Donde permanecen los secretos (La trilogía de los secretos 1) CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
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CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

Frances y Dorothy

Frances abre los ojos, pero su cuerpo le pide más descanso.

Se gira y entorna los ojos hacia la ventana, donde apenas un atisbo de luz anuncia la llegada del sol.

Los pájaros gorjean fuera, pero su canto repetitivo solo presagia lluvia.

Se ha despertado inquieta esta mañana, con el temor de que algo horrible la aguarde en el horizonte.

Es sábado por la mañana, así que hoy no tiene que ir a trabajar, pero la mente no para de darle vueltas a nada en concreto y no la deja seguir durmiendo. Arrastra el cuerpo cansado fuera de la cama y va a preparar café. Cuando está listo, se sirve una taza y llama a Dorothy.

—¿Qué haces despierta tan temprano un sábado por la mañana?

—pregunta Dorothy en lugar de saludar. Dorothy siempre madruga para supervisar a su ahijado en las tareas diarias que mantienen la plantación en buen funcionamiento.

En esta época del año, contrata ayuda extra para atender sus enormes cultivos de tabaco y maíz y asegurarse una cosecha rentable en otoño.

La mayoría de los propietarios de plantaciones viven principalmente de sus cultivos, mientras que Dorothy los usa como ingresos complementarios o incluso dona las ganancias a organizaciones benéficas.

—¿Cómo sabías que era yo? —pregunta Frances.

—Demasiado temprano para bancos, cobradores y mendigos. ¿Estás bien?

—Supongo. Aunque tengo un mal presentimiento. Como si algo malo estuviera a punto de pasar.

—Seguro que es por culpa de ese inútil de tu hijo —dice Dorothy.

—No. Esta sensación es diferente, no sé cómo explicarlo. La siento en lo más hondo. Ya sabes cómo me pongo a veces. Pero esta vez no consigo quitármela de encima.

—Deberías venir a tomar un café. A distraerte.

—Déjame ver primero cómo están mis nietos, y luego puede que vaya. Antes, voy a llamar al sheriff Kenny para avisarle de que mi hijo anda otra vez de borrachera. Recordarle que Clyde sigue siendo el mismo borracho imbécil de siempre. Así podrá pillar al cabrón si se le ocurre ponerse al volante.

Frances cuelga el teléfono y llama al sheriff Kenny, luego se ducha y se viste.

Se pone los zapatos de caminar y baja por la calle, dejando atrás las casas que separan la suya de la de su nieta.

El desasosiego no se le ha pasado con la ducha.

Quizás se desvanezca cuando vea que en casa de Clyde y Edith todo está tranquilo, se dice.

Frances llama a la puerta principal y entra sin esperar a que nadie la invite.

Pasa a la sala de estar y encuentra a James y Matthew medio sentados, medio tumbados en el sofá, viendo la televisión.

Todavía busca a Tommy jugando en el suelo, sentado con las piernas dobladas en forma de W .

Se le encoge el corazón cada vez que cae en la cuenta de que nunca más recibirá uno de sus abrazos de oso cuando vaya a visitarlos.

No parece posible que lleve casi dos meses muerto.

Su muerte fue trágica, y sabe que podría haberse evitado.

Tommy murió de lo que los médicos llamaron un horrible virus estomacal, pero Frances sabía que ese «virus» era en realidad el estúpido castigo militar que Clyde les imponía a Tommy y a los otros niños.

No podía demostrarlo, pero estaba segura de que era cierto.

El propio Clyde debe de temerlo, porque desde entonces no ha vuelto a obligar a los niños a beber aceite de ricino.

Los somete a otras formas de castigo militar, como caminar en cuclillas o fregar el suelo con cepillos de dientes.

Hubo un tiempo en que Frances creyó que el paso de Clyde por el ejército podría enderezarlo, pero solo le había dado nuevas formas de hacer daño a quienes decía querer.

—¿Dónde están vuestra madre y vuestra hermana?

—Ni idea —Matthew se encoge de hombros.

