Donde termina la Tierra CAPÍTULO 2 #13
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CAPÍTULO 2 #13

Tenía que encontrarla yo mismo. Tenía que saber si estaba bien.

Y entonces, una idea cruzó por mi cabeza.

El despacho. ¡Claro! Era miércoles. Regina era una contadora adicta a su trabajo.

No importaba qué tan destruido tuviera el corazón o qué tan humillada se sintiera; a fin de mes, Regina jamás dejaría sus balances botados.

Su sentido de la responsabilidad era obsesivo.

Miré el reloj de la pared. La una y media de la tarde. Si ella había ido a trabajar, estaría ahí.

Me vestí rápidamente, poniéndome unos jeans y una camisa limpia. Agarré las llaves del carro y salí de la casa.

Ni siquiera me importó no haberme presentado yo mismo a mi trabajo… ¿a quién putas le importaba mi trabajo? De hecho, recibí un mensaje muy temprano de Claudia y luego más tarde, de acuerdo al horario en que vi que me mandaron esos textos, de Evaristo, preguntando por mí.

Les inventé algo sobre que había amanecido indispuesto pero que al día siguiente volvería con un justificante.

Y entonces manejé hacia la zona financiera. El trayecto se me hizo eterno. El tráfico del mediodía me volvía loco. Cuando llegué a la calle de su edificio corporativo, me estacioné a media cuadra de distancia, en un lugar donde pudiera ver la entrada principal sin ser detectado.

El edificio gris y de cristales oscuros se alzaba frente a mí. Esperé.

Las dos de la tarde. La hora de salida para la comida. Los oficinistas empezaron a salir por las puertas giratorias. Grupos de mujeres con gafetes, hombres de traje fumando en la banqueta, gente caminando rápido hacia los restaurantes cercanos.

Mis ojos escaneaban desesperadamente a cada mujer de cabello oscuro, a cada figura de caderas anchas que cruzaba las puertas de cristal.

Pasaron quince minutos. Veinte. Media hora.

El flujo de gente empezó a disminuir. La desesperación se me atascaba en la garganta. Y entonces, mi corazón se detuvo.

Las puertas giratorias se movieron, y de ahí salió ella.

Era Regina.

Solté el aire retenido en mis pulmones en un suspiro tembloroso. Estaba viva. Estaba bien. Físicamente, al menos, estaba intacta.

Pero no se veía como la Regina de siempre.

Llevaba puesto un pantalón de vestir negro, ancho, que ocultaba sus curvas, y un suéter de punto oscuro, a pesar del calor de la tarde.

Su cabello estaba recogido en una coleta baja, desarreglada.

Llevaba unos lentes oscuros y grandes que le cubrían la mitad de la cara, pero incluso desde la distancia, podía notar que caminaba con los hombros caídos, arrastrando un poco los pies.

No caminaba con esa altivez y arrogancia de siempre. Parecía un fantasma.

Una de sus compañeras de trabajo, una mujer delgada que conocía de auditoría, se le acercó en la banqueta, tocándole el brazo y diciéndole algo, como invitándola a comer. Regina negó con la cabeza, esbozó una sonrisa que desde lejos se veía falsa y tensa, y se despidió con la mano.

Regina caminó sola por la acera, alejándose del edificio.

Mi primer instinto fue arrancar el carro, frenar a su lado, abrir la puerta y rogarle que se subiera. Quería hincarme en la banqueta, pedirle perdón y jurarle que iba a arreglar todo. Pero mi mano se congeló en la palanca de velocidades.

¿Qué le iba a decir? ¿"Perdóname por apostarte"? No. El daño era irreparable. Si yo me le acercaba ahora, en plena calle, probablemente haría un escándalo, se pondría histérica o, peor aún, me miraría con ese mismo asco con el que me miró en el restaurante y saldría corriendo de nuevo.

La vi doblar la esquina y entrar a una pequeña cafetería a media cuadra.

Me quedé en el carro, agarrando el volante, debatiéndome entre el amor desesperado que le tenía y la culpa asfixiante que me decía que no merecía ni siquiera mirarla.

Saqué mi celular. Abrí WhatsApp.

Estaba bloqueado. La foto de perfil de ella había desaparecido.

Respiré profundo. Si no podía hablar con ella, al menos podía seguirla. Necesitaba saber a dónde se iba después del trabajo. Necesitaba saber dónde estaba durmiendo, en qué hotel se había metido o si alguien la estaba ayudando.

Me quedé en el carro. Esperé a que dieran las seis de la tarde, la hora en que terminaba su turno.

Estaba dispuesto a convertirme en la sombra de mi propia esposa, en un acechador silencioso, para descubrir cómo era la vida de la mujer que acababa de perder.

Ni siquiera comí, pero quería pedirle perdón.

Que volviera a la casa. Sí, le ofrecería eso, que volviera a la casa y que yo fuera el que me quedara en otro lado. Tenía que darle tiempo, pero, ¿cuánto tiempo?

Y entonces… la vi salir, y me dije que tenía que ir tras ella. De hecho me bajé del carro para ir por mi esposa, pero entonces se detuvo, alguien la llamaba, ella respondía, me quedé mirando, atrás, para ver qué hacía.

Y entonces… algo ocurrió, tan solo minutos después, vi una camioneta, una BMW, plateada…

Era de David.

¡David estaba yendo por mi esposa!

Y yo me quedé paralizado. Y David Salió por ella, le abrió la puerta, ella entró y… entonces se fueron.

Y yo me quedé allí, como idiota, con terror, sintiendo una punzada muy fuerte en mi pecho.