CAPÍTULO 2 #11
—¡No te hagas el imbécil conmigo, Marco! Te conozco perfectamente. Si no hubiera visto lo que he visto, no me sorprendería. Eres un puto mirón. ¡Sé la clase de basura que eres!
El pánico me cerró la garganta. No podía defenderme. No podía decirle la verdad. No podía gritarle: "¡Vine a buscar a mi esposa porque creí que David se la estaba cogiendo, igual que me ha demostrado que se la coge en otros días!".
Si yo abría la boca y mencionaba a Regina, el secreto saldría a la luz. Rubí era la chismosa número uno de la oficina; mañana mismo todo el corporativo sabría que el analista gris estaba casado con una mujer que se acostaba con el jefe por una apuesta.
Tenía que tragarme la humillación. Tenía que asumir el papel del pervertido mirón, porque era la única excusa que encajaba y que protegía el poco honor que le quedaba a mi matrimonio destruido.
—David... dile... dile que tú me dejaste pasar porque teníamos algo… de qué hablar, algo importante… —supliqué, mirando hacia la cama, con la voz quebrada.
David sonrió ampliamente.
—Yo te dije que pasaras, Marquito —respondió él, con esa calma sádica y cínica, arrastrando las palabras—. Te dije que entraras calladito para no interrumpir. Pero nunca me imaginé que te ibas a quedar en lo oscurito agarrándote la verga mientras veías cómo Rubí se tragaba mi polla.
—¡Hijo de puta! —siseó Rubí, girándose a medias hacia David, indignada—. ¿Tú lo dejaste entrar? ¿Tú sabías que este pajero estaba ahí afuera escuchando todo?
—Relájate, Rubí —David se encogió de hombros, acomodándose en la cama—. Marco es inofensivo. Es como un perro callejero. Solo le gusta mirar a los hombres de verdad hacer lo que él no puede. Pensé que no te iba a importar tener público. A fin de cuentas, te encanta que te vean, ¿o no?
Rubí se quedó sin palabras por un segundo, ofendida por la forma en que David la rebajaba, pero su furia encontró rápidamente un blanco más débil: yo.
Se giró hacia mí de nuevo. Su mirada destilaba un desprecio tan denso que me hizo sentir del tamaño de una cucaracha.
—Eres la cosa más patética que he visto en toda mi vida, Marco —escupió ella, y cada palabra era un azote en mi ego—.
Me das un asco que no te imaginas. Eres un pinche voyerista de mierda.
Te caché viendo viejas encueradas en la oficina.
Te caché escondido en la oscuridad en la casa de Rodrigo mientras él se cogía a la pendeja de Maca, con la riata de fuera, temblando como un puto enfermo. ¡Y ahora me sigues hasta aquí!
Si Rubí hablaba tan abiertamente sobre Maca, delante de David, significaba que este cabrón también lo sabía, y no hacía nada al respecto. Seguramente también le divertía saber que la chica de nóminas era una putilla como… Como mi esposa.
—¡No te seguí a ti, Rubí, te lo juro! —lloriqueé, incapaz de contener la desesperación. Las lágrimas me picaban en los ojos—. ¡Vine a buscar a David por un asunto... personal! ¡La puerta estaba abierta!
—¡Mira mejor ni te excuses, porque cualquier palabra que dices suena a pendejada!
—me cortó ella, dando un paso más hasta quedar a escasos centímetros de mí—.
¡Por una vez en tu puta vida ten los huevos suficientes para decir que nos estabas espiando porque eres un pervertido mirón de mierda que le gusta espiar!
Podía oler la saliva y la esencia de David en su aliento. Sus tetas operadas subían y bajaban con violencia.
—¡Que no, que no, Rubí, ya deja de ofenderme que no es lo que piensas!
—Mírate nada más, pajillero mirón. Estás sudando como un cerdo.
Estás temblando. Apestas a ser un tipo pervertido y enfermo —Rubí me miró de arriba abajo, deteniéndose en la zona de mi bragueta—.
Estás enfermo. Vives a través de la verga de otros hombres porque la tuya no sirve para nada.
Me pregunto qué clase de perdedora debe ser tu supuesta esposa, si es que la tienes, para aguantar a un cabrón tan miserable como tú.
Seguro la pobre pendeja piensa que estás trabajando horas extras, y mírate, metido en el departamento de tu jefe rogando ver unas buenas mamadas.
Cerré los ojos con fuerza. "Tu supuesta esposa". Si Rubí supiera que mi esposa era mil veces más mujer que ella, y que esa misma mujer me había engañado con el hombre que estaba en la cama, la burla habría sido potente.
—Por favor, Rubí... no le digas a nadie de esto —supliqué, humillándome por completo, bajando la cabeza como un esclavo—. Te lo ruego. Tampoco quiero perder mi trabajo.
Rubí soltó una carcajada estridente, histérica, carente de cualquier piedad.
—¿Tu trabajo? ¡Deberías perder la puta vida por asqueroso!
—se giró hacia David, apuntándome con el pulgar por encima del hombro—.
David, saca a este pedazo de mierda de tu casa ahorita mismo.
O te juro por Dios que mañana mando un correo masivo a recursos humanos y a todo el corporativo contando las asquerosidades que hace tu analista. No me importa el escándalo. Lo hundo.
—¿No te importa entonces? —dije yo—, ¿no te importa que tu novio sepa la clase de zorra que eres?
—¡Ni se te ocurra, cabrón! —bramó Rubí al caer en la cuenta de que yo también la tenía en mis manos.
David soltó un suspiro largo, fingiendo aburrimiento. Se levantó lentamente de la cama, completamente desnudo. Su físico imponente y la bestialidad de su miembro oscilaron frente a mí, recordándome por qué mi esposa había perdido la cabeza por él.
Caminó hacia un sillón cercano, agarró un pantalón de chándal gris y se lo puso con calma.
—Ya la escuchaste, Marquito —dijo David, acercándose a nosotros con pasos lentos y pesados—. Asustaste a la señorita. Creo que tu show privado se terminó por esta noche.
—David, tú sabes bien que vine a buscarte por... por el problema que tuvimos en la cena —intenté aferrarme a la última carta, esperando que él confirmara mi excusa de alguna forma ambigua.
Pero David no me iba a ayudar. David se estaba alimentando de mi destrucción.
—Yo no te invité a mi casa a espiarnos, Marco —respondió él, con una frialdad gélida, dejándome completamente solo frente a los leones—.
Te dije que pasaras porque creí que eras el repartidor de la cena o el guardia, y te pedí que no interrumpieras.
Tú fuiste el que decidió quedarse en la oscuridad tocándose las pelotas viendo a Rubí. Asume tu enfermedad, cabrón.
El golpe fue magistral. David me acababa de hundir, lavándose las manos por completo, entregándome a la furia de su amante.
Rubí se cruzó de brazos, asintiendo lentamente, con una sonrisa torcida de triunfo.
—Ahí lo tienes, pajero. Ni siquiera tu puto jefe te defiende —me siseó ella en la cara—.
Lárgate de aquí. Y más te vale que a partir de mañana, cuando me veas en el pasillo de la oficina, bajes la puta cabeza y no te atrevas ni a mirarme a los zapatos, porque te juro que al menor error que cometas, me las pagarás.
Seré tu puta peor pesadilla, Marco. ¿Me escuchaste?
—Sí... sí, Rubí. Lo siento —balbuceé, derrotado, aplastado, reducido a la nada misma.
Rubí hizo una mueca de asco, como si hubiera pisado mierda, se dio media vuelta y caminó hacia el baño del penthouse, pisando fuerte.
—Dile que se largue ya, David. Qué puto asco me dio todo esto —gritó ella antes de entrar y cerrar la puerta de un portazo.
El silencio volvió a caer sobre la inmensa habitación, interrumpido solo por el ruido lejano del tráfico de la ciudad que entraba por los ventanales.
Por fin me quedé a solas con David.
Él me miró. Su sonrisa sádica volvió a aparecer, iluminando su rostro en las penumbras. Se acercó a mí, acortando la distancia hasta quedar a un metro, e instintivamente yo di un paso hacia atrás, acorralado.
—¿Y bien, Marquito? —susurró David, en un tono bajo, casi confidencial—. ¿Te gustó la función? Aunque no era la actriz principal que esperabas ver.
El coraje, ahogado bajo toneladas de humillación, me subió por la garganta.
—Eres un hijo de puta enfermo... —le solté, con la voz temblando por el coraje—. Jugaste con mi cabeza. Sabías que cuando me dijiste que subiera y no interrumpiera, yo iba a pensar que era ella. Sabías que iba a colapsar creyendo que tenías a Regina ahí.
—Tú solito te armaste la película, cabrón —se defendió él, riéndose por lo bajo—.
Yo te dije por mensaje desde el principio que no sabía nada de tu mujer.
Yo te dije que no la había visto. Pero como eres un adicto a tu propio sufrimiento, viniste cruzando la ciudad a medianoche solo para comprobar si la veías mamándomela.
Tú eres el que necesita ver para creer. Deberías de llamarte Santo Tomás.
Tú crees que tu mujer no está aquí, porque lo has visto por tus propios ojos.
Dichosos quienes creen sin haber visto, ¿o cómo era?
David se echó a reír, y me sentía terriblemente intimidado al verlo tan alto, tan musculoso.
—¡Me volviste loco en los mensajes! —le reclamé—. ¡Te hiciste el desentendido con lo del restaurante para que yo creyera que ella había corrido a buscarte!
David se encogió de hombros, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón de chándal.
—Solo te demostré lo fácil que es manipular tu mente, Marco. Eres un cornudo tan condicionado que, a la primera señal de peligro, en lugar de buscar a tu mujer en las calles, vienes a buscarla en la verga del hombre que te la quitó.
Las palabras fueron cuchillos directos al orgullo. Tenía razón. Fui un completo imbécil. Corrí hacia el fuego pensando que mi esposa ya estaba ardiendo en él, cuando la realidad era que ella estaba desaparecida.
—¡No me la quitaste!
—¿Entonces por qué viniste a buscarla aquí?
—Porque de alguna manera sé que tú sabes dónde está, así qué dímelo. ¿Dónde está ella? —le pregunté. Esta vez no había morbo en mi voz, solo una desesperación pura y real—. Dime la verdad. Dime que no la tienes escondida en otro lado.
David me miró a los ojos y, por primera vez en toda la noche, su expresión se volvió seria. No había burla. Solo una franqueza brutal que me heló la sangre.
—No la tengo, Marco. Y te lo digo en serio —respondió él, con un tono casi clínico—. Si la tuviera yo, te aseguro que en lugar de Rubí, la que estaría en mi cama, a cuatro patas, con mi verga dentro de su panocha o su culo, sería ella.
—¡Pero es que entonces no entiendo dónde está!