CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS
Kevan
Finales de verano
Me quito los zapatos de tacón negros nada más cruzar la chirriante puerta mosquitera y la cierro con cuidado tras de mí.
El olor a humo de cigarrillo rancio impregna el aire y evoca la imagen de mi madre mirando por la ventana de la cocina.
Paseo la mirada por las paredes y los muebles manchados; todo marcado por la decoloración.
Marcado como las vidas que se han vivido aquí.
Cada centímetro es un testimonio del trauma soportado entre estas paredes.
Como una planta muerta privada de luz y agua, esta casa, su contenido y su gente nunca recibieron el cuidado que merecían.
Me obligo a dar unos pasos más hacia el interior y respiro las heridas de este lugar, y las mías propias.
La sensación de vacío que me invade cuando visito este lugar no es diferente de antes.
La única diferencia es que el temor a venir aquí se ha transformado en otra cosa.
Sin confrontación, solo un silencio anhelante y solitario.
Hay algo en los funerales y entierros capaz de drenar hasta la última gota de emoción y energía de tu cuerpo, dejando atrás solo un cascarón vacío.
Da igual si tenías una relación cercana con la persona a la que has dado sepultura o no.
Algo en todo el proceso te arrebata la existencia durante un breve tiempo y te roba todo sentimiento, sustituyéndolo por un entumecimiento.
Exhalo y miro alrededor de la pequeña casa, intentando decidir por dónde empezar a recoger las cosas de mi madre.
Tras la muerte de mi madre, mi hermano Matthew me dijo que en realidad había dejado un testamento y que yo estaba incluida en él.
Me costó creer que me hubiera dejado algo.
A decir verdad, no hay nada de valor emocional que desee llevarme. Pero me incluyó, al fin y al cabo.
Revisar las pertenencias de esta casa no es una tarea para la que esté preparada, pero era uno de los deseos de mi madre.
No estoy segura de por qué. Quizás sabía que si se lo dejaba a mis hermanos, nunca se desharían de nada.
Mi objetivo hoy es empaquetar todo lo que pueda y dárselo a quienes lo necesiten.
Ya les he dado a mis hermanos un par de días para que se llevaran lo que quisieran.
Ellos se quedaron aquí todos estos años, así que es lo justo.
Mientras avanzo por el estrecho pasillo hacia la habitación de mi madre, no evito mirarme en el espejo.
Ya no tengo miedo de lo que pueda ver allí.
Ahora me doy cuenta de que mi temor a mirarme en el espejo se debía únicamente a mi infancia problemática y a mis sueños demasiado vívidos.
Ambos han dejado de atormentarme. Algo me dice que los fantasmas crueles de mi pasado se han ido de mi vida para siempre; al menos los latentes, los que acechaban antes.
Piso descalza la vieja moqueta de pelo largo, lavada tantas veces que el pelo está desgastado y deja ver la capa áspera y marrón de debajo.
Al mirar alrededor de la habitación de mi madre, es evidente que mis hermanos no han tocado esta parte de la casa.
No sé si es demasiado doloroso para ellos o si es simplemente la creencia anticuada de que un hombre no debería revisar las cosas privadas de una mujer.
Una pequeña regla de oro que Gammie les enseñó.
Mi madre tenía su propia regla: no debíamos tocar nada en su habitación.
De hecho, la habitación de nuestros padres estaba completamente prohibida.
Se volvió más estricta con esta regla después de que mi padre se marchara.
Siempre me pregunté qué habría aquí que quisiera mantener en secreto.
Abrumada a medida que el entumecimiento se desvanece, me subo un poco la parte ajustada del vestido y me siento en el borde de su cama.
Esta habitación huele parecido al resto de la casa, pero mezclado con su perfume favorito.
Siento pérdida al mirar alrededor de la habitación, pero nada comparable a lo que sentí cuando perdí a Gammie.
La conexión y el vínculo que deberían existir entre madre e hija nunca existieron entre mi madre y yo.
Examino las superficies de los muebles del dormitorio, cubiertas por una capa de polvo.
Sobre la cómoda de mi madre hay un pequeño joyero vertical que parece una vitrina en miniatura.
El frente es de cristal, y en el interior hay ganchos y pequeños estantes.
La luz interior dejó de funcionar hace mucho tiempo.
Me levanto y observo las piezas que descansan en su interior.
Mi madre poseía pocas joyas de valor. Mi padre empeñó la mayor parte de lo que ella había heredado de su propia madre.
