Capítulo 2. El bastardo de hierro
El bastardo de hierro
El casco número once estaba a medio remachar y sonaba como una campana rota cada vez que la cuadrilla acertaba en el mismo punto.
Lachlan subió por la grada hasta la altura de la segunda hilada y puso la mano en la plancha.
El acero estaba frío y vivo; el hierro nunca había estado vivo de aquella manera.
Debajo, los remachadores trabajaban a cuatro, con el muchacho de las tenazas sacando del brasero el remache al rojo y lanzándolo hacia arriba, y el que lo recogía lo recogía con un cubo porque a nadie se le ocurre coger con la mano lo que quema.
—Tres días de retraso —dijo su socio desde el tablón—. La calderería no da.
—La calderería da. Lo que no da es el pañol.
—Es lo mismo.
—No, si el que firma las compras eres tú.
Bajó. Al pisar la tierra se sacudió el óxido de la palma derecha; la izquierda no se sacude igual desde el año que un cabo mal amarrado le dejó el anular sin doblar del todo.
La cuadrilla lo saludó con la cabeza. Un capataz le enseñó una plancha con la ceja partida por un golpe de martillo, y él miró la plancha y no la ceja, porque el hombre habría preferido que mirase la plancha.
El muchacho de las tenazas falló un lanzamiento y el remache cayó al barro y se apagó con un siseo. La cuadrilla se paró. Lachlan se quitó la chaqueta, la dejó en el tablón, cogió las tenazas del brasero y sacó el siguiente él mismo. Lo lanzó. El del cubo lo cazó al primer intento.
—Más alto y menos fuerte —dijo—. No lo tires a él. Tíralo adonde va a estar su cubo.
Lo dijo sin levantar la voz, y en aquel ruido eso obliga a que todos se acerquen medio paso para oírlo, que es la única razón por la que un hombre de este río consigue que le obedezcan sin gritar.
Devolvió las tenazas. Tenía la manga de la camisa manchada de negro hasta el codo y el brazo caliente por el brasero.
—El jueves quiero la lista de los que están en el hospital y lo que cobran sus casas mientras tanto —dijo—. La lista entera, no un resumen.
Su socio esperó a que estuvieran en la oficina, con la puerta cerrada y el ruido del río al otro lado del vidrio.
—Edimburgo —dijo—. Dime que no vas.
—Voy el lunes.
—Tenemos contratos que firmar aquí.
—Tenemos contratos que no nos dejan firmar aquí.
—Lachlan se sentó y abrió el correo con el abrecartas de latón que había sido de su madre y era lo único de ella que había en aquel despacho—.
El Almirantazgo no compra a un hombre al que no han visto cenar.
El seguro no asegura al que no conocen. Llevo doce años haciendo la mejor soldadura del río y la mitad de este puerto todavía me llama por el nombre de mi padre y con un adjetivo delante.
—Y una esposa arregla eso.
—Una esposa no arregla nada. Una puerta abierta arregla algo.
Su socio le sostuvo la mirada un momento y se rindió sin ruido, como se rendían todos, más por el silencio de después que por lo dicho.
Lo que no dijo, porque no lo decía nunca, era la otra mitad.
Kilmoran estaba comprada desde octubre, pagada en firme, escriturada, y en el mapa que le había mandado el agente había una hondonada al noroeste, dentro del arriendo de las ovejas, con una hilera de rectángulos marcados como ruinas.
Su madre había nacido en uno de esos rectángulos.
Había muerto en Govan, en una habitación con la ventana pintada, creyendo que su hijo se avergonzaba de ella porque su hijo nunca había encontrado la manera de decirle lo que estaba comprando ni por qué.
Eso no cabía en una conversación con un socio. Cabía en una firma, y ya estaba firmado.
El correo de la finca llegó a media tarde: el paquete quincenal del factor, atado con bramante, con la letra estrecha de Hugh Muir en el sobre.
Órdenes de gasto, dos facturas de cercado, el arriendo del ganadero para el visto bueno y tres hojas más.
Lachlan las firmó en cuatro minutos, una encima de otra, secando cada una con el papel antes de pasar a la siguiente, porque el correo salía a las cinco y porque para eso se paga a un factor.
La última hoja era una relación de nombres con cifras al lado. La miró el tiempo justo para comprobar que las cifras sumaban lo que decía el pie. Sumaban. Firmó y no leyó un solo nombre.
La carta del procurador de Edimburgo había llegado el martes.
La leyó tres veces aquella noche, en la habitación de arriba del despacho, con las botas puestas.
El procurador escribía en nombre de lady Honoria Lennox, viuda de sir Hamish, y decía dos cosas.
La primera, que la familia consideraría el enlace en los términos que él había hecho llegar.
