Donde permanecen los secretos (La trilogía de los secretos 1) CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO
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CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO

Kevan

Finales de verano

Mis pensamientos rebotan como un pájaro atrapado en una habitación con las ventanas cerradas.

Me inclino y recojo el rectángulo de cuero negro; la cadena tintinea a medida que cada eslabón se despega del suelo.

Extiendo la otra mano, voy dejando caer la cadena eslabón a eslabón y examino la cartera por ambos lados.

El pliegue rígido cruje al abrirla y miro los bolsillos del interior: todos vacíos.

Caigo en la cuenta. ¡Mi madre lo sabía! ¿De qué otra forma habría conseguido esto?

¿Se lo dio Gammie? ¿Se lo contó? Clavo la mirada en la pared, esperando que las respuestas aparezcan solas, pero no llegan.

Vuelvo a mirar lo que sostengo en las manos y, por instinto, lo arrojo de nuevo al suelo, como si me hubiera quemado; me tiemblan las manos.

Descubrir lo que pasó ese día, recuperar ese recuerdo, todavía me provoca reacciones inesperadas.

Me tomo un segundo para recuperar la compostura, me agacho a recoger la caja de metal, la dejo sobre la cama y despego el sobre adherido al interior de la tapa. Deslizo el dedo bajo el borde de la solapa, la rasgo y saco el trozo de papel de cuaderno.

Mi querida Kevan:

El corazón me da un vuelco ante esas palabras cariñosas que jamás había oído de mi madre. Intento imaginar cómo habrían sonado si las hubiera pronunciado con su propia voz, pero el sonido no toma forma en mi mente.

Veo que encontraste mi escondite. ¿A que fue ingenioso? Sé que debes tener un enjambre de preguntas ahora que lo has encontrado. Aquí tienes algunas respuestas que quizá estés buscando.

Sé que crees que te di de lado hace años, pero la verdad es todo lo contrario.

La verdad es que estoy muy orgullosa de quien eres.

Siempre lo he estado. A lo largo de los años, te veías tan feliz y mentalmente sana sin tus hermanos ni yo en tu vida.

Cuando dijiste que te casabas a los diecisiete, supe que él no era el hombre para ti, pero era tu pasaporte a una vida mejor.

Quería que salieras de aquí y no volvieras, así que nunca insistí en que vinieras más a visitarnos.

Claro, tenía que fingir que estaba enfadada porque no venías, pero estar lejos, lejos de la locura de este lugar, era la mejor vida para ti.

Tu hermano Matthew entendió mis razones, pero James nunca llegó a entenderlo del todo.

Aun así, ellos también querían lo mejor para ti.

Sabía que te iría mejor lejos de aquí. Seamos sinceras: a las chicas de por aquí no les dan las mismas oportunidades que a los chicos, así que sabía que tenía que dártelas yo.

Yo también me habría ido si hubiera estado en los planes de Dios, pero no lo estaba.

Tu Gammie siempre me mantenía al día de lo que hacías y se aseguraba de que supiera de todos tus éxitos.

Tuve que quererte desde la distancia, que es una de las cosas más difíciles para una madre.

Hay tantas cosas de las que nunca te diste cuenta sobre mí.

Cuando eras niña, sabía que te escabullías a un lugar secreto.

Lo descubrí porque te seguí un día. De hecho, te estuve observando mucho tiempo.

Te vi jugar con tu amiguita y me emocionó que tuvieras una.

Por eso nunca te impedí ir. Así que, entre tu Gammie y yo, siempre nos aseguramos de que llegaras a salvo, pero te dejamos ir cada vez que tenías la oportunidad de escabullirte.

Incluso después de la muerte de tu amiga, te dejé ir porque era lo que necesitabas.

Sabía que todavía la veías, de alguna manera, cuando ibas allí.

Tu Gammie siempre creyó que era parte de tu don y que ocurría porque aún la necesitabas.

Así que guardamos tu secreto, y también el nuestro.

Me detengo un momento. Se me pone la piel de gallina en los brazos y miro por la ventana hacia el patio trasero desordenado, sin ver nada en realidad. ¿Secreto? Confundida, sigo leyendo.

A estas alturas, sé que has encontrado la cartera de tu padre y tienes preguntas sobre cómo la conseguí.

Al principio, intenté asustarte para que no buscaras respuestas sobre lo que pasó ese día.

No quería que volvieras a ese lugar. Pensé que la nota en tu coche bastaría para asustarte. Siempre fuiste terca.

Voy a suponer que ya lo sabes, puesto que estás leyendo esto.

Esta es la verdad. Esa horrible mañana, tu Gammie vino a verte, pero ya te habías ido.

Tuvo el presentimiento de que algo malo iba a pasar ese día, y cuando se marchó, algo me dijo que debía seguirte.

Me alegro mucho de haberlo hecho. Ojalá hubiera llegado antes para salvar a tu amiga.

Cuando salí del bosque, tomé una decisión allí mismo.

Te elegí a ti. No creo que necesites saber los detalles de ese día, pero debes saber que siempre te elegí a ti.

