Donde termina la obediencia (Las tierras rebeldes 1) Capítulo 16. Lo que recuerda la boca
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Capítulo 16. Lo que recuerda la boca

Lo que recuerda la boca

—Dígame que habría venido —dijo Ewan.

Ailsa seguía de pie junto a la mesa. Tenía el borrador de la cuenta del carbón en una mano y el falso rechazo de Ewan en la otra. Podía notar la diferencia de grosor entre ambos papeles. Uno había esperado ocho años para ser creído. El otro había sido creído demasiado pronto.

—Iba vestida para viajar.

Ewan bajó la mirada hacia las hojas.

—Eso no es lo mismo.

—Llevaba doce libras cosidas en el forro del abrigo. Dos camisas, medias, un peine, mi libro de cuentas y la edición de Burns que usted olvidó en Queen Street. Esperé hasta que mi madre subió a decirme que su carta era definitiva. ¿Cuánto más necesita?

Él cruzó la distancia antes de que ella terminara. No llegó a tocarla. Frenó con las manos a los lados, el pecho subiendo más deprisa de lo que justificaban cuatro pasos.

—Necesitaba oírlo de usted.

—Ya lo ha oído.

—Ocho años tarde.

La alegría y la rabia se alternaban en su cara con demasiada rapidez para ocultarlas.

Ailsa recordaba esa falta de defensa. Ewan había sido el único hombre de su juventud cuya expresión llegaba antes que las normas.

Ahora sabía contener preguntas, esperar a que una mujer autorizara una frase, dejar un cuaderno cerrado.

El esfuerzo se veía. Parte de ella quiso recompensarlo solo por haber tenido que aprender.

Dejó los papeles en la caja.

—Siéntese.

—No puedo.

—Lleva tres días viajando.

—He pasado ocho años quieto en esta conversación.

Ailsa casi sonrió. La frase tenía el descaro de la verdad y el brillo de algo que Ewan podría imprimir si nadie lo detenía. Él vio ambas respuestas.

—No la escribiré —dijo.

—¿Qué?

—La frase. Acaba de pensar que suena a periódico.

—No puede saber lo que acabo de pensar.

—Puedo recordar el orden en que intenta no sonreír.

La familiaridad abrió una zona blanda debajo de sus costillas. Ailsa apartó la vista y encontró el guante sobre un libro auxiliar. Se había olvidado de ponérselo. La mano desnuda parecía más comprometida que la alianza.

Ewan la siguió con los ojos.

—¿Es feliz?

—No le debo esa respuesta.

—No. Pero la necesito.

—Son cosas distintas.

—Siempre ha sido muy buena distinguiendo cosas cuando juntarlas le haría daño.

Ella volvió hacia él.

—Y usted ha sido muy bueno juntándolas cuando separarlas le haría perder tiempo.

Ewan recibió el golpe sin bajar la cabeza.

—Entonces no hablemos de felicidad. ¿Lo desea?

La pregunta llegó limpia. No podía esconderse detrás de 1875 ni de las cartas.

Ailsa sintió en la palma el dedo rígido de Lachlan bajo el suyo, la lámpara sostenida sin temblar, la boca que se había apartado cuando ella dijo basta.

Pensó en el beso del archivo y en la venda que aún había olido a jabón después de secarse.

—Sí —dijo.

Ewan cerró los ojos un momento. El dolor le quitó años y se los devolvió distintos.

—Gracias por no mentirme.

—No me dé las gracias todavía.

—¿Me desea a mí?

Ailsa pudo haber pedido tiempo. El cuerpo ya había contestado desde el vestíbulo, siguiendo el ritmo de sus pasos, abriendo la mano para el pulgar conocido. Negarlo no protegería a Lachlan. Solo volvería a convertir el deseo en una cuenta que otro llevaba por ella.

—Sí.

Ewan respiró por la boca. El aire entre ambos tenía menta y aceite de lámpara.

—Eso era todo lo que necesitaba saber.

—No le creo.

