CAPÍTULO VEINTE
Kevan
Principios de verano
—Me llamo Nathan, por cierto —dice.
—Yo soy Kevan. Perdona por intentar matarte con esa silla.
Suelta una risa agradable.
—Tienes una puntería excelente. Recuérdame que no te rete a un concurso de lanzamiento de hachas.
Le devuelvo una amplia sonrisa. Estando junto a él, siento que mi inquietud empieza a desvanecerse, pero sigo nerviosa, sobre todo porque es el señor Alto, Moreno y Guapo de la tienda de licores, y casi acabo de golpearlo con una silla.
Quiero cambiar de tema, y todavía tengo curiosidad por saber más sobre su hermana y sobre él en general, así que pregunto:
—¿Tú y tu hermana veníais aquí a menudo?
—Yo no. De mi hermana no estoy seguro. No sabían con certeza si había estado aquí antes de desaparecer.
Nuestra madre le permitía deambular por el bosque, siempre que no se alejara mucho y volviera a casa antes del anochecer.
Supongo que en aquel entonces no había tanto miedo de que alguien se llevara a uno de nosotros.
Mi madre se arrepintió después —dice Nathan.
Baja la mirada al suelo mientras se frota la nuca.
—Mis padres eran todo lo contrario. Si quería salir, tenía que escaparme a escondidas.
Mientras me muerdo el labio inferior, intento averiguar por qué le he contado esto.
—Mi madre siempre fue muy confiada. Quizá demasiado.
Nathan mira por la ventana al hablar de su madre y luego hace una larga pausa. Nunca he sabido lidiar con el más mínimo silencio incómodo, así que lo rompo enseguida.
—¿En qué año desapareció tu hermana?
—Fue en el verano de 1996. Encontraron su mochila un par de días después de que denunciáramos su desaparición.
Creyeron que quienquiera que estuviera involucrado debió de tirar la mochila al lado de la carretera, a poca distancia de aquí.
La mochila fue la única pista de que había estado cerca de ese lugar.
Desde entonces figura como persona desaparecida.
—Qué triste —comento, sin encontrar las palabras adecuadas—. Si tenía casi ocho años en 1996, entonces somos de edades parecidas... quiero decir, habríamos sido. Eh...
Tartamudeo, intentando enmendar lo indiferente que he sonado. Cambio de tema enseguida.
—¿Gracie se llamaba, dices?
—Sí. Bueno, Grace. Yo la llamaba Gracie —responde Nathan.
Se ríe y añade con orgullo:
—Era mi pequeñaja. La molestaba mucho, pero supongo que para eso están los hermanos mayores. Era una niña con mucho carácter. Decía lo que pensaba y era muy extrovertida para su edad.
Por cómo Nathan habla de su hermana, me imagino que fue un buen hermano mayor.
—¿Qué harás con el lugar? —pregunta.
—No tengo ni idea. Todavía estoy intentando decidirlo. Ya tengo mi propia casa, así que no me mudaría aquí.
—Ah, ¿este pueblecito tan próspero? ¿Por qué no? —Nathan se ríe y luego dice—: Este lugar necesita mucho trabajo.
Recorro la habitación con la mirada, del techo al suelo y de pared a pared. La idea de arreglarlo ni se me había pasado por la cabeza.
—Entonces, ¿dónde estabas cuando me oíste caer?
—Estaba curioseando por la parte de atrás. Hay un sótano bastante espeluznante —dice Nathan mientras se acerca a la ventana y señala—. ¿Lo has visto?
—No, no desde que era niña. Mi Gammie no quería que anduviera por ahí.
Cojeo hasta la ventana para unirme a Nathan, acercándome más de lo que pretendía porque me balanceo sobre un pie para no apoyar el tobillo. Su aroma amaderado y masculino me envuelve, e inhalo más profundamente.
—Parece que te has hecho daño de verdad en el tobillo —dice.
—No es grave. Me he hecho cosas peores. ¿Me acompañas a echar un vistazo? —pregunto.
