Donde permanecen los secretos (La trilogía de los secretos 1) CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO
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CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO

Kevan

Principios de verano

Este recuerdo siempre ha estado ahí, pero mi mente lo mantuvo oculto.

Nuestras mentes son capaces de almacenar información mejor que cualquier ordenador.

Sin embargo, un ordenador obedece y hace lo que le ordenamos.

El cerebro, en cambio, a menudo se extravía, y se reconfigura por completo para poder cumplir su función bajo estrés.

Su objetivo es proteger el cuerpo que lo alberga a toda costa.

A veces la mente falla a propósito.

El trauma de presenciar cómo mi padre ahogaba a mi mejor amiga obligó a mi mente a protegerse. Cuando no pude asimilar lo que le había pasado a Beth, no le quedó más remedio que activar la amnesia.

He leído sobre la capacidad de desarrollar amnesia disociativa, de borrar un acontecimiento de la mente como mecanismo de defensa.

Siempre pensé que era solo una teoría, o quizás incluso una excusa para quienes quieren escapar u ocultarse de algo, o de alguien.

¿Cuántas veces habré hecho esto en mi vida, ya sea voluntaria o involuntariamente?

Espero de verdad que no haya más recuerdos ocultos agazapados en mi cabeza.

El fuerte jug-o-rum de una rana toro me devuelve a mí misma.

Siento la respiración entrecortada y las náuseas mientras me doy cuenta de que estoy arrodillada en el suelo junto al estanque.

No tengo ni idea de cuánto tiempo llevo aquí.

Beth está arrodillada a mi lado. La miro, atónita, mientras la verdad va calando.

No es real.

Mi amiga Beth murió de verdad, aquí mismo, hace veintiséis años.

Trago saliva varias veces, intentando humedecer la boca lo suficiente para hablar.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—No podía. Estaba aquí para protegerte.

—Pero... —tartamudeo, rebuscando entre todas mis preguntas cuál hacer primero.

Hay tantas. ¿Cómo voy a entender nada de esto?

—Pero ¿cómo sabías que tenías que hacer eso? ¿Cómo pudiste hacer algo después de lo que te pasó?

—No recordaba lo que me había pasado... quiero decir, no como lo recuerda una persona viva. Mi único objetivo era mantenerte a salvo. Tenía que asegurarme de que salieras de allí ese día, aunque yo no lo hubiera conseguido. Y luego me quedé, porque aún me necesitabas.

Me cubro la cara con las manos y niego con la cabeza mientras murmuro:

—Esto no tiene ningún sentido.

—Como te dije antes, eres especial. Tu Gammie lo supo siempre. Lo supo desde el día en que naciste.

—¿Soy la única persona que puede verte?

—Sí.

—¿Cómo pareces tan real? Como... viva.

—Soy lo que necesitas. Soy todo lo que quieres ver, y también lo que deseas ver en ti misma.

Audaz. Segura. Quizás un poco extrovertida, justo lo contrario que tú.

Soy quien necesitas que sea en cada momento.

Me necesitabas tanto que nunca te diste cuenta de que solo existía dentro de tu mundo privado.

Nunca estuve contigo en público. Nunca fuera de tu burbuja personal.

Examino el rostro de Beth, sus ojos, el contorno de su cabeza, buscando algún tipo de luz resplandeciente o quizás un halo. Algo de lo que se vería en una película de Hollywood. No hay nada, solo la misma Beth que llevo viendo durante años.

—¿Gammie sabía de ti? —pregunto.

—Sabía que existía solo porque seguías hablando de mí. No pensaba que estuvieras loca ni que yo fuera una simple amiga imaginaria. Ella creía que los espíritus te acompañarían a lo largo de tu vida, y así ha sido. No solo yo.

Aprensiva, pregunto:

—¿Tommy?

—Sí. Ha habido otros también, solo que no te diste cuenta. Los espíritus están por todas partes en este mundo, pero solo unos pocos elegidos logran interactuar con los vivos. Tú eres una de las afortunadas que puede hacerlo. No fui la primera en estar a tu lado, ni seré la última.

—Pero tú creciste. A Tommy todavía lo veo como un niño pequeño.

—Así es como tú lo querías.

Clavo la mirada en el agua del estanque, en un remolino de pececillos que zigzaguean en una dirección y luego en otra, igual que mis pensamientos.

—¿Fuiste tú quien me sacó del agua?

—Te di el valor para sobrevivir hasta que pudieran sacarte. Estuve allí para ayudarte a relajarte y aguantar la respiración todo el tiempo que hiciera falta. Para evitar que te ahogaras.

—¿Quién me sacó del agua?

Beth sonríe.

—Una mujer que te ha querido toda tu vida.

Noto que se me escapa una media sonrisa.

Gammie me salvó más de una vez de ahogarme metafóricamente en el mundo caótico en el que crecí.

Ahora sé que también me salvó de ahogarme de verdad.

Sé que tenía sus razones para guardar el secreto, pero una pequeña parte de mí está enfadada con ella por haberlo hecho.

Como si Beth pudiera leerme el pensamiento, explica:

—Tu Gammie sabía que no era el momento de que supieras todo esto justo después de que ocurriera, ni siquiera cuando ya fueras adulta. Sintió que debía esperar hasta que estuvieras preparada.

