CAPÍTULO DIECIOCHO
Nathan
Un fuerte estruendo resuena en el aire, acompañado del grito ahogado de una mujer.
Estoy seguro de que el ruido provino de algún lugar dentro de la casa.
No puede ser. No hay nadie por aquí. Me quedo quieto justo dentro del sótano y aguzo el oído.
Entonces oigo a la mujer maldecir. O estoy perdiendo la cabeza, o sin duda hay alguien dentro de la casa.
Abandono el sótano y vuelvo caminando entre la maleza alta. Me detengo en la puerta para intentar localizar el origen del ruido. Más adentro de la casa, oigo un sonido de roce, así que avanzo con cautela.
—¿Hola? —llamo mientras doy unos pasos más.
El sonido cesa. Vuelvo a llamar, un poco más fuerte.
Nada. Avanzo de puntillas unos pasos más.
Todo parece igual que antes. Digo un último «hola» mientras atravieso el umbral de la habitación con el armario abierto.
Hay una mujer de pie, con una silla rota en alto sobre su cabeza.
Antes de que pueda reaccionar, me la lanza.
Retrocedo, fuera de alcance, y la silla se estrella contra el marco de la puerta.
—¿Qué quieres? —grita la mujer. Oigo más roces, solo que esta vez suenan frenéticos.
—¡Eh, eh! —Como si ondeara una bandera blanca en señal de rendición, levanto las manos frente a mí—. Solo vine a investigar después de oír un ruido fuerte.
La mujer parece agitada mientras busca algo, otro objeto para lanzar, imagino. Entonces caigo en la cuenta cuando la miro de verdad por primera vez: es la mujer que no he podido quitarme de la cabeza desde que la conocí en la tienda de licores. Esta vez tartamudeo al intentar hablar.
—Eh, solo estaba explorando la propiedad cuando oí un ruido fuerte.
—¿Qué haces aquí? ¡Esto es propiedad privada!
—Oh, eh, no lo sabía. Yo... no estoy seguro.
—Sigo tartamudeando, como un adolescente en una cita con una chica mayor—.
Resumiendo, hace años que no venía por aquí.
No desde que mi hermana desapareció en algún lugar de esta zona hace muchos años.
Me puse a pensar en ella y decidí volver a visitar la zona, y eso me trajo aquí.
—Tomo aire y concluyo—: ¿Con propiedad privada te refieres a que alguien la compró?
—Mantengo las manos frente a mí, con las palmas hacia fuera.
—Yo... quiero decir... pertenece a mi abuela —responde la mujer, también tartamudeando.
—Lo siento. No lo sabía. —Se me ha secado la boca e intento producir suficiente saliva para volver a hablar. Observo el rostro de la mujer y veo que sigue en guardia. Sonrío con calidez, esperando calmar su inquietud—. ¿Siempre le ha pertenecido a ella?
Mientras espero su respuesta, me doy cuenta de que las dos muñecas que metí antes en el bolsillo trasero sobresalen por encima de mi cintura. Con disimulo, llevo la mano hacia atrás para asegurarme de que la camisa las tape. No quiero que se pregunte por qué llevo muñecas encima.
Parece relajarse un poco. —No estoy segura.
Supongo que sí. Solo al fallecer hace poco descubrí que le pertenecía.
No lo sabía antes. La casa lleva vacía un tiempo.
Incluso cuando Gammie me trajo aquí por primera vez, ya llevaba mucho tiempo abandonada.
Nunca mencionó que tuviera ninguna conexión con ella.
—La mujer traga saliva y continúa—: Solíamos venir mucho, pero yo tampoco he vuelto en bastante tiempo.
Su largo cabello pelirrojo está parcialmente recogido, apartado de la cara, dejando ver su tez clara.
Recorro su cuerpo con la mirada, fijándome en sus vaqueros ajustados y su camiseta.
Me apresuro a corregirme y vuelvo a mirarla a la cara.
Mi mirada se posa en sus grandes ojos marrones. Son preciosos.
—Lamento lo de tu abuela. —Echo un vistazo a la habitación—. Me pareció oír un fuerte estruendo antes. ¿Está todo bien?
—Sí, solo me torcí el tobillo —dice—. Y la muñeca —añade, masajeándosela.
—¿Puedo preguntar qué fue ese estruendo?
—Ah, sí. Me caí del techo. —Se ríe y señala hacia el armario. Su sonrisa le ilumina los ojos, haciéndolos brillar de algún modo.
Le devuelvo la sonrisa. —Así que supongo que probaste esa escalera tan chunga, ¿eh? ¡Valiente! —Arqueo las cejas—. La vi antes, pero decidí que no quería romperme una pierna.
Se ríe de nuevo, poniendo los ojos en blanco con gesto juguetón. —Supongo que la curiosidad casi mata al gato. —Sigue frotándose la muñeca y pregunta—: ¿Cómo se llamaba tu hermana?
—Gracie —digo, relajándome un poco y apoyándome en el marco de la puerta—. Bueno, así la llamaba yo.
—¿Llegaron a encontrarla?
—No. Eso fue hace más de veintiséis años. Supongo que en realidad no lo he superado. De vez en cuando pienso en ello, y esta vez acabé aquí.
—¿Qué edad tenía tu hermana?
—Siete, casi ocho.
—Dios mío.
Me cuesta no mirar fijamente a esta mujer, en parte por la curiosidad que me despierta y en parte por su belleza. Mi mente me reprende al darme cuenta de que vuelvo a ser ese hombre espeluznante que se queda mirando, e intento disimular la incomodidad. —Soy Nathan, por cierto.
—Yo soy Kevan —dice—. Perdona que intentara matarte con esa silla.