CAPÍTULO QUINCE
Deloris
—Déjala en paz, Deloris. ¿No ha hecho ya bastante por hoy? —le reprocha Fred mientras Marge se dirige arrastrando los pies hacia la puerta trasera.
—Todavía tiene que darle de comer a Daisy, cerrar las ventanas y puertas del cobertizo y recoger los huevos. Esta noche va a llover, y las ventanas del piso de arriba están abiertas de par en par.
Deloris oye a Marge resoplar mientras sale por la puerta trasera.
Marge ha crecido de la noche a la mañana, desarrollando curvas de mujer, con pechos demasiado voluminosos para una chica de su edad.
Deloris ha visto cómo la mira Fred: no como debería mirarla un padre, sino recorriéndole el cuerpo de arriba abajo con lujuria en los ojos.
Se nota especialmente cuando ya lleva un par de whiskies encima.
Hace un año, Deloris no lo habría creído posible, no tratándose de su propia hija.
Sabía que tenía el ojo alegre. Cuando iban al pueblo, se quedaba embobado mirando a las mujeres jóvenes.
Si pasaba una mujer atractiva, giraba el cuello y murmuraba algo entre dientes.
Deloris también sabía que cuando ella no estaba, él daba rienda suelta a sus deseos.
Había llegado tarde a casa muchas veces, oliendo a alcohol y perfume barato.
Era un marido terrible, pero hasta ahora ella había creído que era un buen padre.
Le había enseñado a Marge a pescar, a disparar y otras cosas útiles.
Nunca le había preocupado que pasaran tiempo a solas.
Ahora a veces el miedo y los malos presentimientos la marean.
—Voy a ayudarla. Eres demasiado dura con ella, Deloris. Deja a la chica en paz.
Fred se levanta de la silla y camina hacia la puerta trasera con el vaso de whisky en la mano.
Deloris sigue meciéndose en su vieja mecedora, con los dedos moviendo las agujas de tejer tan rápido como si estuviera en un concurso.
A medida que la preocupación empieza a roerla como una enfermedad, el balanceo de la silla se vuelve más agresivo.
¿Estará siendo demasiado protectora? Que su tío intentara forzarla no significa que Fred sea igual.
¿O sí? El miedo actúa como levadura en su estómago, fermentando y expandiéndose.
Cada vez que mira hacia la puerta trasera, el malestar le sube un poco más.
Deja las agujas a un lado, se levanta y pasea nerviosa por la habitación, luego se asoma por la ventana delantera hacia el estanque.
Camina hasta la puerta trasera y observa el cobertizo de piedra.
Los últimos restos de luz se han convertido en formas oscuras y contornos difusos.
No consigue ver ni a Fred ni a Marge a través de la tenue luz de las pequeñas ventanas.
Deloris coge los zapatos y cruza la casa hasta la puerta delantera. Se los pone y sale. No pasa nada por escuchar un momento, solo para asegurarse de que todo va bien . Los patos salen del estanque contoneándose y graznan. Chitón.
El ahumadero tiene una pequeña ventana. Esta, junto con la ventana lateral, permanece casi a oscuras.
Las gallinas están encerradas en el gallinero y las ventanas del piso de arriba están cerradas, lo que significa que Marge ya debería haber bajado.
La única luz encendida es la de la zona de Fred, donde guarda las herramientas y donde hay una escalera que sube al desván. Cruza el patio de puntillas.
Se queda inmóvil junto a la puerta y oye a su marido hablando en un tono bajo que convierte el presentimiento en una alarma estridente.
Parece que le estuviera suplicando a Marge.
Deloris se esfuerza por oír mejor, pero los ruidos nocturnos parecen resonar más fuerte y se lo impiden.
El corazón le late con fuerza en los oídos, compitiendo con los sonidos de la noche, y la obliga a pegar la oreja contra la puerta.
La bilis le sube hasta la garganta. Por favor, que sea cosa de mi imaginación.
Aprieta la oreja contra la puerta con más fuerza y se tapa la otra.
—Shhh, Marge. No pasa nada. Así es como tiene que ser. Te estás haciendo mujer. Todo esto forma parte de crecer.
Deloris oye la respuesta suplicante de Marge.
—Por favor, papá, los escalones me hacen daño en la espalda.
Fred deja escapar un gemido.
—Vamos, Margie, te prometo que no pasa nada. Todo está bien.
—Por favor, papá, para. Déjame levantarme —suplica Marge.
