CAPÍTULO 6 #2
No podía quedarme ahí. No podía seguir torturándome imaginando lo que estaba pasando en ese penthouse. Tenía que irme a casa. Mañana tenía que ir a trabajar. Tenía que ver a David cara a cara, aunque fuera para rogarle o amenazarle. Tenía que intentar salvar lo poco que quedaba de mi matrimonio.
Arranqué el motor con manos temblorosas y manejé de regreso a casa como un zombi. El trayecto fue un borrón de luces y lágrimas. Cuando llegué, tardé una eternidad en estacionar mi carro.
Luego entré a la casa a oscuras. No encendí ninguna luz. No quería ver las cosas de Regina. No quería ver su perfume sobre la cómoda, ni su lado de la cama vacío.
Me tiré vestido sobre el colchón, abrazando su almohada con fuerza. Hundí la cara en la tela e inhalé desesperadamente su olor. Todavía estaba ahí. Débil, pero ahí.
Y entonces llegaron las imágenes.
No pude evitarlo.
Mi mente enferma empezó a proyectar todo con una claridad brutal, como una película porno de baja calidad pero demasiado real.
Imaginé a Regina en ese penthouse. Sentada en el sofá, con los ojos rojos de tanto llorar. David sentado a su lado, pasándole un brazo por los hombros.
Fingiendo comprensión.
Ella resistiéndose al principio… pero luego dejando que él la acercara. Imaginé cómo David le limpiaba las lágrimas con el pulgar, cómo le levantaba la barbilla y le decía algo al oído. Algo sucio. Algo que la hacía temblar.
Vi cómo le quitaba el suéter oscuro lentamente. Cómo sus manos grandes le acariciaban los hombros, bajaban por sus brazos, llegaban a sus tetas pesadas. Cómo Regina soltaba un gemido roto, mitad llanto, mitad deseo, mientras David le besaba el cuello.
Y ella dejándose, gimiendo, y David aprovechándose.
Luego, al pasar las horas, la imaginaba de rodillas otra vez, la misma imagen que había visto de Rubí, pero esta vez era ella.
Mi Regina.
Con la boca abierta, tragándose esa verga enorme que yo nunca podría igualar. Con lágrimas corriendo por sus mejillas mientras David le agarraba el cabello y le follaba la garganta con fuerza. Los sonidos húmedos.
Los glup… glup… glup… que había escuchado con Rubí, pero ahora con la mujer que amaba.
La vi de cuatro patas sobre esa cama king size, con el culo en pompa, gimiendo como una perra mientras David la penetraba desde atrás.
La imaginé corriéndose con violencia, gritando el nombre de él, apretando las sábanas, mientras David le daba nalgadas y le decía que era su puta, que su marido nunca la había hecho sentir así.
Me tapé la cara con las manos, sollozando como un niño. Mi verga estaba dura como una piedra dentro de los pantalones.
Me odiaba.
Me odiaba con toda el alma por excitarme con eso. Pero no podía parar. Me bajé el cierre con una mano temblorosa y empecé a masturbarme con rabia, imaginando a mi esposa siendo follada sin piedad en ese penthouse mientras yo estaba aquí, solo, patético, reducido a pajearme con su humillación.
Lloraba y me jalaba la verga al mismo tiempo. Era asqueroso. Era enfermizo. Pero no podía parar.
Terminé rápido, manchándome la mano y la camisa con mi propio semen. Me quedé ahí, jadeando, mirando el techo oscuro de la recámara, con asco de mí mismo.
No dormí casi nada. Me levanté varias veces a mirar el celular. Ningún mensaje. Ninguna llamada. Solo silencio.
Y finalmente me dormí.
Desperté casi a las 7 de la mañana. Me levanté arrastrando los pies, pero me moví rápido. Me duché con agua fría, me vestí con el traje más decente que encontré y salí hacia la oficina. Sabía que tenía que enfrentar a David. Sabía que tenía que intentar salvar lo que quedaba.
Llegué a la oficina sintiéndome un fantasma.
Arrastraba los pies sobre la alfombra gris del piso, con los ojos hundidos en unas ojeras moradas que ni el agua helada había logrado disimular.
El zumbido de las computadoras y el murmullo de mis compañeros me parecían sonidos lejanos, ecos de un mundo al que yo ya no pertenecía.
Apenas me dejé caer en la silla de mi módulo, sentí una mano en el hombro. Di un respingo, casi tirando mi maletín.
Era Evaristo. A su lado estaba Claudia, sosteniendo su eterna taza de café.
—¡Qué milagro, Marco! —dijo Evaristo, con esa sonrisa de buen tipo que ahora me daba una lástima infinita—. Nos tenías bien preocupados, hermano. Ayer te marcamos un par de veces y mandaba directo a buzón.
—Sí, Marco, ¿todo bien? —secundó Claudia, frunciendo el ceño y escaneándome el rostro—. Te ves fatal. Estás pálido, pareces papel.
Tragué saliva. La boca me sabía a bilis y a desesperación.
—Sí... sí, todo bien, gracias por preguntar —balbuceé, forzando la voz para que no me temblara—. Una infección estomacal brutal. Me pegó desde la madrugada del miércoles, me pasé todo el día de ayer vomitando y tirado en la cama con fiebre. Ni fuerzas tenía para ver el celular.
—Uff, qué feo. Anda pegando un virus bien duro —dijo Evaristo, palmeándome la espalda—. Deberías haberte quedado hoy también a reposar.
Antes de que pudiera agradecerle su ingenua compasión, el sonido inconfundible de unos tacones hizo eco a nuestras espaldas.
