CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO
Nathan
Dorothy deja de hablar y yo miro al frente, sin saber qué decir ni cómo sentirme.
Por un momento, tengo la sensación de estar fuera de mi propio cuerpo, como en una pesadilla o en una historia de terror que ha tomado un giro siniestro.
Al principio estoy furioso, más furioso de lo que he estado en toda mi vida.
Todo a mi alrededor se desvanece en una neblina blanca y siento el impulso de largarme dando un portazo.
No sé si necesito controlar mi ira para evitar decir o hacer algo de lo que me arrepienta, o simplemente para no salir huyendo de lo que acabo de escuchar.
—Disculpadme.
Me alejo con calma y me detengo al llegar al borde del estanque. Clavo la mirada en el agua verde para mantener a raya mis pensamientos y emociones hasta conseguir calmarme.
Dorothy ha sabido todo este tiempo lo que le pasó a mi hermana.
Dejó que mi madre y yo creyéramos que Grace había sido secuestrada, o algo peor, y nos dejó buscarla a ciegas.
El agua que tengo delante se vuelve borrosa y los sonidos apacibles de la naturaleza se transforman en un ruido caótico que me retumba en los oídos.
No esperaba un final feliz, pero esto supera todo lo que podría haber imaginado.
Aprieto los dientes, tensando y destensando los músculos de la mandíbula.
Noto que la presión arterial me ha subido a un nivel incómodo, así que inspiro hondo y cierro los ojos un momento.
Mi mente intenta convencer al resto de mi cuerpo de que Dorothy no tuvo otra opción, y obligo a mis músculos a relajarse.
La vida no es más que una larga serie de decisiones.
Tenemos que tomarlas y, a menudo, elegimos mal.
Nuestra humanidad debería llevarnos a elegir bien, pero en este caso no había opción buena ni mala; solo había lo que debía hacerse, y Dorothy, Frances, Edith y el sheriff Kenny lo hicieron.
¿Habría hecho yo lo mismo? Me examino a mí mismo y me doy cuenta de que no estoy seguro de que hubiera podido manejarlo mejor, dadas las circunstancias.
Obligo a mis pensamientos a centrarse en Kevan y en lo que debió de pasar aquel día.
Fue tan traumático que lo bloqueó por completo de su memoria.
¿Qué clase de hombre mata a niños inocentes?
Mi ira cambia de dirección y ahora se dirige al hecho de que no pude ser yo quien le hiciera daño al hombre que le arrebató la vida a mi hermana.
También siento rabia porque, debido a los actos terribles de Clyde, Dorothy tuvo que tomar semejante decisión y cargar con ella el resto de su vida.
Paso más tiempo con la mirada clavada en el agua verde del estanque, intentando calmar mis pensamientos.
Mientras los ordeno para recuperar la compostura, siento que la ira se disipa.
Me vuelvo para mirar a las dos mujeres sentadas en el viejo porche, y mi rabia se desvanece a medida que la compasión va ocupando su lugar.
En lugar de angustiarme egoístamente por lo que creo que se hizo mal o lo que debería haberse hecho de otra manera, me digo que haberlo sabido no habría cambiado lo sucedido.
Nada habría devuelto la vida a mi hermana.
Dorothy se ha acercado más a Kevan y ahora está sentada junto a ella con un brazo sobre su hombro, mientras Kevan apoya la cabeza en el hueco del cuello de Dorothy.
Al mirarlas, mi ira se desvanece. Qué horrible debe de ser recordar después de tantos años que tu propio padre intentó matarte y consiguió matar a tu mejor amiga.
Culpable por haber dejado que mis emociones se apoderaran de mí, regreso a donde están sentadas. Kevan levanta la cabeza y se limpia las mejillas con las yemas de los dedos, intentando aparentar serenidad. Me dedica una sonrisa forzada que le cuesta un esfuerzo evidente.
Dorothy habla primero, evitando que se instale un silencio incómodo.
—Bueno, ya que hoy he conseguido aguaros la fiesta a todos, ¿qué os parece si damos un paseo y os enseño dónde dejamos descansar a la señorita Grace Elizabeth?
