CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
Frances y Dorothy
—¿Cómo que no quieres ir? ¡Venga! Vamos a ser las divertidas Dotty y Marge, en vez de las aburridas Dorothy y Frances. Jugaremos un poco, probaremos suerte y nos pondremos contentillas. Mi conductor nos lleva y nos recoge.
Frances suspira.
—No estoy de humor.
—Vamos, Frances. Necesito salir de esta casona un rato, despejarme.
Frances suspira de nuevo, con un largo resoplido.
—Vale, pero no pienso quedarme fuera toda la noche.
—Hecho.
El tono de Dorothy cambia de suplicante a satisfecho.
—Paso a recogerte en una hora.
Las dos mujeres bajan del coche mientras Dorothy le indica al conductor que no se aleje por si deciden cambiar de sitio.
Entran en el bar-restaurante del barrio.
Con los años, el local ha crecido: de ser un pequeño espacio, ha pasado a ocupar varios edificios contiguos tras derribar los tabiques, y ahora ofrece todo tipo de entretenimiento, con mesas de billar y tragaperras.
Al cruzar la puerta, Alan Jackson retumba en la gramola y una nube de humo flota en el ambiente.
Se acercan a la barra, piden dos Long Island bien fríos y se dirigen a un reservado en la esquina desde el que se ven varias mesas de billar.
—¿Crees que aún se te da bien? —pregunta Dorothy, señalando con la cabeza la mesa de billar más cercana.
—Todavía puedo darte una paliza —bromea Frances—. Vamos a echar unas monedas a las tragaperras antes de que se nos suba y bajemos la guardia. No quiero apostar pasta de verdad después de un par de copas.
Le da un buen trago.
Una voz al otro lado de la sala le provoca un rechazo instantáneo que le agria el humor. Conoce esa voz, y sabe que no debería estar oyéndola aquí.
—¿Es quien me parece? —pregunta.
Dorothy se inclina hacia la derecha para mirar por detrás de Frances y asiente.
—Sí, y va con una fulana morena.
Frances nota que se le enciende la cara; le arde la piel.
—¡Ese cabrón!
—Venga, Frances, no dejes que ese imbécil nos arruine la noche.
—No pienso hacerlo. Solo quiero ver la cara que pone cuando me vea.
—Voy contigo —dice Dorothy, que con lo cotilla que es no puede perdérselo.
Frances sale primera del reservado y Dorothy la sigue.
Los ojos de Frances se entrecierran de rabia y asco al ver a su hijo inclinado sobre una mujer y la mesa de billar, con una mano en el taco y la otra en el culo de ella.
Frances se acerca al extremo de la mesa y oye a Clyde susurrarle algo obsceno al oído.
—¿Te crees muy machote por ir presumiendo de tu lío con la mujer del vecino? —le suelta Frances.
Clyde levanta la mirada de la mesa, pero no el cuerpo. La mira fijamente, suelta el aire y se yergue con su chulería hostil de siempre.
—¿Y a ti qué coño te importa? —dice—. A mí me parece que tú también andas por ahí de putas. Ya ves, de tal palo, tal astilla.
—En eso tienes razón, querido hijo.
Frances mira a la mujer con los ojos entrecerrados.
—Y tú, Jackie, ¿crees que a tu marido le haría gracia verte así?
—¿Por qué no te metes en tus putos asuntos, mamá ?
Clyde escupe la última palabra con sorna.
—Quizá deberíamos...
—empieza Jackie.
—Cállate —le ladra Clyde, poniéndose delante de ella y apartándola con el dorso de la mano.
—Ay, cariño —le advierte Frances a Jackie—, no sabes dónde te estás metiendo. Más te vale salir corriendo mientras puedas.
—Venga, Clyde, vámonos —dice Jackie girándose hacia él y poniéndole las manos en el pecho como para empujarlo.
Clyde la agarra por los brazos, apretándoselos mientras la aparta a un lado.
—¿Por qué no te callas y nos traes otra copa? —dice.
Jackie le lanza a Frances una mirada avergonzada y se va hacia la barra.
—¿Por qué no vuelves a casa de una vez, Clyde? —Frances lo dice más como sugerencia que como pregunta—. ¿Cuántos días llevas fuera? ¿Tres? ¿Cuatro?
