CAPÍTULO 2 #8
—¿Regina, mi vida?
Me fui directo hacia donde pensé que estaría, a trompicones. Entré a la recámara como un huracán.
Pero la cama seguía deshecha como la dejamos en la mañana, con las sábanas revueltas donde ella se había corrido recordando a David.
Abrí el clóset de par en par. Su ropa seguía intacta, colgada en perfecto orden: las blusas de oficina, las faldas de tubo, ese vestido rojo que David le había comprado. Sus zapatos estaban acomodados en fila militar, como siempre. Ni una sola prenda faltaba. Ni una maleta. Ni una nota.
No había venido.
No quería ver mi cara. No quería pisar esta casa que yo había intentado salvar usándola a ella como moneda de cambio. La había apostado. La había vendido. Y ahora ella lo sabía todo.
Me dejé caer sentado en la orilla de la cama, con las manos en la cara.
El olor de su perfume aquí era más fuerte.
Cerré los ojos y por un segundo la imaginé sentada en esta misma cama, llorando, decidiendo que no podía volver.
Que yo ya no era su marido. Que solo era el proxeneta que la había entregado.
—Regina… por favor… —susurré contra mis palmas, sintiendo cómo las lágrimas calientes me corrían entre los dedos—. Vuelve… te juro que te explicaré todo… que fue una estupidez… que te amo…
Pero sabía que eran mentiras. Mentiras de un cornudo desesperado. Porque en el fondo, una parte enferma de mí ya estaba imaginando dónde estaba realmente: en ese penthouse, de rodillas, buscando en David el consuelo que yo nunca podría darle.
Y esa imagen, en lugar de destruirme del todo, hizo que mi verga se removiera dentro del pantalón, traicionándome una vez más.
Me odiaba. Me odiaba tanto que casi me gustaba.
Quedé ahí, sentado en nuestra cama vacía, rodeado de sus cosas, de su olor, de los restos de la vida que acababa de destruir con mis propias manos. Y por primera vez en mucho tiempo, supe con absoluta certeza que esta vez sí la había perdido. Para siempre.
Saqué mi celular del bolsillo del pantalón con las manos temblando. Abrí WhatsApp y fui directo a su chat.
9:50 pm - Marco: Regina, por favor, mi amor, contéstame. Déjame explicarte. No es lo que parece.
9:51 pm - Marco: Cometí el peor error de mi vida, pero te juro que te amo. Dime dónde estás. Dime que estás bien.
Las palomitas se quedaron en un gris inerte. Mi esposa me había bloqueado, o simplemente había apagado el teléfono.
Me dejé caer sentado en la orilla de la cama. La desesperación se transformó en una rabia ciega. Una furia irracional contra el arquitecto de toda esta desgracia. Entré al chat de David, tecleando con tanta fuerza que casi rompo la pantalla del cristal.
9:52 pm - Marco: Eres un maldito hijo de puta. Nos destruiste la vida. Lo hiciste a propósito en plena cena para reventar mi matrimonio.
El estado de David cambió a "en línea" casi de inmediato. Se estaba tomando su tiempo para contestar.
9:54 pm - David: ¿De qué hablas, Marco? ¿Pasó algo con Regina?
La sangre me hirvió en las venas.
¡El muy cabrón se estaba haciendo el desentendido!
9:55 pm - Marco: No te hagas el pendejo, David. El puto mensaje de los cinco mil dólares de la apuesta. Lo mandaste al grupo. Ella lo leyó. Se dio cuenta de todo y salió corriendo del restaurante.
9:57 pm - David: Mierda. Marquito, te lo juro por mi vida que no sabía que ella no estaba al tanto. Tú me dijiste en la tarde que todo estaba arreglado entre ustedes, que ya habían hablado con la verdad y que no había más secretos en su relación.
9:58 pm - David: Como buen matrimonio que se perdona, asumí que ya le habías confesado lo de la apuesta para empezar de cero. Solo quería felicitarlos e invitarles la cena. Yo pensé que Regina ya sabía todo.
Me quedé mirando la pantalla, sintiendo que el aire me faltaba. Era un monstruo. Un psicópata maestro de la manipulación. Estaba volteándome la jugada con una lógica tan perversa e impecable que me dejaba a mí como el único culpable.
10:00 pm - Marco: ¡Eres un puto mentiroso! Sabías perfectamente que ella no sabía de la apuesta. Lo hiciste para humillarla y destruirme.
10:02 pm - David: Discúlpame la indiscreción, Marco, pero yo no lo hice con malas intenciones.
Yo no tengo la culpa de que seas un marido mentiroso.
Si le hubieras dicho la verdad a tu mujer desde el principio, mi mensaje no habría causado ningún pleito.
El que le mintió en la cara fuiste tú, no yo. Arregla tu desmadre.
Tiré el celular al colchón y me agarré la cabeza, jalándome el pelo. El cabrón tenía razón en su retorcido argumento. Yo era el mentiroso. Yo le había prometido a Regina en la mesa que no habría más secretos, mientras los dólares de su prostitución descansaban en mi cuenta bancaria.
Agarré el teléfono de nuevo.
10:05 pm - Marco: ¿Dónde está mi mujer?
10:06 pm - David: ¿Yo qué mierdas voy a saber? No sé nada de ella ni de ustedes.
10:07 pm - Marco: Dime dónde carajos está, David. Tiene que haberte buscado a ti.
10:08 pm - David: Te repito que no la he visto. Seguramente se fue a llorar a un hotel o a casa de una de sus amiguitas del despacho.
