Donde termina la Tierra CAPÍTULO 2 #9
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CAPÍTULO 2 #9

A través del auricular, con una claridad asquerosa y perfecta, escuché el ruido húmedo de carne y saliva.

Slurp... slurp... glup...

Eran unos chupetones obscenos, largos y dedicados. El inconfundible sonido de una boca succionando una verga, atragantándose con ella.

—Mmm... ahhh... —se escuchó un gemido femenino, ahogado por la inmensidad del miembro que le ocupaba la garganta.

Sentí que las rodillas me iban a ceder ahí mismo en la banqueta. La calle a mi alrededor empezó a dar vueltas.

—David... —sollocé, con un hilo de voz, sintiendo que me moría por dentro—. Necesito… subir… Déjame subir.

—Te dije que no está aquí, cabrón... ahhh, despacio, mami... —gruñó David a través de la línea, soltando un suspiro de placer mientras el sonido de succión se volvía más rápido y furioso.

—¡La estoy escuchando... por favor, David...! —supliqué, humillándome, llorando abiertamente, pegando la frente al cristal frío del edificio—. Déjame verla...

David soltó una risita suave. Una risa cargada de una lástima monumental.

—Sube pues, pobre diablo... —cedió él, con un tono de condescendencia brutal—. Dile al guardia que vienes al penthouse 402. Pero hazme un puto favor, Marco... entra callado. La puerta está sin seguro. Pasa, pero por favor, no interrumpas.

La llamada se cortó.

Me quedé mirando el celular. "¿No interrumpas?".

Las palabras se me clavaron en el cerebro. Me estaba invitando a mi propia ejecución. Me estaba abriendo la puerta para que presenciara en vivo y a todo color cómo mi esposa se consolaba chupándole la verga a su dueño.

Caminé hacia el guardia, y dije fuerte.

—Pero David… El guardia no me deja subir. Dile que me deje pasar, por favor.

Hubo un segundo de silencio. Escuché de fondo un sonido ahogado, como un gemido amortiguado. David soltó un suspiro lento.

—Pásamelo.

Le entregué el teléfono al guardia con la mano temblando. El hombre habló brevemente, escuchó, asintió un par de veces y me devolvió el celular.

—Está bien, tengo la autorización del señor Montenegro —dijo finalmente, aunque seguía con cara de desconfianza—. Vaya al Penthouse 402. Pero le advierto que si hay algún problema, llamaré a la policía. Que pase una buena noche.

—Sí, sí, gracias.

Entonces la puerta corrediza se abrió con un zumbido suave. Entré casi corriendo, sintiendo la mirada del guardia clavada en mi espalda hasta que el elevador se cerró.

Me subí. Apreté el botón del último piso. Durante el ascenso, el estómago se me revolvía. La erección en mi pantalón era una roca ardiente, latiendo al ritmo de mis propios sollozos. Estaba aterrorizado, pero el morbo me jalaba hacia arriba como un imán.

Las puertas del elevador se abrieron en un pequeño y lujoso recibidor privado.

Solo había una puerta inmensa de madera oscura. Agarré el pomo de metal, giré la perilla lentamente. David no mentía; no tenía seguro. Empujé la puerta y entré al penthouse.

El lugar estaba casi todo a oscuras. Las penumbras eran iluminadas únicamente por los inmensos ventanales que dejaban entrar las luces de la ciudad a lo lejos, proyectando sombras alargadas sobre los muebles de diseñador y los pisos de mármol.

El olor era embriagador. Una mezcla de la loción de David, alcohol caro y el penetrante aroma a sexo crudo y saliva.

Caminé a pasos cortos, silenciosos. Mi respiración era un jadeo que intentaba ahogar mordiéndome el labio. Sentía que la cabeza me iba a estallar.

Al fondo del inmenso pasillo principal, vi la entrada de una habitación enorme. La puerta estaba abierta de par en par. La oscuridad ahí adentro era aún más densa, rota solo por los destellos de la ciudad y una pequeña lámpara de cortesía apagada a medias.

Me acerqué, pegándome a la pared fría, asomando apenas la mitad de mi rostro por el marco de la puerta.

Mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a las penumbras.

En el centro de la inmensa habitación, vi la cama king size. Las sábanas blancas estaban revueltas, formando sombras sobre el colchón.

Ya había visto esa imagen en aquél video, sólo que ahora… todo lo presenciaba con mis propios ojos, ahora todo era real.

Y entonces lo vi.

Y ahí estaba él.

David estaba sentado a la mitad de la cama, recargado hacia atrás contra la cabecera acolchada, con las piernas abiertas, descansando los brazos detrás de la cabeza en una postura de relajación y poder absoluto.

Entre sus piernas, de rodillas sobre el colchón, había una mujer.

No lograba distinguir su identidad. La oscuridad y la posición me ocultaban su rostro por completo. Solo veía los contornos.

Pero yo sabía que era ella. ¿Quién más podría ser? Regina había huido del restaurante destrozada, buscando refugio en el único hombre que le había hablado con la verdad.

Me quedé ahí, paralizado, escondido en las sombras, observando lo que la mujer hacía.

El sonido era mil veces más pornográfico en vivo.

Slurp... slurp... glup... ahhh...

