CAPÍTULO 9 #3
David ni siquiera se quitó el saco ni la camisa. Su dominación no requería que él se desnudara. Solo se bajó el pantalón de vestir y los bóxers hasta las rodillas, hasta quedar a la vista semejante reata.
Agarró la tirita lateral de la tanga negra de mi esposa y la tiró hacia un lado con una rudeza humillante, dejando su intimidad totalmente al descubierto.
La panocha de Regina brillaba obscenamente bajo las luces del penthouse. Estaba exageradamente hinchada, rosada, dilatada por la excitación previa, y un hilo constante de lubricación espesa le caía por el muslo interno, manchando la parte superior del encaje de la media.
David agarró su verga inmensa, dura y roja, con una mano. Se acomodó entre las piernas abiertas de mi esposa, rozando sus muslos con su propia cadera.
—Mira bien, Marquito —dijo David, girando la cabeza hacia mí, alzando la voz grave para que yo lo escuchara claro y fuerte—. Aprende de una puta vez cómo se rellena a una mujer de verdad.
Regina soltó un gemido ahogado, agitando el culo hacia atrás, ansiosa.
—¡Ya, David, por favor, ya métela, métemela toda, te lo ruego! —chilló ella, perdiendo cualquier rastro de decencia y dignidad.
Y David apoyó la cabeza ancha y brillante del glande en la entrada empapada y resbaladiza de mi mujer. Tomó impulso agarrándola de las caderas, y con un solo golpe seco, brutal y violento de pelvis, se la ensartó toda hasta la base.
¡PLAF!
—¡¡¡AAAAAAAAAAAAHHH!!! —El alarido de Regina me taladró los tímpanos.
No fue un grito de dolor. No fue un quejido seco. Fue un grito desgarrador, largo, profundísimo, nacido desde las mismísimas entrañas. Un grito de placer animal, de alivio absoluto y de saturación carnal que jamás, ni en mil putos años de matrimonio, yo habría podido sacarle de la garganta.
Su espalda entera se arqueó de una manera casi antinatural hacia abajo, y las uñas de sus manos se clavaron desesperadamente en el cuero negro del sillón.
El choque de la pelvis de David contra el culo carnoso de mi esposa sonó como un aplauso duro y mojado.
Y David no esperó a que ella se acostumbrara a semejante tamaño. Empezó a follarla de inmediato con una furia desmedida.
¡Plaf… plaf… squish… plaf!
El ritmo era salvaje, despiadado, como un martillo neumático.
Las inmensas nalgas blancas de Regina rebotaban violentamente, sacudiéndose con cada embestida que la empujaba hacia el sillón.
Y desde mi ángulo lateral, veía cómo sus inmensas tetas, completamente expuestas y colgando hacia adelante, se balanceaban de un lado a otro como campanas enloquecidas por la fuerza del impacto.
—¡Ahhh! ¡Mierda! ¡Siiiií! ¡Dios, qué ricoooo! —gritaba Regina a todo pulmón, sacudiendo la cabeza de un lado a otro, con el cabello volando desordenado y el sudor perlándole la frente.
¡Plaf! ¡Squish! ¡Plaf!
—¡Métemela toda, cabrón! ¡Rómpeme la concha, ahhhh! —aullaba ella, con una vulgaridad que me pulverizaba el ego, arqueando la espalda, empujando sus caderas hacia atrás para recibir cada milímetro del pene que la estaba penetrando.
Yo miraba la escena, petrificado en mi rincón, moviendo mi mano sobre mi polla a un ritmo tristemente patético.
Acababa de entenderlo todo. El contraste me estaba matando en vida.
Cuando yo se la metí, sentí que entraba en el vacío.
Conmigo casi se dormía de aburrimiento. Pero con David, cada vez que él empujaba hacia adelante, veía cómo la piel pálida de las nalgas y la entrepierna de mi mujer se tensaba y se estiraba, abriéndose grotescamente para acomodar el grosor inmenso de mi jefe.
Estaba completamente rellenada de polla. Abierta al límite de su capacidad anatómica, gozando como jamás imaginé que una mujer pudiera gozar.
—¿Te gusta cómo te la meto, preciosa?
—¡Sssí! ¡Síii!
—¿Quién es tu dueño ahora? —gruñía David, agarrándola de las caderas, clavando sus dedos grandes en la carne blanca, dejándole las marcas rojas de sus huellas impresas en los costados.
—¡Tú! ¡Ahhh! ¡Tú eres mi dueño, papi! —lloraba ella, entre gemidos rotos, torciendo los ojos hacia atrás, ahogándose de puro placer físico—. ¡Cógete a tu puta! ¡Me estás volviendo loca… David, ahhh, sí, dámela toda!
—¡Eso eres! ¡Una perra, mi perra hermosa! —rugió él.
Con un movimiento rápido, David metió una mano por debajo del estómago de Regina, alcanzando uno de sus enormes pechos colgados. Lo agarró a mano llena, exprimiendo la teta y pellizcando el pezón con saña mientras la seguía follando brutalmente por detrás.
El ruido era asqueroso y divino a la vez. El sonido del sexo crudo. El chapoteo denso de los fluidos de mi esposa mezclándose con los azotes fuertes del cuerpo de David chocando contra su culo.
Squish... plaf... slurp... plaf.
Y ahí, justo en medio de esa masacre sonora y visual de mis cuernos, presencié la verdadera dualidad de mi esposa. La revelación íntima que me destruyó el corazón muchísimo más que la propia violencia física.
