CAPÍTULO CINCUENTA
Nathan
Regresamos al destartalado porche en busca de sombra.
Dorothy toma asiento en los escalones, con Kevan a su otro lado.
Me apoyo contra el viejo poste del porche, que sigue siendo resistente y sostiene el techo hundido.
Con un pie apoyado en el porche, descanso el antebrazo sobre la rodilla y espero a oír qué más tiene que decir Dorothy.
Me da vueltas la cabeza con un millón de preguntas.
—Nate, sé que ya te he abrumado con muchas noticias, pero hay una cosa más que debes saber.
Me necesitabas, y siempre he estado aquí.
Me convertí en tu madrina porque me necesitabas.
Te di un trabajo porque así te tenía cerca.
Supongo que yo también te necesitaba. Pero cuando me llegó la hora, me quedé contigo porque aún no era momento de irme. Sabía que este día llegaría.
—¿Quedarse conmigo? No entiendo, señorita Dorothy.
Desvío la mirada más allá de Dorothy y veo a Kevan con los ojos clavados en el suelo, como si ya supiera lo que Dorothy va a decir. Siento que me han ocultado las cosas una vez más.
—¿Recuerdas cuando trabajaste en ese proyecto hace unos años en el norte del estado de Nueva York? ¿El que te mantuvo fuera durante un año?
—Sí.
—Durante ese tiempo, empecé a sentirme mal y Frances me obligó a ir al médico. Insistió mucho, aunque yo no quería. Me diagnosticaron cáncer en fase cuatro.
Bajo el pie al suelo y me incorporo.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Lo digo con más brusquedad de la que debería.
Dorothy levanta la palma como para calmarme y dice:
—Déjame terminar, hijo. Primero, necesitabas terminar ese trabajo porque era mucho dinero, y segundo, odio que me anden con aspavientos. Lo sabes.
Como no digo nada, Dorothy continúa.
—Y después de que yo... bueno, después, me quedé por ti. Todavía me necesitabas, porque tenía que llegar el día en que se revelara la verdad sobre tu hermana. Por lo visto, el universo decidió que había llegado el momento para los dos.
Permanezco en silencio y me siento más huérfano que antes.
No puedo evitar preguntarme si he oído bien, pero cuando miro a las dos mujeres sentadas frente a mí, sé que sí.
Parece que Kevan ha aceptado todo esto, pero a mí me está costando mucho más asimilarlo.
No sé si alguna vez lo conseguiré. A Kevan le han dicho toda su vida que tiene un don.
Lo creyera o no, creo que eso sirvió para amortiguar el golpe.
—¿Cómo se mantuvo esto en secreto? O sea...
Noto que tartamudeo y me obligo a tragar saliva y empezar de nuevo.
—¿Hubo un funeral? ¿Un entierro?
—Frances se encargó de todo. Hizo lo que le pedí y lo mantuvo en secreto. Mis cenizas están en casa de Frances. Kevan puede encargarse de hacértelas llegar. ¿Verdad, querida?
Kevan dice:
—Recuerdo haber visto una urna amarilla en su estantería. También recuerdo que hace años me dijo que acababa de perder a una amiga muy cercana. ¿Eras tú?
—Sí.
Dorothy hace una pausa.
—Le pedí a Frances que guardara mis cenizas hasta que llegara el momento de que Nathan lo supiera. Ella se fue antes de lo esperado.
Dorothy se vuelve hacia Kevan y añade:
—Tu abuela dejó sus diarios conmigo, y siguen en mi casa. Creo que ha llegado el momento de que los tengas.
Se vuelve de nuevo hacia mí.
—¿Nate? ¿Podrías asegurarte de que los reciba?
—Sí.
Con voz temerosa, Kevan pregunta:
—¿Gammie pudo verte después de que tú...?
Su voz se apaga.
—No. Pero creo que sabía que seguía por aquí. Cuidando de las cosas hasta que llegara este día. Supongo que ella no me necesitaba, pero sabía que Nathan sí.
—¿Y ahora? ¿Te quedarás?
Sonríe con tristeza.
—Solo podéis ver a los espíritus que se quedan con vosotros porque no sabéis que somos espíritus. En cuanto lo descubrís, pronto perdemos la capacidad de ser vistos.
Dorothy se vuelve para mirar a Kevan.
—Porque normalmente significa que ya no nos necesitáis.
Todo lo que acabo de descubrir me da vueltas en la cabeza. Tener que despedirme de mi hermana y de mi madrina al mismo tiempo es casi más de lo que puedo soportar.
Dorothy se pone de pie. Como si pudiera leerme el pensamiento, nos dice con suavidad:
—Sé que este día ha estado lleno de revelaciones y angustia, pero todo esto os ha unido, y eso no es coincidencia. Es el destino.
Miro de Dorothy a Kevan, cuyos ojos se llenan de compasión y calidez mientras me devuelve la mirada. Siento una conexión repentina y profunda con ella, y a pesar del impacto de todo esto, algo nuevo empieza a echar raíces en mi interior.
Como si fuera una señal, un denso banco de nubes se aparta del sol y una oleada de luz baña todo lo que nos rodea.
Le dedico a Kevan la más cálida de las sonrisas.
Veo cómo su mirada recorre la pared del porche de la vieja casa hasta detenerse en una densa maraña de enredaderas frondosas que se han adherido a la fachada.
Parecen haber brotado allí esta misma mañana, con flores blancas y cremosas salpicando las ramas.
Una suave brisa sopla y esparce el dulce aroma de la madreselva por el aire.
Observo cómo Kevan cierra los ojos mientras lo aspira.