CAPÍTULO 10 #4
—Eso es lo bueno de tener a un tipo como él en la oficina, preciosa —dijo David, mirándome a través del espejo, sin mostrar piedad alguna—.
Y es que zapatero a su zapato. Tal vez tú no sirves para follar, Marco.
Hay que decir las cosas como son. Tu verga no da el ancho para rellenar a una mujer del calibre de tu esposa.
Lo intentaste hace rato en el sillón y diste pena ajena.
Pero para estas cosas domésticas... para ser el servil, el tipo que arregla los desastres, saca la basura y limpia la mugre, eres un empleado de primera categoría. Te ganaste tu bono, cabrón.
Apreté la mandíbula hasta que me dolieron los dientes, pero no contesté. No tenía palabras. No tenía una sola gota de dignidad para defenderme de esa humillación verbal.
Seguí pasando la esponja por los muslos gruesos de mi esposa, lavándole los pies descalzos y repasando entre sus dedos con una humillación silenciosa que, de forma retorcida, me sabía a gloria amarga. Me sentía útil en mi propia miseria.
Era algo brutal, humillante, aniquilador para el ego masculino y las normas de la sociedad, pero al mismo tiempo... había una intimidad enfermiza y retorcida en todo esto. Una especie de romanticismo macabro donde los tres aceptábamos nuestras posiciones reales sin fingir más ante el mundo.
Regina me acarició la mejilla con el dorso de los dedos, con un gesto maternal.
—Tranquilo, Marco. Ya pasó lo peor, te lo prometo —me dijo.
Su tono era dulce, casi conciliador, mirándome a los ojos con una sinceridad aplastante—.
Seguiremos casados. Ya lo pensé bien. No me voy a ir de la casa.
Tú seguirás siendo mi esposo legal. Tú me vas a cuidar, me vas a traer el desayuno a la cama, me vas a comprar mi lencería, vamos a ver películas juntos los domingos en pijama, me vas a llevar a cenar y vamos a salir con nuestras familias como la pareja feliz que somos.
Yo voy a seguir siendo tu esposa perfecta ante el mundo, intachable.
Hizo una pausa y miró la espalda ancha de David de reojo, miró sus nalgas duras, y luego la verga enorme que caía a pesar de estar flácida, y lo hacía con los ojos brillando de deseo puro.
—Y él... él me va a coger como a una perra salvaje cuando yo lo necesite.
Cuando me estrese. Cuando tenga ganas de sentirme mujer.
Es un equilibrio perfecto para todos, ¿no lo ves?
A ti te excita mirar y limpiarme, es lo que te da vida.
A él le gusta usarme, romperme y mandar.
Y a mí me gusta ser de los dos en diferentes formas.
Todos ganamos. Nadie pierde nada. Acéptalo.
Regina tenía razón. Era una mujer brillante y calculadora, y acababa de diseñar el presupuesto perfecto de nuestro matrimonio.
Ese era el pacto silencioso y maldito que yo mismo había firmado en el momento exacto en el que le entregué su número de celular a David por WhatsApp. El matrimonio aburrido, monógamo y asfixiado por las deudas y la falta de pasión había muerto para siempre en el restaurante italiano.
Ahora éramos una trinidad enferma. Y yo era la base que lo sostenía todo limpiando la suciedad.
—Termina de secarla, aplícale su crema humectante y llévala a mi cama, Marco —ordenó David, interrumpiendo mis pensamientos.
Dejó la rasuradora en el lavabo, se enjuagó la cara con agua fría y se secó el rostro con una toalla pequeña de manos—.
La voy a poner a dormir abrazada a mí. Hoy ya tuvo suficiente castigo por haberse portado mal en la camioneta, se ganó dormir en mi pecho.
Asentí en silencio. Era una orden directa de mi jefe.
Cerré la llave del agua. Saqué a Regina de la tina, agarrándola suavemente de la cintura para ayudarla a pararse.
Su cuerpo desnudo estaba hirviendo, pesado, completamente relajado, oliendo a limpieza, a lavanda y a jabón.
Agarré una toalla inmensa, blanca y afelpada del toallero de metal y la envolví en ella con delicadeza.
—Sabes que te amo, ¿verdad, Regina? Y que siempre voy a estar contigo.
Empecé a secarla con sumo cuidado. Froté su espalda pálida, sequé el canalillo húmedo entre sus pechos enormes, me arrodillé en el mármol para secarle las pantorrillas gruesas y los pies descalzos, secando gota a gota el agua de su piel, asegurándome de dejarla perfecta.
—Por supuesto que lo sé… aunque…
Ella se dejó hacer. Se quedó parada con los brazos ligeramente en alto, mirándome hacia abajo con esa superioridad benevolente y pacífica de una reina hacia su eunuco personal.
—¿Aunque qué?
Le puse un poco de loción humectante de almendras en las piernas, dándole un pequeño masaje en las pantorrillas doloridas.
—Ha sido verdadera mi molestia por todo lo que me ocultaste.
Cuando estuvo completamente seca y perfumada, le pasé una bata de seda corta, de color vino intenso, que David le había dejado preparada sobre la repisa de cristal.
Ella se la puso, deslizando los brazos por las mangas frescas, amarrándose el cinturón holgadamente a la cintura, dejando el escote peligrosamente abierto.