—Volveré a casa cuando me salga de los cojones. ¿Y tú qué haces aquí, madre? ¿Tu amiguita y tú os habéis cansado de follaros? ¿Andáis buscando polla?
—Tienes treinta segundos para largarte de aquí, despejarte en algún sitio y volver a casa. O haces las maletas y te largas bien lejos. Todos estaríamos mejor.
—¿Y si no qué?
—Pues cojo un teléfono y llamo a tu mujer para contarle dónde estás.
—Adelante. En unos días me perdonará. Siempre lo hace. Acuérdate, no puede dejarlo. Si lo hace, irá al infierno.
Clyde esboza una sonrisa torcida, con la cabeza ladeada en un gesto chulesco, como si estuviera ganando.
—Hay otras formas de ajustarte las cuentas, Clyde.
—¿Eso es una amenaza?
Jackie reaparece con una cerveza en una mano y un whisky en la otra. Se acerca a Clyde con cautela, como tanteando el terreno.
—Aquí estás, guapa —dice Clyde con calma, mostrando un cambio de humor repentino.
«Siempre se le ha dado bien poner cara de buen chico, igual que a su padre» , piensa Frances con amargura.
Coge el chupito mientras le pasa el otro brazo por el cuello a Jackie, apretándola contra él.
—Me estoy hartando de este ambiente. ¿Qué tal si nos vamos a otro sitio?
No le da a Jackie oportunidad de responder; la arrastra con el brazo aún rodeándole el cuello mientras se bebe el chupito de un trago y estampa el vaso en la mesa de billar.
—Te lo advierto, Clyde —le gritó Frances a sus espaldas.
Mientras se alejaba, Clyde echó la cabeza hacia atrás en dirección a Frances y dijo:
—Adiós, mamaíta querida.
Lo último que vio Frances fue su brazo libre en alto y el dedo corazón apuntando al techo.
Frances exhaló un largo suspiro de asco.
—No puedo creer que haya parido a semejante pedazo de mierda.
—Quizá deberíamos seguirlos. Voy fuera a buscar a mi conductor.
—Buena idea. Sé que no debería importarme una mierda, pero tengo la sensación de que Jackie no tiene ni idea de en qué se está metiendo. Quién sabe lo que podría hacer esta noche.
Echaron las bebidas en vasos desechables y subieron a la parte trasera del coche.
Dorothy le indicó al conductor que saliera despacio del aparcamiento, pero antes de hacerlo, vieron a Clyde y a Jackie apoyados contra el coche de él, pegados el uno al otro.
Al principio, aquella cercanía parecía cariño, pero al fijarse mejor, Dorothy y Frances se dieron cuenta de que el lenguaje corporal de Clyde parecía haber cambiado de nuevo.
Tenía la cara cerca de la de Jackie, pero no la estaba besando. Parecía amenazador.
—¿Deberíamos hacer algo? —preguntó Dorothy.
—Quizá le va eso —Frances se encogió de hombros—. No es tan estúpida. Lleva años viviendo calle abajo y sabe que es un imbécil.
—Ya sabes cómo es, Frances. Siempre se las apaña para meterse o salirse de todo.
Lo vieron abrir la puerta del conductor y empujar a Jackie dentro del coche mientras él subía detrás de ella, obligándola a pasar por encima de la consola.
—Yo digo que lo sigamos —dijo Dorothy.
Siguieron al coche, que iba dando bandazos, hasta las afueras del pueblo, hasta el Motel Bitterton.
El edificio era una estructura de una sola planta en forma de L con entradas exteriores a las habitaciones.
Clyde aparcó frente al motel y salió tambaleándose por la puerta del conductor.
Se acercó al otro lado del coche dando tumbos e hizo un torpe intento de abrirle la puerta del pasajero como si fuera todo un caballero.
Había vuelto a cambiar de registro, y parecía encantador y amable mientras le sostenía la mano y la acompañaba hasta la habitación número siete.
—¿Qué crees que debería hacer? —preguntó Frances—. ¿Debería advertir a Edith?
—¿Cuántas veces ha hecho la vista gorda? ¿Cuántas veces lo ha perdonado?
Se quedaron mirando la puerta durante diez minutos hasta que Frances se rindió.
—De todos modos, no estaba de humor para fiestas. Estoy lista para irme a casa.
—De acuerdo —dijo Dorothy con un suspiro—. Te llevaré a casa.