Donde Termina el Miedo Capítulo Treinta Y Cinco Lo Que Hace El Amor #3
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Capítulo Treinta Y Cinco Lo Que Hace El Amor #3

Me di la vuelta.

“Palm Beach.”

Me detuve.

“Qué.”

“Conocí a Adrian en Palm Beach.”

Miré hacia atrás. Selene ya no sonreía.

“Hace seis años.”

Tres semanas antes de morir.

“Carrow también.”

Mi pulso bajó. La escuché. Eso era lo difícil. Mi padre me lo había pedido desde una carta escrita dos décadas antes. Escucha antes de actuar. Me quedé.

“Habla.”

Selene respiró.

“Adrian fue a Florida para reunirse con Carrow.”

“Por qué.”

“Briar.”

“Qué quería.”

“Destruirlo.”

“Carrow.”

“No.”

“Mi padre.”

“Sí.”

Eso encajaba. No me gustaba lo bien que encajaba.

“Y Carrow.”

“Quería conservar partes.”

“Qué partes.”

“Las que protegían personas.”

“Eso suena noble.”

“Lo era.”

“Y cuáles quería destruir.”

“Las que controlaban personas.”

Silencio. Esa era exactamente la línea. Protección. Control. Mi padre. Yo. Nerissa.

“Qué salió mal.”

Selene miró hacia la oficina. Luego a mí.

“Romano.”

Claro.

“Qué hizo.”

“Intentó vender acceso.”

“Al archivo.”

“Sí.”

“Carrow lo supo.”

“Sí.”

“Mi padre.”

“Sí.”

“Y.”

“Se reunieron.”

“Qué pasó.”

“Adrian creyó que Romano estaba actuando solo.”

“Y no.”

Selene negó con la cabeza.

“No.”

“Carrow.”

“Carrow tampoco.”

Mi paciencia se terminó.

“Entonces quién.”

La miré. Por primera vez, vi miedo. Real.

“Briar.”

La palabra cayó absurda.

“Briar no es una persona.”

“No.”

“Entonces no puede actuar.”

“Puede si suficiente gente depende de que siga

existiendo.” Silencio. Lo entendí. No una organización. Un sistema. Una red de personas que tenían algo que perder si los registros desaparecían. Jueces. Policías. Empresarios. Familias. Criminales. Políticos. Personas que podían no conocerse y aun así tener el mismo incentivo.

“Mi padre intentó cerrar un sistema que demasiada

gente necesitaba.”

“Sí.”

“Por eso falló.”

“Sí.”

“Y Carrow.”

“Intentó contenerlo.”

“Por eso sigue vivo.”

“Tal vez.”

Mi mandíbula se tensó.

“Y mi padre está muerto.”

Selene no respondió. No necesitaba hacerlo.

“Cree que lo mataron.”

“Creo que su muerte fue un ataque al corazón.”

Frío.

“Eso no fue lo que pregunté.”

“No.”

Esperé.

“Creo que el estrés de aquello que estaba intentando

hacer lo estaba destruyendo.” Eso dolió de una forma distinta. No conspiración. No asesinato. Algo más humano. Mi padre despierto a las tres. Sentado en la cocina. Con miedo todo el tiempo.

“Carrow estaba con él.”

“Días antes.”

“Qué hablaron.”

“No sé todo.”

“Qué sabe.”

“Adrian quería que, cuando usted tomara el control,

Briar no pudiera reconocerlo automáticamente como heredero.” La palabra regresó.

“Por qué.”

“Porque no quería que usted heredara una máquina que

nunca eligió.” Mi garganta se cerró.

“Entonces por qué dejaron cosas para mí.”

“Porque destruirlo por completo era imposible.”

“Así que me lo dejaron.”

“No.”

Selene me miró.

“Le dejaron la elección.”

Silencio. Eso era peor. Y mejor. A mi padre le había tomado toda la vida aprender algo que yo recién empezaba a entender. Poder ofrecido seguía siendo poder elegido. No heredado. No obligado. Elegido.

“Cuál es la llave.”

Selene sonrió apenas.

“Carrow se lo dirá.”

“Dónde.”

“Esta noche.”

“Lugar.”

Me dio una dirección. Hotel. Azotea privada. Demasiado teatral.

“Qué quiere a cambio.”

“Nada.”

“Todo el mundo quiere algo.”

“Carrow quiere saber qué hará usted con la posibilidad

de decir que no.” La frase me siguió durante todo el camino de regreso. Nerissa estaba en una suite segura a diez minutos. Gabriel abrió la puerta. Ella se puso de pie de inmediato.

“Qué pasó.”

Le conté. Todo. Selene. Mi padre. Carrow. Briar. La elección. Cuando terminé, Nerissa se quedó inmóvil.

“Entonces esto…”

Miró hacia la ventana.

“Todo esto puede terminar si dices que no.”

“No lo sabemos.”

“Pero puede.”

“Sí.”

“Y si dices que sí.”

“Obtengo acceso.”

“A qué.”

“No lo sé.”

“Eso es aterrador.”

“Sí.”

“Quieres hacerlo.”

La miré.

“No sé.”

Eso era la verdad. Me sorprendió. Ella también lo vio.