Él creía que lo de ella era suyo, pero no a la inversa.
En el estante superior descansa una peineta de plata antigua que le vi llevar muchos domingos a la iglesia.
Había convencido a mi padre de que era falsa y no valía nada.
Debió de creerle, porque todavía la tenía después de todos estos años.
Recuerdo que me contó que le había dicho una mentirita piadosa y que no estaba mal porque era parte de su atuendo para «ir a adorar al Señor».
Afirmaba que Dios perdonaría la mentira porque era para Él.
Lo había olvidado hasta ahora. Es curioso cómo recuerdas las pequeñas cosas de una persona cuando sabes que te ha dejado para siempre.
Es casi como si alguien limpiara una ventana sucia dentro de tu mente y pudieras ver cosas que antes no podías ver.
Eso me ha pasado mucho estos últimos días.
Abro uno de los cajones superiores de la cómoda y palpo los objetos que hay dentro.
El cajón contiene sobre todo sujetadores y bragas gastados y un par de pañuelos que pertenecieron al padre de mi madre.
Cierro el cajón, abro otro y encuentro pilas de cartas viejas de cuando mi padre estaba en el ejército, además de felicitaciones navideñas antiguas de una rama lejana de la familia.
Hay algunos dibujos de mis hermanos, y solo un par míos.
Darles a mis padres dibujos con corazones y las palabras te quiero no era algo que me naciera hacer de niña.
Reviso el resto de los cajones y luego me acerco a la cama y abro el cajón de la mesita de noche.
Encuentro lo típico de una mesita de noche: cacao para los labios y crema hidratante.
Al fondo hay una pequeña caja de puros, de las antiguas con tapa abatible.
La tapa está sellada con un solo trozo de celo.
Saco la caja del cajón y corto el celo con la uña del pulgar.
Dentro de la caja encuentro un guardapelo en forma de corazón, sin cadena.
Mi padre había encontrado la cadena, sin duda, pero de algún modo mi madre había conservado el guardapelo.
Aunque el recuerdo es muy vago, me acuerdo de haberla visto llevarlo a la iglesia los domingos por la mañana.
Colgaba de una fina cadena de oro, lo bastante larga para que descansara justo en la línea del escote.
No solía mostrar el escote, y recuerdo a mi padre diciéndole que parecía una fulana y acusándola de mentir sobre ir a la iglesia.
Abro el guardapelo con la uña y encuentro una pequeña fotografía descolorida de mis hermanos y de mí.
Cierro el guardapelo y lo devuelvo a la caja.
Luego cojo un reloj antiguo cuyas manecillas se detuvieron hace mucho tiempo.
También es de plata, y en la parte de atrás lleva grabadas las iniciales de mi madre.
Nunca lo había visto, pero supongo que fue un regalo de sus padres.
Otra pieza que mi padre desconocía. Supongo que mi madre también tenía sus secretos, al fin y al cabo.
El último objeto de la caja es una llave pequeña, muy parecida a las que abren las cajas de seguridad.
Recuerdo haber visto una igual de niña. Abría una caja de metal negra donde mis padres guardaban el dinero de su pequeño negocio.
Me paro a pensar si he visto la caja en algún sitio hoy.
Descarto la idea, vuelvo a meter todo en el cajón y dejo la caja donde la encontré.
Comienzo la tarea para la que he venido, revisando las cosas de mi madre; mis movimientos son los de un robot, sin pensar, solo trabajando.
Después de clasificar y empaquetar durante varias horas, por fin termino y apilo todas las cajas cerca de la puerta principal.
Me pongo en contacto con el pastor de la iglesia de mi madre y quedamos en una hora para que venga a recogerlo todo.
Solo por los viejos tiempos, entro en mi antigua habitación, que sigue sin rastro alguno de mi paso por ella.
Las paredes siguen desnudas y el olor es igual que en el resto de la casa.
Me acerco a la cama y la aparto de la pared para echar un último vistazo a mi antiguo escondite.
No hay nada dentro, pero aun así cumplo con el ritual.
Levanto la alfombra suelta y la tabla, y me asomo al agujero.
Para mi sorpresa, no está vacío. Veo algo blanco.
Desconcertada, meto la mano y lo cojo. Es un pequeño sobre blanco, y en el exterior pone: Encontré tu escondite.
Mi corazón da un vuelco. Atónita, me quedo mirando la letra.
