CAPÍTULO 2 #6
Rodrigo soltó una carcajada seca, recargándose en la silla, abriendo las piernas por debajo de la mesa.
—Haces bien, Eva. A las mujeres hay que darles buenas... atenciones el fin de semana. Para que no anden estresadas buscando con quién desahogarse, ¿verdad, Maca?
Maca se puso roja como un tomate. Vi claramente cómo Rodrigo movió su rodilla por debajo de la mesa, estirando la pierna hasta rozar el muslo de Maca.
Ella dio un pequeño respingo, cerró los ojos un microsegundo, pero no apartó la pierna. Se quedó ahí, paralizada, recibiendo el roce clandestino del cabrón que la tenía sometida, mientras su futuro esposo le acariciaba el hombro con devoción.
Yo masticaba mi comida sintiendo que iba a vomitar.
Estaba sentado en una mesa de mentirosos.
Rubí y Rodrigo disfrutando su juego de poder sádico, Maca ahogándose en su doble vida sin el valor de soltar al pendejo de Evaristo, y yo...
yo había sido el rey de los cornudos, el esposo que no solo sabía que su mujer lo había engañado, sino que la noche anterior le había pedido a ella saber los detalles.
Cuando volví a mi cubículo, rato después, recibí sorpresivamente una llamada de mi mujer.
—Regina, mi vida, ¿pasa algo?
Tuve miedo de que me dijera que…saliendo volvería tarde a casa… que tendría una reunión fuera de la hora laboral. ¡Que volviera a atormentarme como lo había hecho las últimas semanas!
Y tuve miedo. Tuve terror. Hasta que de pronto me dijo:
—Hola, mi amor —tenía una voz suave, cariñosa—. Oye, estuve pensando toda la mañana. Quiero que vayamos a cenar hoy en la noche. Tú y yo solos. Quiero que platiquemos bien de nosotros.
Mi corazón dio un salto de alegría genuina y todo mi terror de disipó.
—¡Claro que sí, mi vida! Me encantaría. Salgo de la oficina y te veo allá.
Acordamos un restaurante por la zona centro. No era súper lujoso, pero era un lugar bonito, de esos con manteles de tela y luz tenue. Colgué el teléfono sintiéndome el hombre más afortunado del mundo.
Abrí la aplicación del banco en mi celular. Ahí estaba parte del dinero. Antes de ir a trabajar había pasado a un banco y lo había depositado, no todo, por los asuntos de hacienda.
Con un par de clics, transferí la cuota atrasada de la hipoteca de la casa. Usé el dinero que me dio David, sí, los cinco mil dólares de esa apuesta maldita, pero en mi mente, era dinero que me había ganado a base de sangre, sudor y lágrimas.
Ya no había deudas. Empezaríamos limpios.
A media tarde, fui al baño a lavarme la cara. Al salir, me topé de frente con David en el pasillo.
Su sola presencia me intimidó y atemorizó al principio.
El cabrón me miró de arriba abajo con su típica sonrisa sobrada, esperando verme arrastrándome como el perro apaleado que fui ayer. Pero hoy yo traía el pecho inflado.
—¿Y esa cara, Marquito? Parece que dormiste bien anoche en tu camita, por fin acompañado de tu esposita —se burló él, en voz baja.
No me aguanté. La soberbia me ganó.
—Pues sí, David, la verdad es que apenas si dormimos —le dije, mirándolo a los ojos—. Hablamos mucho. Aclaramos cosas... y sobre todo, hicimos cosas de marido y mujer.
David sonreía con cierto escepticismo a lo que le decía.
—Oye, pues que bien, ¿no?, que arreglaran las cosas… y que hicieran cositas de marido y mujer… solo espero, pues que… ya sabes, ¿no?, no habértela mandado… tan abierta de ahí abajo… por aquello de mi tremendo… ya sabes…
—No, no —dije casi con odio—, ya sabes que a las mujeres eso… aunque se metan un bate de beisbol, luego vuelve a la normalidad.
—Okey, okey, me alegra saber eso.
—Sí. Como te digo, las cosas entre nosotros están mejor que nunca. De hecho, hoy en la noche la voy a llevar a cenar para arreglar por completo nuestro matrimonio.
Esperaba que David se encabronara. Que apretara los puños o me amenazara. Pero su reacción me desconcertó.
Sonrió ampliamente, asintiendo con la cabeza, y me puso una mano pesada en el hombro.
—¿De verdad, Marco? Me alegra muchísimo escucharlo —dijo él, y su tono sonó tan jodidamente genuino que me dio un escalofrío—.
No hay nada más hermoso en esta vida que un matrimonio estable.
Las crisis pasan, y me da gusto que ustedes dos hayan encontrado la forma de perdonarse. Disfruten mucho su cena.
Se dio la vuelta y se metió a su oficina de cristal. Me quedé parado en el pasillo, confundido por su tranquilidad, pero decidí no darle vueltas. Era un psicópata, a saber qué mierdas pensaba.
A las ocho de la noche, llegué al restaurante.
Regina ya estaba ahí. Se veía espectacular con la falda de tubo gris perla y la blusa blanca. Irradiaba una belleza madura, elegante. Me senté frente a ella y le tomé las manos por encima de la mesa.
—¿Hiciste enojar a esas víboras de la tal Leonela y compañía?
—Mucho —comenzó a reír—, lo mejor fue que ella notó que su marido, Armando, no me quitaba los ojos encima.
—Anda, mujer, que me voy a poner celoso ahora del tal Armando.
—No seas bobo —siguió riendo—, el caso es que la muy cabrona, no sé, me veía y me veía, y como que le molestaba mi mirada altanera, es que te digo que a mí esta lencería que traigo… la tanga y tal, los ligueros, y así, me hacen sentir poderosa.
