CAPÍTULO 2 #12
—Es tu esposa, cabrón, ¿cómo no vas a saberlo?
—¡Pues no lo sé!
—En ese caso, el problema es tuyo. Y es un gran problema, porque todo marido debería de saber los posibles lugar donde una mujer enfadada debería de irse, ¿con alguna amiga, con su mamá?
—¡Su madre no vive en esta ciudad!
—Pues piensa, cabrón. Tú sólo quieres la pura facilidad.
Se supone que dices que tu esposita se largó del restaurante en cuanto leyó mi mensaje, ¿no?
Salió corriendo. ¿A dónde crees que va una mujer orgullosa, altiva, y con el ego destrozado, cuando se entera de que su propio marido, el hombre que le juraba amor eterno, la puso en una mesa de apuestas como a una vil ramera por cinco mil miserables dólares?
Tragué saliva, sintiendo que el nudo en la garganta me asfixiaba.
—¡Mensaje que mandaste porque eres una mierda, sabías que eso la haría molestar!
—Eso es problema tuyo, cabrón, no mío —David se dio la media vuelta, caminando hacia la cama—.
Yo ya cumplí mi parte. Deberías de agradecerme que gracias a mí, ahora ya no tienen secretos.
De alguna manera, yo le abrí los ojos. Le quité la venda y le mostré que su matrimonio es una puta farsa.
El jarrón ya está roto, Marco. Y tú fuiste el que lo tiró al piso.
—Tú mandaste el mensaje a propósito para destruirla...
—Lo mandé porque los secretos me aburren —me cortó él, mirándome por encima del hombro—. Además te repito, tú me dijiste que ya lo habían hablando. Ahora, si me disculpas, tengo a una perrita pelirroja muy enojada en el baño que necesita que le baje el coraje a punta de verga. Lárgate de mi casa.
No dije nada más. No había nada más que decir.
—Entonces vete a la mierda, David.
Me di la vuelta y salí del penthouse, arrastrando los pies como un muerto en vida.
El viaje de descenso en el elevador se sintió como un entierro.
Las puertas de acero se abrieron en el lobby.
El guardia de seguridad de traje negro estaba ahí, de pie frente al escritorio.
Me miró de arriba abajo. Mi traje arrugado, mi cara sudada, los ojos rojos y perdidos.
Seguramente sabía a lo que había subido, o al menos imaginaba que había sido corrido a patadas por el dueño del lugar.
Me pregunté si el guardia pensaría que era un marido o novio despechado en busca de la “adúltera” que estaba allá arriba. Aunque no se trataba de Regina, desde luego Rubí lo era, una puta, una adúltera que le ponía los cuernos a su novio con este hijo de puta, sin ninguna consideración.
No lo miré. Crucé las puertas de cristal del edificio y salí a la calle.
La madrugada estaba helada. El viento me golpeó el rostro, pero yo estaba anestesiado. Caminé hacia donde había dejado mi modesto sedán estacionado a una cuadra de distancia.
Me subí al auto. Apoyé la frente en el volante y dejé que el silencio de la noche me aplastara.
No era Regina. Había sido Rubí. El gran descubrimiento que me había aterrado y excitado todo el camino hasta la Torre Adamant resultó ser una puta coincidencia morbosa. Y la realidad me cayó encima con un peso aplastante.
Si Regina no estaba con David... entonces, ¿dónde carajos estaba mi esposa?
Encendí el celular. Volví a revisar los mensajes.
"Dueño de tu mujer".
El grupo estaba en silencio. Abrí su chat personal.
"Regi ❤️".
La última conexión seguía siendo de horas atrás.
Mi mente empezó a repasar las opciones. No teníamos familia en la ciudad.
Sus padres vivían en otro estado, a cientos de kilómetros de distancia.
Sus primos los "degenerados", Agustín y Berenice, a quienes ella tanto criticaba, tampoco estaban cerca, e ir con ellos era irónico y absurdo.
No tenía amigas íntimas en el despacho con las que soliera quedarse a dormir; su vida era del trabajo a la casa y de la casa al trabajo.
