Donde permanecen los secretos (La trilogía de los secretos 1) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
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CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

Dorothy

Principios de verano

No puedo apartar la mirada de la ventana después de que Nathan desaparece de mi vista.

¿Por qué no puede dejar el pasado donde debe estar: en el pasado?

Toda mi existencia se asienta sobre unos cimientos a punto de desmoronarse a mi alrededor.

Debería haber hablado con Nathan sobre todo lo que pasó.

Explicarle lo que hice entonces. Lo que hicimos .

Si Frances tenía razón, todos perdonarían y lo dejarían atrás.

Seguro que nuestros seres queridos entenderían que hicimos lo que teníamos que hacer. Que no había otra opción.

Sin ganas de moverme, espero junto a la ventana hasta que mis pensamientos se frenan en seco cuando un pájaro se estrella contra el cristal.

Golpea con un ruido sordo que amenaza con romperlo; luego cae al suelo, fuera de mi vista.

De no haber sido por el cristal entre nosotros, habría ido a parar directamente a mi frente.

Instintivamente, echo la cabeza hacia atrás de todos modos.

¿Qué probabilidades hay de que ocurra un presagio así ahora, con todo lo demás que está pasando?

Como mi madre, siempre he creído que cuando un pájaro se estrella contra un cristal significa que algo malo se avecina.

Ella siempre decía que cuando esto sucede, hay que prepararse para los días difíciles que se avecinan.

Es aún peor si el pájaro muere en el impacto.

Entonces, todo lo que amas y valoras está en juego.

Salgo tambaleándome para ver cómo está el pájaro y encuentro una paloma gris tumbada de lado, con su pequeño cuerpo que se expande y contrae en movimientos diminutos.

Mientras la observo, respiro más profundamente, como si intentara respirar por ella, animándola a vivir.

Mis articulaciones crujen cuando me inclino y la recojo del suelo para llevarla dentro.

La envuelvo en una toalla pequeña y la dejo en el suelo para que, si despierta, no caiga desde una superficie alta.

Me vuelvo a mirarla muchas veces mientras termino de limpiar la cocina de Nathan, y cada vez le suplico que viva.

Mientras friego los últimos restos de grasa de tocino de la cocina, oigo un pequeño ruido detrás de mí.

El pájaro se mueve. La cojo, la llevo fuera y la dejo en el suelo.

La paloma se libera e intenta volar en cuanto le quito la toalla.

Solo consigue recorrer una corta distancia antes de volver a caer.

Todavía aturdida, descansa allí mientras sus ojos desorientados me observan.

Siento alivio de que el impacto no la haya matado, y espero que las cosas no sean tan malas como temo.

Quizás la investigación de Nathan sobre la desaparición de su hermana no llegue más lejos.

Decido que no puedo quedarme aquí más tiempo, así que me voy a casa con la esperanza de evitar a Nathan por ahora.

En el refugio de mi salita, me dejo caer en mi silla, más exhausta de lo habitual, y miro los diarios.

Parece que tendré que entregar los cuadernos antes de lo esperado.

Frances ni siquiera está fría todavía, y los secretos ya empiezan a salir a la luz.

Eso significa que los míos también saldrán.

—Maldita seas, Marge, por dejarme.

Para acallar el parloteo temeroso de mi cabeza, cojo un diario y lo abro por una página al azar. Me quedo mirando las palabras en la página, sin leer realmente, solo aturdida.

El tiempo es algo caprichoso. Se retuerce y gira, y a veces adopta la forma de un ladrón egoísta que roba a las personas sus momentos más felices. No importa si la vida es sencilla o difícil; todo pasa muy rápido.

Vuelvo a centrar mi atención en las palabras de la página y regreso a un tiempo en que Frances llora la muerte de su marido y habla de su miedo a criar a su hijo sola.

No era solo su sueño tener un hijo, sino el sueño de ambos .

Nunca soñó que criaría a un hijo sola. Y menos si ni siquiera era de John.

Hace todo lo posible por amar a Clyde a pesar de esa posibilidad, pero el comportamiento desafiante del niño se lo pone difícil.

Las palabras de Frances están teñidas de incertidumbre y miedo. Parece distinta de la mujer fuerte que me aconsejó y me ayudó en aquellos días perturbadores y oscuros.

8 de septiembre de 1967

No estoy hecha para ser madre. Da igual cuánto amor intente darle a Clyde.

Él me lo devuelve con desobediencia y puro desafío.