—¿Me dejarás… quitarte esta noche esta tanguita con los dientes, preciosa? —dije, intentando sonar seductor.
Mi mujer, tan hermosa, hizo un gesto sexo con la boca y me dijo:
—Si sólo por eso me urge terminar de cenar y regresar… aunque acabamos de llegar ¿eh?
Pedimos de cenar. Pedimos una botella de Merlot. El ambiente era perfecto. Había una música de jazz de fondo, y la luz de las velas le daba un brillo precioso a sus ojos grises.
—Oye... he estado pensando en algo toda la tarde —le dije, sirviéndole un poco de vino en su copa—. ¿Qué te parece si este fin de semana nos largamos de aquí?
Regina levantó la vista, sorprendida.
—¿Largarnos? ¿A dónde, Marco?
—No sé, rentamos una cabaña en Mazamitla. O nos vamos a la playa, un fin de semana en Vallarta. Solo tú y yo. Para desconectarnos de todo este puto infierno. Caminar por la playa, dormir hasta tarde... empezar de cero.
Una sonrisa genuina, casi infantil, se dibujó en sus labios.
—Me encantaría, mi amor... de verdad me haría muchísima ilusión —dijo ella, apretándome los dedos—. Necesitamos salir de la ciudad. Pero, Marco... los gastos. No podemos darnos el lujo de un viaje ahorita. Tenemos la hipoteca encima, y...
—Ya no —la interrumpí, con una sonrisa triunfal.
—¿Qué quieres decir?
—Ya pagué la hipoteca, Regi. Hoy en la tarde hice la transferencia. Estamos completamente al corriente con el banco. Ya no debemos ni un peso de atraso.
Regina abrió los ojos de par en par. La sorpresa y el alivio le iluminaron el rostro.
—¿En serio? Dios mío, Marco, qué peso me quitas de encima... ¿pero de dónde sacaste el dinero? ¿Te pagaron sobre ese proyecto que me dijiste, tan rápido?
Tragué saliva. La mentira tenía que salir fluida. No podía arruinar este momento.
—Sí... bueno, hablé Maca, la chica de nóminas, y luego con recursos humanos y les expuse mi situación.
—¿Y “ese” lo aceptó así como así? —dijo arrugando la frente, sin atreverse a mencionar el nombre de “David”.
—“Ese” no tiene vela en el entierro en todo esto, Regi. Te recuerdo que “ese” solo es el jefe de esa sucursal, como tal, es el responsable de todos los proyectos asignados en esa oficina, pero por encima de él, hay todo un mundo de superiores.
—Ah, okey, okey, entiendo.
—Y pues eso. Me dieron un adelanto del bono anual y el pago del proyecto de los subsidios todo junto —mentí mirándola directo a los ojos—. Me la jugué, pero valió la pena. Estamos limpios, mi vida.
Regina soltó un suspiro que parecía contener años de estrés. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Eres increíble, Marco. De verdad. No sé qué haría sin ti. Te partes la madre por nosotros —susurró ella, llevándose mi mano a los labios y dándole un beso—. Y yo... yo me he portado como una verdadera basura contigo.
—Ya no hablemos de eso, Regi. Lo malo ya pasó.
—No, escúchame. Necesito decírtelo —insistió ella, soltándome la mano para limpiarse una lágrima con la servilleta de tela—.
Quiero pedirte perdón. De todo corazón. Perdón por haberte tratado como basura.
Perdón por haber sido tan débil y haberme dejado llevar por todo esto con “ese”. Fui una estúpida.
—No te tortures, mi amor...
—Es que me siento tan sucia, Marco —continuó ella, bajando la mirada hacia su plato de pasta, con la voz quebrada—.
Me dejé deslumbrar por el morbo, me dejé manipular como una niña tonta, y casi tiro a la basura al único hombre que de verdad me ama.
Te lastimé muchísimo. Te humillé. Y no me lo perdono.
El corazón se me encogió. Verla tan arrepentida, tan vulnerable, me hizo amarla todavía más. La Regina altiva se había roto para mostrarme a la mujer real que estaba dispuesta a luchar por lo nuestro.
—Te perdono, Regi. Te perdono todo. Pero con una condición —le dije, acariciándole la mejilla a través de la mesa—. Que a partir de hoy, él deje de existir. Lo bloqueas de todos lados. Si te busca en el despacho, le llamas a seguridad. Se acabó el juego.
—Te lo juro por mi vida —asintió ella con vehemencia—. Esta tarde ni tiempo tuve de bloquearlo de WhatsApp, pero llegando a casa te daré el gustito de que tú mismo lo hagas.
—¿En serio, mi amor? —le pregunté con una gran sonrisa.
—No quiero saber nada de él.
Levantó su copa de vino.
—Si vamos a seguir juntos, si vamos a arreglar esto de verdad, tiene que ser desde la verdad absoluta. Ya no quiero más secretos entre nosotros, Marco. Necesito que me prometas algo.
—Lo que sea, mi amor.
—Prométemelo tres veces, Marco. Prométeme que no habrá más mentiras entre nosotros. Prométeme que no me vas a ocultar nada nunca más. Prométemelo.
—Te lo prometo, Regi. Te lo prometo, mi amor. Te juro por Dios que no hay más secretos —le dije, chocando mi copa de vino con la de ella, sintiendo que por fin nuestra vida se estaba encarrilando y que habíamos vencido a la oscuridad.
—Te amo, Marco, no sabes cuánto.
—¡Yo te amo más, mi mujer!
Estábamos en nuestro mejor momento. Ella sonreía con los ojos brillantes, yo sonreía sintiéndome un ganador.