Reconozco la caligrafía de mi madre. Sonrío.
Me dejo caer sobre la cama, que cruje por los años y la falta de uso.
Dentro del sobre sellado hay una carta de mi madre.
Enseguida me doy cuenta de que no hay ningún Querida ni Queridísima en el saludo. Solo mi nombre.
Kevan,
En realidad no encontré tu escondite, porque siempre supe que estaba aquí. Toda chica debería tener uno. Sobre todo uno que pueda esconder de las miradas indiscretas de un hombre. Sin embargo, tu escondite es muy ingenioso. Veamos si puedes encontrar el mío.
Levanto la vista, con los ojos muy abiertos, y sonrío ligeramente. Desconcertada por sus palabras, siento un atisbo de emoción y asombro.
Puedes buscarlo, y si lo encuentras, encontrarás el resto de esta carta.
Si no lo encuentras, supongo que seguirá siendo mi secreto para siempre.
No siempre estuvimos de acuerdo, y sé que creías que siempre anteponía a tu padre, pero te aseguro que no fue así.
Los sacrificios que hice fueron por tus hermanos y por ti.
Cometí errores como todos los padres, pero al final, te elegí a ti.
Espero que con el tiempo sepas cuánto hice.
Creas o no, te quiero mucho. Eso nunca cambió. Cuídate, hija mía.
Con cariño, Mamá
La leo una segunda vez y una tercera. Sin volver a colocar nada en su sitio, salgo corriendo de mi habitación hacia la suya.
Dijo que mi escondite era ingenioso, así que supongo que el suyo también lo será.
Lo primero que reviso es la cabecera de su cama, igual que la mía, pero no encuentro nada.
Luego reviso su armario, alrededor de las paredes y el suelo, y sigo sin encontrar nada.
Es como si mi madre estuviera jugando conmigo, como solía hacer cuando era muy pequeña, antes de que nuestras vidas se fueran a la mierda.
Esos momentos de juego no ocurrían a menudo, porque mi madre siempre estaba demasiado ocupada apaciguando a mi padre o buscándose la vida para mantener a la familia.
Recuerdo vagamente que jugaba al escondite conmigo y mis hermanos.
Su escondite favorito siempre era el armario del pasillo.
Vuelvo al pasillo y enciendo la luz junto a la puerta del armario.
Dentro del armario encuentro una antigua aspiradora Electrolux, una escoba y algunos abrigos viejos que llevan colgados ahí desde que era niña.
Saco la aspiradora y lo demás al pasillo y me arrodillo para ver si hay espacios ocultos en el suelo.
De nuevo, no encuentro nada. Después de palpar las paredes sin éxito, voy a la cocina a por una silla para poder buscar más arriba en el armario.
Me subo a la silla. En la pared del fondo, por encima del estante superior, descubro que está cubierta con papel adhesivo barato, a diferencia del resto del armario.
No recuerdo ese papel adhesivo, aunque tampoco habría podido verlo de todos modos.
Aun así, me parece extraño. Lo pienso un momento y me digo: Al diablo .
Con el dedo, empiezo a despegar el papel adhesivo por una esquina.
Parece que ya lo han despegado antes y vuelto a pegar.
Cuando he despegado la mitad del papel, veo una abertura detrás.
Retiro el resto y encuentro un agujero en el pladur, más o menos del tamaño de un folio.
—Buen escondite, mamá —digo en voz alta.
Alguien ha encajado un trozo de madera en el hueco para evitar que lo que haya dentro se deslice pared abajo.
Me pongo de puntillas, miro dentro y veo, apoyada contra el fondo, la caja metálica negra con cerradura.
La saco del hueco girándola y bajo de la silla.
Me acuerdo de la llave, vuelvo al dormitorio, me siento en la cama junto a la mesita de noche y la saco de la caja de puros.
Encaja, tal como había sospechado. Cuando abro la tapa, se me corta la respiración y dejo caer la caja.
Golpea el suelo con un ruido metálico, y lo único que había dentro cae, produciendo un tintineo y un golpe sordo.
Me quedo mirándolo, conteniendo la respiración, y luego digo en voz alta:
—¿Cómo demonios consiguió esto?
Sin poder moverme todavía, veo que en el interior de la tapa de la caja negra hay otro sobre encajado. En el exterior veo mi nombre, escrito una vez más con la caligrafía de mi madre. Esta vez ha escrito mi nombre completo: Kevan Renee Mays .