Rubí pasó por el pasillo central, contoneando las caderas dentro de una falda de tubo negra.
Se detuvo un segundo, masticando su chicle, y me lanzó una mirada cargada de asco y superioridad.
—Ay, por favor, Evaristo, no seas ingenuo —soltó Rubí, con una sonrisita venenosa—. Seguramente ayer no vino porque se la pasó viendo porno toda la puta noche y acabó tan desvelado y jalado que no se pudo ni parar. Mírenle las ojeras de pajero que trae.
El comentario fue un balazo directo a mi consciencia.
Me quedé congelado. Sentí que la sangre se me escurría hasta los talones.
¿Lo sabía? ¿Sabía lo de mi esposa? No, era imposible.
Solo estaba usando el incidente de la computadora de hace días para humillarme frente a todos, pero sus palabras eran tan dolorosamente precisas sobre mi noche anterior que me dieron ganas de vomitar ahí mismo.
—¡Ay, Rubí! ¡Por Dios, respeta un poco! —saltó Claudia, indignada, poniéndose las manos en la cintura—. El pobre viene enfermo y tú con tus vulgaridades de siempre. No le hagas caso, Marco.
Rubí soltó una carcajada estridente, reventó una bomba de chicle y siguió su camino hacia los baños sin dignarse a responder.
Evaristo y Claudia regresaron a sus lugares poco después, dejándome solo.
Intenté trabajar. Abrí hojas de cálculo, moví el ratón, tecleé un par de números al azar, pero la pantalla era un borrón informe. Mi mente estaba atrapada en la Torre Adamant.
A las nueve y media de la mañana, las puertas de cristal del piso se abrieron.
David Montenegro entró.
Llevaba un traje azul marino impecable, camisa blanca sin corbata. Caminaba con esa energía arrolladora, con la espalda recta, emanando un aura de poder absoluto. Se le veía fresco, descansado. No tenía ojeras. Tenía la expresión de un hombre que acababa de disfrutar del mejor manjar de su vida.
Pasó por el pasillo. Ni siquiera me volteó a ver. Se encerró en su oficina de cristales.
Me quedé mirándolo a través de las persianas a medio abrir. Las manos me sudaban sobre el teclado. El corazón me latía con tanta fuerza que me dolía el pecho. Aguanté diez minutos. Veinte. Media hora.
A las diez de la mañana, la ansiedad me destrozó las entrañas. No podía seguir así. La incertidumbre me estaba matando más que la propia verdad. Necesitaba saber si la había tocado. Necesitaba saber si mi Regina, la mujer rota que vi entrar a ese edificio anoche, había cruzado la última frontera.
Me levanté de golpe. Caminé hacia la oficina de mi jefe con pasos mecánicos. Toqué el cristal con los nudillos temblorosos.
—Pasa —se escuchó su voz grave.
Empujé la puerta y la cerré a mis espaldas.
David estaba revisando unos contratos. No levantó la vista de inmediato. Firmó una hoja, pasó a la siguiente. Su indiferencia era un arma calculada. Me estaba reduciendo a la nada.
—Ayer no te presentaste, Marco —dijo él, con tono frío, netamente ejecutivo, sin dejar de leer—. Espero que traigas el justificante médico de Recursos Humanos, o te voy a tener que descontar el día y quitarte el bono de puntualidad.
Su frialdad me descolocó. Parecía haber olvidado por completo quién era yo y la monstruosidad que nos unía.
—David... —murmuré, con la voz quebrada—. Por favor...
Dejó el bolígrafo sobre el escritorio. Levantó la vista despacio y se recargó en el respaldo de piel de su sillón. Entrelazó los dedos sobre su abdomen. Sus ojos verdes me escanearon de arriba abajo, evaluando mi destrucción.
—¿Por favor qué, Marquito? Estoy trabajando.
—¿Dónde está ella? —solté, apretando los puños a los costados de mi cuerpo—. ¿Dónde está mi esposa? ¿Qué le hiciste anoche?
David soltó un suspiro largo, casi aburrido.
—Está mejor —respondió él, con una tranquilidad que me heló la sangre—. Mucho mejor que ayer, te lo aseguro. Se fue a su despacho hace un par de horas en un Uber que le pedí. Seguramente ahorita está cuadrando facturas con una sonrisa en la cara.
—¡Me dijiste que no le ibas a hacer nada! —le reclamé, dando un paso hacia el escritorio, sintiendo que el nudo en la garganta me asfixiaba—. ¡En los mensajes me prometiste que solo iban a platicar!
—Y platicamos, Marco. Platicamos un buen rato —dijo él, bajando el tono de voz a una confidencia brutal—.
Lloró muchísimo, ¿sabes? Se deshizo en ese sofá.
Se tomó dos vasos de whisky puro. Me decía que le daba asco regresar a su casa.
Me decía que se sentía como una basura, como una mercancía que su marido vendió por cinco mil putos dólares.
—¿Y no le explicaste que todo fue producto de las circunstancias, David? Sabes bien que las cosas no fueron tan siniestras como ella piensa.
—Se lo expliqué, pero una mujer enojada, no entiende de razones.
—¿Y entonces qué pasó?
Tragué saliva, sintiendo punzadas de dolor en el pecho, pero mis oídos estaban abiertos de par en par.
—Yo traté de ser lo más comprensivo posible, Marco —dijo David, cambiando su tono a uno sorprendentemente suave, casi paternal, lo cual me descolocó por completo—. Te lo juro. De hecho, te defendí.
—¿Me defendiste? —pregunté, incrédulo.