—No estoy tan segura de estar preparada ahora.

—Lo estás.

Aparto la mirada de Beth e inspiro hondo mientras asimilo lo que me rodea.

Alzo la vista, contemplando las formas de las nubes y el cielo azul entre ellas.

Parece que he pasado la mayor parte de mi vida con la mirada gacha, evitando el mundo a mi alrededor.

Me he encerrado en una burbuja protectora para que nada ni nadie pudiera hacerme daño.

Ahora es como si viera mi entorno por primera vez, con ojos más limpios.

No solo lo que tengo delante, sino mi mundo entero.

He caminado a oscuras. Y de repente, es como si alguien hubiera encendido todas las luces y abierto todas las persianas.

—¿Qué pasó con mi padre?

Esta vez es Beth quien aparta la mirada.

—Gammie creía en la ley del karma: todo lo que das al universo vuelve a ti. Digamos que así le ocurrió a tu padre. Este lugar es donde empezó su estela de dolor y sufrimiento, y donde terminó. Para todos.

Me concentro en un nuevo remolino de pececillos aún más diminutos que nadan frenéticamente, mucho más rápido que los otros.

Los observo moverse de un lado a otro, a menudo dirigiéndose de frente unos contra otros, pero siempre evitando la colisión de algún modo.

Durante años, he ido directo hacia este acontecimiento crucial de mi pasado, pero he conseguido esquivarlo hasta ahora.

Yo acabo de enterarme de todo, pero Gammie tuvo que vivir con ello la mayor parte de su vida.

Cada obra que vi en el estudio de Gammie regresa a mi mente al comprender que su arte era la manera de contar un secreto que no podía decir en voz alta.

Todavía no estoy segura de querer conocer los detalles de lo que tuvo que hacer ese día, pero solo puedo suponer que por ella desapareció mi padre.

Tuvo que cargar con la horrible tarea de eliminar a su propio hijo. Qué espantoso debió de ser para ella.

Me quedo mirando los pececillos hasta que la vista se me nubla y me mareo.

—¿Qué más te gustaría saber? —Beth interrumpe mis pensamientos.

Sin levantar la vista, respondo:

—No creo que quiera saber más sobre ese día, al menos por ahora, pero dime una cosa: ¿Eres tú la niña que desapareció hace tantos años? ¿Eres Gracie?

—Lo era, sí. Si lo recuerdas, decidimos llamarnos por nuestros segundos nombres. Dijiste que Elizabeth era demasiado largo de escribir, así que me llamaste Beth.

—Sí, creo que ahora lo recuerdo. También me acuerdo de cuando jugábamos en el muelle, dibujando y esas cosas; una vez dibujaste a tu familia. A tu molesto hermano mayor y a tu madre. Me parece recordar que también dibujaste a una abuela.

—Era mi madrina. Y sí, tenía un hermano mayor molesto, y también estaba mi madre.

—¿No los has echado de menos a lo largo de los años?

—No es así. Los recuerdo, pero no como lo haría una persona viva.

Es como si... supiera de ellos, pero lo único que realmente conozco es mi propósito de existir ahora.

No los echo de menos ni nada parecido. No creo que deba hacerlo.

Estoy aquí para ayudar a cuidarte. Ese día, adquirí un nuevo propósito. ¿Tiene sentido?

Asiento, pero no digo nada.

—No sé cómo explicarlo. Todos volvemos convertidos en algo. Esto es lo que yo soy ahora.

Aprieto los labios y respiro hondo.

—Creo que conocí a tu hermano. ¿El chico alto de ojos preciosos del que te hablé? Era él.

—Lo sé.

Arqueo las cejas y sonrío. Beth y yo permanecemos en silencio durante lo que parece una eternidad. El silencio estira el tiempo como una goma elástica, pero enseguida vuelve a encogerse hacia la realidad.

—Creo que necesito contarle lo que te pasó, pero no sé cómo —digo.

—No tendrás que hacerlo sola. Ella te ayudará.

Beth señala con la cabeza hacia la izquierda y mira más allá de mí. Me vuelvo y veo a una mujer mayor que camina hacia mí; Nathan viene con ella. Abro los ojos de par en par y trago saliva.

—Parece que ha llegado el momento —susurra Beth.

Me levanto, me sacudo las piernas con las manos y me vuelvo hacia la mujer. Para mi alivio, es ella quien habla primero.

—Debes de ser Kevan. Soy Dorothy, y fui la mejor amiga de tu Gammie.

Extiende la mano y se la estrecho, luego miro a Nathan, que está detrás de ella. Sonríe y asiente.

—Creo que tenemos mucho de qué hablar —dice Dorothy—. Los tres.

—Los cuatro —la corrijo, y me vuelvo hacia Beth, pero ha desaparecido. De algún modo sé que nunca volveré a verla. Me invade la tristeza, pero también una sensación de paz: ambas estamos ahora donde debemos estar.

Respiro hondo, parpadeo para contener las lágrimas y me vuelvo hacia Dorothy y Nathan.

—De acuerdo —digo—. Estoy lista.