Donde permanecen los secretos (La trilogía de los secretos 1) CAPÍTULO CATORCE
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CAPÍTULO CATORCE

Kevan

Principios de verano

—¿Qué hay en la caja, Red? —Beth coge la oxidada lata de Prince Albert.

—No la abrí, salí pitando de allí. Hace tanto tiempo que no la miraba, pero recuerdo el collar y la llave. Cuando Gammie me dio la llave, dijo que me contaría para qué servía cuando fuera mayor. Supongo que las dos lo olvidamos.

Me pregunto si lo olvidó o si quería mantenerlo en secreto. Con Gammie nunca se sabía, porque guardaba un buen puñado de secretos. Creía que las chicas tenían que guardar secretos para sobrevivir.

—Vaya viaje al pasado. ¿Alguna vez intentaste liar uno de estos a escondidas?

—Una vez. Tosí hasta casi vomitar. Nunca fumé cigarrillos, pero se me daba bien liar porros en mis tiempos de universidad.

Beth se ríe, dándome la razón.

—¡Joder! Si tuviéramos hierba buena, liaría uno ahora mismo. Apuesto a que uno bien gordo te sentaría de maravilla.

—¡Y tanto!

—¿Qué tal con tu madre?

—Oh, lo de siempre. Soy una desagradecida y una persona horrible. Y ella es la santa, y nuestras vidas fueron de postal. Y hablando de fotos, no había ni una mía en toda la casa.

—¿Qué demonios le pasa? No entiendo cómo una mujer puede elegir a un hombre antes que a sus hijos. ¿Qué le vio?

—Desde luego no fue el dinero.

—¡Lo hizo por su enorme polla! —dice Beth con dramatismo.

—¡Puaj! —hago una mueca mientras me río.

Cuando giro por el camino de Gammie, el dulce aroma de la madreselva se cuela por las rejillas de ventilación, y bajo la ventanilla.

Casi puedo saborear su dulzura. La madreselva crecía en todos los lugares donde vivía Gammie.

Ella se encargaba de eso. Pienso en ella cada vez que veo o huelo sus dulces enredaderas.

La casa de Gammie tiene el tamaño perfecto para alguien que vive sola.

Sus amplios escalones y su gran porche de madera te invitan a sentarte un rato.

Dos columpios blancos con cojines de un amarillo brillante cuelgan uno frente al otro en cada extremo del porche.

La puerta amarilla resulta igual de acogedora.

Llegamos a casa de Gammie y ya siento un peso enorme en el pecho.

Voy a abrir la puerta principal y descubro que ya está abierta.

Extraño . Nada más entrar, una emoción indescriptible se me instala en la garganta, que se me cierra, dificultándome la respiración.

Junto a la puerta cuelga el jersey amarillo favorito de Gammie.

Me resisto al impulso de descolgarlo y hundir la cara en él.

Dejo mis cosas en la mesa de la cocina y le enseño la casa a Beth.

Gammie se mudó aquí poco después de que mi padre se largara.

Antes, siempre había vivido en la casa de al lado.

Durante mi primera visita, sentí como si ya hubiera estado aquí.

Había algo nuevo y familiar a la vez. Al entrar, te recibe un acogedor salón, con la pared del fondo cubierta de estanterías repletas de libros.

A la izquierda hay una cocina-comedor decorada en colores claros y relajantes.

Terminamos el recorrido y nos sentamos a la mesa de la cocina.

—Veamos qué tenía escondido la joven Kevan —digo.

Abro la tapa corroída con esfuerzo, dejando escamas de óxido sobre la mesa. Dentro hay una pulsera de la amistad que me hizo Beth, una fotografía de Gammie de joven y el collar que estaba buscando.

—Oh, vaya —dice Beth cogiendo la pulsera trenzada con tres trozos de hilo—. ¿No te la hice yo?

—Sí. Seguro que la escondí aquí porque no quería que mis padres la encontraran.

Rebusco en mi memoria recuerdos del collar y la llave.

La llave, que parece una antigua llave de serreta, debió de ser importante para que Gammie me la confiara.

Tenía trece o catorce años el día que me la dio, y le supliqué que me dijera para qué servía.

Solo dijo: «A su debido tiempo, lo prometo.

Asegúrate de esconderla y no le digas a nadie que la tienes».

—Me pregunto para qué será —dice Beth—. ¿Crees que abre algo de esta casa?

—Ni idea —miro el reloj—. Tenemos tiempo de buscar.

Dejamos los demás objetos a un lado y nos ponemos a buscar por la casa.

—Supongo que es de una caja fuerte o algún tipo de cofre de recuerdos —digo—. Puedes buscar aquí mientras yo registro su dormitorio.

Empiezo a buscar en los cajones de la cómoda y el armario.

En ninguno hay caja ni cofre escondido. Me arrodillo junto a la cama para mirar debajo; no hay nada.

Al incorporarme, paso la mano por la colcha.

Es blanca, con un diseño azul y esponjoso.

Mientras la acaricio, sintiendo su textura familiar, me derrumbo.

Hundo la cara en ella y respiro hondo. Huele tanto a ella.

Toda la casa huele a ella. Trago saliva e intento contener las ganas de llorar.

Al cabo de un momento, me siento capaz de retomar la búsqueda.

Abro el cajón de la mesita de noche y solo encuentro pequeños objetos sin importancia.

Vuelvo al salón a ver qué tal va Beth.

—¿Has encontrado algo?

—No, aquí no hay nada escondido.

