Donde permanecen los secretos (La trilogía de los secretos 1) CAPÍTULO CUARENTA
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CAPÍTULO CUARENTA

Kevan

Aunque Kevan tiene los ojos cerrados, sabe que entra luz por la ventana porque le hace brillar el interior de los párpados.

Abre los ojos de golpe y salta de la cama.

Su plan es terminar las tareas volando, avisar a su madre de que ha acabado y luego escabullirse para encontrarse con Beth.

Abre la puerta de su habitación con cuidado, se asoma al pasillo y luego saca la cabeza del todo.

Camina de puntillas por el pasillo, pero se detiene en seco y el rostro se le queda blanco.

Tommy está inmóvil en el espejo del fondo del pasillo, mirándola con una expresión de dolor.

Tiene aspecto normal: no está enfermo, no está muerto.

La última vez que lo vio, la ropa le colgaba del cuerpo.

Ahora la camisa de rayas y los pantalones cortos caqui le sientan bien. Esto no puede ser real: él está muerto.

Se queda ahí plantada, mirándolo fijamente, esperando que su imaginación deje de mentirle. Se frota los ojos y vuelve a mirar. Él sigue ahí.

—¿Qué quieres? —susurra, vacilante e incrédula. Tommy no se mueve, pero ella ve cómo una lágrima solitaria le resbala por la mejilla.

Se queda paralizada donde está, insegura de sí misma, hasta que por fin pregunta:

—¿Por qué estás aquí? ¿Qué pasa, Tommy?

Abre la boca como si fuera a hablar, pero vuelve a cerrarla. Aprieta los ojos con fuerza, arruga la cara, y cuando los abre de nuevo, susurra:

—No vayas, hermanita.

Kevan se esfuerza por entenderlo y da un paso hacia él.

—No te entiendo, Tommy.

Con voz temblorosa, pero más fuerte esta vez, dice:

—No vayas.

Sin darse cuenta de que la preocupación ha vencido al miedo, ahora está a solo unos pasos del espejo.

—¿Qué quieres decir? ¿Que no vaya adónde?

—No vayas al estanque, hermanita.

Frunce el ceño, confundida, y pregunta:

—Tommy, ¿cómo es que estás aquí?

—Estoy aquí porque me necesitas. Por favor, no vayas al estanque.

—¿Cómo sabes lo del estanque? Nunca te hablé de él.

—No es seguro, Kevan.

—Nadie lo conoce excepto la abuela y mi amiga. ¿Por qué no iba a ser seguro?

—Él lo sabe.

—¿Él quién?

—El hombre malo.

—¿Qué hombre malo?

La puerta mosquitera de la cocina se cierra de golpe. En los ojos de Tommy se refleja la urgencia de que Kevan escuche una última cosa.

—No tengas miedo. No te ahogarás.

—¿Qué? —pregunta Kevan, y en cuanto pronuncia la palabra, Tommy desaparece.

Oye pasos en la cocina y se mete corriendo en el baño; cierra la puerta con cuidado tras ella. Se apoya contra la puerta e intenta comprender lo que acaba de pasar. Tommy está muerto. No fue real. No fue real. No fue real.

Lo repite una y otra vez en un susurro bajo, convenciéndose de que solo se ha imaginado ver a Tommy.

No funciona, así que recita una rima. Uno, dos, me abrocho el zapato.

Tres, cuatro, cierro la puerta. Cinco, seis, esto no tiene sentido.

Siete, ocho, esto lo detesto. Nueve, diez, tengo miedo otra vez.

Lo hace hasta que se siente más tranquila.

Kevan hace pis, se lava las manos con agua fría y se cepilla los dientes a velocidad récord.

Al volver a dejar el cepillo en el vaso donde guardan los cepillos de los niños, ve el de su padre y esboza una sonrisa maliciosa.

Lo coge, lo mete en el váter y lo vuelve a poner en su sitio. Tira de la cadena.

Entreabre la puerta y agudiza el oído. Lo único que oye es el tictac interminable del reloj de pared en el salón.

Sin mirar hacia el espejo, sale disparada a su habitación.

En cuanto pisa la alfombra peluda, cierra la puerta.

Se mueve por la habitación con todo el sigilo que puede: hace la cama, recoge la ropa y los juguetes, y prepara la mochila.

Como no quiere que sus hermanos sepan que va a salir, va de puntillas a la cocina a buscar a su madre para que le dé permiso. Espera que esté de buen humor.

Kevan entra en la cocina sin hacer ruido y observa a Edith antes de hablar.

—¿Mamá? —Kevan habla en voz baja, tanteando el terreno. Su madre está de pie, rígida, junto al fregadero, mirando por la ventana con un cigarrillo en la mano y el codo apoyado en la cadera.

—¿Sí, Kevan? —Edith se vuelve y echa el humo hacia la habitación.

Kevan le mira la cara para calibrar su humor. Edith tiene la boca torcida en una media sonrisa que delata preocupación o estrés. Su sonrisa siempre carece de sinceridad cuando Clyde anda de juerga por ahí. Es como si no tuviera fuerzas para levantar el otro lado de la boca.

Aunque no está segura, Kevan se arriesga:

—Ya he limpiado mi habitación. ¿Puedo salir a jugar?

Edith mira a Kevan, pero parece no verla. Tiene los ojos vidriosos, perdidos en algún punto del vacío.

—Supongo que sí, pero solo un rato.

Kevan no quiere darle a su madre la oportunidad de cambiar de opinión, así que vuelve corriendo a su habitación, coge la mochila y sale disparada por la puerta de atrás.

Da vueltas en bicicleta esperando a que su madre entre en el cobertizo, y entonces se dirige directa a la abertura de la valla trasera.