Deloris mira a su alrededor buscando algo, lo que sea.
En el suelo hay una sartén de hierro oxidada que ahora sirve de cuenco para las sobras del perro.
La recoge y la sopesa. Abre la puerta con cuidado y recorre con la mirada la habitación en penumbra hasta las escaleras de madera.
Su marido y su hija están tendidos en los escalones, con las piernas de Marge a cada lado del cuerpo de Fred mientras él yace encima de ella.
Fred baja la mano entre los dos, forcejeando con el botón del pantalón.
Deloris da un paso adelante. La ira se transforma en locura y lo bloquea todo. Impulsada por la furia y la adrenalina, levanta la sartén de hierro y la descarga contra la nuca de Fred. El cuerpo de él se afloja parcialmente mientras rueda sobre un costado y queda apoyado contra la pared.
—¡Joder! —maldice entre dientes.
—¡Sal de aquí, Marge! ¡Ahora!
Marge baja los escalones tambaleándose y corre hacia la puerta. Se detiene, con la voz temblorosa.
—¿Mamá?
—Vuelve a la casa.
La voz de Deloris suena aterradoramente serena mientras se vuelve para mirar a su hija con ojos desorbitados y ciegos.
—He dicho que te vayas —dice, recalcando cada palabra.
Deloris se vuelve hacia Fred. Él balancea la cabeza mientras intenta enfocar la vista en la mano después de tocarse la herida, con el cuerpo todavía flácido y tendido en las escaleras.
La puerta se cierra detrás de Deloris. Echa un último vistazo para asegurarse de que Marge se ha ido y luego se acerca a Fred.
—¡No! ¡Deloris, por favor!
La súplica es apenas un susurro. Levanta la mano ensangrentada intentando detener lo que se avecina.
Con la sartén aferrada con ambas manos, Deloris la levanta por encima de la cabeza y la descarga con la fuerza de quien golpea con un mazo. Una y otra y otra vez. Los golpes retumban en la habitación de techos altos, seguidos de silencio.
Sin aliento, retrocede y clava la mirada en su marido, con la rabia todavía envenenándole las venas. El pecho de Fred sube y baja, pero el resto del cuerpo permanece inmóvil. Sabe lo que haría su madre en este momento. No se detendría aquí. Su madre diría: «Mata al cabrón».
Encuentra un trozo de tela, arranca una tira larga y la usa para atarle las manos a Fred a la espalda.
Luego mira hacia el techo y recorre las paredes con la vista.
En lo alto hay una polea con una cuerda que en otro tiempo se usaba para colgar el ganado sacrificado y desangrarlo.
Coge el extremo de la cuerda y hace un nudo corredizo tosco.
Lo sube y lo baja, tirando de él para comprobar su resistencia.
Deloris agarra a Fred por el pelo y le levanta la cabeza ensangrentada del escalón para pasarle el nudo corredizo alrededor del cuello y ajustarlo bien.
Fred gime, y eso solo aviva su ira. Le suelta el pelo y deja que la cabeza caiga de golpe.
Mientras retrocede, Deloris agarra el otro extremo de la cuerda y tira hasta notar tensión.
Echando todo el peso del cuerpo hacia atrás, se va alejando de Fred.
Ve cómo se le levanta primero la cabeza y luego los hombros.
Tira y avanza a pasitos cortos, forcejeando a medida que el peso de él tira con más fuerza en sentido contrario.
Se le levantan las caderas y el cuerpo empieza a balancearse; puede ver que lleva los pantalones desabrochados.
La imagen le provoca una nueva oleada de rabia cegadora y tira con más fuerza, esta vez hasta que los pies de Fred quedan colgando.
Todo el cuerpo se balancea hacia ella, y lo iza aún más.
De la garganta de Fred brotan sonidos extraños, gorgoteantes, y los ojos se le abren de golpe.
Se retuerce con violencia, pero no consigue liberar las manos para arañar la cuerda.
Mira a Deloris con horror, con los ojos clavados en los de ella.
—Te has metido con la mujer equivocada —dice Deloris.
Los ojos de Fred pasan del horror a la derrota mientras la orina le mancha la entrepierna. Con un último tirón fuerte de la cuerda, el cuerpo se balancea mientras ella ata el extremo a un gancho fijado en el suelo. Asiente a modo de despedida y sale del edificio, cerrando la puerta tras de sí.
Después del anochecer, una vez que Marge esté dormida, trasladará el cuerpo al horno de atrás.