Miro la pared de estanterías. Medio oculto al final de una fila de libros hay un jarrón de un amarillo brillante con enredaderas y un colibrí grabados en el costado. Las enredaderas son de madreselva, por supuesto. No me había fijado antes, pero lo recuerdo de mi sueño.

¡Mi sueño, otra vez!

En mi sueño, este jarrón era una urna. Y llevaba el nombre de Beth. Me acerco a buscar un nombre, pero no hay ninguno. Es posible que mi mente se inventara su propia historia retorcida a partir de este pequeño adorno.

Paso los dedos por las filas de libros, leyendo los títulos al azar.

A Gammie le encantaban las novelas de misterio.

No le gustaban mucho los dramas ni las novelas románticas.

Siempre decía que cualquier forma de drama era ridícula y que el romanticismo estaba sobrevalorado.

Mientras examino su colección, mis ojos se fijan en un libro con el lomo en blanco.

Parece una enciclopedia antigua, solo que más corto y grueso.

Entre el jarrón y ahora esto, siento una repentina oleada de déjà vu.

—Este libro es extraño —le digo a Beth mientras lo giro entre las manos—. No tiene nada escrito por fuera.

Beth se pone a mi lado.

—Parece antiguo.

Lo he visto en algún sitio, quizá en un sueño.

Paso la mano por la cubierta y lo imagino en una estantería vieja y vacía.

Puede que Gammie me lo enseñara, pero no lo recuerdo.

La cubierta es de cuero oscuro; las páginas tienen los bordes dorados.

Abro la tapa y me llega un olor a cedro.

No es un libro en absoluto. Es una caja disfrazada de libro.

Bajo la cubierta hay un panel de madera. En el borde frontal, un asa de cuero y una ranura para llave.

Sorprendidas, corremos a la cocina a buscar la llave.

—Quizá tenga suerte —digo.

La llave encaja en la ranura y la giro en una dirección y luego en la otra.

La cerradura se abre y miro a Beth con los ojos como platos.

El corazón me late desbocado mientras tiro del asa de cuero.

Me llega un olor a cedro más intenso. Dentro hay varias hojas de papel dobladas.

La de encima tiene mi nombre. A continuación encuentro dos que parecen escrituras. Debajo hay una llave.

—¿Otra llave? —decimos Beth y yo al unísono.

—Y la trama se complica —Beth intenta sonar como Hércules Poirot—. ¿Qué dice la nota?

Desdoblo el primer papel. Es inconfundible la letra de Gammie.

Queridísima Renee:

Si estás leyendo esto, significa que tuve que dejarte.

Solo quiero que sepas que no estás sola.

No merecías la vida que tuviste al crecer, nadie la merece.

Las cartas te vinieron mal dadas desde el principio.

Aun así, supiste sacar lo mejor de todo y te convertiste en la mujer que eres hoy.

De dónde vienes no te define. Tú te defines a ti misma.

Las lágrimas me nublan la vista. Impaciente, me las seco.

Hice todo lo posible por protegerte de la infancia de mierda que tuviste que soportar y por acompañarte en la edad adulta.

Aunque no pueda estar contigo ahora, sé que estarás bien.

Quiero que recuerdes la historia que te conté de niña, sobre nuestra conexión y los dones que posees.

Verás que eres más especial de lo que imaginabas.

Sospecho que lo que está por venir en tu vida es inevitable, así que quiero que estés preparada.

Nos guste o no, el pasado siempre nos alcanza, así que debemos estar listas.

Cree en tu don, en tu instinto y en tu corazón. Nunca te llevarán por mal camino.

Me has oído hablar de mi queridísima amiga Dorothy. Debes ir a verla. Tiene algunas de mis pertenencias que te entregará. Hazlo pronto, querida. Ella te guiará y te ayudará con mi última despedida.

Hasta que nos volvamos a encontrar, cuídate, mi dulce Renee. Te quiero, siempre.

Gammie

Le paso la carta a Beth mientras intento asimilar lo que acabo de leer. Las siguientes palabras me salen en un murmullo mientras las lágrimas empiezan a correr.

—Dios mío —digo, estudiando la nueva llave como si fuera a darme respuestas—. No me dijo para qué es la llave.

—Quizá esta Dorothy pueda decírtelo —sugiere Beth—. ¿Qué más hay en el libro falso?

Beth y yo nos sentamos en el sofá y apoyo la caja en la mesa de centro.

Dejo la carta a un lado y cojo las dos escrituras.

La primera es una escritura de transmisión de esta casa, a nombre de Frances Mays.

La doblo de nuevo, abro la segunda y miro el nombre y la dirección.

Reconozco el nombre de la madre de Gammie, pero no la dirección.

Mi instinto me dice que tiene algo que ver con esa parcela que no consigo quitarme de la cabeza.

Antes estaba lejos de mis pensamientos, ahora ocupa el primer plano.

—Bueno, ahora tengo curiosidad —la curiosidad de Beth es evidente, pero la mía oscila entre querer saber y el miedo a saber—. Deberías investigarlo. Quizá esta segunda casa sea donde creció tu Gammie. ¿Tú qué crees?

—No creo que me dijera nunca que era suya. Pero ¿por qué mantenerlo en secreto? Y mejor aún, ¿por qué alguien quiere que me mantenga alejada de allí?

—Seguro que hay una explicación sencilla.

—Puede ser —respondo sin pensar, pero Gammie tenía razón sobre los instintos. Siempre hay algo detrás de ellos. Y ahora yo tenía uno.