La mujer seguía de rodillas en el centro de la cama king size. Completamente desnuda. Su espalda pálida y curva se movía rítmicamente hacia adelante y hacia atrás. Su cabeza subía y bajaba con un ritmo constante, casi mecánico, pero lleno de hambre.

Entre sus muslos gruesos y abiertos, su culo oscurecido por las sombras se balanceaba ligeramente. No alcanzaba a ver su cara. Solo veía el cabello suelto cayendo sobre sus hombros y me imaginé la forma en que su garganta se tensaba cada vez que bajaba hasta el fondo.

David estaba recostado contra la cabecera, completamente relajado, con las manos detrás de la cabeza y las piernas abiertas. Su verga enorme, gruesa y brillante de saliva, desaparecía una y otra vez dentro de la boca de la mujer. Cada vez que ella bajaba, se escuchaba un sonido húmedo, obsceno:

Glup… slurp… glup…

Largo, lento, deliberado. Ella se atragantaba un poco cada vez que llegaba al fondo, pero no se detenía.

Al contrario, parecía esforzarse más. Su mano derecha sostenía la base del miembro de David, bombeándolo mientras chupaba la cabeza con fuerza.

La izquierda descansaba sobre el muslo de él, como si necesitara apoyo para no caerse del esfuerzo.

Vi cómo la saliva le chorreaba por la barbilla, cayendo en hilos gruesos sobre sus tetas. Esas tetas… pesadas, redondas, que se balanceaban con cada movimiento de su cabeza.

¿Pero ella era Regina? El cuerpo era parecido. Las curvas anchas, las caderas generosas, la forma en que su culo se abría ligeramente cuando se inclinaba hacia adelante… Me dolía el pecho solo de mirarla.

David soltó un gruñido bajo y profundo. Una de sus manos bajó y agarró un puñado de ese cabello oscuro por la sombras. Tiró hacia atrás con fuerza, obligándola a sacar la verga de su boca. Un hilo brillante de saliva conectó sus labios hinchados con el glande enorme y brillante del miembro.

—Más despacio, puta… —murmuró él, casi con cariño perverso—. Quiero sentir cómo te la tragas toda.

La mujer gimió, un sonido ronco y sumiso que me heló la sangre y me puso la verga como una piedra al mismo tiempo.

Ella volvió a bajar la cabeza, pero más lento esta vez.

Vi cómo sus labios se estiraban alrededor de la grosura.

Cómo su garganta se abultaba visiblemente cuando la metió hasta el fondo.

Se quedó ahí varios segundos, tragando, quizá con los ojos cerrados (o eso parecía desde donde yo estaba), mientras David la mantenía en esa posición con la mano en su cabeza.

Gluck… gluck… gluck…

Sonidos húmedos, rítmicos, de garganta siendo follada.

La saliva le salía por las comisuras de los labios, cayendo sobre las sábanas blancas.

Sus tetas colgaban pesadas, los pezones duros y oscuros.

David extendió la otra mano y le pellizcó uno con fuerza.

Ella soltó un quejido ahogado alrededor de la verga, pero no se apartó.

—¡Aaaahhh!

Entonces David hizo algo que casi me hace correrme en los pantalones sin tocarme.

Bajó la mano por la espalda de la mujer, recorrió su columna, llegó a su culo y metió dos dedos directamente entre sus piernas, desde atrás.

La mujer se estremeció entera. Sus caderas dieron un respingo hacia adelante, empujando su boca más profundo sobre la verga. David metió sus dedos dentro de la concha de la mujer, y empezó a moverlos dentro de ella, lento al principio, luego más rápido.

Se escuchaba el sonido chorreante de su coño mojado siendo follado por esos dedos gruesos.

Squish… squish… squish…

Ella gimió más fuerte, el sonido amortiguado por la verga que tenía hasta el fondo de la garganta. Sus caderas empezaron a moverse solas, follándose los dedos de David mientras seguía chupando el pene con más desesperación y deseo.

La saliva le chorreaba en hilos largos desde la boca hasta las tetas. Su culo temblaba cada vez que David le metía los dedos hasta el fondo y los curvaba.

Y yo estaba pegado a la pared, temblando.

Sin querer encontrarle el rostro a la mujer. Sin el deseo de encontrarle la figura y descubrir que se trataba de mi esposa.

Mi verga dolía dentro del pantalón. Sentía cómo el precum me empapaba la ropa interior. Quería tocarme. Quería sacármela y masturbarme viendo cómo esa mujer —fuera quien fuera— era usada como una puta barata.

Pero al mismo tiempo quería gritar. Quería entrar corriendo y apartarla de él. Quería saber si era Regina. Esos gemidos… ¿eran de ella? Esa forma de arquear la espalda… ¿era la misma que usaba conmigo?

David sacó los dedos de golpe. En medio de la oscuridad, fui capaz de ver que estaban brillantes, empapados. Se los llevó a la boca de la mujer y se los metió. Ella los chupó con avidez, como una zorra, sin soltar la verga de la otra mano.

Luego David volvió a meterle los dedos en el coño, pero esta vez tres. La mujer soltó un gemido largo y roto, casi un llanto de placer.

—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaah!

Sus caderas se movían más rápido, fornicándose la mano de él con movimientos circulares, desesperados.

—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaah!

Vi cómo su coño se abría alrededor de esos dedos.

Cómo brillaba de tanto jugo. Cómo le chorreaba por los muslos internos.