La segunda, que la señorita Ailsa Lennox había sido quien concibió el arreglo, que entendía de cuentas y deseaba ocuparse de la administración de la finca, y que en tal sentido rogaba al señor Keir «que no exija de ella más docilidad de la que ella misma ofrezca».
Lachlan volvió sobre esa línea las tres veces.
No conocía a la mujer. Sabía la edad, sabía el apellido y sabía lo que valía el apellido en un libro de socios.
La frase, en cambio, tenía una manera de plantarse que no era de procurador.
Un procurador habría escrito «se ruega la mayor consideración».
Aquello era de alguien que había medido la palabra docilidad, la había encontrado insuficiente y había decidido usarla igual, con una condición encima.
Le gustó la mujer que habría escrito esa frase.
Dobló la carta y se la guardó en el bolsillo interior, y allí siguió el lunes por la mañana cuando el criado de Charlotte Square le abrió la puerta y le miró las botas antes que la cara.
El salón olía a fuego reciente y a un dinero que ya no estaba. Lady Honoria lo recibió de pie, le tendió la mano y le ofreció el sillón bueno, todo en el mismo movimiento; era una mujer que hacía tres cosas a la vez y ninguna deprisa. La plata del té no hacía juego. Él lo vio y decidió no verlo.
—Mi hija bajará enseguida —dijo ella—. Estará terminando algo.
—¿Qué está terminando?
—Nada importante. —Honoria se sentó y le indicó el sillón otra vez, por si no lo había entendido la primera—.
Señor Keir, quiero decirle una cosa antes de que baje, porque después no podré.
Esto lo pensó ella. Yo no soy tan lista.
Yo habría vendido la casa de campo, habría alquilado algo en Trinity y habríamos vivido tres años estupendos y el cuarto de limosna.
Fue Ailsa la que se puso a mirar los vencimientos y la que dijo un nombre.
—El mío.
—El suyo. —Le sostuvo la mirada con una calidez perfectamente auténtica—. Le pido una sola cosa, y no es por mí. No le exija más de lo que ella le dé. Se lo darán todo si se lo dejan dar; es la clase de mujer que hace las cuentas de una casa entera y después pide permiso para encender una vela.
Lachlan no contestó. Se preguntó, sin darle importancia, por qué una madre necesitaba pedirle eso a un hombre al que su hija había elegido.
Ailsa Lennox entró dos minutos después con los guantes puestos.
Lachlan se levantó. Le vio primero la mano izquierda, apoyada un instante en el respaldo de la silla para rodearla: el guante estaba tenso sobre el dedo corazón, en el segundo nudillo, con esa deformación mínima que hace un callo de pluma cuando lleva años haciéndose.
Después le vio la cara. Era alta, de nariz larga, y llevaba el pelo recogido con más alfileres de los que hacen falta.
—Señor Keir.
—Señorita Lennox.
Ella miró la mano de él. No la cara: la mano, la izquierda, que Lachlan tenía apoyada en el borde de la mesa con el anular fuera del puño porque de otro modo no se apoya.
Él la retiró y la metió en el bolsillo. Ella siguió mirando el sitio donde había estado, y él supo, con una certeza incómoda, que estaba contando las quemaduras que había alcanzado a ver.
Se sentaron. Honoria sirvió.
—Mi madre le habrá dicho que le puse tres condiciones —dijo Ailsa.
—Me lo escribió un procurador. Los libros, el estado de liquidación de la compra y trabajo.
—Trabajo de verdad. No la despensa.
—Los libros son de la finca y el factor los tiene en Kilmoran —dijo él—. Le daré una orden por escrito para él. El estado de liquidación está en Glasgow; se lo mandaré copiado. Y añado uno.
—¿Añade?
—El contrato del arriendo de los pastos altos. Si va a mirar las cuentas, mire también lo que las sostiene.
Ella dejó la taza en el platillo sin ruido.
—Entonces le ahorro una semana. La proyección que mandó su agente está inflada alrededor de un doce por ciento. Los pastos altos figuran arrendados enteros a un ganadero y, tres líneas más abajo, produciendo un ingreso de pastoreo de verano de los arrendatarios. La misma tierra, dos veces.
Honoria se movió en el sofá.
—Querida, el señor Keir no ha venido a...
—Sí ha venido a eso —dijo Lachlan.
Se hizo un silencio del tamaño exacto de aquella frase. La madre volvió a sentarse.
Lachlan sacó el lápiz y la libreta que llevaba siempre en el bolsillo del chaleco, apoyó la libreta en la rodilla y dijo:
—Repítalo con las cifras.
Ailsa se las dio de memoria: extensión, renta del ganadero, la línea de pastoreo, la diferencia.
Hablaba como se habla cuando se ha hecho la cuenta dos veces y una de ellas al revés.