La risa salió baja, sin alegría, y Ailsa la sintió cerca de la garganta.

—Tiene razón.

Él levantó la mano izquierda. No la acercó a su cara ni a su cintura. La dejó a medio camino, con la palma visible.

Ailsa miró la cicatriz del pulgar. Recordaba de dónde venía: una navaja mal cerrada, sangre sobre un contrato, Ewan jurando mientras ella apretaba un pañuelo contra la herida. Había olvidado la curva exacta. Deseó comprobarla.

Puso la mano en la suya.

Ewan entrelazó los dedos con lentitud. La alianza tocó su nudillo.

El contacto era nuevo, pero la forma en que echó a andar no lo era.

Tiró apenas de ella y ambos salieron del archivo hacia la antigua sala de mapas, donde la lluvia se oía menos y no ardía ninguna lámpara junto a documentos.

Ailsa tomó la llave de la puerta exterior antes de cruzar.

Cerró el archivo y guardó la llave en el bolsillo, lejos de la llave de latón del dormitorio de Lachlan, que seguía arriba en el cajón junto a su cama.

La sala de mapas estaba vacía salvo por un banco, dos rollos de cartas marítimas y una ventana que reflejaba el corredor. Ewan no encendió luz. La claridad de la puerta bastaba para verle la boca.

—¿Puedo besarla? —preguntó.

Ailsa se acercó hasta que los botones del abrigo de él tocaron su vestido.

—No he cruzado el pasillo para estudiar cartografía.

Esta vez la sonrisa de Ewan no pasó por ningún filtro. Le cambió la cara y algo dentro de ella corrió a encontrarla.

Él inclinó la cabeza. Ailsa no esperó.

Lo besó primero.

La boca recordaba menos de lo que había temido y más de lo que habría admitido.

El primer contacto tuvo la torpeza de dos personas que conocían una versión anterior del gesto.

Ewan giró hacia el lado equivocado; Ailsa chocó con su nariz y ambos soltaron aire contra la boca del otro.

La risa que siguió no rompió el deseo. Lo hizo presente.

Ewan volvió a besarla sonriendo y el sabor a menta se mezcló con tabaco y lluvia.

Después encontraron el ritmo.

Era rápido, pero no descuidado. Ewan besaba del modo en que discutía: proponía, escuchaba la respuesta y volvía con algo más preciso.

Su pulgar pasó una vez por la mandíbula de Ailsa, otra por el lugar bajo la oreja que había recordado.

Ella abrió la boca. Sintió el sonido que él hizo, una nota baja que no pertenecía a la juventud de ninguno.

Ailsa agarró las solapas húmedas de su abrigo. Ewan dio un paso y ella otro, hasta que el borde de la mesa de mapas tocó su cadera. Él se detuvo.

—¿Sigo?

—Sí.

La palabra aceleró algo. Ewan apoyó una mano en la mesa, junto al cuerpo de ella, y la otra en su cintura.

Ailsa sintió cada dedo a través del vestido.

Había imaginado durante años que recuperar un beso sería regresar.

No se parecía a regresar. El hombre que la tocaba tenía paciencia adquirida, cansancio en las manos y un hambre que ya no cabía dentro de una promesa hecha a los veintidós años.

Ella tampoco era la muchacha que llevaba doce libras cosidas al abrigo.

Deseaba con más conocimiento y menos inocencia.

Tiró de él.

Ewan la besó otra vez, más hondo. La mano de la cintura se desplazó hacia su espalda y se detuvo en la línea donde terminaban los botones.

Ailsa sintió el freno. Podía decirle que continuara.

Por un momento quiso saber hasta dónde llegaba aquella velocidad cuando nadie la obligaba a terminar en matrimonio.

—Ven conmigo —murmuró él contra su boca.

El futuro entró demasiado pronto en la habitación.

Ailsa dejó de tirar de sus solapas. Ewan lo sintió y se apartó antes de que ella hablara. No fue lejos. Su respiración seguía tocándole la cara.

—No —dijo Ailsa.

