CAPÍTULO 2 #4
Me vine con su semen adentro de mi cuerpo, temblando, gritando como una ramera cualquiera.
¿Eso querías escuchar? ¿Ya estás contento?
Mi mente colapsó por completo. Estaba hiperventilando. La imagen de mi esposa, abierta de piernas y escurriendo el esperma de David Montenegro desde lo más profundo de sus entrañas, me sobrepasó.
Metí la mano por el elástico de mis pantalones de pijama. Con movimientos torpes y desesperados, saqué mi verga, que estaba dura como la piedra, roja y latiendo de pura calentura. Empecé a masturbarme frente a ella, incapaz de contenerme un segundo más, frotándome con una rapidez patética.
Regina no se apartó. No se tapó los ojos ni hizo el menor gesto de sorpresa. Se quedó ahí de rodillas, completamente desnuda frente a mí, observando mi colapso mental y físico con una frialdad gélida.
Levantó su mano derecha. La misma mano con la que seguramente había acariciado el miembro enorme de David, la misma mano que minutos antes había apretado sobre mi propio pantalón amenazando con masturbarme.
Extendió los dedos, acercándolos lentamente hacia mi verga rígida, rozando apenas la punta de mi glande con las yemas húmedas de sus propios jugos.
—¿Te vas a venir, Marco? —me preguntó en un susurro letal, con una mueca que mezclaba el morbo con el asco—. ¿Te vas a venir escuchando cómo el cabrón de David me llenó de leche? ¿Te vas a venir imaginando cómo me fornicó tu jefe?
—Regi... me vengo... ahh... —jadeé, cerrando los ojos con fuerza, perdiendo por completo el control.
Solté un gemido ahogado y me vine. Los espasmos me sacudieron el cuerpo entero. Disparé chorros de semen caliente directamente sobre los dedos extendidos de mi esposa.
Regina no se apartó. Recibió mi eyaculación en la palma de su mano, manteniendo el brazo extendido. Cuando terminé, abrí los ojos, respirando por la boca, temblando de pies a cabeza.
Mi esposa bajó la mirada hacia su propia mano. Observó la mancha blanca de mi semen sobre su piel. Lo miró con una frialdad clínica, evaluándolo, seguramente comparando esa cantidad patética con la inmensidad que me acababa de describir.
Sin decir una sola palabra, levantó la mano y limpió los restos de mi eyaculación directamente sobre la tela de mi pijama, frotando sus dedos contra mi pecho con un desprecio absoluto.
Luego me miró a los ojos. En su rostro ya no había rabia, ni excitación, ni saña. Solo había una lástima aplastante.
—Te amo, Marco... —susurró ella, con una voz carente de cualquier pasión—. Te amo, de verdad que sí... pero eres muy patético.
Dio un movimiento hacia atrás, dándome la espalda. Caminó sobre las rodillas hacia el otro lado de la cama, agarró la sábana y se metió debajo de los cobertores desnuda. Se acostó de lado, encogiéndose en su propio espacio.
—Límpiate, Marco. Límpiate toda esa porquería, no quiero que ensucies las sábanas —ordenó ella, sin mirarme—. Y hazme un puto favor: no vuelvas a hablarme de este tema en tu vida. Nunca. Las explicaciones se acaban hoy. Acabaste con mi paciencia.
Se acomodó la almohada, cerrando los ojos.
La habitación quedó sumida en la penumbra.
—Sólo dime una cosa… ¿terminarás de tajo con David?
Me quedé ahí sentado, en medio del colchón, con la verga fuera del pantalón de dormir, la camisa de mi pijama manchada de mi propio semen.
—Tal vez…
—¿Qué significa eso?
—Ya te dije que tengo un asunto pendiente con tu jefe.
—¿Qué asunto pendiente?
—Ya duérmete, y déjame en paz, que tengo sueño.
Y ahí entendí, que tal vez mi pesadilla no había terminado. Quizás, sólo quizás, apenas había comenzado.
Capitulo 3
Me desperté con el cuerpo molido, como si me hubieran dado una paliza.
La cabeza me palpitaba por la falta de sueño y la tensión acumulada. Por un segundo, al abrir los ojos y ver el techo de mi recámara, quise creer que todo había sido una puta pesadilla, un mal viaje provocado por el estrés, las deudas y mis foros de internet, pero la realidad me golpeó de frente.
Mi matrimonio pendía de un hilo finísimo, a punto de reventar.
Me senté en la orilla de la cama y me froté la cara con ambas manos. Regina ya estaba despierta. Se estaba moviendo por la habitación en silencio.
La miré. Se estaba arreglando para ir al despacho. Pero había algo muy distinto en su rutina. Estaba de espaldas a mí, frente al espejo de cuerpo entero. No llevaba el babydoll transparente de anoche, obviamente, pero tampoco traía su ropa interior aburrida de algodón que usaba todos los días.
Llevaba puesta una tanga negra minúscula. Una tirita de encaje que se le perdía por completo entre la inmensidad de sus nalgas blancas y carnosas. Pero lo que me dejó sin aire, lo que hizo que el estómago se me revolviera en una mezcla de pánico y morbo, fue lo que se estaba poniendo en las piernas.
Se estaba ajustando unas medias de nylon negro, enganchándolas a unos ligueros de encaje que le apretaban los muslos gruesos. La piel lechosa resaltaba brutalmente contra los tirantes oscuros.
Tragué saliva. Era una visión espectacular. Mi mujer se veía como una diosa sacada de una revista para adultos, pero verla arreglarse así un martes por la mañana me llenó de terror.