Inhalo de nuevo su agradable aroma y siento que el estómago me da un vuelco. Todo en este hombre me hace sentir como una adolescente.
—¿Te apetece caminar hasta allí? —Parece dubitativo.
—Pan comido —respondo, intentando parecer despreocupada aunque sigo nerviosa.
¿Qué tiene este hombre?
—Me duele más la muñeca que el tobillo.
Salgo cojeando por la puerta trasera detrás de él, lo que me permite disfrutar de una buena vista de su trasero.
Cuando me doy cuenta de que he arqueado una ceja con aprobación, aparto la mirada rápidamente antes de que me pille.
Mientras caminamos hacia el edificio de piedra y el sótano, lo sigo de cerca entre la hierba alta.
Miro en todas direcciones, intentando recordar esto de mi infancia, pero apenas recuerdo más que la casa y el estanque.
Una gran pila de piedras me llama la atención.
Me detengo y observo el patrón irregular que forman las piedras.
Hay una abertura en forma de cueva en el centro que parece el lugar perfecto para que un oso pequeño hiberne.
De repente, caigo en que es un horno. Me recuerda a mis días de cerámica en la universidad, solo que este horno es más grande que cualquiera de los que he visto.
Despierta mi interés y me pregunto lo difícil que sería ponerlo en funcionamiento de nuevo.
Nathan sigue caminando y lo alcanzo. Cuando entramos en el edificio de piedra, me advierte de que las escaleras no son seguras para subir, y le hago caso. Me pregunto qué haré con este edificio. Con todo esto.
A continuación, bajamos los escalones de piedra hacia el sótano. Nathan enciende la linterna del móvil y me coloco a su lado.
—¿Qué te parece? —pregunta.
La habitación me produce escalofríos, más como una sensación extraña que algo físico. Las esquinas son oscuras de por sí, pero parecen acechar más de lo que deberían. Siento ganas de salir de aquí. Resulta agobiante.
Nathan golpea el suelo de madera basta con la punta del pie y dice:
—Me sorprende el tipo de suelo que hay aquí. Uno de tierra sería mejor. Me pregunto por qué alguien pondría esto.
Me encojo de hombros.
—Es extraño. No me gustan los lugares oscuros, pero esta habitación me da muy mal rollo.
—Tengo que darte la razón: se nota pesada, de alguna manera —dice Nathan, lo que me hace sentir menos avergonzada por ser tan miedica.
Volvemos del sótano a la casa y al estanque mientras escucho a Nathan hablar más de su hermana.
Miro hacia el muelle y siento que la sangre se me hiela como el agua que gotea de un carámbano.
Se me corta la respiración al ver a la niña pequeña, todavía con la muñeca en la mano, mirándome fijamente.
Vacilante, miro a Nathan y luego vuelvo a mirar.
Él no parece verla. Sin embargo, mi expresión debe de haber cambiado, porque se detiene a mitad de frase.
—¿Qué pasa?
Él sigue mi mirada, pero está claro que no la ve. Aparto la vista y pregunto con aprensión:
—¿Cómo era tu hermana?
Mi pregunta parece pillarlo desprevenido.
—Era de estatura media para una niña de esa edad, con el pelo largo y rubio. Tenía los ojos como los míos.
Me quedo mirando a la niña rubia, fijándome en sus ojos azules.
¿Qué demonios? Algo en ella me resulta familiar mientras él describe a su hermana.
De hecho, se parece a Beth de pequeña. Pero conocí a muchas niñas rubias cuando era pequeña.
Mi colegio estaba lleno de ellas. ¿Y si vi a su hermana aquí y no lo recuerdo?
Parpadeo y dejo los ojos cerrados una fracción de segundo más de lo normal.
Cuando los abro, ella sigue ahí. Oigo la voz de mi Gammie en mi cabeza, que me dice que tengo un don.
Si este es mi don, no lo quiero. Ver a niñas desaparecidas o incluso muertas no parece un gran don. Ya es bastante malo ver a mi hermano Tommy en los momentos más inesperados, pero no tiene sentido que ahora esté viendo a una niña que ni siquiera conocí.