Pedalea un par de minutos para alejarse lo suficiente de casa y reducir las posibilidades de que la pillen. Por fin aminora la marcha.

Rayos de sol iluminan zonas dispersas del bosque mientras una neblina húmeda cubre el resto.

El pelo de Kevan se humedece y se le pega a la cara.

Llega al límite del bosque y sale a plena luz del sol.

Como todavía no ve señales de Beth, Kevan va saltando y galopando hacia la casa vieja para intentar abrir el armario de metal donde escondieron las muñecas.

Agarra el asa con los dedos, flexiona las rodillas y tira de la puerta con todas sus fuerzas, pero lo único que consigue es caerse de culo.

Rebusca por el suelo apartando los escombros con el pie, buscando algo que meter detrás de la puerta del armario.

Encuentra una cuchara de madera vieja, con la punta desgastada por el uso, tirada entre el desorden.

Tira del asa de la puerta hasta que consigue abrirla un poco, mete la cuchara por la rendija e intenta hacer palanca.

Lo intenta varias veces hasta que rompe la cazoleta de la cuchara.

Se rinde y sale dando saltitos, solo para descubrir que Beth todavía no ha llegado.

Tiene muchas esperanzas de que su amiga aparezca pronto.

Abre la mochila y saca unos trozos de tiza que ha cogido del colegio.

Luego se sienta con las piernas cruzadas y dibuja sobre las tablas del muelle.

No deja de mirar por encima del hombro para ver si Beth sale de su parte del bosque; le preocupa que hoy no venga.

El sol sube en el cielo y le calienta la coronilla a Kevan.

Decide buscar algo de sombra, así que guarda las cosas en la mochila y baja del muelle.

Se mete debajo de las tablas de madera y se sienta en el suelo, cerca de la orilla.

Debajo del muelle solo hay un pequeño trozo de tierra, apenas lo bastante grande para sentarse, así que deja los pies y las pantorrillas sumergidos en el agua.

Desde ahí puede asomarse por el hueco de los escalones para vigilar si viene Beth.

A la tercera vez que mira hacia allí, algo se mueve de forma inesperada en el rabillo del ojo.

Sin poder identificar de dónde ha venido el movimiento, Kevan se gira entera e intenta ver qué le ha llamado la atención.

Ahora lo ve, y contiene el aliento con una inspiración profunda.

Un hombre ha aparecido ante ella, aunque todavía está bastante lejos.

Camina con paso pesado, directo hacia el estanque, como un monstruo que sale de una de sus pesadillas.

Algo en su forma de andar le acelera el corazón.

El resplandor del sol le dificulta ver con claridad, así que Kevan se arrastra hacia delante para ver mejor.

Como el flash de una cámara, el sol se refleja en un objeto brillante a la altura de la cadera del hombre, y el destello desaparece.

Con cada paso del hombre, vuelve a destellar y desaparece.

A medida que el hombre se acerca, ve qué es el objeto, y un gemido ahogado se le escapa de los labios.

Lo que Kevan ve ahora parece sacado de una película de terror.

El hombre lleva un bulto grande sobre el hombro, y algo en esa imagen le paraliza la respiración.

Los ojos de Kevan se clavan en el largo cabello castaño que cuelga sobre la parte baja de la espalda del hombre.

Mientras él camina, el cabello se balancea de un lado a otro.

Parece pelo de mujer. El hombre gira ligeramente y ahora ella puede ver que el pelo cuelga de la cabeza de una mujer.

El torso de la mujer cuelga boca abajo sobre la espalda del hombre.

La cabeza se balancea ligeramente con cada paso.

Kevan se siente como alguien que pasa en coche junto a un accidente.

No puede apartar la mirada del rostro descolorido de la mujer.

Al acordarse de Beth, Kevan mira entre los escalones una vez más, solo que esta vez espera que Beth no esté allí.

Su respiración pasa de estar contenida a volverse frenética cuando ve a Beth salir del bosque al trote.

Como una bola de pinball, los ojos de Kevan van desesperadamente del hombre a Beth y viceversa.

Contiene una oleada de emoción que amenaza con hacerla llorar.

El miedo hace que las lágrimas se le acumulen en los ojos y le nublen la visión.

Sigue alternando la mirada entre uno y otro.

El hombre no parece ver a Beth, y ella tampoco lo ve a él.

Ahora está peligrosamente cerca, y Kevan vuelve a fijarse en lo que lleva.

Mientras el hombre rodea los escalones hacia un lado del estanque, Kevan lo ve de cuerpo entero.

Observa el movimiento repetitivo del torso de la mujer, que rebota con cada paso, y su largo cabello castaño, que se mece con la brisa.

Los brazos y las manos de la mujer se extienden de forma antinatural hacia la parte trasera de las piernas del hombre y rozan las puntas de la hierba alta.

Kevan nunca ha visto un cadáver, pero cree que está viendo uno ahora.

Girando el cuerpo sin dejar de estar agachada bajo el muelle, Kevan observa cómo el hombre bordea el estanque y se detiene más o menos a mitad de camino.

No quiere creer que hay algo en él que le resulta familiar.

Vuelve a mirar hacia Beth, que ahora observa fijamente al hombre con todo el cuerpo paralizado en una postura aparentemente incómoda. Kevan, aterrorizada, se da cuenta de que Beth está viendo algo que no debería ver. ¿Y si el hombre también la ve?

Kevan recuerda lo que le dijo su hermano Tommy: No vayas al estanque. El hombre malo .

Se arrastra hasta la orilla del agua y mira más de cerca al hombre, y luego la cadena que va desde la presilla delantera del cinturón hasta el bolsillo de la cadera. Todo el cuerpo le tiembla de miedo.