Estaba sola en una ciudad inmensa, en medio de la madrugada, con el corazón roto y la humillación quemándole las entrañas.
Metí la llave en el contacto y arranqué el motor.
Empecé a manejar sin rumbo fijo. Recorrí las avenidas principales, mirando hacia las aceras, buscando la silueta inconfundible de su falda gris y su blusa blanca.
Buscaba a una mujer caminando sola, llorando.
Pasé por el restaurante italiano. Estaba cerrado, a oscuras, con las sillas apiladas sobre las mesas.
Me estacioné ahí unos minutos, esperando verla sentada en una banca, pero no había nadie.
Manejé hacia la zona de hoteles cerca del centro. Conduje despacio, mirando los letreros de neón parpadeantes, preguntándome si, en su desesperación, habría pagado una habitación con su tarjeta de crédito para pasar la noche.
"¿Qué le hiciste, Marco? ¿Qué putas le hiciste?", me repetía a mí mismo, golpeando el volante con el puño cerrado.
La imagen de su rostro descompuesto en el restaurante, esa lágrima de decepción resbalando por su mejilla cuando leyó la palabra "apuesta", se me quedó tatuada en el cerebro.
Yo le había demostrado que el macho prepotente al que ella intentaba odiar, al final, había sido el único honesto. David la usó, la fornicó y la humilló, pero nunca le ocultó sus intenciones. Yo, en cambio, le juraba amor mientras cobraba el cheque de su prostitución. Yo era el verdadero monstruo.
Conduje hasta que los primeros rayos del sol empezaron a iluminar el cielo gris de la ciudad. Eran las seis de la mañana.
Regresé a la casa. El portón eléctrico sonó con un quejido oxidado. Metí el auto a la cochera. La casa estaba tal y como la había dejado horas atrás. Las luces de la sala encendidas, la puerta entreabierta.
Entré. El silencio me dio la bienvenida. Caminé hacia la recámara matrimonial. La cama deshecha, con el olor de su perfume, aunque menos, todavía estaba en el ambiente. El clóset abierto, con su ropa intacta.
Me dejé caer sentado en la orilla del colchón. Estaba agotado. Llevaba días sin dormir bien, en estrés y en un morbo asqueroso que me había consumido por completo.
Agarré el celular una vez más. Le marqué directamente a su número. "El número que usted marcó, se encuentra apagado o fuera del área de servicio".
Tiré el teléfono a la cama.
Me quité los zapatos, me quité el saco arrugado y la corbata, y me recosté sobre las sábanas. Abracé la almohada de Regina, hundiendo la cara en la tela, aspirando desesperadamente su olor floral.
Lloré hasta quedarme dormido. Lloré por la mujer que perdí, lloré por la humillación que sufrí en el penthouse, y lloré por el hombre patético en el que me había convertido.
Me desperté pasado el mediodía. La luz del sol entraba de lleno por la ventana, lastimándome los ojos. Tenía la boca seca y la cabeza me palpitaba con un dolor sordo.
Me senté en la cama, desorientado. Por un segundo, mi mente adormecida intentó convencerme de que todo había sido una pesadilla. Que Regina estaba en la cocina preparando el desayuno.
Pero el vacío de la casa me agarró de inmediato.
Agarré el celular. Ningún mensaje de ella. Ni uno solo.
Fui al baño, me lavé la cara con agua helada y me miré en el espejo. Las ojeras me llegaban casi hasta las mejillas. Parecía diez años mayor.
Salí a la sala y me senté en el sofá. Mi cerebro, en un intento inútil por recuperar el control, empezó a procesar lo que debía hacer. ¿Llamar a la policía? No.
Era una mujer adulta que se había ido por su propio pie tras una discusión.
La policía no iba a hacer nada antes de las setenta y dos horas.
¿Llamar a sus papás? Imposible. Si les llamaba y les decía que no sabía dónde estaba Regina, el escándalo sería monumental, y si ella después aparecía, me odiaría aún más por haberlos asustado.