—Mamá estaba en la cocina —dice James sin apartar la vista de la televisión—. Kevan salió hace un buen rato.

Frances cruza la cocina y mira por la ventana. Abre la puerta mosquitera, examina el patio trasero y no ve ni a Edith ni a Kevan.

—A lo mejor mamá está en el cobertizo —Matthew se incorpora un poco, le echa un vistazo fugaz a Frances y vuelve a dejarse caer en la misma postura indolente.

Frances se imagina adónde ha ido Kevan, y el paradero de Edith le trae sin cuidado.

Ella y Edith rara vez se ponen de acuerdo, sobre todo en lo que concierne a Clyde y los niños.

Frances no desea otra cosa que ver a su nuera poner a su hijo de patitas en la calle, al diablo con la religión, al diablo con el hijo.

Pero eso no va a pasar. Edith cree que irá al infierno si es ella quien abandona a su marido.

Se despide de los chicos y les dice que volverá más tarde.

Frances regresa a casa caminando, se sube al coche y va a casa de Dorothy.

Según avanza la mañana, su ánimo sigue tan sombrío como el cielo encapotado.

Se sienta a la mesa de la cocina mientras Dorothy le sirve una taza de café.

Dorothy deja la taza delante de ella, va al mueble bar y saca una botella de Kahlúa. Vierte un chorro en el café de Frances.

—Parece que te hace falta. No es fuerte, pero basta para calmar los nervios.

—Gracias —Frances clava la mirada en la taza de café y la rodea con las manos apretadas, como si alguien fuera a quitársela. Pasan varios minutos mientras sigue deslizando los dedos por el lateral de la taza, sin dar un solo sorbo.

—¿Te lo vas a beber o lo vas a sobar todo el día? —Dorothy interrumpe la sombría ensoñación de Frances.

Frances se lleva la taza a los labios y suelta una risita.

—Mis manos no han sobado nada en mucho tiempo.

—Pues ahí lo tienes, quizás ese sea tu problema —bromea Dorothy—. Y bien, ¿ese hijo tuyo ya ha vuelto a casa?

—¡Qué va! Pasé a ver a los niños esta mañana, pero mi niña no estaba. Supongo que andará por mi antigua finca.

—Pues vamos a dar un paseo y a tomar el aire.

—Buena idea.

Frances y Dorothy cruzan los campos traseros de la plantación de Dorothy y salen por la verja hacia el bosque.

El bosque que hay detrás de la propiedad alberga enormes cedros, fresnos y robles cuyas largas ramas se extienden en todas direcciones e impiden que crezca mucha maleza.

Pasear por estos bosques le trae a Frances recuerdos de los tiempos más alocados, cuando se escapaba de casa de su madre para cruzar por el mismo bosque hasta la casa de Dorothy. Las dos conocían bien aquel camino.

Frances no lo ha usado desde aquella noche de luna en que fue a casa de Dorothy para quitarse de encima un problema que las afectaba a las dos.

Mientras Frances avanza pisando fuerte por el viejo sendero, se siente casi enferma físicamente, presintiendo que algo la espera más adelante.

Se da cuenta de que tiene los puños tan apretados que las uñas casi le rompen la piel.

Sacude las manos con fuerza para aflojarlas y liberar parte de la tensión que siente.

—¿Qué pasa? —pregunta Dorothy.

—No lo sé, pero algo va mal. No sé si deberíamos seguir adelante o volver a casa.

—¿A qué te refieres con que algo va mal?

—No puedo describirlo, pero he pasado de temer que algo malo esté a punto de ocurrir a sentir que algo malo ya ha ocurrido.

—¿Qué quieres hacer? Tú dime y lo hacemos.

—Creo que tenemos que acelerar el paso.

Alargan las zancadas, mucho más rápidas ahora. Avanzan deprisa y llegan al claro del bosque. Salen al espacio abierto y dan unos pasos hacia la vieja casa y el estanque. Cuando asimilan lo que están viendo, el tiempo se detiene. Se miran y echan a correr.