No dejo de pensar que si John siguiera vivo, Clyde podría ser diferente.

Quizás John le habría enseñado mejor que yo.

Le habría enseñado a ser amable. Lo intento, pero él no parece responderme.

Tiene siete años y ya sabe mentir y manipular.

Se le ha descontrolado el temperamento. Hoy recibí una llamada de su maestra diciéndome que había matado al pez dorado de la clase.

Al principio pensé que exageraba. Quizás quiso acariciarlo y lo tuvo fuera del agua demasiado tiempo.

Pero no fue así. Clyde sacó el pez de la pecera, lo puso en el suelo y lo apuñaló con un lápiz varias veces.

No entiendo dónde ha aprendido esas cosas.

Nunca le he mostrado mala voluntad y, desde luego, nunca he mostrado comportamiento violento delante de él.

A Clyde solo le muestro amabilidad y he trabajado muy duro para enseñarle paciencia y amor.

¿Por qué se comporta así? Me temo que está saliendo igual que su verdadero padre.

Siento una chispa de ira que surge de la nada. Mi odio hacia Tom hierve incluso ahora, más ardiente y nauseabundo que el brebaje de una bruja. Cualquier pensamiento sobre él me hace hervir la sangre.

Paso un buen montón de páginas y abro otra entrada sobre las batallas de Frances con su problemático hijo.

En esta entrada, Frances describe cómo Clyde ahorcó a su gato.

Miró por la ventana de la cocina mientras lavaba los platos y vio a Clyde lanzar una cuerda sobre una rama.

Luego lo observó izar algo atado al extremo de la cuerda.

Cuando el objeto entró en su campo de visión, vio que era blanco y peludo, que se retorcía y convulsionaba sin control.

Cuando se dio cuenta de lo que era, los movimientos se habían ralentizado. Corrió afuera y salvó la vida del gato.

Levanto los ojos del diario y recuerdo el día en que esto sucedió. Frances me llamó para decirme que vendría enseguida y que le tuviera preparada una copa bien cargada. Cuando llegó, trajo al gato consigo para buscarle un nuevo hogar. El gato llegó a viejo, a salvo bajo mi cuidado.

Las páginas de este diario son un testimonio del comportamiento insubordinado de Clyde, donde se documentan todas las cosas horribles por las que hizo pasar a Frances.

En otra página al azar, la paciencia de Frances mengua mientras crece su miedo hacia su hijo descontrolado.

La escuela lo ha expulsado por presentarse borracho en el campus y por conducta inapropiada con una chica.

En otra página, el sheriff lo ha escoltado hasta su puerta porque estaba intentando robar en la ferretería local junto con un amigo.

En otro incidente, los padres de su novia le han puesto una orden de alejamiento por maltrato físico.

Muchas páginas del diario son entradas sobre cómo la policía escoltaba a Clyde a casa por embriaguez pública y alteración del orden.

Todo antes de cumplir los dieciséis. Cuando la policía local se cansó de lidiar con su comportamiento, tuvo que pasar una temporada en un centro de detención juvenil, lo que le dio a Frances un breve respiro.

Con el corazón encogido de pena, dejo el diario a un lado y miro por la ventana.

Lo que soportó mi mejor amiga habría bastado para llevar a cualquiera al límite.

Pero, no sé cómo, ella siempre se mantuvo entera, y su paciencia superó con creces la de cualquier otra persona. La mujer más fuerte que conoceré jamás.

Las lágrimas brotan mientras lloro y echo de menos a mi mejor amiga.

Respiro hondo y cojo otro diario, el que podría cambiarlo todo.

El que revela una parte de nuestro pasado que preferiría que permaneciera oculta.

El que me he planteado destruir en lugar de entregárselo a la nieta de Frances.

Prometí dárselo cuando llegara el momento adecuado.

¿Es ahora ese momento? ¿Llegará alguna vez?

Rozo la cubierta con las yemas de los dedos, sabiendo que si este diario pudiera hablar, las historias que guarda podrían destruir tantas vidas.

Sin poder evitarlo, abro el libro. Me devuelve al pasado y siento que se me cierra la garganta.

Toda mi vida, Frances fue a quien recurría para todo.

Ahora me quedo sola para enfrentarme a nuestro pasado.

Conteniendo la respiración, deslizo el pulgar entre las páginas cerradas del diario y lo abro al azar.

Mi mirada se posa en la fecha y la contemplo con ojos vidriosos: 26 de agosto de 1996.