CAPÍTULO 2 #7
Y entonces, mi celular vibró sobre la mesa.
La pantalla se iluminó. Una notificación de WhatsApp. No era un chat directo. Era del grupo: "Dueño de tu mujer".
Tragué saliva. Mi primera reacción, puramente instintiva, fue querer apagar la pantalla o darle la vuelta al teléfono, pero el aparato estaba justo en el centro de la mesa, exactamente frente a Regina.
Ella bajó la vista automáticamente al ver la luz.
El texto se podía leer con perfecta y maldita claridad en la pantalla de bloqueo.
David: Qué hermoso es ver triunfar al amor. Los felicito por arreglar las cosas. Me alegra saber que el dinero de mi apuesta, esos cinco mil dólares, por lo menos les sirva para darse el lujo de una buena cena esta noche y pagar sus deuditas. Disfruten, yo invito.
El tiempo se detuvo. El ruido del restaurante, el jazz, el tintineo de los cubiertos, todo desapareció.
Y yo sentí que todo el mundo me caía encima.
La apuesta, la maldita apuesta. Eso no lo sabía ella. ¡Y habría dado mi vida entera para que nunca lo supiera!
Vi cómo el rostro de mi esposa cambiaba en cámara lenta. La sonrisa tierna y esperanzada se congeló en sus labios como si le hubieran inyectado cemento. Sus ojos grises, que hace un segundo derramaban amor y arrepentimiento, se clavaron en la pantalla de mi celular.
Leyó el mensaje. Lo volvió a leer. La palabra "apuesta" y "cinco mil dólares" parecieron brillar con luz propia.
Levantó la vista hacia mí. El color había abandonado su rostro por completo. Estaba tan pálida que parecía que la sangre se le había escurrido por los pies.
—¿Qué... qué significa esto, Marco? —preguntó, con un hilo de voz que me heló el alma, soltándome las manos como si las mías estuvieran hechas de fuego—. ¿Qué apuesta? ¿Cuáles cinco mil dólares?
Se me cerró la garganta. Intenté hablar, intenté inventar una excusa rápida, una mentira piadosa que nos sacara del apuro.
—Es... es una broma pesada de David... ya ves cómo es de cabrón para tratar de jodernos... —balbuceé, sudando frío, sintiendo que me asfixiaba bajo el cuello de la camisa—, no arruinemos este momento, Regina.
Pero Regina no era ninguna estúpida. Era una mujer sumamente inteligente, analítica, contadora.
Su mente procesó las palabras del mensaje a una velocidad aterradora.
Recordó las fechas. Recordó la insistencia inusual de David por ella.
Recordó mi extraña pasividad y mi cobardía durante las últimas semanas cuando permití que me humillara en mi cara.
Y, sobre todo, recordó el repentino y milagroso pago de la hipoteca de hoy en la tarde.
Todo encajó en su cabeza como un mecanismo perfecto, lógico y letal.
—Me acabas de prometer que no había más secretos...
—susurró ella, y una lágrima gruesa y pesada rodó por su mejilla.
Su voz ya no era de enojo, no estaba gritando.
Era de una decepción tan profunda, tan insondable, que me partió el alma en dos—.
Dime la verdad, Marco. No me mientas una vez más. ¿Tú me apostaste con él?
No pude sostenerle la mirada. Agaché la cabeza, clavando la vista en el mantel blanco, sintiendo que el peso del mundo me aplastaba los hombros.
—Regi... yo... yo estaba desesperado por las deudas... y él vio mi historial en la computadora de la oficina... vio lo que yo leía...
—¡Dímelo, Marco! —alzó la voz, ya sin importarle que las mesas de al lado, las parejas elegantes que cenaban cerca, nos voltearan a ver.
Sus ojos derramaban lágrimas de pura amargura, de dolor absoluto—.
¡Mírame a los ojos y dime si me vendiste por cinco putos mil dólares, como su yo fuera una vil puta!
Levanté la vista, llorando como un niño miserable.
—¡Sí! —grité en un susurro desesperado, con la voz rota—. ¡Sí, fue una apuesta! ¡Él me dijo que te iba a seducir en quince días y yo acepté el puto trato porque pensé que tú nunca caerías! ¡Pensé que eras intocable!
Regina se quedó petrificada.
—¡Pero yo pensé que esto de… de entregarme a él… había sido… así… sólo como… una petición… no así… no con dinero de por medio!
—Regina, escúchame…
—¡Dios mío, Marco Antonio!
El horror en su rostro fue la imagen más devastadora de mi existencia.
La mujer que se había estado flagelando con la culpa toda la tarde, la que había llorado pidiéndome perdón por haber sido débil, la que había rechazado al macho alfa para regresar a reconstruir nuestro matrimonio, acababa de descubrir la verdad más grotesca de todas.
Acababa de darse cuenta de que el esposo por el que estaba dispuesta a luchar, el hombre que le juraba amor eterno, era el mismo cabrón que la había puesto en una mesa de apuestas como un puto pedazo de carne para salvar su propia economía y satisfacer sus perversiones.
Se tapó la boca con las dos manos, sollozando con una amargura que me desgarró las entrañas.
Lloraba de humillación. Su sacrificio, su arrepentimiento, sus intentos de arreglar el matrimonio...
todo había sido una puta farsa. Había estado viviendo en una comedia retorcida donde ella era simplemente el premio que dos hombres enfermos se estaban disputando.