Él apoyó la frente en la de ella.

—No esta noche.

—No convierta mi sí en una maleta.

Ewan cerró la mano sobre la mesa. La soltó enseguida.

—He esperado ocho años.

—Yo también. No pienso pagar esa espera tomando una decisión en ocho minutos.

—No se lo pido por deuda.

—Me lo pide porque avanzar es la única forma que conoce de no tener miedo.

La frase lo hizo retroceder. Ailsa vio el momento exacto en que quiso contestar y no encontró una respuesta que no confirmara la acusación.

—La deseo ahora —dijo él al fin—. No deseo a la muchacha del abrigo.

—Lo sé.

—Y usted me desea.

—Eso también lo sabe.

—Entonces ¿qué no sé?

—Quién soy cuando no huyo con usted ni me quedo por él.

Los pasos sonaron en el corredor.

Ailsa reconoció a Lachlan por la falta de prisa.

Tuvo tiempo de separarse. No lo hizo. Tampoco volvió a besar a Ewan. Permaneció frente a él, con una mano aún cerrada sobre su abrigo, cuando Lachlan apareció en el rectángulo de la puerta.

La mirada de Lachlan pasó por la boca de Ailsa, por la mano de Ewan en el borde de la mesa y por los dedos de ella. Su anular izquierdo se había curvado hacia la palma. El resto de la mano estaba abierto.

Ewan dio un paso atrás.

—Keir.

Lachlan sostuvo un sobre.

—Muir ha presentado su objeción. Niega acceso a la correspondencia anterior a mi compra y afirma que parte fue destruida por humedad.

Ailsa soltó el abrigo de Ewan. Le dolieron los dedos al abrirse.

—Yo lo besé —dijo.

Lachlan la miró a ella.

—Lo vi.

—No ha sido un accidente.

—No parecía uno.

El tono no castigaba. La herida estaba en la precisión con que se negaba a hacerlo.

Ewan se movió hacia la puerta.

—Esto es entre su esposa y usted.

—También es entre usted y yo —dijo Lachlan—. No por ella. Por el trabajo que harán mañana en mi casa.

Ewan se detuvo.

—No utilizaré lo que acaba de ocurrir para obtener documentos.

—Bien.

—Ni aceptaré que usted los niegue para castigarla.

—También bien.

Los dos hombres se miraron. Aquel intercambio no concedía una tregua. Fijaba el precio mínimo para no convertirla en territorio.

Lachlan le entregó el sobre.

—Màiri mandó a Flora por las copias antes de que cierre la escuela. Espera en el vestíbulo.

Ailsa tomó el papel. La llave exterior del archivo pesaba en su bolsillo. Ewan seguía a su lado, con la boca enrojecida por ella. Lachlan ocupaba la puerta y no reclamaba el derecho a cerrarla.

—Iré ahora —dijo.

Salió entre ambos sin tocar a ninguno.

En el vestíbulo, Flora fingió revisar la hebilla de su bolsa. Al levantar la vista vio la boca de Ailsa y dejó de fingir. No preguntó. Recibió el sobre de Muir y la relación de cartas.

—Mañana empezaremos por Niall —dijo—. Mi madre quiere al señor Grant en la escuela a las ocho, no a las nueve.

Detrás de Ailsa, Ewan soltó una exhalación que casi era risa.

—La señora MacAskill ha decidido cobrarme la tardanza de ocho años.

Flora ajustó la bolsa.

—Mi madre no concede créditos tan largos.

Se marchó bajo la lluvia.

Ailsa volvió la cabeza. Ewan estaba en el primer peldaño de la escalera; Lachlan, al pie del corredor. Ambos esperaban que ella eligiera una dirección.

Subió sola a su dormitorio y cerró la puerta. Guardó la llave exterior del archivo en una caja para Màiri. El guante quedó sobre el tocador, abierto hasta el último botón. En el cajón, la llave del dormitorio de Lachlan no se había movido.

Por primera vez, las dos cosas le pesaron aunque ninguna estaba en su mano.