Donde termina la Tierra CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El BMW plateado arrancó, perdiéndose ágilmente en el tráfico denso de la avenida.

Y yo me quedé allí, congelado en la banqueta, con el corazón latiéndome súper fuerte, s tan fuerte que sentía que me iba a fracturar el pecho. El aire de la tarde se me atascó en la garganta.

Mi esposa, mi Regina, la mujer que ayer salió llorando del restaurante destrozada por mi traición, la que se supone que estaba escondida lamiéndose las heridas, acababa de abrirle la puerta al mismo cabrón que la había usado para destruirme.

La adrenalina me pegó como un latigazo. El pánico, crudo y animal, me descongeló las piernas.

Corrí hacia mi carro. Abrí la puerta, me tiré en el asiento del conductor y metí la llave temblando como si tuviera Parkinson. Arranqué el motor, pisando el acelerador a fondo, importándome una mierda si le pegaba al auto de enfrente al salir del estacionamiento improvisado.

Salí a la avenida quemando llanta. Mis ojos, muy abiertos detrás de los lentes, escaneaban el mar de defensas y luces rojas de freno.

Ahí estaba. A dos cuadras de distancia, el deportivo plateado resaltaba entre los autos comunes. Me pegué al carril izquierdo y empecé a seguirlos.

No estaba pensando con claridad. Mi cerebro era una lavadora triturando cristales. ¿Qué carajos iba a hacer Regina con él? ¿A dónde iban?

«Está despechada», me gritó una voz en mi cabeza. «Está rota, herida en el orgullo más profundo, y una mujer despechada es capaz de cualquier puta locura».

Me acordé de las palabras de David en el penthouse. ¿A dónde crees que va una mujer orgullosa y con el ego destrozado cuando se entera de que su propio marido la vendió como a una ramera?

Iba con él. Con el macho que no le había mentido. Con el cabrón que le había hablado sucio desde el día uno y que ahora se presentaba como el único refugio honesto en su vida de mierda.

El trayecto duró veinte minutos que se sintieron como veinte años de tortura. Mis manos sudaban a mares sobre el volante. Mantuve una distancia prudente, escudándome detrás de una camioneta de reparto para que David no viera mi modesto sedán por el espejo retrovisor.

El Audi plateado tomó la desviación hacia la zona residencial de lujo. Mi estómago se encogió. Sabía perfectamente a dónde iban.

Llegamos a la Torre Adamant.

Frené mi carro a casi una cuadra de distancia, apagando las luces de inmediato.

Me quedé en la penumbra del habitáculo, con la respiración entrecortada, viendo cómo el deportivo de mi jefe se detenía frente a la pluma de seguridad del edificio.

El mismo guardia de traje negro que ayer me vio subir a humillarme con Rubí, levantó la pluma al reconocer el auto.

David ni siquiera bajó al estacionamiento subterráneo. Dejó el carro en la bahía principal de valet parking.

La puerta del piloto se abrió. David bajó, imponente con su camisa de lino y su pantalón de vestir. Dio la vuelta al auto y abrió la puerta del copiloto.

Regina salió.

La vi desde mi escondite. Llevaba ese pantalón de vestir negro, ancho, y el suéter oscuro.

Parecía frágil, chiquita al lado del mastodonte de mi jefe.

David le puso una mano en la parte baja de la espalda.

No fue un toque agresivo ni violento; fue un toque protector.

Sutil. Y ella, mi leona, la contadora estricta que no se dejaba tocar por nadie, no lo apartó.

Se dejó guiar hacia las inmensas puertas de cristal del lobby, caminando a su lado, buscando su calor.

Desaparecieron dentro del edificio.

Golpeé el volante con los dos puños cerrados.

—¡Puta madre! ¡Puta madre! —grité en el silencio de mi carro, con la voz ahogada en lágrimas de pura desesperación y coraje.

Estaban arriba. Estaban subiendo por ese maldito elevador directo al penthouse. Y yo estaba aquí, en la calle, como un perro callejero, un espectador patético de mi propio entierro marital.

¿Qué iba a hacer? ¿Bajarme, correr al lobby, pelearme con el guardia otra vez para que me dejara subir y hacer un escándalo en la puerta de David?

No podía. No tenía los huevos. Esta vez tenía la certeza de que mi esposa estaba allí.

Si yo entraba pateando puertas, Regina me miraría con el mismo asco con el que me miró en el restaurante.

Me escupiría en la cara que yo la había vendido por cinco mil dólares y David me sacaría a golpes, restregándome su victoria frente a los de seguridad.

Estaba completamente acorralado por mi propia cobardía.

Me dejé caer contra el respaldo del asiento, respirando por la boca, sintiendo el sudor frío bajándome por el cuello.

Y entonces, mi verga reaccionó.

A pesar del dolor que me estaba rasgando el alma, a pesar de que acababa de perder al amor de mi vida, la imagen de mi esposa, vulnerable y herida, entrando al departamento del macho alfa, me encendió la sangre de una forma asquerosa.

Una punzada de calor hirviente me recorrió la entrepierna.

El bulto empezó a endurecerse contra la tela de mis jeans.

Saqué mi celular del bolsillo. Las manos me temblaban tanto que me costó desbloquear la pantalla.

Abrí WhatsApp. El grupo "Dueño de tu mujer" seguía mudo. Regina me tenía bloqueado.

Pero yo necesitaba saber. Mi enfermedad, mi adicción a esta humillación, me exigía la dosis.

Abrí el chat directo de David.

Marco (8:15 pm): Sé que la tienes ahí. Los acabo de ver entrar.