“Hace un mes habrías dicho que sí.”

“Probablemente.”

“Por qué.”

“Porque poder saberlo todo parece útil.”

“Y ahora.”

Pensé en mi padre. En su casa. En mi madre. En las persianas cerradas. En la foto tomada a través de la ventana. En mí queriendo encerrar a Nerissa porque no sabía dónde estaba el peligro.

“Ahora sé lo que cuesta.”

Su expresión se suavizó.

“Lucien.”

“Qué.”

“Eso es lo que hace el amor.”

La miré.

“Qué.”

“Te muestra el costo de convertir algo en una

herramienta.” Silencio.

“Antes de mí, Briar habría sido información.”

“Sí.”

“Ahora también ves personas.”

“Sí.”

“Eso no te hace débil.”

“Lo sé.”

Sonrió.

“Bien.”

Cerré los ojos.

“Eres una amenaza.”

“Una elegida.”

Los abrí. Me estaba sonriendo. No pude evitarlo.

La besé. Esa noche, subí solo a la azotea.

Solo en el sentido técnico. Gabriel estaba abajo.

Seguridad cubría los accesos. Nerissa estaba en una suite dos pisos más abajo.

Habíamos discutido eso durante veintisiete minutos.

Había perdido dos veces. Ganado una. La puerta se abrió. Damian Carrow ya estaba allí.

Traje oscuro. Sin corbata. Por supuesto. Los hombres con problemas parecían tener una guerra personal contra las corbatas. Se giró.

“Lucien.”

“Damian.”

Sonrió.

“Tu padre hablaba de ti.”

“Eso se está volviendo popular.”

Su sonrisa creció.

“También decía que eras impaciente.”

“Tenía razón.”

“Escuchar primero.”

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

“Lo conoció.”

“Sí.”

“Qué quería de usted.”

“Lo mismo que quieres.”

“No sabes qué quiero.”

“Exactamente.”

Eso me irritó. Carrow caminó hacia la barandilla. La ciudad brillaba abajo.

“Briar no es una organización.”

“Lo sé.”

“Es una arquitectura.”

“De información.”

“De dependencia.”

Me quedé quieto.

“Tu abuelo descubrió que la mejor forma de controlar a

alguien no era amenazarlo.” Carrow miró la ciudad.

“Era asegurarte de que creyera que necesitaba aquello

que tú controlabas.” La frase cayó demasiado cerca de casa.

“Mi padre quiso destruirlo.”

“Sí.”

“Usted no.”

“No completamente.”

“Por qué.”

“Porque algunas personas viven gracias a él.”

“Testigos.”

“Sí.”

“Informantes.”

“Sí.”

“Personas escondidas.”

“Sí.”

“Y también criminales protegidos.”

Carrow me miró.

“Sí.”

“Entonces no es noble.”

“No.”

“Qué es.”

“Una herramienta.”

Negué con la cabeza.

“No.”

Carrow levantó las cejas.

“Eso dijeron todos antes de usarla.”

Pensé en Nerissa. El costo de convertir algo en herramienta.

“Cuál es la llave.”

Carrow me miró durante mucho tiempo. Entonces sacó algo del bolsillo. Una moneda. No. Un medallón. Negro. Metal. Una M pequeña grabada en un lado. La dejó sobre la mesa. Mi pulso cambió.

“Eso.”

“Parte.”

“Qué parte.”

“La física.”

“Y la otra.”

“Usted.”

Silencio. Me reí una vez.

“Eso es ridículo.”

“Briar fue diseñado para aceptar una sucesión

biométrica y legal.”

“ADN.”

“Parte.”

“Qué más.”

“Firma. Credenciales históricas. Códigos.”

“Y.”

“Una frase.”

“Qué frase.”

Carrow sonrió.

“Su padre la cambió.”

Mi mandíbula se tensó.

“Por qué.”

“Porque quería que solo usted pudiera decidir.”

“Cuál es.”

Carrow miró el medallón.

“Lo que el miedo protege, el amor debe liberar.”

El mundo se quedó en silencio. No por la frase. Por mi padre. Eso sonaba a él. No al hombre que había conocido de niño. Al hombre que había sido al final. El hombre que me había escrito que quería que fuera mejor.

“Qué ocurre si lo uso.”

“Obtiene acceso.”

“Todo.”

“Todo.”

“Y si no.”

“Briar se queda bloqueado.”

“Para siempre.”

“No.”

“Para quién.”

“Para el siguiente heredero.”

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

“No habrá uno.”

Carrow levantó las cejas.

“Eso es una declaración grande.”

“Es una decisión simple.”

Ningún hijo mío heredaría esto. La certeza llegó limpia.

“Entonces puede morir con usted.”

“Puede.”

Carrow me observó.

“Romano cree que lo usará.”

“No.”

“Él cree que el poder termina ganando.”

“No.”

“Qué cree usted.”

Pensé en mi padre. Mi madre. Nerissa. El piano. El sillón verde. La puerta abierta. El miedo sin voto.

“El poder no vale nada si destruye aquello que intentas

proteger.” Carrow sonrió. Triste.

“Adrian dijo casi lo mismo.”

Mi garganta se cerró.