—Creo que me hago una idea de dónde está. Estoy casi segura de que lo encontré antes, aunque entonces no lo sabía —dice Kevan.
—Me gustaría —digo.
No se me ocurre nada más que decir, así que guardo silencio. ¿Qué se dice en una situación así? Señalar con el dedo o hacer comentarios acusatorios sería tan inútil como achicar agua de un barco lleno de agujeros.
Caminamos uno al lado del otro. Solo Dorothy habla.
—No creo que pudieras encontrar sus tumbas, querida.
Al menos espero que no fuera tan fácil. Queríamos que descansaran como es debido.
Durante años, Frances y yo veníamos a visitar las tumbas.
No podíamos dejar que nadie lo supiera, pero veníamos a menudo.
Mis viejos huesos ya no me permiten venir como antes.
Terminamos de cruzar el campo trasero en silencio y nos dirigimos hacia el sótano. Desconcertado, miro a Kevan y veo que su expresión refleja la mía.
Dorothy desciende los escalones con cierta inestabilidad, un pie primero y luego el otro.
Repite el movimiento hasta llegar a la puerta.
Kevan se vuelve para mirar hacia el campo y luego vuelve la vista hacia Dorothy, con el rostro cada vez más confuso.
Cuando la puerta está abierta, Dorothy se vuelve hacia nosotros.
—Decidimos que este era el mejor lugar para enterrarlas.
Una especie de mausoleo personal para ellas.
Sabíamos que nunca nadie lo profanaría, ni siquiera después de que Frances y yo nos hubiéramos ido.
Cavamos las tumbas para que cada una tuviera su propio espacio: la mujer y tu hermana.
Era muy importante para nosotras que recibieran un entierro digno.
Tiempo después, colocamos el suelo de madera para proteger sus tumbas.
En el extremo del fondo hay unas tablas sueltas encajadas.
Encontraréis sus nombres tallados en la parte de abajo de las tablas.
Nate, la de tu hermana está a la izquierda, la tercera tabla contando desde el final.
Dorothy sube los escalones y se hace a un lado.
Enciendo la linterna del móvil, entro y me arrodillo en el suelo de madera.
Busco la tabla que mencionó. Paso la mano por la superficie.
A menos que la estuvieras buscando, nunca sabrías que se puede mover.
Saco la navaja del bolsillo y despego la tabla de su sitio.
Cuando le doy la vuelta, encuentro el nombre de mi hermana, bellamente tallado en letra cursiva.
Grace Elizabeth Hill. Nacida el 1 de octubre de 1988. Fallecida el 27 de agosto de 1996.
Ver la última parte me golpea en pleno pecho.
La lápida que he estado visitando todos estos años no lleva la palabra fallecida .
Siempre ha estado desaparecida. La sensación de cierre no es lo que esperaba.
Pensé que sentiría paz de inmediato, pero en cambio, este conocimiento me resulta pesado e inútil.
Reprimo el nudo que tengo en la garganta para no llorar.
Por fin ha llegado el final de una larga búsqueda, y aun así me siento perdido.
Permanezco en cuclillas varios minutos y luego me levanto para que la sangre vuelva a circularme por las rodillas.
Me vuelvo hacia Kevan y veo una mirada de pesar en sus ojos.
Cuando le entrego el trozo de madera, inspira hondo y contiene el aliento.
No mira la tabla mucho rato antes de devolvérmela.
Le dedico una sonrisa sincera y reprimo el impulso de cogerle la mano.
No creo que lo agradeciera. Nos quedamos mirando el trozo de madera que tengo en la mano, unidos en el silencio.
Esta pobre mujer dejó atrás una infancia infernal y se convirtió en la persona que veo de pie frente a mí.
Saber todo esto solo hace que quiera conocerla mejor.
De hecho, temo no tener la oportunidad después de todo lo que ha pasado.
Vuelvo a mirarla a la cara y caigo en la cuenta de que los dos hemos tenido una conexión desde hace mucho tiempo, aunque ninguno lo sabía.
¿Es por eso que me sentí tan atraído por ella la primera vez que la vi?
Aparto el pensamiento, sintiéndome un poco estúpido.
Seguro que querrá huir lo más lejos posible de mí después de hoy.