Me quedé mirando la pantalla, hiperventilando.

Un minuto después, el estado de David cambió a "en línea". Las dos palomitas se pintaron de azul.

David (8:17 pm): ¿Siguiéndonos, Marquito? Vi tu pinche carcacha desde hace tres cuadras. Eres más predecible que un reloj.

El cinismo del cabrón me hizo sentir más ofendido que antes. David sabía que yo estaba ahí afuera, congelándome en el carro. Mientras él, estaba allá arriba, con mi mujer.

Marco (8:18 pm): No te aproveches de ella, David. Te lo ruego. Está mal, está rota. Está vulnerable por lo que pasó en la cena. No seas un hijo de puta, no la toques así.

El chat se quedó en "Escribiendo..." por varios segundos. Cada segundo me estiraba los nervios hasta casi reventarlos.

David (8:21 pm): Yo no me aprovecho de nadie, Marco.

Yo simplemente soy un hombre caballeroso que le doy a las mujeres exactamente lo que me piden.

Y tu esposa está despechada. ¿Sabes lo que hace una hembra orgullosa cuando le rompen el corazón y el ego al mismo tiempo?

Se vuelve loca. Busca cómo castigarse a sí misma, y cómo castigarte a ti.

David (8:22 pm): Llegó al edificio hecha un mar de lágrimas.

Ya en el camino me explicó todo, su versión, claro.

Pero me dijo que el hombre que le juraba amor la había vendido como a una puta barata.

Está llorando en mi sofá ahorita mismo. Le serví un vaso de whisky puro y se lo tragó como si fuera agua.

El corazón se me paralizó. Me la imaginé en ese sillón inmenso de cuero blanco, llorando, ahogándose en alcohol, buscando adormecer el dolor de saberse una mercancía.

Marco (8:24 pm): Por favor, mándamela de regreso. Estoy aquí. Quiero aclarar las cosas con ella. Solo dile que baje.

David (8:26 pm): No has entendido nada. Ella no quiere regresar contigo. Le das asco. Literalmente me acaba de decir que siente asco de que la hayas tocado. Me dijo: "David, mi marido me usó como si yo fuera una puta de cinco mil dólares".

El mensaje me clavó una daga en el pecho. Las lágrimas me escurrían por las mejillas.

David (8:28 pm): ¿Y sabes qué le contesté, Marquito? Le dije: "Pues si te sientes como una puta, y tu marido te trató como a una puta... deja de llorar, quítate esa ropa de monja y pórtate como una puta para mí".

Abrí los ojos de par en par, sintiendo que el oxígeno desaparecía de mi carro. ¡Era un sádico de mierda! ¡Se estaba aprovechando de su quiebre emocional para corromperla por completo!

Marco (8:29 pm): ¡¿Pero estás loco, cabrón de mierda?! ¡La vas a destrozar más! No seas tan hijo de puta. Sabes que estarías abusando de ella… si le haces algo en esas condiciones.

Esta vez tardó en responder, poco más de cinco minutos:

David (8:35 pm): Tranquilo, nene, ¿cómo puedes ser tan pendejo para creerte todo? Solo vamos a platicar.

Marco (8:36 pm): Dile que quiero hablar con ella. Por favor. Dile que estoy aquí. Que baje. Necesito verla. No puedo quedarme aquí afuera sabiendo que está contigo. Me estoy volviendo loco.

David (8:37 pm): Por hoy déjala en paz. Sé consciente, necesita paz mental.

Marco (8:38 pm): ¿Y tú le vas a dar esa paz mental?

Marco (8:38 pm):¡Respóndeme!

Marco (8:38 pm):¿Qué está haciendo ahora? ¿Está bien? ¿Está llorando? Dime algo, por Dios. No me dejes así. Tengo miedo, David. Mucho miedo.

David (8:39 pm): Mira, fue al baño y por eso te estoy respondiendo, pero cuando regrese voy a apagar el teléfono.

Marco (8:40 pm): ¿Qué? ¿Por qué? ¡No! ¡No lo apagues! ¡Déjame hablar con ella aunque sea un minuto! ¡Por favor! ¡No me hagas esto!

David (8:41 pm): Tengo que apagar el teléfono porque tengo que darle el lugar a una dama. Quiere que hablemos y tengo que escuchar.

Marco (8:42 pm): David, en serio te lo pido, no la vayas a tocar. Ella no está bien, y cualquier cosa que haga luego se va a arrepentir. Por favor, respétala. Te lo suplico. No abuses de su dolor. No la lastimes más. Estoy temblando aquí afuera. Tengo pánico. No sé qué voy a hacer si le haces algo.

David (8:43 pm): Solo vamos a platicar.

Marco (8:44 pm): Júralo. Júrame que solo van a hablar. Júramelo por lo que más quieras. No la toques. No la beses. No le hagas nada. Por favor. Estoy muriéndome de miedo aquí. No me dejes con esta angustia. Respóndeme.

David (8:45 pm): Perdón, pero ya viene.

Marco (8:46 pm): David

Marco (8:49 pm): DAVID

Marco (8:50 pm): DAVID

Marco (8:45 pm): DAVID RESPONDE

Silencio.

Un silencio brutal, asfixiante.

Me quedé mirando la pantalla como un idiota, esperando que aparecieran los tres puntitos de “escribiendo…”. Nada. Solo el vacío gris. Apagué el celular y lo tiré al asiento del copiloto como si quemara.

Las lágrimas me corrían por las mejillas sin control. Golpeé el volante varias veces, con fuerza, hasta que me dolieron los nudillos.

—¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! —grité dentro del carro, con la voz rota.