Donde Termina el Miedo Capítulo Treinta Y Cinco Lo Que Hace El Amor #4
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Capítulo Treinta Y Cinco Lo Que Hace El Amor #4

“Qué hizo.”

“Lo dejó.”

Miré el medallón.

“No lo usó.”

“No.”

“Y usted.”

“Tampoco.”

“Entonces por qué sigue existiendo.”

Carrow miró la ciudad.

“Porque ninguno confió en el mundo lo suficiente para

destruirlo.” Eso era honesto. Terrible. Humano.

Miré el medallón. Poder absoluto. Información.

Protección. Control. Miedo. Mi apellido entero dentro de un objeto lo bastante pequeño para caber en mi mano.

Pensé en cómo mi padre había querido hacer el mundo más pequeño cuando tenía miedo.

Pensé en mí haciendo lo mismo. Pensé en Nerissa diciendo a mi lado. No delante.

No detrás. A mi lado.

“No.”

Carrow me miró.

“Qué.”

“No lo quiero.”

Silencio.

“Lucien.”

“No.”

La palabra salió más fuerte. Más limpia.

“No quiero Briar.”

“Puede proteger a su familia.”

“No.”

“Puede encontrar a Romano.”

“No necesito Briar para eso.”

“Puede saber quién los vigila.”

“No.”

Carrow me estudió.

“Puede evitar sorpresas.”

Ahí estaba. La tentación. Exactamente en el lugar correcto. No más fotografías. No más desconocidos. No más esperar. No más miedo. Mi padre había querido eso. Mi abuelo también. Yo también. Ese era el problema. Miré el medallón.

“Ese es el miedo hablando.”

Carrow se quedó inmóvil.

“Sí.”

Empujé el medallón hacia él.

“Entonces no decide.”

Por primera vez, Damian Carrow pareció sorprendido.

“No lo entiende.”

“Creo que sí.”

“Si lo deja, alguien más puede intentarlo.”

“Entonces destruya la parte física.”

“No es suficiente.”

“Qué más.”

“Los registros.”

“Destrúyalos.”

“Algunas personas morirán.”

Silencio. Ahí estaba la parte imposible. No había decisión limpia. Nunca la había.

“Entonces separamos.”

Carrow frunció el ceño.

“Qué.”

“Protección de control.”

Me senté.

“Los testigos siguen protegidos.”

Una pausa.

“Los archivos de chantaje mueren.”

Otra.

“Los datos que mantienen vivos a inocentes se

preservan.” Otra.

“Todo lo que existe para controlar a gente que nunca

eligió estar dentro se destruye.” Carrow me miró.

“Eso puede tomar años.”

“Entonces toma años.”

“Necesitará poder.”

“Ya tengo suficiente.”

“Recursos.”

“También.”

“Confianza.”

Eso me hizo reír.

“Esa parte será más difícil.”

Carrow sonrió.

“Adrian dijo lo mismo.”

Cerré los ojos. Solo un segundo. Cuando los abrí, sabía. No todo. Suficiente. Mi padre no me había dejado una herencia. Me había dejado una pregunta. Qué harás con el miedo cuando por fin tengas poder suficiente para obedecerlo. Yo tenía mi respuesta.

“Llamo a Gabriel.”

Carrow asintió.

“Y a Nerissa.”

Sus cejas se levantaron.

“Por qué.”

“Porque forma parte de la decisión.”

“Briar es Moretti.”

“No.”

Lo miré.

“Ese era el problema.”

Saqué el teléfono. Nerissa contestó al primer tono.

“Estás bien.”

No era pregunta. Sonreí.

“Sí.”

“Qué pasó.”

Miré el medallón. Luego a Carrow.

“Elegí.”

Silencio.

“Qué.”

“No Briar.”

Su respiración cambió.

“Lucien.”

“Pero no podemos destruir todo.”

“Por los testigos.”

“Sí.”

“Entonces qué.”

“Lo desarmamos.”

“Nosotros.”

“Sí.”

Pausa.

“Quiero estar ahí.”

Miré a Carrow. Sonrió.

“Lo sé.”

“Eso fue irritante.”

“Estoy aprendiendo.”

“Mal.”

“Ven arriba.”

Silencio.

“De verdad.”

“Sí.”

“Lucien.”

“Te dije que formas parte de la decisión.”

Su voz se suavizó.

“Voy.”

Terminamos la llamada. Carrow me observaba.

“Ella cambia su forma de pensar.”

“Sí.”

“Eso no le molesta.”

“Constantemente.”

Sonrió.

“Adrian estaría orgulloso.”

La frase me dolió. No la rechacé.

“Lo sé.”

Esa fue la diferencia. Por primera vez, lo sabía. Nerissa salió del ascensor cinco minutos después. Gabriel detrás. Caminó hacia mí. No miró primero a Carrow. Me miró a mí.

“Estás bien.”

“Sí.”

“Seguro.”

“Sí.”

Me abrazó. En frente de Carrow. Gabriel. La ciudad. No me importó. Le rodeé la cintura. Ella respiró contra mi cuello.

“Elegiste.”

“Sí.”

“Por qué.”

Me aparté lo suficiente para verla.

“Porque no quiero una vida en la que el miedo pueda

darme algo y yo lo confunda con amor.” Sus ojos se llenaron.

“Eso fue…”

“Muy bueno.”

“Sí.”

“Lo sé.”

Me golpeó suavemente el pecho. Sonreí. Entonces Carrow habló.

“Ahora entiendo.”

Nerissa se giró.

“Qué.”

Él miró entre nosotros.

“Por qué Adrian creyó que él podía hacer lo que él no.”

Fruncí el ceño.

“Qué.”

“Soltar.”

Silencio. Nerissa tomó mi mano. Carrow miró el medallón.

“Adrian sabía que el poder no se destruye solo porque

un hombre decida no usarlo.”

“Sí.”

“Necesitaba a alguien que supiera elegir otra cosa.”

Miré a Nerissa. Ella ya me estaba mirando.

No mía. Elegida. Y yo también. Elegido. Por ella.

Por mí mismo. No por mi padre. No por mi abuelo.

No por un apellido. El amor no me había hecho menos Moretti.

Me había enseñado que ser Moretti no tenía que decidir quién era.

Eso era lo que hacía el amor. No te salvaba.

No borraba el miedo. No hacía que el mundo fuera seguro.

Te daba algo suficientemente real como para obligarte a preguntarte quién querías ser cuando tenías algo que perder. Y luego te pedía que eligieras. Una y otra vez. Incluso cuando la elección más vieja fuera más fácil. Especialmente entonces.