Tenía una voz sin adornos, que bajaba un poco al llegar a los números, y Lachlan se descubrió esperando esa bajada, y después esperándola otra vez.
Anotó. Cuando terminó, tachó una cifra suya de agosto y escribió encima la de ella.
—El agente cobra por comisión de venta —dijo—. Debí revisarlo yo.
—Sí.
—Lo revisaré.
—También debí decírselo con menos gusto —contestó Ailsa—. No lo he hecho.
Fue la primera vez que él estuvo cerca de reírse en aquella casa.
—¿Cuándo quiere ir a Kilmoran? —preguntó ella.
—Después de Año Nuevo. El embarcadero hay que empezarlo en marzo y quiero estar antes.
—¿Y qué piensa hacer con los atrasos?
Lachlan la miró. Estaba sentada muy recta, con las manos quietas, y había hecho la pregunta en el mismo tono con que había pedido el azúcar.
—Cobrarlos —dijo—. Y después dar trabajo pagado a quien los deba, para que el año que viene no los deba. Un jornal al mes vale más que un pasto.
—¿Se lo ha preguntado a alguien de allí?
—Se lo he preguntado a los números.
—Los números no le van a contestar eso —dijo Ailsa, y bebió.
No fue una impertinencia. Fue una anotación al margen, hecha en voz alta, del mismo modo que había dicho lo del doce por ciento, y Lachlan la guardó con el mismo cuidado que había guardado la otra, aunque esta le gustara bastante menos.
El procurador de la familia llegó a las doce con el contrato.
Se leyó en la mesa del comedor, con Oliver Lennox sentado al extremo, cortés e inútil, firmando donde le señalaban.
Lachlan había mandado incluir una cláusula la semana anterior: cuanto la señorita Lennox aportara al matrimonio, cuanto recibiera después por herencia o por su propio trabajo, y las rentas de ello, quedaban fuera del alcance del marido y de los acreedores del marido, en los términos que la ley permitiera a un matrimonio celebrado ahora.
—Es una generosidad poco común —dijo Honoria.
—Es una precaución —dijo Lachlan—. Los astilleros quiebran.
Ailsa leyó el contrato entero. Lo leyó despacio, con el dedo debajo de la línea, mientras el procurador miraba el reloj y su hermano miraba la ventana. Tardó veintidós minutos. En dos sitios se detuvo y volvió atrás. No preguntó nada.
Después firmó, y firmó sin ninguna clase de gesto, como se firma un albarán.
Cuando el procurador recogía sus papeles, Ailsa se levantó y fue hasta la ventana. La luz de noviembre le dio en la nuca, donde el pelo se le juntaba bajo el último alfiler, y Lachlan apartó la vista hacia el contrato, que era lo que había ido a mirar.
—Señor Keir.
—Señorita Lennox.
—Le voy a decir lo que soy, para que después no se sorprenda.
—Seguía de espaldas—. Llevo cuatro años llevando esta casa desde una habitación en la que no entra nadie.
He negociado tres prórrogas con Milne y una con Wilkie, y las conseguí porque escribí las cartas y las firmó mi hermano.
Si en Kilmoran voy a hacer lo mismo con otro apellido encima, dígamelo hoy y buscamos otra manera de pagarle a Fraser, Kinnaird y Compañía.
—No.
—¿No qué?
—No va a firmar su nombre otro hombre.
Ella se volvió. Se quedaron mirándose el tiempo que tarda en enfriarse una taza y él tuvo la sensación exacta de estar cerrando un contrato distinto del que había encima de la mesa.
Lachlan se fue a las cuatro. En la puerta, lady Honoria le tomó las dos manos, incluida la izquierda, y se la sostuvo un segundo más de lo necesario.
—Ha hecho usted feliz a una familia —dijo.
Camino de la estación pensó en lo que acababa de comprar: una casa en la que entrar, un nombre delante del suyo en las listas y, sin haberlo previsto, una mujer capaz de encontrar en tres minutos un error que a él le habría costado un trimestre.
Le pareció un negocio mucho mejor de lo que había ido a hacer.
En el vagón, con el humo pegado al vidrio y el Clyde apareciendo y desapareciendo entre almacenes, sacó otra vez la carta del procurador y buscó la línea. Que no exija de ella más docilidad de la que ella misma ofrezca.
Aquella tarde la mujer había hablado de un doce por ciento, de un arriendo y de un agente que cobra comisión. No había dicho una sola palabra sobre docilidad, ni sobre lo que ofrecía, ni sobre haber concebido nada.
Lachlan guardó la carta. La idea no llegó a formularse del todo, y se quedó donde se quedan las cosas que uno decide mirar más tarde: en el bolsillo, contra el pecho, doblada en tres partes iguales por una mano que no era la suya.