Se levantó de la mesa de golpe. La copa de vino tinto tembló, casi derramándose sobre el mantel. Agarró su bolso con manos temblorosas.
—Regi, por favor, mi amor, no te vayas, déjame explicarte... —supliqué, poniéndome de pie a medias, intentando agarrarla del brazo por encima de los platos.
—¡No me toques! —gritó ella, apartándose de mí como si le diera asco el simple roce de mi piel—. Eres un puto cerdo, Marco. Eres mil veces peor que él. Él es un depredador, un sádico, pero tú... tú eres mi esposo. ¡Tú debías cuidarme! ¡Y, sin embargo, me apostaste como una vil puta!
Miré a mi alrededor, esperando ver si alguien nos escuchaba, pero parecía que todo el mundo era invisible, excepto ella.
—¡Regina!
Me miró por última vez. Había asco, desprecio y una muerte absoluta del amor en sus pupilas. Se dio la media vuelta y salió corriendo del restaurante, huyendo hacia la calle, perdiéndose en la noche.
Me quedé ahí. De pie junto a la mesa. Completamente solo.
Ni siquiera me pude mover. ¡Ni siquiera pude reaccionar!
Con las copas de vino a medio tomar, la cena servida y el maldito mensaje de David brillando en la pantalla del celular como un letrero de neón.
David no había necesitado amenazarme ni quitarme el trabajo. No había necesitado gritar ni usar la fuerza. Era mucho más listo, mucho más letal que eso. Había usado nuestra propia ilusión de felicidad, nuestro intento desesperado de sanar, para darnos el tiro de gracia.
Me dejé caer en la silla. Me pasé las manos por la cara, llorando en silencio mientras los meseros me miraban con lástima desde la barra.
Había perdido. Esta vez sí, la había perdido para siempre.
Y lo peor de todo, es que yo mismo le había entregado el martillo con el que destrozó nuestro matrimonio.
Capitulo 4
Me quedé ahí, sentado en la mesa del restaurante, como un puto pasmarote.
El mesero de chaleco negro se acercó lentamente. Me miró con esa mezcla de incomodidad y lástima que la gente reserva para los que acaban de hacer el ridículo en público, cuando a la novia o a la esposa se le rompe el corazón a gritos y sale corriendo.
Las dos copas de vino Merlot seguían ahí, una de ellas manchada con el labial rojo de Regina. El plato de pasta estaba a la mitad.
—¿Todo bien, señor? ¿Desea que le retire los platos? —preguntó el muchacho, bajando la voz.
—La cuenta... —balbuceé. Mi propia voz me sonó ajena, como si saliera del fondo de un pozo—. Tráeme la puta cuenta, por favor.
Cerré los ojos con fuerza. Sentí que el estómago se me revolvía, amenazando con hacerme vomitar la cena ahí mismo, sobre el mantel blanco.
Pagué con la tarjeta, agarré mi saco y me levanté a trompicones.
Chocamos con una silla vacía al salir al pasillo.
Las miradas de las parejas en las otras mesas me quemaban la piel.
Salí a la calle. La noche estaba fresca, pero yo sudaba a mares. Miré hacia ambos lados de la avenida iluminada por las farolas amarillas. No había rastro de Regina. En su desesperación y asco, debía haber parado el primer taxi que vio y se había largado.
Corrí hacia mi carro. Me subí, encendí el motor y arranqué pisando el acelerador a fondo. Manejé como un loco desquiciado, pasándome dos semáforos en ámbar, con la respiración entrecortada y las lágrimas empañándome los lentes.
«Tiene que estar en la casa», me repetía a mí mismo, golpeando el volante con la palma de la mano. «Fue a la casa a hacer sus maletas. No tiene a dónde más ir. Voy a llegar, me voy a hincar, le voy a rogar, le voy a decir que fui un estúpido pero que el dinero era para nosotros...»
Mentiras. Puras putas mentiras de un cobarde que no sabe cómo arreglar el jarrón que él mismo estrelló contra el piso.
Llegué a nuestra calle. El portón eléctrico me pareció el más lento del mundo. Metí el carro a la cochera derrapando un poco, apagué el motor y me bajé sin molestarme en ponerle seguro a las puertas.
Abrí la puerta principal de un empujón tan fuerte que la madera crujió contra el marco.
—¡Regina! —grité, con la voz desgarrada, rota, casi animal. Encendí las luces de la sala de un manotazo, parpadeando bajo la luz blanca y fría que inundó todo.
El silencio me respondió como una bofetada. Un silencio denso, pesado, horrible. La casa estaba vacía. No había maletas tiradas en el pasillo, no se escuchaba el ruido frenético de cajones abriéndose, ni el llanto ahogado que esperaba encontrar.
Solo el eco hueco de mi propia respiración agitada haciendo eco contra las paredes, y el ligero, traicionero olor a su perfume floral que aún permanecía en el aire. Ese mismo perfume que se había puesto horas antes, cuando todavía creíamos —o fingíamos creer— que íbamos a salvar nuestro matrimonio.
Me quedé ahí parado en medio de la sala, con las manos temblando a los costados. El corazón me latía con tanta fuerza que parecía que iba a reventarme el pecho.
—¡Regina, mi amor! ¡Por favor…! —volví a gritar, pero esta vez la voz me salió más débil, patética, suplicante. Caminé hacia la cocina, luego al baño de visitas, encendiendo todas las luces a mi paso como si la iluminación pudiera espantar la verdad.
Nada.