Donde termina la Tierra CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Regina obedeció al instante. Escupió otro chorro espeso, más abundante, y luego se tragó la verga hasta el fondo sin dudar.

Glup… glup… glup… glup…

Mientras la garganta de mi esposa era follada sin piedad, su culo seguía moviéndose en círculos lentos y provocadores, como una perra pidiendo que la montaran. El vestido verde arrugado en su cintura, las medias negras tensas, los tacones altos… todo hacía que la imagen fuera aún más degradante.

Y yo no podía creer que estuviera presenciando degradación semejante.

Me sentí tan terriblemente mal, que me fui de espaldas, y caí sentado, pegado a la pared que estaba en esa sala.

David me miró por encima de la cabeza de Regina.

—¿Ves, Marquito? Esto es lo que ella necesita. No tus disculpas de mierda. Necesita que la traten como la perra que es.

Regina sacó la verga un segundo, jadeando, con la cara empapada en saliva y lágrimas.

—Sí… soy tu perra, David… —gimió ella, mirándome a mí con una crueldad total—. ¿Lo estás viendo bien, Marco? ¿Estás viendo cómo tu esposa mueve el culo como una perra para otro hombre? ¿Estás viendo cómo le escupo la verga y me la trago toda? ¿Es lo que querías, no, verme así?

Era mi castigo. Su venganza. Y de alguna manera ambos lo disfrutábamos.. ella de placer, yo sufriendo.

Y yo me quedé sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared de mármol frío, el pene mediocre todavía fuera y medio duro, goteando como un patético. Las lágrimas me corrían por las mejillas sin control, pero no podía dejar de mirar.

Y en cierto modo, me decía que todo era una pesadilla.

Tenía que serlo.

Esa mujer que estaba de rodillas frente a David… no podía ser mi Regina.

Mi Regina era la contadora seria, la que usaba blusas abotonadas hasta el cuello, la que hablaba con voz firme en las juntas, la que me regañaba por dejar los calcetines tirados y me preparaba café por las mañanas.

Mi Regina era elegante, refinada, profesional. La mujer que juraba odiar a David Montenegro, la que lo llamaba “ese hijo de puta manipulador”, “ese cerdo arrogante”, “ese machista de mierda” cada vez que yo la había confrontado.

Y ahora…

Ahora esa misma mujer estaba de rodillas, con el vestido verde esmeralda arremangado en la cintura, la gargantilla negra apretándole el cuello como un collar de propiedad, como una perrita, y la boca completamente llena de la verga del hombre que decía detestar.

Glup… glup… glup…

Los sonidos húmedos y obscenos seguían llenando la sala. Regina no solo la chupaba. La adoraba. La besaba. La escupía. Movía el culo como una perra en celo mientras le daba besitos tiernos a esa polla gruesa y venosa que yo jamás podría igualar.

No la reconocía.

Esa no era la mujer con la que me casé. Esa era otra. Una versión oscura, liberada, hambrienta de lo que yo nunca pude darle. Una Regina que había estado dormida durante años y que David había despertado de un solo golpe.

Y lo peor… lo que más me destrozaba… era que una parte enferma de mí entendía perfectamente por qué estaba así.

Porque David no solo la cogía. La dominaba. La hacía sentir deseada, poderosa y puta al mismo tiempo. Le daba la combinación perfecta que yo nunca supe ofrecerle: brutalidad y cariño, humillación y halagos, control y libertad.

Yo solo le daba amor… y ella ya no quería amor. Quería esto.

Entonces Regina sacó la verga de su boca con un sonido húmedo y largo. Un hilo grueso de saliva le colgaba de los labios hasta la punta brillante de David. Respiraba agitada, con los ojos vidriosos, el maquillaje corrido, los labios hinchados.

—Mmmm… mírame, Marco, mírame —jadeó ella, mirándome directamente, con la voz rota por la garganta follada—. Me estoy atragantando… me estoy empachando de polla. De la polla de tu jefe.

Y se metió la verga otra vez hasta el fondo, ahogándose, con arcadas, pero sin dejar de mirarme.

Sus ojos me decían todo: ya no había vuelta atrás.

La mujer que yo conocía había muerto. En su lugar había nacido esta Regina, la que se arrodillaba voluntariamente frente al hombre que nos había destruido.

Y yo, celoso, excitado y completamente destrozado, solo podía masturbarme en silencio, sabiendo que posiblemente estaba presenciando el final definitivo de mi matrimonio… y que, en el fondo, una parte enferma de mí estaba disfrutando cada segundo de esta pesadilla.

—Párate, preciosa —le ordenó David de pronto, dándole un tirón suave del cabello.

Regina obedeció al instante. Soltó la verga inmensa con un plop húmedo, dejando escapar un jadeo de satisfacción. Un puente grueso de saliva conectó sus labios pintados con el glande brillante de David, estirándose hasta romperse y caer sobre el mármol.

Se puso de pie despacio. Sus piernas gruesas y lechosas temblaban visiblemente. Se tambaleó un poco sobre esos tacones altos de aguja, embriagada por la lujuria y la autoridad arrolladora de mi jefe.

David la miró de arriba abajo, disfrutando visualmente del vestido verde esmeralda arrugado en su cintura.

