extremo, buscaron los míos a través de la sala.
Me miró fijamente. Y gritó.
—¡Aghhh! ¡Aghhh! ¡Aghhh!
Me estaba mirando a mí. A su marido. Al hombre que de verdad la amaba. Me miraba mientras gritaba de placer y su cuerpo se deshacía en espasmos apoteósicos incontrolables provocados por la penetración brutal de mi jefe.
—¡Aghhh! ¡Aghhh! ¡Aghhh!
Quería que yo viera su cara de éxtasis. Que oyera sus chillidos. Quería que yo supiera que ese orgasmo de verdad, ese temblor animal que la estaba desbaratando por dentro y haciéndola chillar, nunca, jamás fue mío, sino de él.
Me estaba aniquilando con la mirada, castigándome por mis perversiones, y al mismo tiempo, alimentando su propio exhibicionismo, disfrutando el morbo de que su esposo estuviera ahí, convertido en un triste esclavo visual, masturbándose en la penumbra mientras su amo la reclamaba.
Esa conexión de miradas fue el golpe final. Fue demasiado para mi mente y mi cuerpo.
—¡Noooo! —gemí, llorando a moco tendido, con la cara empapada.
Me masturbé con tres tirones desesperados, rápidos, violentos. El orgasmo me llegó de forma patética, triste, desoladora.
Me corrí. Disparé mis mecos al aire, manchando el frente de mi propia camisa blanca arrugada, como una basura inútil. Me quedé ahí, tirado, jadeando, hecho un ovillo, sollozando con la polla goteando.
Segundos después, el ritmo de David se volvió caótico.
—¡Me vengo, preciosa, te voy a rellenar toda con mi leche! —gritó él a todo pulmón.
—¡Sí! ¡Dámela! ¡Lléname de tu leche, mi amor, dámela toda adentro! —suplicó Regina, empujando el culo hacia atrás, abriéndose más para recibir cada puta gota del macho.
David se detuvo en seco con un gruñido gutural. Apretó las caderas de mi esposa con ambas manos, hundiendo la verga hasta sus entrañas, y vació toda su carga de leche espesa dentro de ella.
Regina jadeó de placer, tembló al sentir el semen de su amante invadiéndole el interior de la vagina, su útero, su todo.
Y él entonces se quedó pegado a su espalda, respirando agitadamente, dejando que la leche hirviente de su corrida inundara las entrañas de la mujer que legalmente era mía.
Regina soltó un último suspiro largo, tembloroso. Sus brazos perdieron fuerza y se dejó caer un poco hacia adelante sobre los antebrazos apoyados en el reposabrazos del sofá, exhausta, derramando felicidad y sudor por cada poro de su cuerpo abundante.
El silencio regresó de golpe al inmenso penthouse, roto únicamente por los jadeos pesados de los dos amantes recuperando el aliento, y por mis sollozos silenciosos, asfixiados, desde la alfombra.
David, con una calma espeluznante, se separó de ella. Sacó su verga enorme con un sonido húmedo, asqueroso y hueco: plop.
Se terminó por sacar el pantalón y los bóxer para no mancharlos con su pene que estaba mojado de su propio semen y los fluidos de mi esposa que escurría por toda su longitud.
Ignorándome por completo, como si yo fuera una simple lámpara o un sillón más en la inmensidad de su casa, David se pasó una mano por la cabeza sudada y miró a mi mujer.
—Ufff... qué rica cogida, preciosa —le dijo, con un tono casual, íntimo—. Estuvo increíble.
Regina soltó un jadeo suave, recostando la mejilla contra el cuero del sillón, con una sonrisa lánguida y completamente enamorada dibujada en los labios.
—Sí... —susurró ella, arrastrando la palabra—. Me dejaste… ufff… temblando…
—Me voy a meter a la ducha para quitarme el sudor —anunció David, arreglándose las solapas del saco azul marino como si acabara de firmar un contrato millonario—. ¿Vienes?
—Adelántate tú... —respondió Regina, cerrando los ojos un instante—. Deja recupero el aliento... voy en un minuto. Las piernas no me responden.
David soltó una risita baja. Se inclinó, le dio un beso tierno en la frente a mi esposa, y se alejó caminando por el pasillo hacia el cuarto de baño principal.
Yo seguía tirado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared de mármol.
El contraste de su plática cotidiana, de pareja que lleva años conociéndose, después de tremenda cogida que acababan de cometer frente a mí, me aplastaba el alma.
Ya no era un juego de dominación; era una vida en común de la que yo no formaba parte.
Regina se quedó a cuatro patas unos segundos más.
La luz ámbar iluminó el escurrimiento de su hermoso agujerito.
Dejé de respirar al ver cómo un hilo grueso y espeso de la leche de David comenzaba a escurrir lentamente desde su vagina dilatada, bajando por el interior de su muslo blanco, manchando cruelmente el encaje negro del liguero.
Luego, despacio, temblando por el esfuerzo, Regina se enderezó.
Con movimientos perezosos y satisfechos, se subió la tela del vestido verde esmeralda, cubriendo sus enormes pechos desnudos. Alisó la seda sobre sus caderas anchas.
Y entonces, en lugar de caminar hacia el baño para alcanzar a su amante, Regina se giró.
Caminó hacia mí.
Sus tacones de aguja resonaron en el mármol. Se detuvo justo frente a donde yo estaba tirado como un perro asustado. Me miró desde arriba.
Se veía poderosa, y a pesar de todo, se veía hermosa, y sentía que yo la amaba más que nunca. A pesar de lo que había pasado, también la sentía tan mía, tan mía…
En sus ojos grises no había burla, ni asco, ni enojo. No había totalmente nada de la pasión que le acababa de entregar a David. Su mirada era fría, utilitaria, como la de quien mira un trapo viejo que está a punto de usar para limpiar la mesa.
Entonces vi el hilo de semen fresco que le seguía resbalando por la pierna, deteniéndose justo en el borde de su media de nylon negra.
Y ella hizo algo que me impactó: abrió un poco más las piernas, plantándose firme, exhibiendo el desastre húmedo que mi jefe le había dejado entre los muslos.
—Ven —me ordenó, con una voz carente de cualquier emoción humana—. Quiero que me limpies.