David, en medio de su frenesí, de pronto detuvo las embestidas salvajes. Frenó en seco, pero dejó su enorme verga enterrada hasta el fondo de las entrañas de Regina.
Agarró a mi esposa por el cabello oscuro de la nuca y la jaló hacia arriba, obligándola a enderezar el torso y arquear la espalda hacia él.
—Mírame —le ordenó él a mi mujer en voz baja, ronca, cargada de una posesión íntima.
Y Regina giró el rostro hacia atrás por encima de su hombro derecho. Tenía los ojos grises empañados en lágrimas de lujuria, el maquillaje completamente corrido, y los labios gruesos hinchados y enrojecidos.
Y entonces, en medio de la brutalidad, ocurrió algo que me destrozó más que cualquier embestida.
David, el hombre bestial que apenas un segundo antes la estaba tratando como a un trozo de carne barata, se inclinó hacia adelante.
Le acarició la mejilla húmeda y enrojecida con el dorso de la mano, con una ternura casi dolorosa.
Regina levantó la cara hacia él, con los labios hinchados, temblorosos, todavía brillando por la saliva de la mamada.
Y le dio un beso.
No fue un beso sucio. Fue un beso tierno, lentísimo y profundo. Un beso de amantes.
Sus bocas se unieron con devoción. Vi cómo los labios de Regina se abrían para recibir los de David, cómo sus lenguas se encontraban con suavidad, rozándose primero con delicadeza y luego entrelazándose con deseo. El beso se volvió más intenso, más húmedo.
Escuché los sonidos suaves, mojados, de sus lenguas bailando, de la saliva compartida, de los gemidos ahogados que escapaban de la garganta de mi esposa.
David le acariciaba las tetas mientras la besaba.
Sus manos grandes, que hace un momento la habían agarrado con rudeza, ahora masajeaban sus pechos pesados con una mezcla de posesión y adoración.
Le apretaba suavemente los senos, rozaba los pezones duros con los pulgares, los levantaba y los dejaba caer, sintiendo su peso.
Regina gemía dentro de su boca, un gemido largo, vibrante, lleno de placer y rendición.
Y entonces, de pronto, el beso se volvió más salvaje.
Sus bocas se devoraban. Las lenguas se enredaban con pasión, saliendo y entrando, lamiéndose los labios, chupándose.
Un hilo espeso de saliva caía desde la comisura de los labios de Regina, bajando por su barbilla y goteando sobre sus tetas desnudas.
David se separó un segundo. Sus labios brillaban. Miró a Regina a los ojos, con una intensidad que me heló la sangre, y entonces escupió.
Un escupitajo grueso, caliente, cayó directamente sobre la boca abierta de mi esposa. Regina no se inmutó. Al contrario, sacó un poco más la lengua para recibirlo, gimiendo bajito, casi agradecida. La saliva de David se derramó sobre su lengua, mezclándose con la suya propia.
Y entonces volvieron a besarse.
Esta vez con más deseo. Sus bocas se fundieron, compartiendo esa saliva espesa, mezclada, obscena.
Se besaban como si se amaran, como si se necesitaran, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese beso húmedo, salivoso y apasionado.
Las lenguas se enredaban con fuerza, se lamían, se chupaban.
Los gemidos ahogados de Regina vibraban contra la boca de David mientras él seguía acariciándole las tetas, apretándolas, pellizcándole los pezones.
Era una imagen que me quemó la retina para siempre.
La mujer que yo amaba, la que juraba odiar a David, estaba besándolo con una pasión que nunca me había dado a mí. Con devoción. Con hambre. Con amor.
Y yo, sentado en el suelo, solo podía mirar… mientras mi propia verga palpitaba de celos, excitación y dolor.
—Eres mía, preciosa... —le susurró él contra los labios, mirándola a los ojos con una intensidad que derretía—. Completamente mía.
Regina cerró los ojos y se desarmó por completo. Toda la tensión de su rostro desapareció. Una expresión de paz total, de amor profundo y sumisión enamorada le cruzó las facciones.
—Soy tuya, papi... soy tu mujer... hazme lo que quieras —susurró ella, devolviéndole el beso con desesperación, buscando su boca de nuevo, acariciándole la nuca a David con su mano—. ¡Más, David, destrózame!
Y yo sentí que me metían la mano en el pecho y me arrancaban el corazón a tirones.
Jadee con un dolor sordo, incontrolable.
A mi esposa no solo le gustaba la violencia de David.
No solo disfrutaba que la degradaran y la llamaran perra.
Regina había encontrado en David el equilibrio perfecto que yo jamás supe darle: un macho alfa que la sometía, la castigaba y le abría las piernas como a una puta, pero que la reclamaba, la besaba y le decía palabras de amor y autoridad total.
Esa mezcla venenosa de "te trato como basura" y "te amo porque eres mi mujer" la había vuelto loca. Había conectado con su psicología más profunda.
Yo nunca fui suficiente. Yo para Regina sólo era el esposo bueno, el aburrido, el pusilánime que la consentía y que la amaba. Pero para ella, ahora David era el puto rey que le reventaba las entrañas y le acariciaba el alma a base de pollazos y besos dulces.
Entonces David la soltó del beso romántico y, sin previo aviso, reanudó las embestidas, esta vez con el doble de velocidad y fuerza.
¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF!
¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF!