CAPÍTULO 2 #10
David la follaba con los dedos con fuerza ahora, metiéndoselos hasta el fondo una y otra vez, mientras ella seguía tragándose la verga con ruidos obscenos y húmedos que llenaban toda la habitación.
Glup-glup-glup… squish-squish-squish…
El sonido combinado era asquerosamente erótico. Chupar y ser follada al mismo tiempo. La mujer temblaba entera. Sus tetas rebotaban. Su culo se tensaba y se relajaba con cada embestida de los dedos de David.
De pronto él sacó los dedos otra vez y le dio una nalgada fuerte. El sonido seco hizo eco en la habitación.
Ella gimió más alto, sacó la verga de su boca un segundo para jadear:
—Ahhh… cabrón… más…
La voz era ronca, rota por la garganta follada. No logré reconocerla con claridad. ¿Era Regina? ¿Sonaba así cuando estaba excitada de verdad? Nunca la había oído gemir de esa forma conmigo.
David volvió a agarrarle el cabello con las dos manos y empezó a follarle la boca con movimientos cortos y fuertes. Sus huevos golpeaban contra su barbilla.
Ella se dejó hacer, con las manos en los muslos de él, tragando, atragantándose, con lágrimas (o saliva) cayéndole por las mejillas. Cada vez que David empujaba hasta el fondo, se escuchaba un gluck profundo y húmedo que me ponía la piel de gallina.
Yo ya no podía más. Mi mano bajó sola hacia mi entrepierna. Me apreté la verga por encima del pantalón. Estaba empapado. Duro como nunca. Empecé a frotarme despacio, sin sacármela, solo sintiendo la presión mientras veía cómo esa mujer era tratada como un objeto de placer.
David metió los dedos otra vez en su coño, pero ahora los movía con violencia. Tres dedos entrando y saliendo rápido, haciendo que el sonido de su coño mojado fuera aún más obsceno.
Y entonces la mujer, Regina, se corrió. Se corrió muy fuerte.
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaah! ¡Mierdaaaaa!
Su cuerpo se sacudió por completo, casi convulsionó. Sus putas caderas temblaron violentamente, los muslos se cerraron con fuerza alrededor de la mano de David, atrapándola dentro de su coño empapado mientras seguía con la boca completamente llena de esa verga enorme.
Regina gimió largamente, un sonido gutural, ahogado, casi un grito roto y animal que salió distorsionado por la polla que le obstruía la garganta. Era el sonido de una mujer corriéndose de verdad, entregada por completo, perdiendo el control de su propio cuerpo.
Y yo me sentí morir ahí mismo, escondido en las sombras como el puto voyerista miserable que era.
Sabía, con una claridad dolorosa y humillante, que jamás en mi vida podría hacerla sentir algo así. Ni en mil años. Ni aunque me pasara el resto de mi existencia intentándolo.
Regina nunca se había corrido de esa forma conmigo. Nunca había temblado así, nunca había gemido con esa desesperación rota, nunca había apretado los muslos alrededor de mi mano o mi verga como si su cuerpo entero dependiera de ello.
Conmigo siempre era algo más… controlado. Más tibio. Más aburrido. Yo era el marido seguro, el que le hacía el amor con cariño, el que le preguntaba si estaba bien, el que terminaba rápido y le pedía disculpas con la mirada.
—¡Dioooos! —siguió chillando aquella hembra.
Y es que este hijo de puta… este macho alfa prepotente la estaba rompiendo por dentro con solo tres dedos y una verga en la boca. La estaba haciendo convulsionar de placer mientras ella seguía chupando como una puta adicta.
Y lo peor, lo más humillante, era que yo sabía que ella lo necesitaba. Que su cuerpo, ese cuerpo que yo amaba y que nunca había sabido satisfacer del todo, había encontrado por fin lo que le faltaba.
Yo era un cornudo pusilánime, un pobre hombre beta, un inútil con una verga mediocre y una voluntad aún más mediocre. Incapaz de dominarla. Incapaz de cogérmela hasta hacerla gritar. Incapaz de hacer que se corriera así, como una perra en celo.
—¡Así, puta, grita, grita, grita de placer putón! —le ordenaba David.
Y eso me frustró hasta el alma. Me frustró porque, a pesar del dolor que me partía el pecho, mi verga palpitaba dolorosamente dentro del pantalón, goteando como si estuviera disfrutando su propia humillación.
Porque en el fondo yo también era un enfermo. Un beta que se excitaba viendo cómo otro hombre le daba a su mujer lo que él nunca podría. Un cornudo patético que sabía que Regina, aunque me amara, siempre iba a necesitar esto. Siempre iba a necesitar ser usada, follada y rota por un hombre de verdad.
Y yo solo podía mirar. Temblando. Llorando. Y tocándome como el miserable que era.
Y entonces David rio bajo, satisfecho.
—Buena perra… mírate cómo te corres con los dedos mientras me la chupas.
Ella seguía temblando, pero no se detuvo. Siguió chupando, esta vez más lento ahora, como si estuviera exhausta pero no quisiera parar.
David sacó los dedos empapados y se los restregó por su cara, untándole sus propios jugos en las mejillas, en los labios hinchados.
Yo estaba hiperventilando. Mi mano se movía más rápido sobre mi pantalón.
Sentía que me iba a correr sin siquiera tocarme la piel.