No me malinterpretes: amaba a tu padre y siempre lo amaré.

La vida con él fue más una maldición que una bendición, pero era la vida que me había tocado.

Permíteme terminar diciendo que te has convertido en la mujer que siempre quise que fueras.

Independiente y fuerte. Eres diez veces más mujer de lo que yo podría ser jamás, y me siento muy afortunada de haber sido tu madre.

Por favor, no lo olvides nunca. Cuídate y sigue haciendo realidad el sueño que tenía para ti.

Con amor, Mamá

Una sola lágrima resbala por mi mejilla y siento el corazón latiéndome con un ritmo errático mientras asimilo lo que acabo de leer.

No puedo moverme ni apartar la mirada de la carta de mi madre.

Beth me contó lo que pasó ese día, pero simplemente asumí que fue Gammie quien mató a mi padre. ¡No fue ella! ¡Fue mi madre!

Leo la carta de nuevo. Mientras lo hago, el pasado comienza a reescribirse.

Mi madre no era la persona que siempre pensé.

Pasé toda mi vida tratando de no convertirme en un calco de ella, pero ahora que lo pienso, supongo que me parezco a ella más de lo que creía.

Tuvo que ser una mujer fuerte para vivir una mentira durante tanto tiempo, alejando a su propia hija para que esa hija pudiera tener una vida mejor que la suya.

De alguna manera, yo también he vivido una vida de mentiras, solo que las mías fueron por razones más egoístas.

Me invade la culpa al conocer ahora la verdad.

Doblo la carta y la guardo en el bolso, luego devuelvo la caja de metal con la cartera a su escondite.

Mis hermanos jamás la encontrarán allí, y no es algo que desee conservar.

Todo lo relacionado con mi padre ha quedado en el pasado, y saber que mi madre estuvo de mi lado todo el tiempo me da la paz definitiva que he estado buscando.

Ojalá hubiera sabido antes de su amor y su sacrificio, pero supongo que la paz y este lugar nunca estuvieron destinados a convivir.

Mi madre lo sabía. Había demasiados recuerdos dolorosos.

Ahora lo veo claro: el hogar era donde habitaba el dolor.

Vuelvo a pegar el papel adhesivo en su sitio y devuelvo los objetos al estante, doblo la escalera de mano y la guardo en el armario del pasillo.

Cierro la puerta y me giro hacia el espejo del fondo del pasillo.

El corazón se me dispara cuando un hombre aparece en el reflejo.

Luego respiro aliviada al ver que es mi hermano. James.

—¿Qué tal va todo por aquí? —pregunta.

—Me has dado un susto de muerte —digo. Me llevo la mano al pecho y suelto el aire de golpe—. Bien, supongo. Aunque nuestra madre no se deshizo de nada.

Hace dos días, en el velatorio de nuestra madre, James se me acercó sin mediar palabra y me dio un largo abrazo. Cuando me soltó, me miró a los ojos y susurró:

—Siento haber sido tan gilipollas.

Me apretó la mano y se dirigió al ataúd de nuestra madre.

Algo en ese pequeño gesto borró años de silencio y rencor entre nosotros. Años de terquedad entre dos personas que simplemente no se habían entendido.

Hay algo en la muerte capaz de renovar la vida.

Hermanos y familiares distanciados olvidan de pronto su terquedad y su orgullo, y recuerdan el amor perdido como si nunca hubiera dejado de existir, como si solo hubiera estado enterrado tan hondo que hizo falta una catástrofe para sacarlo a la luz. Todo puede empezar de nuevo.

No creo que vaya a contarles nunca a mis hermanos las circunstancias de la muerte de nuestro padre. Para mí, descubrir lo que pasó me dio una visión diferente de nuestra madre, una visión positiva. No creo que a ellos les afectara igual saberlo. De hecho, podría ser todo lo contrario.

Apilo una última caja en el salón y le doy a James un abrazo sincero. Sale conmigo a buscar a Matthew. A él también lo abrazo con fuerza, y les digo a los dos que los veré pronto.

Mientras subo al coche, oigo que me entra un mensaje. Es Nate, que quiere saber si estoy bien. Desde aquel día que nos cambió la vida a los dos, hemos sido inseparables. Hablamos a diario y hemos pasado juntos todos los fines de semana.

Antes de Nate, yo era como una flor cortada.

Me había cortado las raíces años atrás mientras seguía intentando mostrar fuerza y belleza.

Era agotador y solitario. Nate me está ayudando a echar nuevas raíces y a asentarme en una vida más estable.

Me enseña que soy suficiente tal como soy.

Me muestra cómo dejar que alguien me quiera.

Gammie me enseñó que podía hacer cualquier cosa que quisiera, completamente sola.

Nate me está enseñando que también está bien apoyarse en alguien.

Me está enseñando a vivir sin miedo y, sobre todo, a ser feliz.

Hay una cosa que sé con certeza: no puedes disfrutar de besos increíbles como los de Nate cuando intentas hacerlo todo por tu cuenta.