Donde termina la Tierra CAPÍTULO 2 #5
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CAPÍTULO 2 #5

Soltó una de mis manos y me acarició la mejilla. El tacto de su piel tibia me hizo cerrar los ojos.

—Marco... mírame —me pidió con voz suave. Abrí los ojos—. Estuve pensando toda la puta noche. No dormí casi nada. Lloré mucho.

—Yo también...

—Es que todo lo que pasó… Fue un error. Todo esto ha sido un error asqueroso que se nos salió de control a los dos —dijo ella, con una firmeza que me sorprendió—.

Asumo mi culpa también. Lo de este fin de semana, lo que pasó con tu jefe...

fue un momento de debilidad. Me dejé envolver por el morbo, por la adrenalina, por el coraje que te tenía.

Me dejé cegar. Pero se acabó. Te lo juro que se acabó.

Sentí que volvía a respirar después de días de estar bajo el agua.

—¿De verdad? —balbuceé, casi suplicando que no fuera mentira.

—Sí, mi amor. Te juro que voy a ponerle remedio a esto —afirmó ella, asintiendo con la cabeza, con una determinación que me regresó el alma al cuerpo—.

No voy a volver a ver a David. No voy a contestarle ni un solo mensaje.

Lo voy a bloquear. No voy a permitir que un matrimonio de cinco años, con todo lo que hemos construido, se destruya así como así por un hijo de puta arrogante como él.

Nosotros valemos más que esta basura. Lo vamos a superar, Marco. Juntos.

Me abracé a su cintura, hundiendo la cara en su estómago, pegándome a la tela de su falda.

Lloré de alivio. Mi mujer era inteligente.

Era una mujer madura que había visto el abismo, había mirado a los ojos al depredador, había probado el veneno, pero había decidido regresar a la seguridad de nuestra vida.

—Te amo… Regina, y perdóname por todo lo que pasó.

El juego de David no iba a poder contra nosotros. Al final, ella me había elegido a mí.

—Yo te amo como nunca, Marco, y esto que pasó, te juro que sólo me hizo comprobar que jamás en la vida encontraré a un hombre mejor que tú.

Regina me dio un beso tierno en la coronilla, agarró su bolso y se fue a trabajar.

Más tarde, llegué al quinto piso de la oficina y fui a dejar mis cosas a mi escritorio. Me sentía mejor, más renovado. Pero sin duda la asfixia de entrar a ese lugar era tan peligroso que pronto me volví a sentir como en una especie de peligro.

Antes de sentarme, vi a Evaristo acercándose por el pasillo central. Traía su café en la mano y una sonrisa de oreja a oreja, de esas que solo tiene un tipo que cree que su vida es perfecta.

—¡Qué onda, Marco! —me saludó, dándome una palmada amistosa en el hombro que me supo a plomo—. Oye, te quería agradecer, bro. Tenías toda la razón.

—¿Razón en qué, Eva? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.

—En lo de Maca. Hablé con ella ayer. Lloró un montón, me dijo que andaba muy estresada por lo de la boda y que por eso se había portado así de intensa y distante el fin de semana.

Pero ya lo arreglamos. Todo volvió a la normalidad.

Hasta la noté más... cariñosa, ¿sabes? Como con culpa por haberme tratado mal. Es un pinche ángel, no me la merezco.

Me sonrió, con esa cara de buen tipo, de cornudo ciego que vive en su propia burbuja feliz.

—Ah —contesté casi atragantándome—. Me alegra mucho, hermano. Qué bueno que todo está bien —mentí, tragándome el asco que sentía por mí mismo y por la situación.

—Sí, bro. Bueno, te dejo que el deber llama. ¡Nos vemos al rato!

Se dio la media vuelta y se fue caminando, feliz de la vida. Apreté los puños. "Cariñosa y con culpa", pensé. Claro que tenía culpa. Pero Evaristo no tenía puta idea de que esa culpa venía de haberse dejado reventar por el cabrón de sistemas mientras él le compraba electrolitos.

Volteé hacia los módulos y vi a Maca sentada en el suyo. Llevaba puesto una blusa ajustada de color mostaza y el cabello recogido. Tenía una mirada mucho más despierta. Sus labios estaban pitados de un tono más fuerte que otras veces. Definitivamente había cambiado, así como estaba cambiando Regina.

Traté de concentrarme en mi trabajo. Pero no pude. Sentía remordimiento por ocultarle a Evaristo… la clase de novia que tenía. Y todo por culpa del rubito ese de Rodrigo.

No aguanté. Y a media mañana, esperé a que Maca se levantara hacia el área de copiado donde no había nadie y la seguí.

—Maca... —le dije, deteniéndome detrás de ella.

Ella dio un brinco y tiró unas hojas. Se giró hacia mí. Sus ojos me miraban con una mezcla de miedo y hastío.

—Qué tal, Marco.

—¿En serio te valió mierda todo lo que te dije la última vez? —le pregunté directo, sin anestesia—. ¿En serio te metiste otra vez con Rodri?

Maca me miró fijamente. Yo esperaba que llorara, que me suplicara perdón o que se encogiera de vergüenza. Pero su rostro se endureció. Apretó la mandíbula y me fulminó con una mirada cargada de odio.

—Tú no sabes nada —escupió ella.

—¿Y lo del bar qué? —le reclamé—. ¡No puedo creer que le estés haciendo esto a Evaristo! ¡Te acaba de perdonar, cree que eres una santa!

—¡Cállate el puto hocico, Marco! Ahora te haces el digno, pero no eres más que un hipócrita —me siseó Maca, acercándose a mí, apuntándome con el dedo índice.

