CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
Kevan
Principios de verano
La estruendosa tormenta del exterior se calma y el sol hace su aparición.
Camino hacia la ventana y miro el césped trasero.
Las nubes prometen que la lluvia puede regresar cuando quiera.
La sensación inquietante en la boca del estómago se ha asentado y no me deja en paz, porque parece crecer cada vez más.
Temo que no desaparecerá hasta que descubra el propósito del arte de Gammie y del mío.
Voy de una habitación a otra y me detengo a mirar el collage.
Eleanor, acurrucada en la mesa auxiliar, me observa con los ojos entreabiertos mientras entro y salgo sin parar de la habitación. No consigo nada con esto.
Actúo por impulso y le hago una foto al collage antes de salir. Con todo lo que ha pasado últimamente, el único lugar que puede darme respuestas es esa maldita propiedad que desearía poder olvidar. La que ahora me pertenece.
Tardo una hora y media en llegar, pero no soy consciente de haber conducido.
No vuelvo en mí hasta que paso despacio frente a la casa de mi madre, con la esperanza de que no me vean.
De nuevo, aparco frente a la casa de los vecinos y me cuelo por su patio trasero.
Sigo las marcas cubiertas de maleza y esta vez me resulta más fácil.
Mientras camino, me mentalizo sobre cómo reaccionaré si vuelvo a ver a la niña.
No tendrás miedo. Te acercarás a ella y le hablarás , me digo.
Salgo de entre los árboles al claro y una sensación ominosa me oprime el pecho.
Cuando era niña, esperaba encontrarme a Beth.
Ahora esa expectación se ha convertido en otra cosa.
Dudo un momento. Cuestiono mi decisión de venir y me pregunto si debería largarme sin más.
Debería haberle pedido a Beth que me acompañara; así no estaría sola.
Mientras debato conmigo misma, doy un paso adelante y luego otro.
Respiro hondo y contengo el aliento. Avanzo respirando y haciendo una pausa en cada paso, obligándome a continuar.
Sigo mentalizándome. Solo estoy buscando respuestas .
Respuestas a qué, no estoy segura. Aquí no hay nadie que vaya a hacerme daño.
He afrontado cosas peores en mi vida y las he superado.
Acelero el paso y observo lo que me rodea, evitando mirar hacia el muelle. Vuelvo a lo que pensaba mientras caminaba y me digo que, si me encuentro con la niña, superaré el miedo y no huiré. Aun así, evito mirar.
Camino hacia la casa, saco el móvil del bolsillo y abro la foto que hice antes de salir.
Comparo los objetos de mi collage con lo que tengo delante.
Mientras observo cada detalle, se me eriza el vello de la nuca.
Es como si caminara en un sueño, pero lo que veo parece diferente.
En mi sueño, todo estaba muerto y era aterrador.
Ahora todo está vivo, pero sigue habiendo algo ahí fuera, esperándome.
¿Habrá un recuerdo agazapado en mi subconsciente?
Hay algo profundo y, me temo, también oscuro.
Una brisa lateral me obliga a apartarme el pelo de la cara. Un escalofrío me recorre, junto con la sensación de que no estoy sola. Me detengo en seco y miro al frente.
La niña debe de estar allí.
Con aprensión, me giro lentamente hasta que el muelle queda a la vista. Está vacío. Habría apostado a que no estaba sola. Me sacudo la sensación y me vuelvo hacia la casa.
—¡Contrólate, Kev! —digo en voz alta.
Rodeo la casa y camino hacia el edificio de piedra y el sótano.
Recuerdo las palabras de Nathan sobre la inestabilidad de estas estructuras y opto por quedarme justo en la entrada del edificio de piedra.
El interior se nota mucho más frío que fuera.
Tengo la sensación de que unos ojos me observan mientras recorro las escaleras con la mirada.
Me estremezco y salgo. Bajo los escalones de piedra hasta la puerta del sótano, la empujo con el hombro para abrirla y me quedo justo en el umbral de esa entrada espeluznante y hueca.
Ambos lugares me ponen los pelos de punta.
Meto un pie por la abertura y tanteo el suelo de madera con la punta.
Nathan señaló que era extraño que alguien gastara dinero o tiempo en poner un suelo de madera en un sótano.
Un suelo de tierra o piedra mantendría el espacio más fresco.
Supongo que nuestros antepasados tendrían sus razones para hacerlo así.
Camino por el campo de atrás, atravieso la hierba alta y observo el perímetro de la propiedad en lugar de mirar al suelo.
El pie me choca contra una roca grande, un dolor inmediato me atraviesa tres dedos, y me tambaleo hacia delante.
Me sostengo con las dos manos. Un dolor intenso me atraviesa la muñeca por segunda vez desde que vengo a este lugar.
Caigo sentada y me encuentro mirando dos piedras grandes y deformes.
Su ubicación es extraña; ¿están aquí por alguna razón?
Me pongo de rodillas y paso la mano por una de las piedras.
Hay algo cincelado en su superficie, aunque el tiempo y la intemperie la han erosionado tanto que resulta difícil distinguir qué son las marcas.
La otra piedra tiene marcas similares. Por lo que puedo ver, las tallas de la roca de la izquierda parecen la letra B .
La roca de la derecha tiene impresiones que no puedo descifrar del todo.
¿Indican estas rocas que algo está enterrado aquí? Si es así, ¿qué?
Detecto un movimiento por el rabillo del ojo y el miedo me invade como el escalofrío que sigue a la fiebre.
El corazón se me acelera al tempo máximo de una sonata de Mozart mientras evito girar la cabeza hacia esa dirección: la del estanque.
Esta vez estoy completamente segura de que hay alguien allí.