La imagen de esa mujer de rodillas, con la cara brillante de saliva y sus propios fluidos, tragándose esa verga enorme mientras David la masturbaba con los dedos… era demasiado.
Demasiado sórdido. Demasiado real.
David la obligó a levantarse un poco. La hizo girar sobre la cama sin sacarse la verga de la boca.
Ahora la mujer estaba de lado, de perfil para mí.
Vi su cuerpo completo: tetas pesadas colgando, vientre, caderas, y si hubiera habido más luz, tal vez habría visto ese coño hinchado y brillante entre sus piernas abiertas.
David metió los dedos otra vez, pero esta vez desde el frente, masturbándola mientras ella seguía chupando de lado ese enorme pollón.
Los sonidos eran más claros ahora. El squish constante de su panocha siendo penetrado.
El glup-glup de su garganta. Sus gemidos ahogados. El jadeo entrecortado cada vez que sacaba la verga para respirar.
—Hmmmgg —jadeaba ella.
Vi cómo su mano libre bajaba entre sus piernas y empezaba a frotarse el clítoris mientras David la dedeaba con sus falanges. Ella se estaba tocando mientras chupaba verga. Estaba perdida en el placer. Su cuerpo se movía solo, buscando más.
Y por supuesto que yo no pude aguantar más.
Di un paso adelante sin darme cuenta. Mi zapato rozó el suelo de mármol con un sonido mínimo.
La mujer se detuvo en seco al oírme.
La verga de David salió de su boca con un chasquido húmedo y brillante.
Ella giró la cabeza lentamente hacia la puerta, hacia donde yo estaba parado, temblando, con la mano todavía en mi entrepierna.
Y entonces habló.
—¿Marco? ¿Pero qué mierdas haces mirando como pendejo?
Capitulo 5
La voz femenina hizo eco en las inmensas paredes del penthouse, cortando el aire pesado y cargado de sexo crudo como un cuchillo de carnicero.
Me quedé congelado. Petrificado.
La mano que tenía apretando mi propia verga por encima de la tela del pantalón se detuvo en seco. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí el golpe en la garganta.
Esa voz... esa no era la voz de Regina.
La mujer que estaba de rodillas se incorporó ligeramente. La escasa luz que entraba por los ventanales iluminó por fin su rostro, apartando las sombras que mi propia paranoia había utilizado para engañarme.
No era el cabello oscuro y abundante de mi esposa. Era una melena pelirroja, teñida y revuelta. Y al erguirse, la silueta de su pecho no era la caída natural y pesada de las tetas de Regina, sino la redondez firme, alta y artificial de unos implantes de silicona.
Era Rubí.
La analista de verificación. La amante de David. La misma zorra que me había atrapado viendo porno en mi cubículo y que había planeado la caída de Maca.
La responsable por la que, de alguna manera, había comenzado todo.
El alma me regresó al cuerpo por una fracción de segundo. Una oleada de alivio tan inmensa me recorrió las venas que casi caigo de rodillas ahí mismo. ¡No era Regina! ¡Mi esposa no estaba aquí! ¡David me había dicho la verdad, no la tenía escondida en su cama!
Pero ese alivio monumental duró exactamente un microsegundo, aniquilado instantáneamente por el terror y la humillación más absoluta que un hombre puede sentir.
Rubí se limpió la boca con el dorso de la mano. Un hilo espeso de saliva y líquido preseminal brilló en su barbilla antes de que se lo frotara con asco. Entrecerró los ojos, intentando enfocarme en la oscuridad del pasillo.
—¿Marco? —repitió ella, elevando la voz, y esta vez el asombro se transformó en una furia histérica—. ¡¿Eres tú, Marco?! ¡¿Qué putas haces ahí parado?! Te hice una pregunta, cabrón.
Tragué saliva. Mis manos, torpes y temblorosas, soltaron el bulto de mi entrepierna e intentaron acomodar la tela de mi pantalón, como si ese gesto inútil pudiera borrar lo evidente. Estaba sudando a mares. Mi respiración era un jadeo errático que resonaba en la habitación.
—Yo... yo... —balbuceé, retrocediendo un paso, chocando mi espalda contra el marco de la puerta.
David, que seguía recostado contra la cabecera de la cama king size, no hizo el menor intento por cubrirse.
Su inmensa verga, gruesa y empapada por la boca de Rubí, descansaba sobre su muslo.
Se cruzó de brazos detrás de la nuca, relajado, y soltó una risita baja, oscura, observando la escena como si estuviera viendo una obra de teatro que él mismo había dirigido.
Rubí se puso de pie de un salto. Ni siquiera se molestó en taparse tremendos tetones. Estaba roja de ira. Avanzó dos pasos hacia mí, señalándome con un dedo tembloroso, con el rostro descompuesto por el asco.
—¡Eres un puto enfermo mental! —me gritó a todo pulmón—. ¡Un asqueroso de mierda! ¿Me estabas espiando? ¿Te metiste a escondidas a la casa para vernos coger?
—¡No! ¡Claro que no! —solté, levantando las manos en señal de rendición, sintiendo que la cara me ardía de la vergüenza—. ¡El guardia me dejó subir! ¡Yo vine a buscar a David, necesitaba hablar con él de urgencia!
—¡¿De urgencia a esta hora de la noche, pendejo de mierda?! —bramó Rubí, acercándose más, sin importarle su desnudez.
—¡No es lo que piensas, Rubí, te lo juro!