Capítulo 8. El mantel #2
Lachlan se volvió hacia Muir y no levantó la voz, y en aquella habitación eso hizo que los ocho o nueve que estaban de pie se acercaran medio paso.
—Queda suspendido el cobro de atrasos en toda la finca —dijo—.
Y queda suspendida cualquier diligencia, requerimiento, aviso o gestión que se siga de ellos, con efecto de esta noche, hasta que estos recibos se hayan cotejado uno por uno con el libro de rentas delante de testigos.
Si en el intervalo se presenta usted en una puerta con un papel, entenderé que ha dejado de trabajar para mí.
—Entiendo perfectamente al señor —dijo Muir—. ¿Debo entender también que la palabra de siete arrendatarios vale más que dieciséis años de cuentas?
—Debe entender que dos papeles que se contradicen los tiene que explicar el que escribió los dos.
El procurador de Portree carraspeó y dijo, sin que nadie le hubiera preguntado, que si aquello acababa alguna vez delante de un sheriff convenía dejar constancia esa misma noche de qué papeles se habían visto y quién estaba presente.
Sacó su cuaderno. Ailsa le dictó la lista de los siete números y él la copió, y aquella fue la única cosa útil que hizo un invitado en toda la velada.
Màiri esperó a que se hiciera silencio.
—Falta la mitad —dijo—. El archivo.
—El archivo está en desorden —dijo Muir.
—Estará. Pero mientras esté cerrado, cada vez que a esta señora le enseñen una cuenta, va a tener que creérsela.
Lachlan miró la puerta oscura del fondo del pasillo, que desde el comedor no se veía y que todos los de aquella habitación tenían presente.
—Se abre mañana —dijo.
—Con condiciones —dijo Màiri.
—Dígalas.
—Tres. —Levantó la mano y fue bajando dedos—.
Que todo lo que se saque de ahí se copie, y que la copia salga de esta casa el mismo día, a la escuela.
Que los recibos que traemos vuelvan con nosotros cada noche; los prestamos, no los entregamos.
Y que quien mire ese libro con la señora sea quien ella quiera, pero que a la puerta pueda venir cualquiera de nosotros a preguntar por dónde van.
—Concedido —dijo Lachlan.
—No he terminado. Si aparece algo, no lo arregla usted en su despacho con un apretón de manos. Se dice aquí, delante de todos.
Lachlan tardó un poco más en esa.
—Concedido.
Muir se llevó la mano al bolsillo del chaleco.
Sacó la llave del archivo y no la soltó enseguida. Era una llave de hierro, larga, con la paleta ancha, y la tuvo un momento en la palma, mirándola, y después miró a Lachlan y le dijo, en un tono absolutamente educado:
—Llevo dieciséis años en esta finca, señor. He visto morir a un propietario y arruinarse a otro. Le entrego esta llave porque usted me la pide, y le digo delante de estos señores que dentro de dos años se acordará de esta noche.
La dejó en la mano de Lachlan, no en la de Ailsa.
Iain Nicolson, que no había abierto la boca en toda la noche, habló desde el aparador cuando Muir ya iba hacia la puerta.
—Un papel se quema en tres segundos —dijo—. Este señor lleva cuarenta minutos y todavía no ha soltado el libro.
—Iain —dijo Màiri.
—Digo lo que veo.
Muir se detuvo, hizo una inclinación general que no iba dirigida a nadie y salió a buscar su capa.
Los invitados se marcharon sin postre. El comandante se despidió con mucha corrección y a su hermana se le olvidó decir que el aire era sano. El procurador se llevó su cuaderno y prometió una copia limpia de la lista.
Cuando la casa se quedó vacía, Ailsa recogió los siete recibos por las esquinas, uno a uno, en el mismo orden en que los había puesto, y los devolvió a la caja de hojalata. La cerró y se la dio a Màiri.
—A las diez de la mañana —dijo Màiri.
—A las diez.
—Y otra cosa. —Se echó el chal por encima de la caja para que no se mojara—. No confundo lo de esta noche con confianza. Usted ha despejado una mesa. Está bien. Ahora tiene que leer un libro que lleva seis años escrito por él.
Salieron todos por la puerta de servicio, que era la que daba al camino, y el ruido de los pasos se perdió ladera abajo.
Lachlan se quedó en el comedor vacío, de pie, con la llave de hierro en la mano. Tenía las mangas mojadas de haber sostenido la puerta mientras salían.
—El comandante no vuelve a esta casa —dijo.
—No.
—Y el hierro de los pilotes lo iba a conseguir su procurador.
—Sí. —Ailsa recogió la última copa del aparador—. ¿Se arrepiente?
Él lo pensó de verdad, que fue lo peor y lo mejor de la respuesta.
—A las nueve y media me arrepentí durante un minuto entero —dijo—. Cuando su procurador sacó el cuaderno. Pensé que estaba dejando constancia de que mi factor me había hecho el idiota delante de dos vecinos.
—Es exactamente lo que ha hecho.
—Ya. —Se pasó la llave de una mano a la otra—. Mañana a las diez se los devuelve usted a la señora MacAskill.
—A las diez.
—Y a las diez y cuarto abrimos el archivo.
Ailsa dejó la copa.
—No —dijo—. A las diez y cuarto lo abre usted y llama al ama de llaves para que vea lo que hay dentro antes de que entre nadie a ordenarlo. Y después lo abrimos.
Lachlan no discutió. Le dio la llave, sin ceremonia, con el gesto con que se pasa una herramienta a quien la va a usar mejor, y ella la tuvo un momento en la mano: hierro largo, frío, mucho más pesada que la de latón que llevaba tres semanas sin tocar en el cajón de su mesilla.
Subió sola. El mantel se había quedado como estaba, sin platos, con dos manchas de agua de lluvia, una de sebo y las iniciales de un muerto bordadas en la esquina; lo dobló ella misma al pasar, en cuatro, con las manchas hacia dentro.
En su cuarto abrió el cajón de la mesilla y puso la llave de hierro al lado de la de latón.
Las dos llaves quedaron juntas en la madera, del mismo metal viejo y de tamaños distintos. Una llevaba tres semanas sin usarse y no la había pedido nadie. La otra abría, al fondo del pasillo de abajo, una puerta que había estado cerrada seis años.