—Pero dijiste que ya me habías perdonado.
—Sí, sí, quizá por eso dejé que me vieras… con David, haciendo lo que hicimos, para castigarte, y purgarme yo misma… y sentir menos decepción por ti… pero eso no significa que lo haya olvidado.
—¿Pero entones sí me amas aún, a pesar de todo?
—Sí, sí… cariño… —dijo.
Y entonces caminó hacia la recámara principal, dejando el baño envuelto en vapor y olor a lavanda.
La seguí de lejos, a paso lento, quedándome parado en el umbral de la inmensa habitación.
David ya estaba acostado en el centro de la cama king size.
Se había quitado la toalla y estaba recostado bajo los cobertores gruesos, con las sábanas blancas cubriéndole solo hasta la cintura.
Su torso inmenso y velludo destacaba en las penumbras de la habitación iluminada apenas por las luces de la ciudad.
Regina se subió al colchón gateando con una gracia felina.
Le vi sus nalgas empinadas, moviéndolas como perra de un lado a otro.
Y luego se acurrucó a su lado con una naturalidad que dolía en el alma.
Apoyó la cabeza directamente en el pecho ancho y musculoso de mi jefe, pasando una pierna por encima de él, cerrando los ojos y frotando la mejilla contra su piel.
David le pasó un brazo pesado por los hombros, atrayéndola hacia él, rodeándola con su fuerza bruta y protectora, y le dio un beso suave, de buenas noches, en la coronilla.
Se veían como una pareja perfecta. Domados el uno por el otro. Completamente felices y en paz.
Me quedé de pie en el umbral de la puerta, a cinco metros de distancia. Tenía las manos caídas a los costados, la camisa desabotonada, manchada de mis propios fluidos vergonzosos, el pantalón arrugado y el alma completamente vacía de voluntad.
—Ya puedes irte a tu casa, Marquito. Hiciste un buen trabajo de limpieza hoy.
Ya está rechinando de limpia —dijo David, mirándome por encima de la cabeza de mi esposa, con un tono de voz soñoliento y despectivo—.
Cierra la puerta principal con seguro al salir.
Mañana te veo en la oficina. Trata de no llegar tarde, que tenemos el cierre de subsidios atrasado y necesito a mi mejor analista bien despierto y concentrado.
Regina frotó su mejilla contra el pecho de David, buscando acomodarse mejor en su abrazo, soltando un suspiro largo y profundo de paz, el suspiro de una mujer amada y sexualmente satisfecha.
—Buenas noches, cariño —me dijo ella, al mismo tiempo que con su mano libre acariciaba la verga morcillona de su amante, y luego le acariciaba sus grandes huevos, con adoración, con cariño, con morbo.
Ni siquiera abrió los ojos para mirarme en la puerta. Ni siquiera se molestó en despedirse de mí con la mano. Ya no le importaba mi existencia hasta que llegara el amanecer y tuviera que volver a su vida real.
—Buenas noches... —susurré al aire, en la penumbra.
Di la media vuelta. Caminé por el largo y silencioso pasillo del penthouse, mis zapatos resonando tristemente contra el mármol.
Pasé por la sala. Me agaché a recoger el vestido verde esmeralda, la ropa interior negra de encaje húmeda, y los tacones de aguja de Regina que estaban tirados sobre el piso frío como basura abandonada.
Los abracé contra mi pecho, como si fueran los restos de un naufragio o el botín de un robo miserable. Eran las únicas cosas de ella que me podía llevar a mi casa esta noche.
Abrí la pesada puerta principal de madera de roble, salí al pasillo alfombrado del edificio de lujo y la cerré lentamente detrás de mí. Escuché el clic metálico del seguro electrónico, dejándome oficialmente fuera del paraíso de ellos.
Estaba solo.
Bajé por el elevador de cristal, sintiendo el zumbido del descenso en el estómago, bajando desde las nubes hasta el inframundo. Llegué a la calle. La noche estaba oscura, gélida. La ciudad seguía su curso, los carros pasaban, indiferentes a mi tragedia microscópica.
Caminé hacia mi modesto sedán estacionado a la vuelta de la esquina, con la ropa sucia de mi mujer fuertemente apretada contra el pecho para sentir su olor a sexo.
Era un cornudo. Un voyerista patético. El limpia fluidos oficial de la mujer que amaba.
Y lo peor de toda esta pesadilla, la locura más grande de mi mente enferma y destruida, es que mientras metía la llave en el contacto de mi carro para manejar hacia mi casa fría y vacía, una sonrisa triste, retorcida y patéticamente feliz se dibujó lentamente en mi rostro.
Había sobrevivido.
La había perdido para siempre como esposa fiel, como la compañera monógama y exclusiva con la que soñaba envejecer.
Pero, en este nuevo y sádico arreglo, me había ganado un lugar eterno en primera fila, con pase VIP, para ver a la puta más hermosa del mundo en acción cada vez que su dueño la llamara.
El juego apenas estaba comenzando.
Quisiera decir que aquí terminó todo, pero la realidad es que aquí, justo aquí, comenzó el verdadero emputecimiento de mi mujer.
Su perversión, su degradación… convirtiéndose en su puta, en la puta de mi jefe… y no sólo de él.
Continuará…