—¿Qué haces vestida así, Regi? —le pregunté. La voz me salió ronca, casi un susurro asustado.
Ella dio un pequeño respingo, como si hubiera olvidado que yo estaba ahí, viéndola. Se giró a medias, mirándome a través del reflejo del espejo.
—Me estoy arreglando para ir a trabajar, Marco —respondió en un tono seco, sin dejar de ajustar el broche de metal en su muslo derecho.
—Tú nunca te pones ligas ni medias de esas para ir a la oficina —me puse de pie, caminando un par de pasos hacia ella—. ¿A quién quieres impresionar? ¿Acaso es para él? ¿David te pidió que te pusieras eso debajo de la ropa?
Regina soltó el liguero de golpe. Se dio la vuelta por completo y me fulminó con la mirada. Su rostro no tenía esa expresión de perra sumisa o descarada que yo temía ver. Al contrario, se veía cansada, harta, y profundamente herida.
—¿Puedes dejar de meter a tu puto jefe en todo? —me soltó, alzando la voz—. ¡No todo en esta vida gira alrededor de él, ni de tus pinches fantasías paranoicas, Marco!
—¡Pues perdóname si dudo! —le reclamé, sintiendo que la desesperación me ganaba—. ¡Pero mírate! Llevas un puto liguero y una tanga que no te tapa nada, y cuyo hilo se te está clavando entre las nalgas. ¿Vas a ir al despacho así, en serio? ¡Dime la verdad!
Regina apretó los labios. Caminó hacia la cama, agarró una falda de tubo gris perla, de una tela cara y pesada, y se la subió por las piernas con movimientos bruscos. La falda le quedó ajustadísima, marcando cada curva de su culazo y de sus caderas, pero tapando por completo la lencería atrevida.
Luego agarró una blusa de seda blanca, impecable, y empezó a abotonársela rápidamente, ocultando sus pechos. A simple vista, volvía a ser la contadora estricta de siempre. Solo yo sabía la vulgaridad exquisita que llevaba debajo.
—¿Quieres saber por qué me lo pongo? —dijo ella, abrochándose el último botón cerca del cuello, mirándome con los ojos llorosos—. Porque me siento como una puta mierda, Marco. Porque me siento fea, gorda y usada.
El tono de su voz me desarmó por completo.
—Regi... yo nunca te he dicho eso.
—¡Tú no! —exclamó, pasándose una mano por el cabello—. Ayer en la tarde, antes de salir del corporativo, fui al baño. Estaba en el cubículo y entraron Leonela y su grupito de víboras de auditoría. No sabían que yo estaba ahí. Se pusieron a burlarse de mí, Marco.
—¿De ti? ¿Qué decían?
—Leonela me llama "la gordis". La muy zorra, esposa de Armando, uno de los socios mayoritarios, que está toda operada y se cree modelo, se estaba riendo de cómo me quedan las faldas.
Decía que parezco un tamal mal amarrado, que no entiende cómo me atrevo a usar ropa ajustada con estos muslos y este culo. Se reían de mí a carcajadas.
Regina se sentó en la orilla del tocador. Una lágrima de pura frustración le rodó por la mejilla.
—¡Pero qué cabrona!
—Me dio muchísimo coraje, Marco —continuó, limpiándose la lágrima con rabia—. Me quedé ahí escondida, llorando de impotencia, sintiéndome la mujer más horrible del mundo. Así que hoy... hoy quise ponerme esto.
Ella suspiró, y tragó saliva.
—Me compré esto para mí. Quise ponerme algo que me recordara que debajo de este puto uniforme de oficina, soy una mujer de verdad.
Que le quede claro a mi propio ego que la "gordis" les da mil vueltas a esas plásticas.
Que soy una hembra a la que cualquier hombre desearía.
Me lo puse para sentirme empoderada, no para andarle abriendo las piernas a tu jefe.
Me quedé callado. Su explicación tenía todo el sentido del mundo. Era tan humana, tan real, nacida de una inseguridad de mujer que yo conocía perfectamente. Sentí una punzada de culpa y vergüenza.
Ella estaba lidiando con sus propios demonios en la oficina, y yo solo la estaba atacando.
Me acerqué a ella lentamente. Me arrodillé frente al tocador, quedando a su altura, y le tomé las dos manos. Estaban frías.
—Perdóname —le susurré, mirándola a los ojos—. Eres la mujer más hermosa de esa puta oficina, Regi, jamás lo tienes que dudar. Esas viejas son unas envidiosas de mierda porque no tienen ni la mitad de la presencia que tienes tú.
Regina soltó un suspiro tembloroso, apretándome las manos.
—Ya no sé ni qué pensar, Marco. Siento que mi vida es un caos ahorita.
—Lo sé… lo sé… y te juro que yo tengo miedo, Regi...
—le confesé. Se lo dije con el corazón en la mano, como un pobre diablo derrotado, desnudando mi cobardía—.
Tengo pavor de perderte. Me estoy volviendo loco.
Cuando te vas, cuando no me contestas, mi cabeza se imagina las peores cosas.
Tengo pánico de que cruces esa puerta y vayas a buscar a David.
No soportaría que volvieras a verlo, te lo juro por Dios.
Siento que él tiene todo lo que a mí me falta...
y tengo miedo de no ser suficiente para ti. Sobre todo… después de lo que pasó.
Regina me miró. Sus ojos grises, que anoche me miraban con asco, ahora estaban suavizados.