No le creía ni una puta palabra. Regina no tenía a dónde ir.
Y en el retorcido estado mental en el que David la había dejado estos últimos días, llena de morbo, de sumisión y de odio hacia mí, el único lugar al que una mujer así correría al sentirse traicionada por su marido, era a los brazos del macho que no le había mentido.
10:10 pm - Marco: Iré para tu penthouse. Sé que está ahí contigo. Quiero hablar con mi esposa. Y esta vez tú no lo vas arruinar
Esta vez tardó tiempo responder, y cada minuto que pasaba, era una tortura para mí.
10:15 pm - David: No vengas a joder a estas horas, Marco. Te estoy diciendo que ella no está aquí.
10:16 pm - Marco: Ya veremos si no está allí, cabrón.
No me importó su negativa. Guardé el teléfono, agarré las llaves del carro y salí corriendo de la casa.
Manejé cruzando la ciudad en medio de la noche. Mi mente era un infierno de imágenes y escenarios.
Quería creer que Regina, en su infinita dignidad, se había encerrado en un hotel a llorar sola. O como trataba de hacerme creer David, que se había ido con alguna amiga.
Pero la otra parte de mí, el cornudo enfermo y masoquista que se alimentaba de mi propio sufrimiento, me decía que ella ya estaba en ese penthouse. Con él. Con ese hijo de puta que me estaba tratando de arruinar la vida.
Llegué a la exclusiva Torre Adamant. Tenía sus datos, su domicilio. Lo tenía todo.
Aparqué mi sedán modesto a una cuadra de distancia y caminé hacia la entrada principal.
Los inmensos cristales del lobby brillaban con lujo, reflejando las luces de la ciudad como un puto palacio inalcanzable.
El guardia de seguridad, un hombre alto, fornido, de traje negro impecable y expresión de piedra, me vio acercarme desde lejos y se paró justo frente a la puerta corrediza, bloqueándome el paso con su cuerpo.
—Buenas noches, señor —dijo con voz neutra pero firme, escaneándome de arriba abajo. Su mirada se detuvo en mi traje arrugado, en mi corbata torcida, en mi cara empapada de sudor y lágrimas secas—. ¿A dónde se dirige?
—Voy al penthouse —respondí, intentando que mi voz no temblara tanto—. Al departamento del señor David Montenegro.
El guardia arqueó una ceja, claramente escéptico. Cruzó los brazos sobre el pecho ancho.
—¿Lo están esperando? No tengo ningún aviso en bitácora. Permítame anunciarlo.
—No, no… yo le llamo —dije rápidamente, sacando el celular con manos torpes.
El guardia no se movió ni un centímetro. Siguió mirándome como si fuera un mendigo intentando colarse en un hotel cinco estrellas.
—Señor, tengo órdenes estrictas. Nadie sube a los penthouses sin confirmación previa. Especialmente a esta hora. ¿Es usted familiar, amigo o…?
—Soy… soy su empleado —mentí a medias, sintiendo cómo se me cerraba la garganta—. Trabajo con él. Es urgente. Por favor, solo déjeme pasar.
Tampoco podía decirle que había ido a buscar a mi esposa, quien posiblemente en ese momento estuviera a cuatro patas, recibiendo la enorme polla de David.
Sin embargo, el guardia negó lentamente con la cabeza, sin apartarse de la puerta.
—Lo siento, pero no puedo. Si quiere, puedo marcarle yo mismo desde la recepción y confirmar lo que usted me dice. Así que dígame su nombre completo, por favor.
—Marco… Marco Antonio —respondí, ya sudando más—. Mire, no tengo tiempo para esto. Él me está esperando. Es un asunto personal.
—Todos dicen lo mismo, señor —contestó el guardia con tono cansado pero inflexible—. ¿Tiene alguna identificación? ¿Credencial de la empresa? ¿Tarjeta de acceso?
Saqué mi cartera con dedos temblorosos y le mostré mi identificación. El guardia la tomó, la revisó con calma exagerada, iluminándola con su linterna.
—Marco Antonio… sí, aquí está. Pero sigue sin haber registro de visita. ¿Me permite llamar al señor Montenegro?
—¡No! —casi grité, bajando la voz de inmediato al darme cuenta—. No… no es necesario. Él ya sabe que vengo. Por favor, solo déjeme subir. Es muy importante.
El guardia me devolvió la credencial y me miró directamente a los ojos, evaluándome como si pudiera leer mis intenciones enfermizas.
—Señor, entiendo que es urgente, pero las reglas son claras. Si sube alguien sin autorización y pasa algo, soy yo el que pierde el trabajo. ¿Por qué no lo llama usted y me deja hablar con él un momento? Solo para confirmar.
Tragué saliva. Sabía que si David contestaba y oía los ruidos de fondo, todo se iría a la mierda. Pero también sabía que si seguía insistiendo, el guardia podía llamar a la policía.
—Está bien… déjeme intentarlo —murmuré, alejándome unos pasos y marcando con el corazón en la garganta.
Saqué mi celular, alejándome unos pasos de la entrada. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. Le marqué a David.
Un tono.
Dos tonos.
Tres.
Cuatro.
Estaba a punto de mandarme a buzón, cuando el tono se cortó. La llamada se conectó.
—Marco, no mames... —La voz de David sonó grave, rasposa, arrastrando la palabra.
Pero no fue su voz lo que me heló la sangre. Fue el sonido de fondo.