—¿Ahora el hipócrita soy yo? No me digas

—¿Crees que soy estúpida? ¿Crees que no me di cuenta?

Sentí un frío en la espalda.

—¿De qué hablas?

—Rodri y Rubí tienen razón. Y yo misma me di cuenta después —susurró ella, con la voz temblando de rabia—. ¡Estabas escondido en la casa viéndonos! ¡Nos estabas espiando en el pasillo mientras él me cogía! ¡Eres un puto pajero mirón!

Me quedé helado. Sin aire.

—Maca, yo... yo solo quería ayudar...

—¡Mentira! —me cortó ella—. No vengas a hacerte el pinche moralista conmigo, Marco.

Me acosté con él porque me dio la gana, porque me chantajeó, por lo que sea.

Pero yo sí me atrevo a hacerlo. Tú nomás te escondes a hacerte pajas viendo cómo le dan a las demás. Eres igual de asqueroso que él, o peor.

El golpe fue devastador. La princesita de nóminas me estaba escupiendo mis propias verdades en la cara.

—Así que no te metas en mi vida —continuó Maca.

Su voz ya no era un grito, sino un susurro tenso, mirando hacia los lados para asegurarse de que nadie nos escuchara—.

Si le dices a Evaristo... si abres la boca, te juro por Dios que le digo a toda la oficina que te la estabas jalando en la puerta viéndome gemir. Si caigo yo, caemos todos, Marco.

Me quedé mudo.

Sus ojos detrás de los lentes se llenaron de lágrimas, pero no cayeron. Era una mezcla de rabia y desesperación cruda.

—¿En serio crees que estás en posición de amenazarme, Macarena?

—No, no, no… lo que quiero decir es que no le puedes decir nada —agregó, y su tono se volvió casi suplicante—.

Él no se merece esto. Evaristo es demasiado bueno, no tiene malicia.

Si se entera de lo que hice... de lo que sigo haciendo...

lo voy a destruir por completo. Le voy a arruinar la vida. ¿Tú crees que yo quiero esto?

—¿Entonces por qué lo sigues haciendo, Maca? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.

—Porque soy una pendeja —se limpió una lágrima rebelde con el dorso de la mano—.

Porque estoy confundida y Rodrigo sabe perfectamente cómo manipularme...

y porque me da miedo. Pero yo amo a Evaristo, a mi manera, y no quiero verlo sufrir por mi culpa.

Así que tú te callas la boca y me dejas resolver mis putos problemas sola.

—¡Pero Maca!

—¡Por favor!

Se dio la media vuelta y me dejó parado junto a la copiadora, reducido a cenizas.

Tenía razón. No tenía ninguna puta autoridad moral.

Caminé de regreso a mi módulo sintiendo un zumbido en los oídos.

Me senté frente a mi computadora. Mis ojos viajaron instintivamente hacia las oficinas de cristal del fondo. A través de las persianas a medio abrir, pude ver la silueta ancha de David sentado en su sillón ejecutivo, hablando por teléfono.

Solté un suspiro largo. Sentí un alivio asqueroso, una tranquilidad patética al confirmar que mi jefe estaba ahí adentro. Si estaba ahí, encerrado en el quinto piso, significaba que no estaba en algún rincón oscuro fornicando con mi esposa.

Regina estaba a salvo, en su despacho contable, amándome como siempre, me lo digo.

Sin embargo, a pesar de la promesa que me hizo mi esposa, esa misma tranquilidad duró un parpadeo. La inquietud me empezó a carcomer el cerebro. No lo había visto físicamente en todo el día. No me había cruzado con él en los pasillos, no me había mandado a llamar.

¿Qué estaba planeando David ahora? Un depredador como David no se quedaba quieto sin una razón. ¿Mi esposa ya lo había rechazado? ¿Qué iba hacer él al respecto, tomando en cuenta que me aseguró que haría de mi esposa su puta por todos esos meses?

Me aterraba estar ahí sentado, sudando frío, esperando el siguiente movimiento, esperando a que mi celular vibrara con alguna nueva atrocidad.

Y luego estaban las palabras de Regina anoche.

"Tengo un asunto pendiente con tu jefe".

Y aunque me aseguró que todo acabaría por fin… no sabía de qué manera reaccionaría David ni cómo la propia Regina pondría fin a esto que había entre ellos.

"Tengo un asunto pendiente con tu jefe".

Me froté la cara con las dos manos. ¿A qué chingados se refería? ¿Qué asunto pendiente podía tener mi mujer con el cabrón que se la cogió y la humilló? ¿Iba a ir a reclamarle en persona? ¿Iba a exigirle respeto?

La duda me estaba taladrando la cabeza.

A la hora de la comida, el destino me jugó la peor de las pasadas. Terminé sentado en la mesa redonda de la cafetería de la oficina, justo en medio de la podredumbre.

Evaristo comía su ensalada con pollo, sonriendo, contándonos sobre los trámites del salón para la boda. A su lado estaba Maca, asintiendo y sonriéndole de vuelta, aunque sus manos temblaban un poco cada vez que levantaba el vaso de agua.

Frente a ellos, los buitres: Rodrigo y Rubí.

—Te ves cansada, Maca —dijo Rubí, llevándose un trozo de comida a la boca, mirándola con esa sonrisita venenosa—. Como si no hubieras dormido bien. ¿Mucho ajetreo anoche?

Maca se tensó, bajando la mirada hacia su plato.

—Puro trabajo, Rubí. Ya sabes cómo son los cierres de mes.

Evaristo le pasó el brazo por los hombros a su prometida y le dio un beso en la sien.

—Mi niña es bien trabajadora. Pero ya le dije que este fin de semana no hará nada, la voy a llevar a un pueblito a descansar.