—Ese vestido ya me estorba, preciosidad —dijo David, alzando la mano y agarrando la fina tela de seda verde justo por el centro del escote—. Sácate las tetas. Quiero verlas.

Regina respiró hondo. Su pecho subía y bajaba con violencia.

Se giró a medias, y sus ojos grises chocaron directamente con los míos.

Ella quería ver mi reacción. Quería asegurarse de que yo, el marido patético que acababa de dar una actuación mediocre hace veinte minutos, estuviera presenciando cada puto segundo de su transformación.

Y sin apartar la mirada de mi rostro bañado en lágrimas, llevó sus dos manos al escote de su vestido.

Tiró de la tela hacia abajo y bajó el cierre lateral de un solo tirón fluido. El satén verde esmeralda resbaló suavemente por sus hombros blancos, bajó por su vientre liso y quedó atascado en sus caderas inmensas, amontonado y arrugado sobre la línea de la tanga negra.

Y sus inmensas tetazas cayeron libres.

Pesadas, blancas como la leche, rebotaron al soltarse de la seda. No llevaba sostén. Eran hermosas, enormes. Los pezones estaban durísimos, rosados y erectos, apuntando al frente, erizados por el aire frío del penthouse y por la excitación brutal que le hervía en la sangre.

El contraste era una locura visual: la gargantilla negra de que David le había regalado le apretaba el cuello desnudo, resaltando sobre la piel pálida de sus pechos expuestos,

mientras el vestido en la cintura y los ligueros tensando las medias negras en los muslos la hacían ver escandalosamente vulgar.

Sádicamente hermosa.

David soltó un gruñido grave, casi animal, al ver la magnitud de sus senos desnudos.

Dio un paso al frente y levantó sus dos manos enormes. Le agarró los pechos por completo. No hubo delicadeza. Los amasó con una fuerza posesiva, clavando sus dedos largos en la carne abundante, empujándolos hacia arriba y apretándolos con rudeza.

—¡Ahhh! ¡Dios… David! —gimió Regina, echando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza mientras abría la boca de par en par.

—Qué ricas tetas tienes, mi puta hermosa —le susurró él al oído, con una mezcla de ordinariez y cariño—. Apenas me caben en mis manos.

David bajó la cabeza de golpe y hundió el rostro en el canalillo de mi mujer. Abrió la boca y se metió un pezón entero adentro, junto con una gran parte de la areola rosada.

Empezó a chuparlo con una fuerza descomunal, haciendo un ruido húmedo de succión, slurp, slurp, mordisqueando la piel sensible con los dientes.

Regina se arqueó hacia él como si le hubieran inyectado electricidad. Le clavó las uñas largas en los hombros varoniles y perfectos del saco azul marino de David, buscando sostenerse, perdiendo por completo el equilibrio ante la oleada de placer. Sus rodillas flaquearon sobre los tacones.

—¡Mmmm! ¡Sí, papi, muérdemelas, muérdemelas! —jadeaba ella, retorciendo el rostro, con los ojos en blanco, entregada a la barbarie y a la devoción del hombre que la devoraba.

Y yo... yo seguía ahí, recargado en la pared de mármol, frotándome mi polla mediocre.

Mi respiración era un fuelle roto. Ver a otro hombre saboreando los inmensos pechos de mi esposa, marcando su territorio con los dientes, tratándola como a un pedazo de carne y ella llamándolo "papi", me estaba volviendo loco.

Me dolía en el alma, pero me excitaba hasta querer arrancarme la piel.

La pasión con la que ella se derretía era algo que yo jamás logré sacarle.

David soltó su pezón con un chasquido húmedo. Un hilo de saliva brilló sobre el pecho blanco de Regina.

La agarró de la cintura, levantándola casi en el aire con una facilidad abrumadora que demostraba su fuerza física, y le dio la vuelta bruscamente. La empujó contra el borde del sofá de piel oscura.

—Apóyate ahí, perra —le ordenó.

Regina no dudó. Se inclinó hacia adelante de inmediato, apoyando los antebrazos desnudas en el reposabrazos del sillón de cuero. Quedó completamente doblada, a cuatro patas.

La imagen me reventó las retinas. El vestido verde enroscado en la cintura baja actuaba como un telón que se abre. Y debajo, el espectáculo total y descarnado.

Su culazo gigantesco, pálido y redondo, quedaba expuesto bajo las luces tenues del lugar, dividido cruelmente por el hilo dental de la tanga negra que se le clavaba en lo más profundo de la raya.

Los ligueros de encaje bajaban tensos por sus muslos gruesos, sosteniendo las medias de nylon que brillaban sutilmente.

Era exactamente la misma posición en la que yo la había tenido hacía apenas 20 minutos.

Pero la diferencia en la atmósfera, en su lenguaje corporal, era abismal. Conmigo, ella estaba rígida, hastiada, apoyada por obligación, mirando de reojo con aburrimiento y preguntándome si "ya se la había metido".

Ahora, con David parado inmenso detrás de ella, Regina estaba temblando como una hoja.

Su cuerpo entero vibraba de una excitación húmeda y desesperada.

Movía las caderas hacia atrás, abriendo más las piernas, buscando frotarse instintivamente contra el aire, como una perra en celo suplicando que el macho alfa la montara de una maldita vez.

—Pffff. No puedo dejar de admirar semejante mega culo, mami.